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jueves, 8 de septiembre de 2011

RAMONA, EL OBISPO Y YO




Murió Ramona Estevez, la mujer, de 91 años, con párkinson y en estado vegetativo después del infarto cerebral que sufrió el 26 de julio que ha sido, junto con su familia y sin quererlo, protagonista de una historia pionera en España: la intervención pública de una Administración para obligar a los médicos a cumplir la ley y respetar la voluntad de los cuidadores de la enferma y retirarle la sonda nasogástrica, como ella y su hijo deseaban. En urgencias del hospital le hicieron un TAC, y dijeron que tenía todo el cerebro afectado, que no sentía nada, y que en este estado no la iban a sondar para no martirizarla. Pero el hospital Juan Ramón Jiménez de Huelva derivó a la mujer al concertado Blanca Paloma, y ahí la situación cambió ya que allí, en contra de los deseos de la familia y de las personas que convivieron cerca de ella en los últimos meses que atestiguaban cual era su voluntad, se optó por sondarla con el argumento de que los sueros no eran suficiente. Tuvo que intervenir la Junta de Andalucía para que se aplicara la ley autonómica de muerte digna, aprobada el año pasado. Esta norma establece que "toda persona tiene derecho a rechazar la intervención propuesta por los profesionales sanitarios, tras un proceso de información y decisión, aunque ello pueda poner en peligro su vida".
Entre medias, la retirada de la sonda a Estévez, provocó una fuerte crítica del obispo de Huelva, José Vilaplana. En un comunicado, afirmó que "toda acción dirigida a interrumpir la alimentación o la hidratación constituye un acto de eutanasia en el que la muerte se produce no por la enfermedad, sino por la sed y el hambre provocada". Además de apoyar la objeción de conciencia de los médicos ante casos así, el obispo señalaba que el deber de la sociedad es "ayudar a vivir" a la enferma. Por si esto no fuera bastante una autodenominada Asociación Derecho a Vivir, de carácter ultraconservador, presentó una denuncia para pedir que se restableciera la sonda que alimentaba a la enferma, de 90 años y víctima de un infarto cerebral masivo. No satisfechos con esa intervención en momentos tan dramáticos para la familia denunció a la familia, a la Consejería de Salud andaluza y a su titular, María Jesús Montero. También organizó una campaña en Internet para bombardear con correos electrónicos al Fiscal General del Estado para que interviniera. Todo ello bajo estos argumentos: "Bajo ningún concepto vamos a permitir que haya quien utilice una situación traumática para avanzar en una agenda ideológica radical e inhumana. Desde ahora, cualquier enfermo puede ser tratado con la misma crueldad que Ramona". José Ramón, su hijo, estalló: "No hay derecho a lo que han hecho con mi familia. Son unos canallas. Se dicen cristianos, pero han actuado sin caridad y sin misericordia".
Y aquí entro yo. ¿Qué entiende tal asociación “católica”, por crueldad? Acudo al diccionario y leo: “falta de compasión hacia el sufrimiento ajeno”. Esa compasión que tenemos con un animal doméstico al que queremos se vuelve en contra del ser humano que la practica. ¿Dónde está lo inhumano? Lo humano es la misericordia (inclinación a la compasión hacia los sufrimientos ajenos) Su hijo no se cansa de decir que ella le había manifestado tanto a él como a las mujeres que la cuidaban que no deseaba acabar su vida "amarrada a unos tubos". "La habían convertido en una máquina de bombear sangre. Y eso puede ser viable técnicamente, pero no es admisible ni humano". ¿Qué es la vida? ¿Un cuerpo inerte al que se le mantiene los latidos del corazón artificialmente? ¿Qué es el derecho a la vida? ¿La obligación del sufrimiento? ¿Qué es la muerte para esos fanáticos del catolicismo que la califican de liberadora en sus funerales? ¿Algo prohibido que hay que retrasar lo más posible?
Dicen que en internet lo que se escribe permanece para siempre. Espero que en este caso así sea. Rellené y firmé hace años mi testamento vital en el cual pedía que no se me prolongara la vida artificialmente. Cuando mi cuerpo diga que ha llegado la hora de morir quiero que así sea. No tengo miedo a la muerte. Me apego a la vida en la medida en que creo que puedo ser importante y de ayuda para los míos. No quiero vida si llega un momento en el que solo soy un lastre. Quiero una muerte tranquila, para mí y para que la vivan así los que en ese momento me acompañen. Niego el derecho a decidir sobre ella a esa turba de fanáticos acaudillados por un mitrado. No han decidido sobre mí en vida, no quiero que lo hagan en el momento de mi muerte. Para mí la muerte es un acontecimiento consustancial a la vida, quiero vivirla con naturalidad, no de forma trágica. Hasta aquí está claro, no estoy hablando de eutanasia, hablo del derecho a rechazar la intervención propuesta por los profesionales sanitarios aunque ello pueda poner en peligro mi vida.
Pero también hablo de eutanasia. Llegado ese momento de agotamiento, de inutilidad, de dolor, de sufrimiento para mí y para los que me rodean, desearía que me ayudaran a morir. Quisiera que ese momento no llegara nunca, pero si llega por favor, que nadie me hable de derecho a vivir. Simplemente querré morir, ese será mi derecho. Y nadie se portará conmigo de forma cruel e inhumana, sólo los que no están cerca del dolor y hablan adormecidos por el incienso de las catedrales serán los que carecerán de caridad, de piedad y de misericordia. Así lo dejo escrito a ocho de septiembre de dos mil once.

1 comentario:

  1. Afortunadamente siempre hubo, y seguirá habiendo, "caridad y misericordia" cuando se acerca el momento final. Y esa gente siempre mereció, y seguirá mereciendo, el natural agradecimiento del enfermo que ya no vive y de su familia. Muchas veces, gracias a Dios, las buenas personas no se dejan guiar en esas decisiones por catecismos ni "mitrados", como tu los llamas.

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