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viernes, 23 de septiembre de 2011

INOCENTES

Insultamos, descalificamos, ejecutamos juicios sumarísimos verbales, simplificamos, mentimos, pero nada tenemos que ver con aquellos que de los excesos verbales pasan a la acción violenta para hacer de obra lo que nosotros hacemos de palabras. Somos inocentes.

Defendemos nuestros derechos, reivindicamos, protestamos. Defendemos nuestro nivel de vida, esa conquista social a la que no podemos renunciar. Poco importa que esos derechos, ese nivel, esas conquistas, se encuentren dentro de un statu quo, que haya sido y es debido a un desequilibrio internacional en el que las conquistas de unos necesiten el sometimiento de otros a los que no vemos ni sentimos. Pero esta es otra batalla. Somos inocentes.

Estamos dentro de organizaciones religiosas, políticas y sociales que se guían por una realpolitik destinada a obtener y retener el poder sin más consideraciones éticas. A eso se le llama ahora realismo en el que poco importa las cesiones de principios que hay que hacer y las consecuencias sociales a medio y largo plazo. La subordinación a esa realpolitik es inevitable. Somos inocentes.

Gastamos zapatillas y ropa de marca hechas por niños explotados, y pagadas por salarios miserables. Pero no nos enteramos. En todo caso, esa es su lucha no la nuestra. Somos inocentes.

Contemplamos en televisión, mientras comemos, la muerte de hambre de millones de personas. Son países alejados, realidades fuera de nuestro alcance de la que poco podemos hacer salvo lamentarlo. Somos inocentes.

Hemos olvidado virtudes como la piedad, la misericordia, la caridad. Resultan trasnochadas y bañadas de un tufo católico que las han vuelto inservibles. Hemos olvidado si tenemos conciencia, su examen se ha vuelto inútil, risible, nos comportamos según el papel que nos ha sido asignado e intentamos no salirnos de él. Es lo que todos hacen. ¿Qué otra cosa podíamos hacer? Somos inocentes.

Hacemos de los lugares comunes los pilares de nuestro pensamiento. Hilvanamos una ideología con las cuatro simplezas que nos transmiten, tópicos vacíos, titulares grandilocuentes. Si nos engañan ellos son los culpables, nosotros no tenemos responsabilidad por el crédito que les otorgamos. Somos inocentes.

Organizamos grandes revoluciones en el café. Arreglamos un mundo, desarreglamos otro, salvamos a unos, condenamos a otros. Nos sentimos satisfechos después del duro ejercicio dialéctico. Después nos vamos a casa a dormir la siesta Somos inocentes.

Somos obedientes hasta para nuestras objeciones de conciencia. Aceptamos disciplinadamente las tareas que se nos encomiendan, si acaso, después, protestamos en nuestro dormitorio. Creemos sin fisuras lo que nos dicen los nuestros, rechazamos categóricamente lo que afirman los otros. Esto es lo que nos da identidad y seguridad, estar dentro de un rebaño. Somos inocentes.

Tenemos cerca personas necesitadas, que piden dinero. Seguramente engañan, a saber para lo que lo quieren. Personas que han caído en el pozo de la droga. No son de fiar. Que no lo hubieran hecho. Gente que no llega a fin de mes. Los bancos. Personas en paro. Zapatero. Deprimidos, enfermos, discapacitados, solos. Son tantos. Somos inocentes.

Lo que alcanzamos nos alegra. Hemos vencido. Todo sigue igual, la sociedad son vasos comunicantes, lo que en unos aumenta en otros disminuirá, lo importante es que algunos vasos no se toquen. ¿Habremos de renunciar? ¿Cuál es nuestra guerra? Todo es tan complejo que solo podemos abarcar lo nuestro. Hay efectos imprevistos que se nos escapan de las manos, son otros los únicos responsables de ellos. Somos inocentes.

La pereza es nuestra máxima en el trabajo. Las condiciones laborales no merecen más. El otro, el público, solo tiene el cometido de estorbar, importunar. Otros, extranjeros que llegan, solo tienen el objetivo de arrebatarnos los puestos de trabajo que son nuestros, de rebajar las condiciones laborales que tanto nos han costado. Defendemos lo que es nuestro, defendemos nuestros derechos, nuestro derecho a la desidia. Somos inocentes.

Hay pelea. Mejor irse, no intervenir. ¿Qué puedo hacer yo? Qué mas da. Alguien miente y difama cerca de mí. Mejor me cayo, no va conmigo. Qué más da. Alguien ensucia la calle a mi lado, destroza mobiliario público. Si intervengo solo me meteré en líos sin solucionar nada. Qué mas da. Nos han forzado a desentendernos. Somos inocentes.

Espero que alguien pueda y quiera perdonarnos tanta inocencia.

1 comentario:

  1. Desde luego, Jesús, muy inocentes, inocentes, no somos. Muchas de las conductas que denuncias en tu escrito demuestran más bien que, en muchos casos, somos más bien unos indecentes. Lamentablemente la acción no se completa con la mera toma de conciencia. Yo ando dando vueltas últimamente a la idea de que la sociedad civil ha sido desactivada, por no sé bien qué perversos agentes del mal... Aunque tampoco eso me consuela, como puedes comprender.

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