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sábado, 20 de agosto de 2016

MEMENTO MORI





Quienes han leído otros escritos míos ya me habrán visto citar la costumbre romana según la cual un generalvictorioso desfilada por las calles de Roma entre los vítores del pueblo y con un esclavo a su espalda que al mismo tiempo que sostenía sobre su cabeza una corona de laurel le recordaba que iba a morir, que sólo era un hombre. Quizás la frase en cuestión era algo más larga diciéndole, “Mira tras de ti! Recuerda que eres un hombre". Sólo eres un hombre y no un dios. Hay ocasiones en las que los demás te ensalzan y la única respuesta tuya es engordar tu ego. Se trata de un riesgo en el que es fácil potenciar las situaciones que te puedan halagar y terminar creyendo sin interrogante ni duda alguna aquello que te dicen y quieres oír. Es muy cómodo creer que no tienes error alguno y que te encuentras por encima del actuar de la mayoría de los mortales.
Pero con frecuencia el mayor peligro no se encuentra en ese general victorioso sino en el público que le aclama. Quizás fuera necesario un esclavo para cada una de esas personas que les recordara que nadie es un dios, que nadie es perfecto, que todos somos seres humanos con nuestro punto de mediocridad, que nadie pasa por su vida sin cometer errores, que ese bullir de alabanzas puede resultar dañino para la persona que las recibe, que puede salir de él siendo peor de cómo entró. El sentimiento crítico no es señal de que a alguien no se le quiere, la crítica no tiene por qué resaltar maldad, fundamentalmente destaca la humanidad del otro, una humanidad en la que encontraremos aciertos y errores, fortalezas y debilidades, virtudes y defectos, bondades y, a veces, maldades. Es esa falta de actitud crítica la que pone en peligro no solamente nuestras personas, sino también la misma sociedad.
En los últimos días he podido encontrarme yo en ese borboteo excesivo de halagos, un rebullir que me puede ahogar. ¿Quién me conoce mejor que yo? Quien ha bajado conmigo a los sótanos en los que se encuentran mis humedales, allá donde se mantiene la carne que hoy me da la espalda. Quien me sacará, salvo yo mismo, del fango en el que una parte de mí chapotea en la inmundicia y entre deseos inconfesables. Quien me perdonará las heridas que mis torpezas han generado. Quien las conocerá salvo las personas que las sufren. Cómo podré redimirme salvo desde la humildad, cómo podré crecer si no es desde el descenso a los infiernos para apagar los fuegos que me abrasan. Sólo calmará esa inquietud el beso que se me da ante el espejo que refleja mi verdadero ser, allí donde la comodidad y el egoísmo se encuentran agazapados para no ser descubiertos. No os sorprendáis si me veis desandar algunos caminos y rehacer algunas posturas, será en esos momentos cuando yo necesite vuestro apoyo, cuando me veáis a veces triste, con frecuencia frágil y a menudo torpe. Es entonces, sólo entonces, cuando yo necesitaré las palabras que me muestren mi otro yo, aquel del que me puedo sentir orgulloso sin miedo a la hipocresía.

martes, 2 de agosto de 2016

LO QUE NO DICE ECHENIQUE Y OTROS NO QUIEREN SABER



 
Sigue la merienda nacional festejando tener a alguien a quien merendarse. Estos últimos días se le achaca a Pablo Echenique que prescindiera de los servicios de su asistente personal en 2013 para volverlo a contratar (aunque este contrato no estuviese firmado) en 2015 sabiendo que no se pagaba la Seguridad Social. Seguramente hay cuestiones que Echenique no dice y que mucha gente con voz en los medios de comunicación y en los partidos políticos prefiere ignorar o hacer como que se ignora. Seguramente no se ha dejado claro en ningún momento una cuestión fundamental: la naturaleza de ese trabajo de asistente personal que puede explicar el motivo por el cual a esta persona se la vuelve a contratar pasado un tiempo. Esas voces necesitarán carnaza, aquí la tienen de forma explícita.
Empecemos por el principio. La atención personal que un asistente presta a una persona como Pablo Echenique o a otra persona en situación parecida, como yo, comienza por abrir la puerta del domicilio con la llave que le hemos confiado, confianza que cómo podemos suponer ha de ser ganada y que no se otorga así como así. Una vez dentro te desnuda y pasa a la silla de baño. Antes de esa ducha puede ponerte una botella para que orines y te puede pasar al inodoro para que evacues el vientre, con todo lo que puede suponer en personas que pasamos la totalidad del tiempo sentados o tumbados, con la correspondiente limpieza posterior. En la ducha te enjabonará todo el cuerpo. Sí, todo el cuerpo, también esas partes que parece feo nombrar. Te aclarará con agua y te secará para después volverte a llevar a la cama donde te masajeará el cuerpo con crema hidratante para mantener tú débil piel en la mejor forma posible. Si es necesario te curará alguna úlcera que puede haberte salido en las nalgas o en los talones. Te vestirá y pasará a la silla de ruedas. Acto seguido realizará algunas acciones para facilitarte el inicio de tu día (pastillas, desayuno, teléfonos, gafas, etc.) Y ahí puede acabar la labor de tu asistente personal. Esta labor puede variar en parte pero siempre mantiene ciertas características: cercanía, intimidad, ayudas primarias y básicas para poder salir al mundo. No cualquier persona vale para esta función. Te encuentras literalmente en manos del otro. Tú, con toda tu posible fuerza, eres el débil, el indefenso, el frágil. Tu cuerpo expuesto al otro se eriza si ese otro no lo cuida de verdad. Necesitas la ternura de un niño al mismo tiempo que la complicidad de un adulto. La relación que se establece entre la persona cuidada y su asistente personal debe de ir mucho más allá que una simple relación laboral para desembocar en la amistad. Cuando encuentras una persona así es lógico que intentes mantenerla y que vuelvas a acudir a ella cuando la necesites y que si sabes que tiene una situación personal y laboral difícil, acudas a ella sin pretender complicarle la vida. No tienes juicio moral que hacer, ambos somos humanos. Desde el punto de vista social y económico tú eres el fuerte y él el débil.
Seguramente muchos de los que se comportan hoy como alimañas que se resisten a soltar la presa hasta devorarla del todo, no tienen conciencia de esta situación tan compleja. No tienen conciencia y a menudo se niegan a tenerla. Se niegan porque la conciencia de la debilidad del otro les obliga a establecer una visión compleja de la vida. Nada es negro o blanco, nada es bueno o malo, nada es virtud o pecado sin más. Hay muchas personas que en esta sociedad se ven abocadas a tomar decisiones que no siempre desean. Seguramente pocas personas se han librado de una situación así, pero aún así, algunas de ellas parecen ignorar que se han perdonado a sí mismas y que condenan con rigor a los otros. Lamentablemente esta visión de la vida requiere esfuerzo intelectual e incluso moral y no vende periódicos ni consigue votos. Si en algún momento se dieron cuenta de ello hace tiempo que lo olvidaron y se encuentran a gusto hozando en el teatro de la hipocresía en el que vamos convirtiendo todo.

viernes, 29 de julio de 2016

EN DEFENSA DE PABLO ECHENIQUE




En los últimos días se ha puesto de moda el llamado caso Echenique por el cual tenía trabajando cinco horas a la semana, como asistente personal (empleado de hogar, de hecho), a una persona. Políticos, tertulianos, periodistas y gente varia se han cebado en ello y han aprovechado a través de Pablo Echenique para arremeter contra su formación política. Esta aglomeración de críticas lo que pone de manifiesto es una gran hipocresía y un casi nulo análisis de la realidad, un desconocimiento, consciente o no, de esa realidad y, por lo tanto, un casi nulo, también, interés por transformarla. Se le puede achacar a Pablo Echenique una pobre defensa de su actuación pero nunca una crítica sin matices de esa actuación. Lamentablemente nuestra realidad se encuentra llena de matices pero nos encontramos con una población que desea ignorarlos en la medida en que vuelven esa realidad como compleja y difícil, para vivirla, con su ausencia, como algo simplista que no necesita interrogarse por lo que hace y le rodea.
Yo también soy discapacitado físico y catalogado como gran inválido. Yo también necesito a una persona para que todos los días me asee, me vista y me levante, unas escasas cinco horas semanales. Yo también comprendo la compleja situación ante la que se encuentran esas personas y ante la que me encuentro yo mismo. Debo contratar como empleados de hogar a esos asistentes y, al mismo tiempo, tengo que ser consciente del escaso atractivo de este trabajo ante el surgimiento, aunque sea temporal, de otros empleos de más tiempo y retribución económica, esto hace que deba asumir la variabilidad en las personas que lo desempeñan y aceptar su ir y venir. El tipo de empleo pone de manifiesto la necesaria existencia de una gran intimidad que hace que no valga cualquier persona; es necesario no sólo una gran destreza profesional sino una calidad personal que se inicia con una capacidad de ternura. Encontrada una persona así es necesario mimarla para que permanezca el mayor tiempo posible a tu lado. Comprendo que la decisión acerca de la cotización o no a la Seguridad Social corresponde fundamentalmente al trabajador o trabajadora, su decisión puedo interpretarla como un error pero nunca como una trampa. Desde el primer momento yo planteo su interés o no en esa cotización, poniendo de manifiesto de entrada que yo me haría cargo de toda ella; aún así las decisiones son diversas. De no estar interesado en esa cotización, asumo que mi desembolso económico ha de ser el mismo por lo que añado al pago de la hora diaria el equivalente al coste que me supondría el pago de su cotización. Para que esto no suponga tentación alguna para no estar dado de alta entiendo siempre que este ha de ser un segundo paso claramente diferenciado del primero. La realidad es que me encuentro con opiniones de ambos tipos y que aquellas personas que se deciden por no cotizar lo hacen por alguna de las siguientes causas:
  1. Por estar trabajando ya con contrato a tiempo completo pero con un salario mínimo y con unas grandes cargas familiares. La presencia de esta situación está presente casi siempre, paro en casi todos los miembros de la familia salvo en uno con un empleo temporal y un pequeño salario.
  2. La necesidad de sortear la legalidad para poder acceder a las ayudas económicas que esta pueda aportar. El tiempo de este trabajo es mínimo así como su retribución y uno no puede renunciar a otros ingresos que ocasionalmente pueden llegar.
En ambos casos tengo claro de que se tratan de alternativas ilegales, es el clásico dilema entre lo legal y lo justo que no siempre coinciden. Cómo puedo yo desde mi situación económica y social hacer un juicio ético y moral de estos comportamientos. Es cierto que esto pone de manifiesto la existencia de una economía sumergida, pero lo que no podemos ignorar es que lo que verdaderamente sale a la luz es la existencia de una población sumergida que bracea como puede para salir a flote. Querer ignorar esto es hipocresía, una flagrante y evidente hipocresía. Las situaciones económicas de muchas personas y familias son muy frágiles, por no decir que han caído ya en la pobreza. Cualquier euro es para estas personas como oro en paño, es comprensible que la dureza de su presente les impida poner su mirada en su futuro. Uno necesita salir hacia delante, pagar su casa, vestirse y comer e incluso permitirse unos gastos que le hagan pensar que se encuentra también dentro de esa sociedad de consumo de la que disfrutamos todos. Es vergonzoso hacer una crítica de estos comportamientos con un gin tonic en la mano y un sueldo seguro y aceptable a final de mes.


viernes, 15 de julio de 2016

PARADOJAS


LA SOBERANÍA

Para los nacionalistas, la nación implica soberanía y, por lo tanto, capacidad de decidir. Llámense como se quiera el concepto de nación y nacionalismo nunca se corresponden con la izquierda. Llámese como se quiera la nación nunca será algo natural sino una simple construcción del hombre, algo estrictamente artificial peleen como peleen sus defensores el derecho a decidir. Nacionalismo español y catalán es nacionalismo sin más empeñados en su derecho a decidir el todo por la parte. España decide no Cataluña, dicen aquí. Cataluña decide, no España, dicen allí. Aquí pretenden ser el todo y allí sólo la parte, pero una parte que para ellos es el todo. ¿Dónde pone que es así? Intento mirar en el cerebro de ambos y veo lo mismo, cierto totalitarismo y el engreimiento de considerarse la voz de una unidad completamente indivisible. ¿Qué ocurriría en ese solicitado referéndum si una de las partes (provincias, comarcas, ciudades) dice que no?¿Quiénes son los autoproclamados representantes de Cataluña para negar ese derecho?¿En qué argumento diferente pueden basar ese rechazo? Los nacionalistas españoles se creen los propietarios del derecho de decidir por encima de cualquier parte de esa España que consideran eterna pero que como toda construcción humana tuvo su inicio y tendrá su final. Los nacionalistas catalanes se creen los propietarios el derecho de decidir por encima de cualquier parte de esa Cataluña que consideran eterna pero que como toda construcción humana puede que tenga su inicio pero que de ser así también tendrá su final. Ambas partes tienen tanto que reflexionar en torno a su propio pensamiento, tanto que replantearse, tanto que hablar que de no hacerlo sólo pondrán de manifiesto un pensamiento dogmático siempre por encima de su humanidad, su cobardía al servicio de lo que creen les reportará réditos electorales y su inutilidad política. Ojalá la vida nos librara de elementos así.


VESTUARIO

Gustavo de Arístegui, cohecho,blanqueo de capitales y organización criminal, traje impecable, camisa de marca y corbata a juego; Pedro Gómez de la Serna, cohecho, blanqueo de capitales y organización criminal, traje impecable, camisa de marca y corbata a juego; Rodrigo Rato, fraude, alzamiento de bienes y blanqueo de capitales, traje impecable, camisa de marca y corbata a juego; Luis Bárcenas, fraude fiscal, cohecho y blanqueo de capitales, traje impecable, camisa de marca y corbata a juego; Francisco Granados, integración en organización criminal, delitos fiscales, blanqueo, falsificación, tráfico de influencias, cohecho, malversación y prevaricación, traje impecable, camisa de marca y corbata a juego; Francisco Correa, cohecho, tráfico de influencias, blanqueo de capitales, fraude fiscal, asociación ilícita y falsificación documental, traje impecable, camisa de marca y corbata a juego; Jordi Pujol Ferrusola, blanqueo de capitales y delito contra la hacienda pública, traje impecable, camisa de marca y corbata a juego; Carlos Fabra, tráfico de influencias, cohecho y delitos fiscales, traje impecable, camisa de marca y corbata a juego; Jaume Matas, prevaricación, cohecho, malversación de caudales, apropiación indebida, falsedad documental, tráfico de influencias, blanqueo de capitales, delito fiscal y delito electoral, traje impecable, camisa de marca y corbata a juego; Alfonso Rus, delitos contra la administración pública, fraude o blanqueo de capitales, traje impecable, camisa de marca y corbata a juego;  José María Aznar, declaración de guerra basada en datos falsos, millones de muertos, traje impecable, camisa de marca y corbata a juego,… Y pensar que el país a lo que tiene miedo es a una coleta.



martes, 28 de junio de 2016

JÚPITER




Ayer un amigo querido escribía que había decidido establecerse en Júpiter, que si alguien quería acompañarle que lo dijera. De buena gana lo hubiera hecho si me hubiera puesto el billete de viaje en la mano. Con frecuencia uno se siente tan raro, tan raro allá donde vive que con frecuencia las miradas que echa a su alrededor son de sorpresa. Los conciudadanos se empeñan en sorprenderte, cuando crees que has hecho un riguroso análisis racional imposible de fracasar, estos te sorprenden de nuevo y tienes que guardarte tu impecable análisis allá donde te quepa. Hay quien busca la solución a este problema envolviéndose en una bandera, en una iglesia o en las siglas de algo, pero cuando tú eres raro lo eres hasta el final, hasta dejarte las tripas en ello si es necesario. Raro de narices buscando consuelo en la melodía de una pieza musical o en la letra de un poema, ambas cosas bien definitorias del ser extraño. La soledad no es buena compañera por mucho que uno esté acostumbrado a ella. A veces desearía por un momento dejar de ser yo para pasar a ser ellos, pero uno no nació para eso, para bien o para mal uno no ha nacido así. No sé si mi amigo se encontrará o no ya en Júpiter pero yo estoy aquí sin el billete en la mano, sé que allá donde vaya nunca dejaré de ser raro. Sentado en el suelo de la plaza voy reduciendo cada vez más mi círculo. Está claro que no iré a Júpiter, de hecho no sé si tal planeta existe para mí, es posible que no pero lo que nadie me quitará allá donde esté es la capacidad para ser jupiterino.

jueves, 23 de junio de 2016

La buena muerte



 
Circula el llamado “Canon de la muerte ideal”, elaborado por Marga Marí-Klose y Jesús M. De Miguel propuesto para la ciudadanía española en el año 2000 y que viene a sintetizarse en los siguientes puntos:
  • Morir sin dolor.
  • Morir durmiendo o inconsciente. 
  •  Morir rápida y súbitamente aunque no joven.
  • Morir a edad avanzada aunque en buenas condiciones físicas y mentales.
  • Morir rodeado de lo seres queridos.
  • Morir en tu propia casa.
La primera pregunta que uno puede hacerse es si es posible, en rigor, establecer un canon ideal sobre la muerte que sea extensible para una aceptación mayoritaria de la población. Un canon indiscutible, que no exija matices. Soy yo así de peculiar o lo que es verdaderamente peculiar es la idea de muerte que tiene cada uno. Ese canon más allá de la bondad de sus puntos pone de relieve la manera en como entendemos nuestra vida y nuestra muerte.
El primero de los puntos es claro: no queremos dolor. Queremos una muerte higiénica y analgésica del mismo modo que queremos una vida así. Es posible evitar en gran medida el dolor físico, estamos capacitados para ello y es estúpido prolongar una vida cargada de dolor y sin esperanza alguna de superación de esa situación en algún momento cuando esto no se desea y es posible evitarlo. De hecho es mayor el miedo al dolor que a la propia muerte. Ese primer punto creo que resulta indiscutible para todos, el problema radica no en como idealizamos nuestra muerte sino en como pretendemos también idealizar nuestra vida convirtiéndola  también en algo higiénico y analgésico. El dolor forma parte de la vida y es por lo tanto inevitable. Nos encontraremos en algunos momentos y periodos con ese dolor físico que se podrá paliar, a veces, pero no siempre y sufriremos también el dolor psicológico y será inevitable que nos enfrentemos a él. Hemos construido una sociedad formada por unas personas que no saben como gestionar el dolor, que lo intentan apartar, cerrar los ojos ante él, ignorarlo, nos asusta. El enfrentamiento con ese dolor nos deja a menudo muy tocados, perturbados, incluso, por nuestra afán obsesivo e inútil de evitarlo, un afán que nos lleva a construir una sociedad que se empeña en alzar muros que impidan el acceso del dolor ajeno. Esta bien pretender una muerte sin dolor pero no podemos evitar la vivencia del dolor a nuestro alrededor. El afán curativo y analgésico ha de ir más allá de nuestra persona y nuestra familia. Lo que yo he hecho hasta el momento final justifica o no, en gran medida, mi deseo de vivir sin ese dolor.
El segundo de los puntos del canon es morir durmiendo o inconsciente. Se trata de morir sin saber que se va a morir. Dormir y no despertar. Completamente contradictorio con el deseo de morir rodeado por los seres queridos. Pretendemos una muerte no vivida, renunciamos a ser actores en ella, deseamos hacer mutis por el foro sin ser conscientes de ello pero ante nuestros espectadores queridos con un aplauso y un llanto final. Queremos morir sin saber que morimos, con una larga vida detrás, conscientes de la cercanía de ese momento pero deseando que al mismo tiempo nos atrape por sorpresa. La muerte forma parte de la vida pero no queremos vivirla. Comprendo la sorpresa que en algún momento produje al decir que deseaba saborear la muerte. Dicho así puede parecer un acto de masoquismo o incluso de cierto sadismo al pretender que mis seres queridos contemplen esa prolongación. Puede ser que llegado ese momento me atrape el terror pero no me gustaría que fuese así, desearía poder despedirme y poder besar, pedir perdón y dar la gracias, vivirlo con equilibrio y serenidad, poder contagiar paz y no transmitir miedo. Vivir el momento previo a la muerte que no tiene por qué ser en instante inmediatamente anterior. Me gustaría poder elegir ese momento si mi situación es un dolor permanente para mí y para los otros, saber que cuando me duerma, me duerman, ya no despertaré. Tener tiempo en esa idealización para volver a ver a las personas que fueron algo en mi vida, poder despedirme de ellas y decirles aquello que me faltó por decir. Aquí introduzco necesariamente un término demasiado denostado y rechazado: la eutanasia. Todo esto es incompatible con una muerte inconsciente y rápida.
Este es el tercero de los puntos de ese canon: una muerte rápida pero no joven, coherente con el cuarto, una muerte a edad avanzada. ¿Cómo puedo establecer ya el momento ideal para mi muerte? El momento ideal para mi muerte ha de ser aquel en el que la vida ya carezca de sentido para mí, aquel en el que sólo transmito dolor. Desearía que ese momento me llegara a edad avanzada pero nunca se sabe a ciencia cierta cuando llegará y menos cuando se padece una enfermedad neurológica de progresivo deterioro. Eso sí, desearía que ese momento me llegara con los deberes hechos, creo que para todos es así, especialmente cuando se deja una familia detrás. El momento ideal para la muerte es aquel en el que la prolongación de la vida es puramente artificial. Con la finalización no asistimos a una muerte artificial sino al final de una vida artificial. Es ese momento a los 30, 40, 50, 60 u 80 años en el que quizás deseemos morir, toda la vida que se nos prolongue más allá de él empeñados en una lucha contra la propia vida es un esfuerzo insensato. En muchas ocasiones yo seré consciente de que la muerte se me acerca y podré participar en la decisión de que esta llegue ya y en la forma en la que deseo que llegue. Ser protagonista hasta el último momento en el que pueda forma parte de mi muerte ideal.
Claro está que quisiera morir rodeado de mis seres queridos, pero no para que ellos me vean fallecer sino para poder realizar una despedida, para poder besar y ser besado, para poder llorar en calma con ellos si es necesario o para poder decir alguna broma si es posible y recibirla con las manos entrelazadas. Quisiera estar rodeado de mis seres queridos pero no necesariamente en el momento de mi muerte clínica sino en aquellos últimos minutos en los que yo pueda ser señor de mi consciencia. A partir de entonces sólo queda la ida que bien puede ser instantes después o prolongarse más tiempo. No me gustaría morir solo aunque no sé si en ese momento seré capaz de percibir la compañía. Si así fuese claro que me gustaría sentir el roce de una caricia o la música de unas palabras de cariño si en verdad me hubiera ganado esto.
Por último no me importa tanto el lugar del momento exacto de mi muerte sino todo lo anterior. El lugar viene de alguna manera determinado por el modo de vida en el que nos encontramos, por la dispersión de los miembros de la familia que hace que los ancianos, los abuelos, difícilmente formen parte del núcleo doméstico. Cada vez más todas estas palabras son una idealización de la muerte pues podremos morir solos de la misma manera en que seguramente viviremos solos y cada vez más moriremos lejos de nuestro hogar en la medida que ya no tendremos hogar, las residencias parece que serán nuestro destino, los “morideros” como dice Luis Montes. Un periodo demasiado extenso de nuestra vida en el que descendemos hacia esa muerte y en el que difícilmente podemos contar con la presencia que nuestros familiares durante todo ese tiempo. Es todo este tiempo final en el que la muerte no está presente el que realmente me da miedo y el que me gustaría evitar anticipándola si fuese necesario. Es todo lo anterior lo que es verdaderamente importante, sin mis seres queridos no habrá hogar y éste se encontrará allá donde se encuentren ellos.
Tanta vida que queremos cumplir sin tratar apenas esta cuestión, tanto tiempo desaprovechado en el que creemos que esta no llegará en la medida en que la ignoramos. Seguramente nuestra muerte nunca será plenamente ideal pero hablar sobre ella y tomar decisiones sobre ella cuando aún estamos a tiempo podrá servir para que aquellos que nos rodeen de verdad entonces intenten hacer que esta se aproxime de algún modo a ese ideal. Hablar es espantar, de alguna manera, su fantasma y es aprender a vivirla aunque sea desde la ficción con el intento de ofrecer un testimonio sobre ella sean cuales sean las condiciones en las que la vivamos. El hablar paradójico de una buena muerte puede llamar la atención pues la muerte siempre será dura pero es posible aspirar a que nos quede de ella un sabor agridulce y esto es posible. La despedida siempre nos producirá llanto pero también es posible que tiempo después, no mucho después, nos arranque una sonrisa. Esto dependerá de las circunstancias en las que ésta se produzca, pero también de cómo nosotros, los que acabamos el ciclo vital, la vivamos y no está mal que empecemos a hacerlo desde ya, cuando la muerte para nosotros no deja de ser una idealización.

La imagen es un fotograma de la película La fiesta de despedida

miércoles, 15 de junio de 2016

EL OTRO


 
La baba le caía por la comisura de los labios, ya nada podía impedirlo, se había dado por vencido y parecía despreocuparse del efecto que esta causase en los que le rodeaban. Siglos atrás e incluso mucho tiempo después no tan lejano personas como él habían permanecido encerradas en sus casas ocultas a los demás si no se las había dejado morir. Eran la expresión de la fragilidad humana y ser conscientes de esta fragilidad nunca había sido bien aceptado. La burla, el desprecio, la persecución, el apedreamiento hubieran sido la casi segura consecuencia de ser mostradas en público. Se trataba de evitarles esto y, al mismo tiempo, de evitarse la vergüenza que un familiar así suponía. La deformidad, una incapacidad para el movimiento, la discapacidad psíquica, la imposibilidad para llevar a cabo las tareas más básicas, el establecimiento de una mínima diferencia era razón más que suficiente para establecer la frontera entre ellos y nosotros. Se trataba de encerrarles en una categoría con sentido despectivo y condenatorio: los otros.

Esos otros siempre han servido para sentirnos más grandes, tanto que el mero hecho de su existencia podía justificar nuestra mediocridad. Incluso ahora, cuando la palabra integración se ha hecho de uso normal no dejan de ser utilizados para sentirnos bien. Siguen siendo otros y es nuestra generosidad la que les permite compartir con nosotros, los normales, su anormalidad. Los otros, etiqueta ideal y extensible a todo aquel que parece amenazar nuestra cultura, nuestra religión, nuestros hábitos, nuestro estilo de vida, nuestro refugio, todo aquello que creemos alcanzado y nuestro y que parece protegernos, a todos aquellos que parecen poner en riesgo la capacidad para ser nosotros.

Hasta hace muy poco e incluso no podría asegurar que ahora mismo no es así, me era incómodo contemplar como una persona adulta necesitaba ser ayudada en la comida, como le acercaban la cuchara a la boca y esta la abría y con frecuencia le quedaban restos de esa comida por los labios que le eran limpiados cuidadosamente con la servilleta, cómo se le troceaba el filete y le pinchaban uno a uno cada uno de esos trozos, cómo le daban de beber acercándole el vaso a la boca y esta bebía deseosa al mismo tiempo que el líquido se derramaba por los extremos de esa boca. Me era incómodo verla si bien hacía el esfuerzo para que esta incomodidad no se me notara. Me era incómodo oírla cuando me sentía incapaz para comprender buena parte de lo que me decía. Parece mentira cómo algo así puede poner en juego la comodidad en la que pretendes encontrarte. El otro te amenaza no con su acción sino con su mera existencia. El otro ya no es el ser alejado de ti que reafirma tu diferencia, sino que esta ahí, a tu alcance y tú al suyo, que te interroga con su simple mirada, es el espejo en el que puedes ver tu pasado, tu presente y tu futuro.

Ve que quedan restos en mi plato que ya no puedo coger, sin decir nada, me coge la cuchara, recoge los rebeldes restos y los acerca a mi boca. Ahora el otro soy yo.

 Foto de Carlos Díaz-Pinto Navarro de Raw Colectivo Fotográfico.