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domingo, 22 de enero de 2017

EL ÁNGEL DE LA MUERTE



Él ya tiene 92 años, su vida se limita a ir de la cama a la silla de ruedas y de la silla de ruedas a la cama, del dormitorio al saloncito que utilizan de comedor y de este al dormitorio. Un hombre acude todos los días a levantarle y a acostarle y lo saca todas las mañanas, haga el tiempo que haga, para darle una vuelta a la manzana cargado de bufanda, abrigo y una manta que le cubre las piernas. A pesar de ese pequeño paseo su relación con el exterior es prácticamente nula, su sordera es muy grande y su memoria ya muy pequeña y lenta. Nadie se para con él pues además de estar casi irreconocible, es demasiado grande el esfuerzo para ser identificado y a uno nunca le queda la garantía de, en realidad, haberlo sido. En casa le espera ella, 85 años, antes se iba sola todas las tardes a distraerse un poco en el casino, le gustaba jugar al bingo, ahora no puede hacerlo ya. Sus movimientos son lentos y torpes. Le da miedo caerse. Se la entiende mal, últimamente se queja de fuertes dolores en la boca y de tenerla llena de pus, aunque le dicen que no se preocupe. Una mujer acude todas las mañanas para hacerles la comida, pero es ella la que tiene que dársela a él que ya no puede ni tan siquiera coger un vaso. La mayor parte del día la pasan solos, en silencio, una comunicación sería casi inútil. Él y ella, solos, sin hijos, sin hermanos que ya murieron, sus amigos o también murieron o se encuentran en una situación similar a la suya. Solos, un día y otro y otro y otro. Ella dice, a quien acepte escucharla que está cansada de vivir, que su vida ya carece de sentido, que ya no hay nada que pueda hacerles ilusión, que el mundo ya no es el suyo. Cuando le dice a él que desea morir y logra hacerse entender, él se enfada, no quiere oírla decir eso, desear la muerte no está bien. ¿Qué haría el uno sin el otro? ¿Dónde irían a parar? El tiempo transcurre lento, allí nunca luce el sol. Agradecen una simple llamada telefónica de las muy escasas que reciben. Por un momento se sienten estar en el mundo para otros. Ella llora sin nadie que vea sus lágrimas. Se siente cansada sin nadie que escuche su queja. Sueña con un final sin nadie que la pueda ayudar.
Realmente no sabría decir cuando y cómo ha entrado ese hombre, el caso es que se encuentra allí sentado con ellos y está teniendo una relajada conversación. Sorprendentemente parecen escucharse los tres sin problemas. Ríen de forma natural, hace tanto que no lo hacían. Verdaderamente no hablan de nada en especial, sencillamente hablan. Seguramente ni siquiera ellos sabrían decir de qué. Allí está ese hombre desconocido con el que se encuentran como si fuese un familiar. Ignoran como se llama pero no les importa, ni siquiera piensan en ello. Confían en él de una forma instintiva, no les importaría dejar la vida en sus manos. Ella ha olvidado sus preocupaciones y él parece haber rejuvenecido bastantes años. La tarde transcurre de forma relajada, se va haciendo de noche. Parece no haber prisa y se comportan como si nadie extraño a aquella casa se encontrara con ellos. Están haciendo su vida rutinaria y así continuarán haciendo. Está llegando la hora de acostarse y así harán. Para nada perciben como falta de educación dejar a aquella persona allí sola. Cuando llega el momento los dos se marchan al dormitorio. Ella empuja la silla de ruedas de él. Como si fuese la cosa más natural del mundo, él se levanta de la silla y se acuesta y ella hace lo mismo. El extraño se acerca y los arropa. La besa a ella en la frente y con la palma de la mano le cierra los ojos; después le besa a él y le hace lo mismo.
No despertarán, había pasado un ángel.
¿Es necesario ganarse la muerte a base de vivir? ¿Cuántos años hay que cumplir como mínimo? ¿El sufrimiento reduce ese mínimo o es algo que se supone ya incorporado a la vida? ¿Es la vida un regalo que se puede volver contra ti sin que tú tengas la posibilidad de devolverlo? ¿Qué hacer cuando la vida ya te ha agotado, cuando los días ya son años, cuando el amanecer nunca llega? ¿En quien se encuentra la maldad, en quien ayuda a morir o en quien prolonga la tortura? Para que te concedan el premio, la muerte, es necesario haber recibido antes íntegramente el castigo, una vida insoportable y sin sentido; obligar a esto no supone virtud alguna, no hay piedad ni compasión, si es que se recuerda mínimamente lo que es esto, únicamente se trata de crueldad e insensibilidad o, como poco, de indiferencia. Aquel que no quiere ser dueño de su vida se erige en dueño de la de los otros. Cuántas parejas hay expuestas al olvido de todos en el día a día para sólo ser tenidas en cuenta como escandalosas, si sólo desean estar unidos hasta el final, si ni tan siquiera quieren ser separadas por la muerte; obligadas a esta separación una de las partes es sometida a una nueva condena: morir de tristeza en un asilo. Amar es ayudar en los momentos en los que la vida entra en crisis, asistir hasta el final, hasta el mismo suicidio si es necesario.

jueves, 19 de enero de 2017

Lectura y pensamiento





El último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (C.I.S.) recoge un dato fiel reflejo de nuestra realidad. El año 2015 casi el 40% de los españoles (cuatro de cada diez) no leyeron ningún libro. No se trata únicamente de señal de la progresiva pérdida de un hábito trasnochado, el libro, ese viejo objeto del culto para extraños seres de tiempos acelerados. Asumamos el cambio de los tiempos y con él asumamos también el cambio de formato. No nos referimos aquí al libro de papel o al electrónico, al texto impreso o al digital, nos referimos en primer lugar al hecho de la lectura amplia y tranquila que necesita unas actitudes y características cada vez más alejadas de las personas que estamos construyendo. Ese acto lector necesita realizarse bajo una serie de características: en soledad, en silencio, en quietud y con esfuerzo, se trata de un espacio de tiempo duradero, continuo y a pesar de lo aparentemente dicho, a realizar de forma activa, el acto de la lectura supone un diálogo en el que el lector no puede permanecer pasivo. La sociedad en la que nos movemos viene a ser la antítesis de este acto. El hombre de hoy tiende a huir de esa soledad que fácilmente se identifica con el aburrimiento. No estamos preparados para ese aburrimiento ni lo estamos para encontrarnos solos. Sinónimo aparente de esa soledad es el silencio, necesitamos el ruido a nuestro alrededor, la televisión ocupa un lugar central en nuestra casa y en nuestra vida, es uno más de la familia, no tiene sentido que un aparato de tal interés se mantenga apagado, es importante encenderlo desde el momento que nos encontramos allí y, en la medida de lo posible, sin que nos exija esfuerzo alguno pues su objetivo, no siempre declarado, no es este sino nuestro adocenamiento. Si al hecho de la soledad y silencio añadimos la quietud con lo que nos encontramos es el puro y simple aburrimiento, algo para lo que raramente estamos educados desde nuestra más tierna infancia. Esa sociedad acelerada o líquida no está construida para exigirnos esfuerzo, hemos pasado del texto continuo (el libro) al discontinuo (la Red), de la lectura prolongada de un texto a la lectura a salto de mata, aquí y allá. Esa Red nos aporta una capacidad nueva que hemos de desarrollar pero nunca a costa del sacrificio de nuestra capacidad lectora clásica. Estemos donde estemos, estemos ante lo que estemos, estemos como estemos, estemos con quien estemos, estemos activos que no quiere decir en movimiento. Que la opción de los entretenimientos pasivos no la convirtamos en un hábito, el hecho de la relajación ya es una decisión activa y el hecho de poner en off nuestra mente en algún momento en nuestra vida también ha de ser una decisión activa, consciente y puntual. La gran paradoja es creo que lo que llamamos animación lectora también va por caminos opuestos a ese acto lector. Nos encontramos fundamentalmente con actividades grupales, en movimiento, con alboroto la mayor parte de las veces y buscando la diversión. No es raro que después, cuando el niño se encuentra con el libro en las manos descubra que aquello no tiene nada que ver con lo que le hemos vendido.
Pero la perdida de esas capacidades va más allá del acto lector. Ese esfuerzo completamente personal, plenamente activo aunque no se perciba desde fuera actividad alguna, necesitado de un trabajo mental, no está poniendo en juego únicamente la acción lectora sino también el acto de pensar. Pensamos cuando nuestra mente está en on, siempre que establecemos un diálogo con la realidad, con nuestro exterior. Adocenarnos, sentir la incapacidad para encontrarnos en soledad y silencio, faltos de un ruido que impida que la información nos llegue con claridad, es algo bien representativo de la pérdida de la suprema capacidad humana, la del pensamiento. No se trata de grandes elaboraciones teóricas, seguramente hay muy poco por inventar y lo poco que haya no está a nuestro alcance. Se trata de sentir que nos encontramos en diálogo con la vida, que la rapidez que se nos impone desde fuera no nos impide detener el tiempo necesario para asumir la realidad en la que nos encontramos y descubrir nuestro lugar en ella. No buscamos grandes titulares, quizás sólo sea descubrir al otro, por pequeño que sea, y dialogar con su realidad. Se trata de cuestionarnos a nosotros mismos y estar siempre atentos a la lectura de la realidad que nos rodea, sea esa realidad en el formato que sea, incluido, por supuesto, un libro.

jueves, 5 de enero de 2017

TREINTA Y TRES AÑOS DESPUÉS




Octubre de mil novecientos ochenta y cuatro. Me resulta complicado recordarme por aquellos años. ¿Quién era yo? Quizás un jovenzuelo pletórico de futuros. Hay una pantalla difusa entre él y yo que me impide reconocerme. Quizás porque es imposible reconocer el futuro desde el pasado. Los sueños fácilmente se olvidan cuando uno despierta y quién era yo sino un soñador. ¿Y quién soy yo hoy sino un des-encantado? Alguien que despertó de una pesadilla con la respiración al galope. Han pasado tantas cosas en estos treinta y tres años. Han pasado muertes que nos han ido arrancando cada una de ellas una parte de nosotros, nos han despojado de parte de nuestra identidad y nos hemos visto obligados a irla recomponiendo con esfuerzo y dolor. Han llegado fracturas, distancias, soledades, noches, cicatrices que nos han entristecido la mirada, que nos han tornado algo escépticos, que nos han dibujado en el rostro los rasgos de la vida. La vida del desencanto cuando el hechizo se ha roto, cuando esa nube en la que vivíamos se ha desvanecido, cuando esas creencias que nos aportaban seguridad las hemos descubierto hechas de la misma fragilidad que nosotros mismos, carne de nuestra misma carne, pura y sencilla humanidad. ¿Cómo no perder la esperanza en ese desencanto del que ya no podremos regresar?
También han llegado vidas, nuevos ojos con los que ver, nuevas ilusiones en las que renacer. Sólo los otros nos hacen crecer, crecer en la conciencia de lo que somos, piedra pequeña y ligera, que no ha sido hecha “para ser ni piedra de una lonja, ni piedra de una audiencia, ni piedra de un palacio, ni piedra de una iglesia”, tal vez sólo para una honda. Descubrir la grandeza en la humildad, la fortaleza en la fragilidad, las grandes esperanzas hechas de pequeñas esperanzas, de minúsculos pasos, de diminutos gestos, de palabras sinceras, no huecas, todo a la altura y tamaño de nuestra realidad.
También han permanecido vidas. ¿Qué soy yo sino esas vidas que han permanecido junto a mí, que han ido configurándome? Una vez abandonada la estúpida soberbia del que se cree en la verdad absoluta he podido descubrir la absoluta verdad de los afectos, de los verdaderos afectos, aquellos que permanecen aun en caminos diferentes, los que establecen puentes aun en las distancias, los que guardan un rincón en uno mismo aun en el silencio.
Treinta y tres años después no he perdido la esperanza porque no he perdido los afectos, porque no he perdido algunos afectos; porque los que me han acompañado en el camino me han ido descubriendo cada vez más el encanto de la sencillez (porque me has acompañado); porque los que me han querido han sabido entender mis fisuras en el barro, mis debilidades a veces enmascaradas de genio (porque me has querido); porque hemos hablado y hemos pronunciado palabras diferentes que me han hecho salir de mi (porque me has hablado). Treinta y tres años después como agradezco a la vida (o a Dios, qué importa como lo llamemos) poder estar hoy aquí, junto a ti, desde la humildad, desde el silencio, desde el cariño.
Sólo así, en la noche oscura, estando ya mi casa sosegada, podré salir a buscar a la amada. ¡Y la amada está tan cerca!.
Gracias por todo.

viernes, 30 de diciembre de 2016

LA PELEA


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He vuelto a visionar la película “la leyenda de indomable” de Stuart Rosenberg, 1967, y en ella la pelea que tienen Luke (Paul Newman) y Dragline (George Kennedy), una pelea perdida de antemano para el primero pero que insiste en continuar por simple cabezonería antes que admitir que no puede más y se rinde. Quien quiera ver esa pelea puede hacerlo en el video que hay al principio. Sacó a colación esta escena pues me veo embarcado en una pelea similar. Una enfermedad crónica y degenerativa puede llegar a ser (afortunadamente, en el menor de los casos) una pelea así. En un boxeo reglamentado cuando uno de los púgiles recibe un golpe que lo lleva a la lona el árbitro para el combate y cuenta hasta diez para dar tiempo al caído a recuperarse y levantarse, si no es así detiene el combate. Imaginemos que el árbitro no hiciera eso, que el púgil dominador continuará golpeando y golpeando al caído sin que nadie parara esa pelea. ¿Qué ocurriría? ¿Cómo terminaría el ya derrotado? A veces siento que mi vida se encuentra en una situación similar y yo no nací para la pelea pero tengo que seguir y seguir y seguir y el cansancio llega. La lucha continúa pero nadie puede tirar la toalla y yo me veo obligado a continuar. Es tanto lo que cuesta levantarse de la lona cuando además sabes que inmediatamente recibirás un nuevo puñetazo. Sabes que fuera del cuadrilátero hay una serie de personas que están sufriendo contigo la paliza que estás recibiendo pero que no pueden hacer nada para detenerla y has de levantarte por ti y por ellos, aunque te cueste mantenerte en pie, aunque no sepas ya dónde está tu contrincante, aunque tus puñetazos vayan al aire. Continuas, continuas, continuas, hasta que ese contrincante termine sacándote a hombros, no precisamente para ser vitoreado. La pelea ha dejado huella también en el público que parte de él se ha marchado y el que queda esta en silencio. Tú, con la cara ensangrentada y llena de golpes aún intentas esbozar una sonrisa mientras eres sacado del ring.

martes, 20 de diciembre de 2016

140 CARACTERES



 
Pensar no está de moda, ahora lo que se lleva es el pensamiento rápido y breve, que quepa en 140 caracteres. Si alguien quiere estar presente en los medios de comunicación tiene que pasar por ahí, pensamientos leves, posverdades, en los que, fundamentalmente, se mueven las emociones, pensamientos casi intuitivos que casi no suponen esfuerzo. Eso es lo que hay que ofrecer, ideas simples, primarias, fácilmente digeribles y retuiteables. El éxito se encuentra ahí, no sólo en el consumo de esas ideas, sino, más aún, en la adquisición del modo de pensar. No gastemos tiempo en ello, que no nos suponga esfuerzo alguno, que no nos cuestione ningún aspecto de nuestra vida, construyamos nuestra cámara de eco en la que podamos vivir cómodamente. La racionalidad es lenta, pesa, molesta, a veces duele, huyamos de ella. Demos la bienvenida a los tuit, limitemos nuestro programa a los 140 caracteres, reduzcamos a ellos las verdades, apliquémosles la cirugía plástica necesaria para que quepan en ellos, maquillémoslos para que su presentación  sea la adecuada. Pensemos con las vísceras, siempre en 140 caracteres, censuremos aquello que entorpece el eco, midamos, cortemos, borremos todo lo que aburra; encasillemos la política en ellos, caben las vísceras pero no la razón, sí las emociones que se regurgitan pero no las que nos hacen parar y templar. Que hastío una vida con más caracteres.

jueves, 15 de diciembre de 2016

LA MOTO



Un ángulo recto puede llegar a ser más que una simple cuestión matemática. Dos rectas que se encuentran en un punto formando entre las dos un ángulo de 90°. Ese punto, el vértice, podemos situarlo en múltiples lugares: el blanco de un papel, las paredes de una habitación, los ángulos de un mueble, la esquina de una acera, el centro de una calzada. Situemos a un niño en la acera, es la hora de entrada al colegio y éste se encuentra justamente enfrente. Se trata de un niño pequeño, pongamos de unos seis o siete años, su hermana lo ha dejado ahí, a la espera de su vuelta mientras ella compra algunas golosinas. El niño tenía la obligación de esperarla, pero la tentación es muy grande, la puerta del colegio se encuentra solo a unos pasos, basta una carrera para llegar a ella. Estamos en los años 60, en una capital de provincia menor en la que apenas, por entonces, había tráfico; el niño sólo tenía que trazar a la carrera una pequeña línea recta. Recuerdo que es un niño pequeño, al que le puede más la tentación que la razón, no sabe mirar a la derecha y a la izquierda con la suficiente frialdad y rigor. El niño decidirá trazar esa línea recta a la carrera sin darse cuenta (realmente no lo sabemos con certeza pues ese momento no quedó recogido en su memoria) que a su derecha, más lejos de lo que se encuentra él, una moto viene a su encuentro, trazando otra línea recta que junto a la del niño establecerán el vértice de un ángulo recto. Físicamente el niño será el peor parado pues la moto le golpeará en la cabeza produciéndole una importante lesión, el motorista será sujeto del pánico, fue el niño el que se le echó encima. Fue un vértice dramático que cambió una vida. Ese niño era yo. Ese golpe me cambió la vida.
A partir de ese momento fui el niño del milagro. Nadie daba un duro por mí, la cabeza me quedó deformada, entonces resultaba difícil calibrar las consecuencias futuras de aquel golpe. Salí hacia delante, afortunadamente la moto no afectó a mi inteligencia pero sí lo hizo a mi memoria. Borró de ella aquellos años y quedó mermada para siempre. Me quedo un enorme cicatriz en el cerebro que solo la moderna resonancia pudo reflejar claramente. Mi inteligencia pareció desde entonces un buen motor casi sin gasolina, al que había que rellenar casi constantemente. ¿Cómo habría sido mi vida sin aquel atropello? Las respuestas únicamente serán meras hipótesis imposibles de comprobar. Quién sabe que habría hecho y hasta dónde habría llegado, qué habría alcanzado o a qué abismos me habría precipitado. Sólo sé como ha sido mi vida, esta vida, y cuáles han sido sus frutos, esos frutos hechos personas: mi mujer y mis hijos, los que con total seguridad no estarían aquí conmigo sin esa moto. Su conductor me hizo un favor aunque todos lo desconocieran en ese momento. No puedo imaginar otra vida sin esos frutos, sin ese sentido; ni puedo, ni quiero imaginar una vida sin ellos y cualquier imaginación me privaría de los mismos. En cada momento se abre un mañana diferente y el dolor que puede acompañar ese instante puede que en el futuro te sientas agradecido a él. Hoy son tantos los recuerdos que he sido incapaz de retener y es tan estrecha la síntesis de conocimiento con la que me he de manejar, tanto el que se ha evaporado. Esta es mi vida hoy, este mi presente en el que a duras penas sobrevivo sabiendo que es necesario hacerlo mirando hacia atrás sin resquemor, haciendo las paces con el pasado; sólo es posible avanzar en el futuro si hacemos las paces con el pasado. Puedo imaginar otra vida en la que yo alcance grandes objetivos (teóricos), suba muchos escalones hacia la cima (¿qué me esperaría en ella?), otra vida en la que personas diferentes me acompañarían, pero qué sería de mí sin ellos. Solo los tropiezos y los momentos de dolor, los exactos y concretos momentos de dolor, me han llevado hasta ahí, hasta las personas que quiero y que me han hecho, las personas que dan sentido a mi vida y que incluso pueden dar sentido a la pérdida de esa vida.
En una cadena nunca sabes cual será el siguiente eslabón, en los cruces con los que te encuentras en la vida raramente sabes hacia donde te llevarán y en qué circunstancias te vas a ver envuelto en el camino; cuando caes, al levantarte ya no eres el mismo que eras antes de la caída, si te empujan no sabes si ese empujón te hará llegar más lejos o te hará trastabillar, la persona a la que te unes nunca sabes en un principio si ha llegado para completarte o en el mañana estará arrancándote pedazos, si bajo el estiércol encontrarás un tesoro o si lo que tú consideras una alhaja esconde un garrote vil. En el azar que supone la vida puede que lo que mayormente tengas que agradecer se lo debas en su inicio a una moto.


miércoles, 30 de noviembre de 2016

LA FEMINIZACIÓN DE LA POLÍTICA

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Pablo Iglesias no es santo de mi devoción pero me siento en la obligación de salir en su defensa ya que considero que la reflexión que ha hecho acerca de la necesidad de feminización de la política es acertada, lamentablemente es algo de lo que no se habla ya que no se valora en absoluto y, por lo tanto, no se reflexiona sobre ello. Decir algo así en una organización política o sindical es como hablar del sexo de los ángeles, como filosofar alegremente para nada, dicho eso si pasa turno y el órgano correspondiente se dedica a tratar temas más importantes. Quizás no sea Pablo Iglesias el más adecuado para tratar ese tema en la medida en que parece poco representativo de esa idea de feminización, es agresivo, dominante y, por lo tanto, con un perfil claramente varonil pero sea así o no, la reflexión es muy interesante. Lógicamente los medios y el resto de los partidos se le han echado encima en el intento de hacer sangre bien por interés partidista o por simple ignorancia o mediocridad. La cuestión merece algunas puntualizaciones.
La primera de ellas es que conviene escuchar todo lo que dijo. En el video de arriba hay ocasión para hacerlo y poder juzgar por uno mismo.
En ningún momento rechaza como válida la incorporación de la mujer en las listas electorales y en los cargos directivos de partidos o empresas. Al contrario, subraya la importancia de ello pero considera que esto no es suficiente, y lleva razón, ahora mismo la incorporación de la mujer a la política es la incorporación a una organización claramente machista, para actuar en ella la mujer se ve en la necesidad de adoptar un perfil varonil. En política no vale todo lo que se pueda considerar blando o sensible, todo aquello que ponga por delante la persona al dogma. La mujer ocupa un espacio allí no para actuar como tal, sino para ser uno más de ellos.
Plantea que la feminización tiene que ver con la forma de construcción de lo político, así es. La feminización de la política, viene a decir, es hacer comunidad y esa comunidad sólo es posible hacerla desde la base, desde la más estricta realidad. Cuando se habla de casta política lo que se quiere resaltar es la distancia generada entre el quehacer político, que es fundamentalmente institucional y esa realidad. Hacer comunidad es, de alguna manera, hacer familia, incorporar lo emocional e incluso los afectos a ese quehacer político, y para hacer familia es absolutamente necesaria la incorporación de la mujer a ese proceso en la medida en que el hombre, históricamente, se ha desentendido del mismo. El cuidado tiene que hacer referencia fundamental al débil, a aquel del que las altas instancias parecen haberse desentendido. Esta feminización exige tres cuestiones, la primera de ellas la incorporación de la mujer a la política; la segunda la feminización del hombre, que incorpore en su persona los rasgos necesarios para ese proceso y abandone aquellos que tradicionalmente ha llevado consigo y que sólo han producido ruptura y dolor; la tercera y absolutamente fundamental el cambio en el modo de hacer política, que la actuación mayor de una organización se realice en la base y con la gente más necesitada, sea cual sea su raza, nacionalidad o religión. El trabajo en las instituciones sólo debería de ser una parte menor de los partidos y un trabajo limitado en el tiempo para evitar la encastización de los políticos. Lo deseable sería un camino de ida y vuelta que supusiera una retroalimentación. La política, a menudo, sólo parece un espectáculo de señoritos del que la gente se encuentra cada vez más alejada. Esta feminización supone conflicto pues al mismo tiempo que se construye es necesario de construir y en esos dos ámbitos encontramos personas muy a menudo encastilladas allí, que de ninguna manera están dispuestas a perder los modos y estructuras con los que han trabajado y han tocado poder. Se trata de incorporar a la vida política una idea del feminismo de los 60 que a algunos les genera risa y es afirmar que lo personal es político, que estamos haciendo política desde el lugar más íntimo y que esta idea nos cuestiona a nosotros y a la vez cuestiona las estructuras en las que nos manejamos y las formas en cómo lo hacemos. La forma es también el fondo y el medio también es el mensaje.
Uno de los aspectos que más se le han criticado es la identificación de la mujer con el papel de madre y con la función del cuidado. Criticar esto es un sin sentido. Si de algo puede estar orgullosa la mujer es de su papel de madre y de su función de cuidado, si de algo debe avergonzarse el hombre es de su desentendimiento de esa función. Cuidar ha de ser un principio profundamente asumido por toda persona que quiera dedicarse a la política. El cuidado ha de ser el de los más débiles y una tarea de la política debería de ser sacar todo el cuidado posible de la intimidad del hogar donde en el silencio y la privacidad queda en manos de la mujer atrapada muchas veces en ese papel. El hombre escala a las alturas, se cuelga medallas y se hace aparecer como el sexo fuerte e importante de la sociedad, mientras tanto la mujer se mantiene escondida en esa oscuridad del hogar. Recuerdo un texto que escribí hace tiempo y que ahora mismo viene como anillo al dedo, lo escribí a propósito de la lectura de El hombre en busca de sentidode Viktor Frankl, psiquiatra, en él narra su experiencia en los campos de concentración y hay un pasaje en el que dice que “los mejores de entre nosotros no regresaron de los campos”, fueron aquellos que murieron allí a causa de su sentido de la vida, murieron por solidaridad, por defender a un compañero, por ocupar el lugar de otro, por negarse a cumplir una orden… Es decir, “sobrevivieron aquellos que se endurecieron, los que perdieron los escrúpulos, los que utilizaron cualquier medio con tal de salvarse. Del mismo modo, las mejores de entre las personas cuidadoras fueron ganadas para el enfermo pero, de alguna manera, las perdió la sociedad. Esos esfuerzos sin medida no son compatibles con la vida pública y, a menudo, tampoco lo son con la vida laboral. Las mejores personas se encuentran concentradas en las grandes causas pequeñas, hablan poco y hacen mucho, representan el silencio en una sociedad en la que la saturación de palabras hace que estas pierdan su sentido, pueden permanecer ocultas pero serán las imprescindibles en una sociedad nueva.” Las mujeres callan y hacen, los hombres, a menudo, hablan mucho pero no hacen. La denuncia de un patriarcado como causa de la injusta sociedad que padecemos implica necesariamente la existencia de un matriarcado alternativo que ha de ofrecer nuevos valores, maneras y realidades.
Por una vez he de defender a Pablo Iglesias, aunque me hubiera gustado que ese mensaje lo transmitiera de un modo más tranquilo y reposado. Es necesario que busque en su interior con detenimiento su lado femenino, y es necesario que lo haga como es necesario que lo hagamos cada uno de nosotros.