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miércoles, 16 de diciembre de 2015

LA FELICIDAD


Tenía a mi alcance las condiciones necesarias para la felicidad y no era consciente de ello. La juventud, el reinado del ego es también el dominio de las pasiones y estas tienden a calmarse mediante la esperanza de alcanzar el objetivo deseado y a afligirse con los temores de que esto no pueda conseguirse. Para la felicidad la pasión resulta incompatible con la insatisfacción como elemento del carácter y quizá esto fue el lastre que me impidió esa felicidad. La pasión es vehemencia pero también sufrimiento, se trata de un estado que queremos permanente pero que así sólo nos lleva a la destrucción, es por tanto, vivida de este modo también incompatible con la felicidad pues esta tiende a ser considerada como un estado de euforia permanente algo que sólo nos lleva a la frustración. La felicidad está compuesta de momentos sencillos, casi frugales pero inmensos en esa su condición mínima, son alegrías temporales las que la alimentan y que en esa temporalidad llegan a convivir con la tristeza:
El big band que supone el nacimiento de un hijo.
El reposo de su cabeza en tu hombro mientras intentas calmarlo o dormirlo.
La saliva que queda en tu mejilla tras el beso.
El sonido de una voz inesperada y querida que conmueve tu rutinaria tranquilidad.
El rayo de sol por el que se desliza tu sueño y ante el que sólo tienes que abandonarte sin más.
El sentimiento de cariño percibido que te rodea y forma una coraza protectora contra el desaliento.
 El hacer del deshecho que te creías, las capacidades de ti que encuentras y casi desconocías, el poder profundo y cálido que te llega en el momento del descenso. El bien que todavía eres capaz de hacer.
La vuelta a la protección amorosa de la infancia con el cubrir de una manta, mediante el cuidado de mi cuerpo desnudo, con el abrigo protector a la hora de salir. El cuidado diario envuelto en cariño.
La recepción de una llamada inesperada, unas palabras de agradecimiento que crees inmerecidas, el encuentro inesperado de alguien que acumuló tu recuerdo aunque tú lo creyeras imposible, el homenaje también inesperado, también inmerecido, también liberador.
El momento de unas lágrimas producto de la emoción.
El contacto de unas manos, la percepción de mi cuerpo vivo.
La alegría natural de un ser querido a pesar del sufrimiento en el que le mueves.
Nunca recuerdo esos momentos asociados a la posesión, nada que compre, nunca a un regalo concreto sí al saber con ello que se piensa en ti.
Nunca al discurso también ortopédico que te viene de fuera, al juego de palabras que no dice nada de ti, no lo que he representado sino lo que he sido, siempre lo íntimo, lo cercano, al calor que percibes con ello.
Ahora, quizás un poco tarde, me doy cuenta de donde reside mi verdadera fortuna, de qué me ayuda a todo ello, de qué he de dar gracias a la vida, a pesar del dolor que me acompaña y de las lágrimas que conlleva, a pesar de mi prisión me siento libre, a pesar de mi alegría también siento la tristeza.
Hoy, sentado en mi silla de ruedas, me siento feliz.

martes, 1 de diciembre de 2015

ACLARACIONES AL “BUEN ENFERMO”



 
Mercedes Sosa, Todo cambia


Hace unos días escribí un texto, El sentido, que creo merece algunas aclaraciones y es que no siempre uno encuentra las palabras adecuadas. Quizá sea necesario establecer con claridad desde donde se escribe algo, en este caso se hace en primer lugar desde una segunda fase de la vida, ese momento en el que como dice Salvador Paniker uno se va desprendiendo de ego; en la primera parte uno se carga del mismo para hacerse un hueco en el mundo y en esa personalidad llena de ego los sueños y las expectativas han de estar al nivel de la misma, es lógico, no debe de ser de otra manera, mientras que en la segunda parte,  cuando uno vislumbra en el horizonte la decadencia física y la muerte, algo completamente natural y no por ello negativo, también es lógico que las ilusiones se empequeñezcan. El lenguaje siempre puede tener algo de paradójico, que una ilusión sea pequeña no tiene por qué significar una falta de grandeza pues lo pequeño y lo grande cambia dependiendo del momento de la vida en el que se esté pues la visión con la que se percibe también es diferente, siempre es posible la ilusión aunque las ilusiones se fijen en otras cosas, como siempre es posible la esperanza aunque esta se tenga en algo distinto.

El segundo lugar desde el que escribo es el profundo deterioro físico, y este es evidente e inevitablemente conlleva momentos de desánimo en los que la vida se oscurece. Lo valeroso no reside en que estos momentos no existan, eso sería sorprendente por no decir imposible. La visión de la vida también cambia del mismo modo que cambia la visión del futuro, incluso, me atrevería a decir, que cambia la visión del pasado. En ese cambio se generan sombras, cómo no han de generarse, sombras contra las que hay que luchar y contra las que una victoria ocasional no va a significar que no vuelvan a producirse alguna vez. Es en ese forcejeo en el que se produce la musculatura anímica necesaria para enfrentarse a los nubarrones que de vez en cuando llegarán.

Desprenderse de ego es caminar más ligero y hace posible descubrir un sentido de la vida que debería haber estado ahí desde siempre y que nunca dejará de estar sea cual sea nuestro estado físico, sea cual sea nuestra posición en el mundo, este sentido no es otro que el de ser mejor persona, sentido que está desapercibido mientras queremos comernos el mundo pero que valoramos cada vez más cuando el tiempo pasa y las dificultades de la vida se van haciendo presentes, es ahí donde hay que encajar cualquier otro fin como el de ser mejor enfermo. Es ese el papel que me ha tocado y el que debo hacer bien, es ese el testimonio a dejar a los que vengan detrás y puedan encontrarse en un aprieto semejante. Padecer una enfermedad no nos da patente de corso, es una realidad incontestable que vivenciar una enfermedad amarga a bastantes personas y que esta amargura amarga a su vez a las personas que tiene alrededor. Ser buen enfermo es mantener la alegría aún dentro de una tristeza inevitable, es mantener la esperanza sabiendo bien lo que podemos esperar de la vida, no una esperanza en cualquier cosa, alocada, con el riesgo  de vivir en una permanente montaña rusa generándonos ilusiones y desencantos después, de ser proclives al engaño, de necesitar salvadores aunque sean falsos; ser buen enfermo es ser sensible, empático, con el sufrimiento ajeno, es evitar la queja permanente, el lamento continuo y la necesidad de descargar en otro mi insatisfacción, es percibir nuestros errores, nuestros pecados y saber pedir perdón, es aceptar nuestra dependencia (dependencia que en alguna medida siempre habremos de tener) y darnos cuenta de las ayudas que recibimos y saber dar las gracias. Querer ser buen enfermo no supone falta de ánimo sino que es una toma de conciencia de la que es nuestra realidad primera y desde ahí a por todo lo que podamos teniendo claro que la enfermedad implica renuncias pero que también nos abre caminos que antes nos eran insospechados y que la grandeza no se encuentra en lo que creímos en un pasado, en la fama, la riqueza y el poder, sino en cuestiones que antes nos pudieron parecer pequeñeces. La felicidad no deja de estar a nuestro alcance, cambia sus registros pero nos puede acompañar ahora, incluso, más que antes.

sábado, 28 de noviembre de 2015

EL DESTINO

Silvio Rodríguez, Monólogo
“Este chico va a ser Premio Nobel”. Es muy raro alguien que no sueñe despierto desde la misma infancia. La fama, el dinero, alguien que cambia el mundo, alguien que es repetidamente portada de los periódicos, alguien en oposición a nadie, un mero nombre, más aún, un ciudadano anónimo. Ese debía ser mi destino, la gloria alcanzada con el triunfo. ¿Quién sueña con ser un derrotado? ¿Quién se recrea en el fracaso? ¿Quién piensa en el sufrimiento formando parte de su vida? Cuando uno es joven el dolor no cabe en el futuro soñado, sólo con el éxito y el placer forjamos ese sueño.

Pero el tiempo pasa y nos vamos haciendo viejos, el cielo se va ensombreciendo y las ilusiones se van empequeñeciendo, el destino pasa de largo, alejándose y dejando en nosotros el ropaje vulgar que nos acompañará el resto de la vida. Nuestros sueños se vuelven toscos, groseros, muy lejos de esa majestuosidad con la que anteriormente los recubríamos. Pero el vulgo puede dejar de ser chusma y uno irse encontrando cómodo en él, el destino es ser uno más.

Y aquí estoy, en esta silla ruedas, eterna compañera, cuando todos esos sueños se tornaron imposibles, el paso del tiempo hay impedido ya avanzar hacia ellos y cuando el cuerpo parece volverse enemigo, esas piernas que se niegan a moverse, esos brazos cuya pérdida de músculo desearía arrastrar también al músculo vital incapaz de posar una mirada esperanzadora en la vida, esas manos que no reconocen, que no toman posesión alguna de lo que me rodea, esa piel que duerme, esa vejiga que traiciona, ese cerebro que olvida, ese cuerpo, en fin, que en la medida que me abandona se hace mas presente en mi vida. Cuando la vida parece ya no tener destino, andar alocada hacia un final pesaroso, cuando el único sentido parece que es morir uno puede descubrir el destino para el que pudo nacer, aquello que al final, ese largo final, puede explicar la razón por la que estás aquí, lejos, muy lejos, de las celebraciones fastuosas y de los oropeles, de los ruidos y los vítores; entonces entiendes que aquello a lo que estabas destinado no es sino esto, estar enfermo y hacerlo bien, este ha de ser tu testimonio, este es el papel que has de representar, para eso naciste, ser un buen enfermo, y a ser posible, un estupendo enfermo.

ACLARACIONES AL “BUEN ENFERMO”

Pablo Milanés y Mercedes Sosa,  Años

martes, 24 de noviembre de 2015

ALÁ ES GRANDE



“¡Alá es grande!” exclama repleto de testosterona el guerrero antes de utilizar a quemarropa el Kaláshnikov o de inmolarse con un cinturón de explosivos creyendo que ese gran Alá le protege o le reserva una eterna dicha en el paraíso. Da igual el sustantivo que le apliquemos, ya sea Alá, Dios o Yahveh, da igual el nombre siempre que esté sustentado por alguna religión, en todo caso estará configurado por el antropomorfismo: la imagen de un ser humano anciano, venerable, algún atributo que le mantenga unido inevitablemente a esa imagen, grande, omnipotente, omnisciente, bueno, creador… Seguramente es inevitable anclar nuestro pensamiento en algún atributo o imagen que nos permita dar forma a esa abstracción, siempre es mucho más sencillo un pensamiento concreto que uno abstracto, descender del segundo al primero en la medida en que para hablar de ello sólo podemos utilizar nuestro lenguaje, aquel que hemos ideado y que sólo puede hacer referencia a nuestros objetos, nuestras experiencias o nuestra realidad. Un pensamiento abstracto que para ser expresado necesita un lenguaje que podamos conectar con algún aspecto de nuestra realidad, un lenguaje completamente abstracto no nos expresa nada y para nada nos sirve pues es completamente ininteligible. Algo completamente ininteligible para nosotros como puede ser el concepto Dios sólo podemos expresarlo mediante términos lingüísticos inteligibles, el problema es que en ese salto nos podemos quedar en la limitación del significante. La relación entre el significante (la palabra Dios) y el significado (el concepto) es completamente arbitraria, para otorgarle sentido es necesario definir ese concepto, algo que solo podemos hacer mediante la utilización de otros significantes que nos ayuden a concretar cada vez más esa abstracción a la que llamamos Dios para poderla entender. El problema es que un concepto supuestamente infinito, sin un referente concreto, queda atrapado en los límites de los significantes que lo definen. Esta limitación funciona del mismo modo tanto en un creyente como en un ateo, en la afirmación y en la negación se afirma y se niega el mismo significado, ni en un caso ni en otro se plantea la posibilidad de variar los significantes que lo definen, incluso la negación es tajante sin dar la oportunidad de mantener un significante variando su significado, es por ello que una discusión manteniendo ese significante pero variando el significado se hace completamente imposible ya que esta posibilidad es inconcebible, verdadero problema para aquel que sin afirmar y sin negar el término cuestiona los significantes que lo definen y se encuentra interesado en reflexionar sobre él.
Lo problemático es que las características del concepto lo convierten en algo auténticamente acomodaticio incluso dentro del conflicto. Dios nos determina qué  es lo que hay que hacer pues lo dicta, nos otorga la seguridad de una vida sin preguntas pues ya nos ha dado las respuestas, nos encauza en una vida de sumisión no ya ante la palabra de Dios sino ante la de quien habla en su nombre pues es este y no nosotros quien está autorizado a interpretarla. Su poder nos da autoridad, su conocimiento nos da certeza, su incuestionable justicia y bondad nos otorga una moral cuya validez no radica en a quien beneficia (el hombre, la vida) sino en donde está su origen (Dios y lo sobrenatural) de tal manera que no importa las vidas que se sacrifiquen si es en cumplimiento de la palabra de Dios o de Alá, incluso la propia vida pues este acto siempre será recompensado.

Juguemos a creer que pensamos y qué aquello que pensamos se ajusta a la realidad como si hablar de realidad no fuese un disparate en este caso, como si hablar de Dios fuera posible sin estar convencido de que uno está equivocado. El error es inevitable y aún así uno se empeña en transitar por él como si por definición no nos sobrepasara y todo aquello que creemos a nuestro alcance es por ello un sinsentido, simplemente decir que Dios existe es un contrasentido porque es encerrar entre las cuatro paredes que permiten nuestra comprensión aquello que es imposible llegar a comprender en la medida en que es un horizonte absolutamente inalcanzable porque al pretender que hemos llegado siempre nos  está abriendo uno nuevo. Pero aún así, aceptemos la necesidad de Dios, de un absoluto que nos genera sentido, de un fin que nos hace caminar y por dónde caminar, de aquello que establece conexiones entre cada punto de nuestra realidad, de aquello que da lo mismo como lo llamemos y que da lo mismo si lo afirmamos o lo negamos en la medida en que aquello que podemos afirmar de hecho por ese mismo motivo sólo podemos negarlo y aquello que si está a nuestro alcance negarlo por eso mismo se abre una posibilidad de afirmación. Es la necesidad que tenemos dentro de nosotros de algo que nos desborda, aceptemos qué lo que estamos definiendo no es a ese Dios sino nuestra necesidad de ello, que nos estamos definiendo a nosotros mismos.    

Pero arriesguémonos, pensemos en un Dios que nos necesita a nosotros, que depende de nosotros, que se encuentra en nuestras manos ayudarle o abandonarle; un Dios mudo que nada nos dice y que es al contemplarlo cuando surge en nosotros la pregunta de qué hacer; un Dios que nos ignora, que puede desconocer incluso nuestra existencia, ante el que nos encontramos en completa libertad, una libertad que nos incomoda y ante la que la única certeza es el error y con la que no nos podemos escudar en nada, nosotros somos los responsables de todo lo que hacemos. Un Dios que está ahí, en silencio, en quietud, que nos rodea y nos incluye y ante el que podemos sentirnos su señor. Un dios cuya mayúscula es la constatación de esa continua minúscula. Es dios, dios, dios, dios en todo aquello que existe; en aquello solo y en todo a la vez. Un Dios al que da lo mismo como nombrarlo, que es nuestro inicio y nuestro final, nuestro exterior y nuestro interior, al que no necesitamos para vivir y que siempre está en nosotros alimentándonos.
¡Alá es grande! ¡Dios es grande! ¡Yahveh es grande! Es esa barbaridad que cometes en nombre de una grandeza que pretendes te exima del pecado de lo que haces la que te vuelve nadie, ridículo, patético, monstruoso, loco. Eres tú el qué serás grande o pequeño en función de lo que hagas, de cómo cuides a ese Dios que te rodea y te necesita y que no es nadie sin ti.

viernes, 20 de noviembre de 2015

SAN MANUEL BUENO, MÁRTIR


http://www.ciudadseva.com/textos/novela/esp/unamuno/san_manuel_bueno_martir.htm

 
Uno de los libros que ha forjado mi manera de pensar es San Manuel Bueno, mártir de Miguel de Unamuno. Versa sobre el carácter intolerable de la verdad, o de lo que uno cree que es la verdad, para mucha gente y de cómo uno no debe cuestionar esta cosmovisión si quiere mantener la felicidad, la unanimidad de sentido, de esas personas. En una sociedad en la cual parece predominar el discurso sobre el ser, aunque ese discurso sea contradictorio con la práctica de la persona, uno no puede resquebrajar la manera de explicar la vida si esta otorga felicidad y equilibrio al otro, especialmente si ese otro podemos decir que nos muestra un testimonio de vida que a nosotros, por lo menos, nos da ejemplo y nos abre interrogantes.

La palabra explica pero también engaña, es una referencia pero no es suficiente para dar identidad, su dominio es la riqueza de unos pocos pero nunca puede bastar para subordinarnos a ellos. El discurso es aplaudido, coreado, por la masa y a menudo parece bastar para establecer la ejemplaridad pública del sujeto que lo pronuncia, no es necesario, incluso parece inadecuado, hurgar en la vida privada de ese sujeto. Mientras el discurso sea exquisito y válido para los intereses del grupo cada uno puede hacer con esa vida privada lo que quiera, el problema puede surgir cuando esa privacidad termina haciéndose pública y aparecen cuestiones que pueden perjudicar al grupo.

Y viceversa, a veces basta que el discurso no sea compartido para cebarnos en ello e intentar desmontarlo aunque difícilmente podamos achacar defecto alguno a esa persona. ¿Quién soy yo para cuestionar esa manera de explicarse la vida si le otorga sentido? Vivimos en una sociedad en la que el discurso es la capa de aceite que flota en el agua y que no termina de mezclarse con ella, es la grasa que flota sobre un líquido con el que nunca formará una mezcla, dando igual el tipo de grasa y el tipo de líquido que utilicemos. El discurso nos sirve, fundamentalmente, para sentirnos formando parte de un grupo y, por lo tanto, para sentirnos enfrentados a otro, dando igual la práctica vital que se tenga pues esta ni nos agregará ni nos expulsará de grupo alguno. Un discurso determinado no conlleva en la realidad una manera de vivir y, a menudo, aunque nos parezca sorprendente, una manera de vivir no siempre lleva consigo una determinada manera de pensar.

Lamentablemente en esta sociedad el discurso es más valorado que la práctica vital y esto no deja de encerrar una cierta visión clasista de la vida. El dominio del discurso se encuentra, fundamentalmente, en manos de la persona letrada, con estudios; poner el acento en el cambio de ese discurso frente al cambio de la práctica es mantener el ejercicio de esa visión clasista que a la vez encierra una importante trampa, la de apostar por lo fácil que no pone en cuestión nada de lo importante en la vida y que, en buena medida, cambia poco o nada manteniendo lo fundamental en ella. La persona con estudios, en esta sociedad, tiene mucho que enseñar y poco que aprender de aquellas humildes que no han avanzado en esos estudios, mientras que estas parece que tienen poco que enseñar y mucho que aprender. Aquello de lo que se pueda obtener una credencial a relacionar en el currículum resulta importante pero de nada sirve poder hacer referencia en este al hecho de ser buena persona, de tener empatía, ternura, caridad o, incluso, inocencia. Pienso que es importante saber decir, cuando es necesario, como Don Manuel: “Yo estoy para hacer vivir a las almas de mis feligreses, para hacerles felices, para hacerles que se sueñen inmortales y no para matarles. Lo que aquí hace falta es que vivan sanamente, que vivan en unanimidad de sentido, y con la verdad, con mi verdad, no vivirían”. Se trata de poder decir con franqueza, "yo no soy nadie ante este derroche de humanidad y algunas palabras sobran".

martes, 17 de noviembre de 2015

LA GUERRA



Es verdad, estamos en guerra, sí, y nuestro territorio también forma parte del frente. Estamos en guerra, sí, y nosotros participamos en la batalla. Estamos en guerra, sí, pero esta es muy diferente a como la imaginamos, una guerra que va mucho más allá de un frente bélico y es por eso por lo que resulta mucho más complicada.

Es una guerra contra el fundamentalismo, pero no solamente contra uno en concreto, es una guerra contra todo fundamentalismo, también aquel que anida en nosotros cuando anteponemos nuestros dogmas o ideas a las personas. Una guerra contra el fanatismo que sataniza al otro cuando no piensa como nosotros.

Es una guerra contra el simplismo que identifica al enemigo como el que vive más allá de una línea fronteriza, como todo el que profesa una religión o participa de una ideología. Es una guerra que hoy señala a todo musulmán como aquel que representa una amenaza para nosotros cuando ellos son la primera víctima de aquellos que también son nuestra amenaza.

Es una guerra contra el victimismo, contra la necesidad de un enemigo para sentirnos cohesionados y justificar nuestras carencias y debilidades, cuando es el adversario en que nos otorga entidad y no nuestro ser en sí, el oponente el que nos hace grupo en la medida en que lo vamos llenando de defectos y es este demonizar al otro lo único que nos llena a nosotros de virtudes, supuestas virtudes.

Es una guerra contra la credulidad que tiene fe a toda palabra que salga de nuestro "imán" particular, de aquel a quien hemos otorgado autoridad sobre nosotros, en quien confiamos diga lo que diga aunque sea la promesa de un paraíso lleno de vírgenes o de una tierra convertida en un infierno.

Es una guerra contra el miedo, aquel que nos encierra en casa, aquel que nos prohibe la música, aquel que nos va cercenando nuestra poesía hasta suprimirla del todo, aquel que nos hace mirar a todos lados y convertir en sospechosa toda persona que se nos cruce y temerosa cualquier palabra que se nos dirija.

Es una guerra contra todo desprecio a la vida, contra todo “viva la muerte”, contra toda justificación de víctimas colaterales, contra todo sacrificio de inocentes. Esta guerra nunca se ganará con más muertes, con una estadística mortal que convierta al ganador en un cadáver andante.

Es una guerra que hay que librar también contra nosotros mismos porque nosotros también podemos ser nuestro enemigo.
Imagen de la fotógrafa holandesa Jo Hedwig Teeuwisse

viernes, 13 de noviembre de 2015

Pásalo: abstente al Senado



 
Por qué el Senado. La Cámara alta es uno de los principales focos de crítica a la hora de recortar parte del derroche económico que padecemos, y lo es porque se trata de un órgano completamente inútil. Según recoge el artículo 90 de la Constitución española, para la elaboración de una ley orgánica el Senado “puede, mediante mensaje motivado, oponer su veto o introducir enmiendas” al texto que haya sido enviado por el Congreso. Pero “el proyecto no podrá ser sometido al Rey para sanción sin que el Congreso ratifique por mayoría absoluta, en caso de veto, el texto inicial, o por mayoría simple, una vez transcurridos dos meses desde la interposición del mismo, o se pronuncie sobre las enmiendas, aceptándolas o no por mayoría simple”. Es decir, poseer una mayoría parlamentaria en el Senado no supone en la práctica poder alguno ya que, en última instancia, es el Congreso el que inicia y última cada ley, ratificando o no lo que apruebe el Senado. El control del parlamento reside en el control del Congreso. Para un órgano de segunda lectura que corrija fundamentalmente errores técnicos no es necesario tamaño engendro.
En la práctica el Senado se trata únicamente del lugar a donde llevan a morir los elefantes. Supone un reconocimiento que los aparatos de los partidos dan a aquéllos políticos y políticas fieles que ya no son estrictamente necesarios. Un cargo más bien honorífico que puede calmar el mono de la acción política y que, al mismo tiempo, está muy bien remunerado. Su inutilidad hace perfectamente compatible el voto en el Congreso al partido que se prefiera y la abstención en el Senado.
El ahorro que supondría su desaparición sería un elemento importante a la hora de realizar ajustes económicos que evitaría tocar otras instituciones o sectores infinitamente más necesarios.
Por qué ahora. La situación política y social de nuestro país ha puesto sobre la mesa la necesidad de reformar la Constitución. Para suprimir o reformar en profundidad el Senado es necesario reformar la Constitución. En estos momentos, se desee o no, ésta ha de ser abierta en canal y reformados muchos de sus puntos principales. No se puede desaprovechar la ocasión.
Por qué abstención. Circula por Internet y a través del móvil un escrito en el que se promueve el voto en blanco pero en una dimensión disparatada pues aspira a que el Senado no reciba voto válido alguno y quede la cámara vacía. No merece más atención una propuesta tan irracional.
El voto nulo se considera como "voto emitido no válido" y no cuenta para realizar el reparto de escaños, por lo que no benefician ni perjudican a nadie. Se considera un voto ”gamberro” que no pone en cuestión la institución en sí sino a los políticos aspirantes a ocuparla.
El voto en blanco se considera voto válido y por lo tanto cuenta para el reparto de escaños. De perjudicar lo haría a los partidos pequeños que estén en el límite del 3% necesario para entrar en el reparto de escaños. transmite la idea de que la persona está de acuerdo con el sistema electoral y con la institución en sí pero "no le satisface ninguna opción".
La abstención tiene un significado más difuso, pero no lo tiene cuando únicamente nos encontramos ante una abstención para una sola de las cámaras. Es decir, cuando hay voto válido para el Congreso pero no lo hay para el Senado, sino que hay abstención, el significado está claro: un rechazo a la institución en sí independientemente de las personas que aspiren a ocuparla.
En las elecciones del año 2011 hubo 11.113.050 abstenciones al Congreso, lo que supuso un 31, 06%, por 11.295.819 para el Senado, es decir, un 31, 57%. Hubo 182.769 personas que se abstuvieron exclusivamente en el Senado. Yo doy fe de que esto posible puesto que lo he realizado. Se cuestiona el Senado no sus posibles integrantes, y el cuestionamiento es mayor en la medida en que el número de personas que se abstienen es mayor. Esta posibilidad debería ser la propugnada por todas aquellas formaciones políticas que desean la reforma constitucional y en especial la de este órgano y no tienen grandes expectativas de lograr suficientes votos para tener senadores.
Sí es posible la perplejidad de los integrantes de la mesa electoral en la medida en que este no ha sido un acto corriente, pero esa perplejidad no nos puede privar derecho a ejecutar esa acción. La ley electoral y la Constitución nos asisten.
Como he dicho un alto número de abstenciones en la cámara alta reflejaría un rechazo masivo por parte de la ciudadanía que debería ser escuchado por parte de los políticos; en cualquier caso, la decisión de abstenerse refleja un planteamiento personal que no tiene por qué estar sujeto a cálculos posibilistas que en este caso son innecesarios.
Por lo tanto, pásalo y que esa abstención sea lo mayor posible.