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sábado, 25 de octubre de 2014

EL MESÍANISMO





 
 
Y extendió Moisés su mano sobre el mar, e hizo Jehová que el mar se retirase por recio viento oriental toda aquella noche; y volvió el mar en seco, y las aguas quedaron divididas. Entonces los hijos de Israel entraron por en medio del mar,  en seco, teniendo las aguas como muro a su derecha y a su izquierda. Y siguiéndolos los egipcios, entraron tras ellos hasta la mitad del mar, toda la caballería de Faraón, sus carros y su gente de a caballo.
Aconteció a la vigilia de la mañana, que Jehová miró el campamento de los egipcios desde la columna de fuego y nube, y trastornó el campamento de los egipcios, y quitó las ruedas de sus carros, y los trastornó gravemente. Entonces los egipcios dijeron: Huyamos de delante de Israel, porque Jehová pelea por ellos contra los egipcios.
Y Jehová dijo a Moisés: Extiende tu mano sobre el mar, para que las aguas vuelvan sobre los egipcios, sobre sus carros, y sobre su caballería.
Entonces Moisés extendió su mano sobre el mar, y cuando amanecía, el mar se volvió en toda su fuerza, y los egipcios al huir se encontraban con el mar; y Jehová derribó a los egipcios en medio del mar. Y volvieron las aguas, y cubrieron los carros y la caballería, y todo el ejército de Faraón que había entrado tras ellos en el mar; no quedó de ellos ni uno. 

 EXODO

El mesías libertador dirigiendo a su pueblo hacia la tierra prometida, atravesando las aguas del Mar Rojo. Vientos de mesianismo flotan a nuestro alrededor, aires de mesías con los que algunos sueñan.
El principal problema del mesías no se encuentra en él sino en el mesianismo, en nosotros, en aquellos que confiamos ciegamente en él. El que creemos mesías no es sino un ser humano y como tal, frágil, falible, mortal, perecedero. El que creemos mesías no es Hijo de Dios, no existe palabra de Dios toda palabra es del hombre, todo aquel que se haya proclamado su mediador o bien estaba loco o nos ha engañado. Nadie es imprescindible, si a él le otorgamos esa consideración nos consideramos prescindibles a nosotros mismos y somos nosotros, cada uno de nosotros, los que somos necesarios, imprescindibles. Lo somos para dejar nuestra huella, lo somos para asumir el complicado equilibrio de pensar por nuestra cuenta, el riesgo de opinar, la insustituible necesidad de amar, la difícil capacidad de compartir, la lucidez y valentía para situarse frente a la masa, decir sí cuando todos esperan que digas no y no cuando todos esperan que digas sí.
Si creemos a alguien imprescindible todos somos prescindibles, pero es el medio, la organización, la institución la que lo es. Si no es así el instrumento sustituye al hombre y es a éste al que hay que sacrificar si es necesario. Convertir el medio en fin es la gran estrategia embaucadora para situarse ellos en él. Es el hombre el sacrificado para beneficio de algunos hombres.
Pero es cómodo sentirse formando parte del pueblo elegido; nuestros límites se difuminan, somos capaces de ignorar nuestra fragilidad, formar parte del pueblo elegido supone creernos elegidos nosotros también. Uno puede formar parte del pueblo pero no del elegido porque no existe tal. No hay pueblo elegido por el Altísimo, pero sí el pueblo elegido por cada uno de nosotros. El pueblo a elegir es el que nunca es elegido.
Sin embargo, en una sociedad en la que reina la mediocridad más absoluta es muy difícil no sentirse tentado por el mesianismo, creer en la posibilidad del libertador y de la tierra prometida así como la necesidad de identificar al opresor y hacerlo con facilidad, identificar al apestado al que hay que mantener cuanto más lejos mejor. En esa situación es fácil otorgar la calidad de mesías a lo más vulgar y mezquino y de tierra prometida a una estampa que es más de lo mismo aunque cargada con nuestros sueños. No hay mesías que valga si nosotros no somos libertadores ni hay libertad sin cadenas que nos exijan serlo permanentemente.

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