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lunes, 20 de diciembre de 2010

UNA INVITACIÓN AL OPTIMISMO DESDE EL PESIMISMO




No pretendo engañar a nadie, no espero un futuro rosa en la cercanía, ni tan siquiera lo espero en la lejanía de mi vida (una lejanía no tan lejana), sobran argumentos para sustentar lo anterior, como muestra solo algunos botones:
- Vivimos en un sistema centrado en el puro y duro beneficio económico al que todo se supedita. Una bicicleta que nunca puede parar so riesgo de caerse y que atropella en esa loca carrera a todo aquello que ose interponerse en el camino. Una bola de nieve que necesita ir engordando conforme avanza hasta que de su propio grosor necesita el choque, su explosión, la crisis, para poder reiniciar después su marcha eterna hacia la locura.
- Un sistema de beneficiados que necesita para crecer su ración de desposeídos. Un desequilibrio económico, cultural, social en el que una pequeña parte acapara la inmensa mayoría de los recursos.
- En lo cercano, un régimen político cada vez más cercano a la estulticia en el que se entremezcla miseria moral e intelectual y en el que parece previsible (¿inevitable?) que veamos como triunfa un modelo meridiano de hacer política basado en la simplificación del discurso, en la confrontación y el negativismo como arma electoral (el adversario es enemigo y no hay mejor enemigo que el muerto… políticamente hablando, claro), el insulto, la exageración, la mentira sin coste electoral alguno, confiados en la fidelidad y la amnesia de un electorado que se retroalimenta en su fisonomía con la clase política.
La percepción del tiempo que tenemos es evidentemente antropomórfica en ella nosotros somos la unidad de medida. El largo plazo no es que se establezca en relación al género humano sino que su medición se reduce drásticamente a una parte de la vida de cada uno de nosotros, una parte cada vez menor en la medida en que el transcurrir del tiempo parece acelerarse, una millonésima parte de la historia de la vida., de toda vida, de toda existencia. De la idea judeo-cristiana según la cual la creación fue hecha al servicio del hombre a otra menos ególatra por la cual el hombre es, sin más, parte de esa creación y, en buena lógica moral, debiera estar al servicio de ella.
Ese reduccionismo del concepto tiempo tiene varias consecuencias:
- El fin justifica los medios. Es necesario acelerar la llegada de ese fin, para eso vale todo.
- La mediación se convierte en fin. Los instrumentos de los que el hombre se dota son los soberanos ante los que no valen las singularidades. Su triunfo es lo prioritario. Paradójicamente el hombre se somete a su propia creación.
- Es necesario anteponer siempre lo urgente ante lo necesario. No hay tiempo suficiente. Las medidas a tomar solo han de ser aquellas que produzcan resultados de forma inmediata. En lo político, sometimiento al electoralismo.
- Los cambios se realizan en la superficie no en la base. Cambiamos el ropaje de la realidad no la realidad.
- Devaluación del concepto “política” con un alejamiento de su origen etimológico de tal magnitud que si en la antigüedad podía llamarse “idiotes” a aquellos ciudadanos que no se preocupaban de la “polis”, de los asuntos comunes, hoy podríamos tener la tentación de hacerlo en sentido contrario.
La exigencia es modificar nuestra noción de tiempo. Nuestra vida no es la unidad de medida. Somos meramente eslabones de una larguísima cadena, ésta ha de ser la unidad de medida. No tenemos por qué aspirar a ver los frutos sociales de los esfuerzos que realicemos, lo que no quita que los lleguemos a realizar, “también será posible que esa hermosa mañana ni tú ni yo ni el otro la lleguemos a ver pero habrá que forzarla para que pueda ser” (que transnochado parece ese pensamiento y tan eterno a la vez). El avance no es una línea recta, es producto de múltiples fuerzas ejerciendo presión en múltiples sentidos. Centrar nuestra atención en una única fuerza y, quizás, no la esencial es también empobrecer nuestra vida. Es más, aquello que se encuentra al alcance de nuestra vista es una suerte de avances y retrocesos lo que no implica que el resultado total no suponga avanzar.
Desde este planteamiento, ¿estamos sin más ante una evolución catastrófica? ¿Es tan negativa, sin embargo la realidad? Puede sernos de utilidad la visión de Hans Rosling, profesor de Salud Pública en el Instituto Karolinska, en el programa de Eduardo Punset, Redes, titulado, Desmontando mitos sobre el mundo, y en la página web de ese mismo autor, Gapminder. Desde esa visión, la evolución del hombre puede no ser tan desesperada, solo, hace falta algo más de perspectiva, evitar una visión tan cortoplacista, alejarse un tanto para que los árboles nos dejen ver el bosque.
La historia de la humanidad también ha ido suponiendo un avance en la progresiva aceptación de unos valores de respeto al hombre, en primer lugar, y a la naturaleza, en las últimas décadas, con todo el componente farisaico que queramos, con todas las imperfecciones e incumplimientos, pero que está ahí y que al menos a las claras, hoy por hoy, es imposible ignorar y rechazar sin más.
El fenómeno de la globalización y de la tecnología de la sociedad de la información, con todos sus efectos negativos, dificulta la posibilidad de zonas de sombra. No quiere decir que estas ya no puedan existir en la medida en que la manipulación de la información no solo es posible sino que es evidente, pero sí que las herramientas para combatir esas zonas de sombra son mayores y se encuentran más al alcance de todos, un ejemplo de ello es el fenómeno representado por Wikileaks.
Ahora bien la visión del bosque no debe hacernos olvidar que estos están formados por árboles, que sin estos no hay bosque y que cada uno de ellos es importante. Se trata, de alguna manera, del famoso lema “pensar globalmente, actuar localmente”, esa visión ampliamente global no puede hacernos rehuir la acción, aunque sí llevarla a cabo de otra manera:
- Sabiendo que el fin también está en los medios, que estos deben reflejarlo con fidelidad, que toda acción conlleva un componente pedagógico y a través de ella construimos realidad, presente y futuro.
- No aplazar permanentemente lo necesario. Es urgente no aplazarlo, aunque no veamos sus efectos de manera inmediata o aunque sus efectos conlleven una consecuencia incómoda a corto plazo.
- No sacrificar lo pequeño, lo cercano. Somos en lo grande lo que somos en lo mínimo. El mar está compuesto de infinitas y minúsculas gotas, sin ellas el mar se vacía. La historia también progresa (estoy tentado de decir, únicamente progresa) desde lo callado, desde lo pequeño. Cada uno de nosotros solo progresamos a partir de ello, si no es así solo somos fantasmagoria, hipocresía y es eso lo que construimos.
- Hacemos política en todo nuestro actuar público. Es necesario rescatar el concepto del reduccionismo y secuestro al que se encuentra sometido.
- Toda acción nuestra puede tener el efecto mariposa, no podemos rehuir la complejidad de la realidad en la que vivimos, no basta con que nosotros la etiquetemos de la manera en como queramos, es necesario ser conscientes de los posibles efectos no deseados, guiarnos no solo por la ética de las convicciones sino también por la de la responsabilidad.
- No renunciar al pragmatismo a condición de no renunciar a la utopía. Mantener la tensión, el espíritu crítico y autocrítico que nos facilita ese pensamiento.
- Reduzcamos nuestra ansiedad. La verdadera responsabilidad la tenemos en aquello que tenemos a nuestro alcance.
Resumiendo, que no se llame nadie a engaño, soy pesimista en el sentido de que creo que el futuro inmediato que me aguarda, que nos aguarda, tiene visos de ser peor que el pasado que vamos dejando atrás, ¿acaba ahí el mundo? ¿Acaba ahí la vida? No nos demos tanta importancia, ganemos en humildad, ganaremos también en calma y felicidad. Otro mundo es posible, será posible. No lo veremos. Construyámolos, no obstante, en cada uno de nosotros, no nos dobleguemos, no nos rindamos, como sugiere el chiste de El Roto, ocupémosnos de lo que está en nuestras manos resolver . Ahí estará ese mundo posible, ya, pero todavía no.

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