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lunes, 11 de julio de 2011

CULPA Y PERDÓN

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CULPA

Reivindico el sentimiento de la tan denostada culpa. Denostada en la medida en que nos encontramos inmersos en una sociedad dominada por la tentación de la inocencia. No existe culpa, no existe responsabilidad, somos inocentes, somos i-rresponsables. No hay voluntariedad en las faltas, no hay conciencia de daño. La tentación de la inocencia es también el traslado de la responsabilidad a otras instancias y la búsqueda de chivos expiatorios. No es sana la conciencia de culpa patológica, la que nos hunde en la miseria sin capacidad de reacción, aquella que asume todo error sin detenerse en su voluntariedad y todo daño sin valorar su entidad; pero sí lo es aquella otra que toma conciencia de esos errores y de las contradicciones que pueden suponer para el proyecto de vida que uno tiene (la tentación de la inocencia va pareja a la ausencia de proyecto de vida). Sé el origen religioso que esta tiene y entiendo que en este como en otros muchos casos decir religioso es decir humano. Valoro la máxima protestante luterana, “siempre pecador, siempre penitente, siempre justo” en la medida en que puede permitirte permanecer siempre en tensión, alerta, consciente de tus debilidades y fracasos, y, a la vez siempre asumiendo esa responsabilidad y siempre actuando para superarse. La culpa como el conflicto, es oportunidad de mejora, pero, a la vez, y previamente es un enorme peso que recae sobre uno mismo. En la sociedad acomodada este peso es un estorbo, algo de lo que es legítimo prescindir; pero sin ese peso no se da necesidad de cambio. Sin peso previo no hay posibilidad de liberación posterior. Existe una escena en la película “La Misión” de Roland Joffé, en la que un antiguo cazador furtivo de indios para la esclavitud, arrepentido, asqueado de sí mismo, interpretado por Robert De Niro, intenta expiar su culpa de una forma extraordinariamente ilustrativa, cargando con un enorme fardo compuesto por sus armas y armaduras de batalla. Con él, arrastrándolo, atraviesa ríos y escala montañas. Es el peso desmesurado de la culpa a la espera de la liberación final que solo puede llegar con el perdón.

Y el perdón llega en la figura de un indio que cuchillo en mano transforma la venganza en cortar la cuerda que le une al fardo. Armas y armaduras caen al vacío. Rodrigo de Mendoza ha sido liberado no solo del lastre que arrastraba, también del de la culpa. Todos con la vida nos vamos haciendo, de alguna manera, victimarios, solo de algunas de nuestras víctimas tenemos la oportunidad de solicitar su perdón, de esperar la mano que corte las ataduras que nos unen al sentimiento de culpabilidad; pero la gran mayoría permanecerá en el anonimato, en la lejanía, y lo que es peor, imposibilitados, nosotros, para escapar de ese destino, condenados, si lo intentamos, a repetir el de Virata, en la novela “Los ojos del hermano eterno” de Stefan Zweig. La tentación de la inocencia, en este caso, es mucho mayor, los desconocidos, al serlo, no existen, nuestra responsabilidad es nula, podemos seguir viviendo tranquilos, repitiendo satisfechos las rutinas de nuestra acomodada vida. Quizás nadie corte la soga pero sigue siendo necesaria la conciencia de la culpa, la petición de perdón, el propósito de enmienda.


PERDÓN

Solicitar perdón no supone una muestra de debilidad, al contrario, a mi modo de ver lo es de fortaleza, de personalidad. Se es más grande cuando uno se reconoce lo suficientemente pequeño como para reconocer los errores. Se es mejor cuando uno se descubre en el espejo aspectos de sí mismo que no le gustan y es por ellos por los que pide perdón. Se trata de una práctica sana y sabia, que ayuda a crecer y a madurar. Así lo he intentado transmitir siempre.

Vuelvo la vista atrás y me doy cuenta del daño que en ocasiones he causado. Nunca ha sido premeditado, nunca de forma intencionada, pero aún así el daño ha sido hecho, a personas a las que he querido y quiero, a personas con las que se ha cruzado mi vida o incluso a otras completamente desconocidas para mí, lejanas, ajenas. Un daño no premeditado no significa que sea inocente. No deseamos hacer daño pero somos conscientes de que aquello que hacemos, el paso que damos, lo que decimos, lo hará y aún así lo hacemos o decimos.

El daño de las ilusiones generadas y alimentadas y finalmente defraudadas. El cortejo de las palabras difícilmente medidas. La frustración que acrecienta la fragilidad. Perdón.

Los besos que no di sabiendo que se esperaban. El afecto que no demostré. Todo ese que hoy intento compensar en mi familia. Pero el tiempo de esos besos pasó ya y las personas o no están o si lo están ya no significaría lo mismo. Perdón.

Los palabras no dichas. Los silencios cobardes. Aquello que debió de decirse y no se dijo. El papel que debí de jugar y no jugué. Perdón.

El Mr. Hyde que se escapa, el que destroza momentos, desbarata sonrisas, ese Mr. Hyde que uno observa como desde la distancia, lo contempla traspasando límites, previendo el resultado final, y al que no puede parar, al que no se atreve a parar, hasta que el llanto liberador, tu propio llanto, te hace recuperar cierta dignidad. Perdón.

Las personas a las que por comodidad no acompañé cuando era necesario, a las que por temor no dije la verdad que podía salvarles. Perdón.

A esos alumnos a los que no fui capaz de sacar del agujero. Era mi obligación. Era mi compromiso y no tuve ni la capacidad, ni la disciplina, ni la voluntad suficiente para hacerlo, para, al menos, ofrecerles la oportunidad. Perdón.

Perdón por mi cuota de víctimas. Por ser un victimario despreocupado. Todo ese submundo sobre el que he construido mi vida. No basta con ser honrado si los ladrillos sobre los que estamos asentados están hechos de robos. No basta con una honradez que mira para otro lado, que no es consciente de que gran parte de lo que tenemos les corresponde a ellos. La responsabilidad no es solo de quien roba sino también de quien se beneficia del robo. Ese mundo al que llamamos extranjeros, al que despreciamos, al que cerramos la puerta cuando vienen a buscar una mínima parte de lo que les pertenece. Perdón.

Los que paso por su lado y no miro, su realidad me incomoda. Los que conozco su situación y no ayudo. No piden nada, no debo sentirme obligado. Los que no me quitan el sueño, los que no me generan pesadillas, los que nada me reprochan, los que nada me exigen. Perdón.

He debido arriesgar más y comer menos, sentir más y dormir menos, hacer más y hablar menos, gozar más con otros y no de otros. Perdón.

Quién cortará la soga que me libere de la culpa, quién me abrazará cuando llore, quién reirá conmigo, quién, con derecho para ello, le quitará importancia a mi dolor. Quién me perdonará. Quién me consolará.

2 comentarios:

  1. Déjame que te de un consejo, Jesús. Dite despacio y hacia dentro: "ego me absuelvo". Y es que la palabra absuelve, créeme. ¿Cuándo nos convenceremos del divino y vasto valor de las palabras? Y las tuyas además ¡son tan acertadas!...

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  2. Pienso que no hay que vivir arrastrando la culpa, sería masoquismo, pero no dejo de pensar que la autoabsolución puede tener su trampa.

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