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jueves, 30 de junio de 2011

EL VALOR DE LA EXPERIENCIA Y LA GENERACIÓN NI-NI


A Flora, escolar merecidamente homenajeada.

En la época de la generación ni–ni (ni estudia, ni trabaja), terrible drama se mire por donde se mire, agravado por el riesgo evidente de generar, en ocasiones, la acomodación dentro del abandono social, la acomodación a una mínima red familiar y social, acomodación que conlleva la pérdida de la capacidad de iniciativa, el descenso de la autoestima, la inutilidad para enfrentarse a los avatares de la vida y abocada a una situación crítica de descenso de la llamada calidad de vida, de pérdida de seguridades y beneficios sociales; en esta época no huelga volver la mirada hacia otra situada en sus antípodas generacionales y en las de experiencias vitales. Me refiero a la de hombres y mujeres (fundamentalmente mujeres) ya situados en el final de su vida, sobrepasada la década de los ochenta, mujeres que no tuvieron ocasión de estudiar, que sufrieron importantes carencias, que llegaron a pasar hambre, que convivieron desde la infancia con el dolor y la muerte, que la vida les rompió y se empeñaron en recomponerse una y otra vez, que no supieron nunca qué era eso de no trabajar, cubrieron necesidades y espacios en la economía doméstica, sacaron adelante a la familia cuando fue necesario buscando como fuera donde encontrar ese, a veces, miserable salario, y que, en cualquier caso, desempeñaron una jornada laboral interminable en el hogar, a veces, hasta la extenuación. Y aquí están rotas y rehechas, caídas y ahora en pie, golpeadas y sobrevivientes. Aprendieron a la fuerza a salir adelante entre tinieblas, a sonreír entre lágrimas, a caminar entre obstáculos, a soportar las adversidades con estoicismo y las alegrías con prudencia, a servir de referencia aunque condenadas al ostracismo, a vivir prescindiendo, a colocarse en todo momento en un segundo plano pero siempre en la primera línea de apoyo. Austeras hasta en las emociones, curtidas en los deberes y relativizando sus derechos. Hoy más que nunca, la sociedad que idealiza la juventud debe fijarse en ellas so riesgo de construir ídolos con los pies de barro, de perderse ella misma en el fango, de desaprovechar ensoberbecidos por la época del tecnicismo acaparador el magnífico capital de la experiencia vital.

Como muestra un botón muy cercano a mí. La viudedad es algo muy común en esta generación y con ella la inevitable soledad, las pensiones raquíticas, la obligación de rehacer una vida que antes se encontraba marcada por el papel predominante del hombre en una sociedad que relegaba a la mujer a un papel secundario. Pero cuando una puerta se cierra otras se pueden abrir, pero es necesario empeñarse en buscarlas. Y también a esa edad es posible ir al encuentro de lo que antes fue negado, por ejemplo las letras, la ventana abierta al mundo. Aprender a leer no es un capricho de un tiempo de holganza, forma parte de un replanteamiento de un proyecto de vida, forma parte del despertar de la curiosidad necesaria para crecer como persona, y siempre se puede crecer hasta el momento final, representa un apoyo necesario para la sociabilidad, es también un instrumento que facilita abrir la puerta de la casa que hasta entonces se encontraba cerrada y salir al mundo, y encontrar el papel propio en él. Siempre es posible construir un futuro, un futuro de años, de meses, de días. Un futuro que dé sentido al presente. Ese botón es Flora, 90 años, mi suegra, hoy lectora incansable, ayer carecía de las habilidades mínimas para ello. Es un botón pero también es una referencia, la del trabajo incansable para los demás, la de la conciencia de ser en la medida en que más se da, la de la seguridad de que hay puerta para salir de la noche aunque esa puerta no esté exenta de sufrimiento. ¿Podrá esta generación ni-ni encontrar de igual manera su lugar en el mundo? ¿Podremos todos, los fabricantes de una sociedad ni-ni (ni chicha ni limoná, ni sueños ni ilusiones, ni ambición ni humanidad) aprender de estos hombres y mujeres (sobre todo mujeres) que supieron remar contra viento y marea y plantar los cimientos de una realidad que hoy estamos a punto de desperdiciar?

LOS CALCETINES



Siempre resultó un enigma para mí el destino final de los calcetines que desaparecían en la lavadora, las decenas de parejas bien avenidas que se deshacían, el agujero negro que parecía esconder.

Acostumbraba a poner la lavadora por las noches, cuando volvía a casa del trabajo. En ocasiones había quedado preparada previamente, en otras me veía obligado a rellenarla con rapidez antes de que mis párpados terminaran de cerrarse. La ponía en funcionamiento y me echaba a dormir. Nunca me he considerado una persona obsesionada pero reconozco que esa pregunta fue adquiriendo cuerpo en mí a medida que me sentaba a emparejarlos y siempre, matemáticamente, uno de ellos parecía mirarme al final henchido de soledad. Él y yo, en el silencio de la noche, mirándonos uno a otro, yo con una pregunta y él con una respuesta escondida entre sus hilos.

La pregunta empezó a acompañarme a la cama, al principio como una sutil nube que pronto se difuminaba mezclándose con las imágenes que me habían acompañado en el día, pero que poco a poco fue convirtiéndose en un denso nubarrón, estúpido, que permanecía allí e iba ocultando cualquier otro recuerdo que quisiera hacerle resistencia. Qué estúpida preocupación, qué estúpido yo. Con una sonrisa irónica cerraba los ojos y me echaba a dormir. En la noche la lavadora avanzaba en sus programas, devoradores de calcetines.

Quizás la cosa no hubiera ido a más si una de las tardes en las que regresé a casa no me hubiera encontrado con una nueva sorpresa. Había sido un buen día, llegaba excitado en mi virilidad y reforzado en mi hombría. Satisfecho de mí mismo. Puse la lavadora y me senté a doblar la colada anterior. Saboreaba entonces los momentos del día y para nada en mi mente ocupaban espacio alguno ni calcetines ni cualquier otra prenda. Iba doblando una a una y las iba apilando a la espera de la plancha. En el estado de feliz ensoñación en el que me encontraba decidí comenzar a emparejar los calcetines. Una pequeña risa salió de mí. Aquella noche contemplaba todo lo de la vida con humor. Fui emparejando uno a uno. Me había acostumbrado a contar los pares que echaba a lavar. Habían sido cinco. Conté: una, dos, tres, cuatro… y cinco parejas. Estaban todas. ¿O no? No reconocía una de ellas y, sin embargo, estaba convencido que faltaba otra. ¿Cómo podía ser posible?

Bajé a tierra en un instante. La pompa explotó de golpe y yo con ella. Todos los órganos de mi tronco se contrajeron. Se buscaron unos a otros y yo escuché el silencio de mi casa.

Y en el silencio, la risa. Acudí sobrecogido hasta la lavadora. Puedo jurar que reía. Una carcajada cruel salía de su tambor. Había bebido algo esa tarde pero no lo suficiente como para sufrir alucinaciones. Miraba el electrodoméstico parado en la esquina de la terraza de mi cocina. Inmóvil. Y, sin embargo, lo veía burlarse.

Fue entonces cuando todo empezó a cambiar. Aumenté la frecuencia de los lavados hasta llegar a hacerlos diarios. Comencé a lavar una vez tras otra la misma ropa, no importaba si se encontraba sucia o no. Aquello se convirtió para mí en una obsesión. Y la burla continuó. Continuaron desapareciendo calcetines pero luego ese infernal aparato empezó a esconderme otras prendas: una camisa, una corbata, ropa interior. Una noche me devolvió un calcetín marrón que me había hurtado hace meses. Allí estaba intacto y solitario.

No podía quitarme de la cabeza ese disparate. No era capaz de compartirla con nadie, me hubieran tomado por loco. La paranoia empezó a ocupar más y más minutos de mi día. Dejé de relacionarme con mi gente. Sólo vivía para una insensatez: poner la lavadora sin descanso.

Y empecé a no dormir. Me sentaba frente a ella a la espera de encontrar el momento en el que esa infame criatura decidía arrebatarme una prenda. Dos. Tres. Prelavado. Lavado. Centrifugado (mis ojos viajaban sin control siguiendo la ropa en su interior). Aclarado. Incapaz de descubrir el truco de nuevo esa mefistofélica máquina me había robado otra prenda.

Y vuelta a empezar. Volvía a encerrar la ropa húmeda en el interior del tambor y apretaba la tecla de inicio. Una y otra vez. Una y otra vez. Prelavado. Lavado. Centrifugado. Aclarado.

Ahora sólo espero que alguien me eche de menos. Venga aquí. Detenga este maldito aparato, abra su puerta y me saque de dentro.

miércoles, 8 de junio de 2011

RELEVOS



Cuando nadie lo esperaba surgió el movimiento 15-M, cuanto menos una llamada de atención del camino marcado que seguimos. La juventud perezosa se ha desperezado, la madurez, sorda pretende seguir mirando hacia otro lado. Juventud, esperanza y miedo a la vez. Motivo de orgullo y de humildad. ¿Qué somos? ¿Qué hemos hecho? La juventud nos pone delante el espejo. A menudo no nos gusta lo que vemos reflejado y tendemos a echar la culpa a quien soporta el cristal sin querer ser conscientes de que entre ambos extremos siempre hay una continuidad y es esa noción de continuidad la que hay que transmitir. La existencia es un proceso compartido en el que ellos nunca parten de cero sino desde el punto en el que nosotros les dejemos partir. Es ese proceso en el que los focos han dejado de iluminarme para pasar a alumbrar a otros el que he vivido estos últimos días. Mi hijo mayor ha cumplido dieciocho años, acabó los estudios de bachillerato, comienza una nueva etapa en su vida lejos de nosotros. La vida continúa. Pablo, hijo de unos amigos y amigo, nos demuestra encima de un escenario que el futuro está en sus manos y que ese futuro ya ha empezado a hacerse presente. La vida continúa.





La vida es una carrera de relevos y la clave está en el testigo, nosotros somos simplemente corredores responsables de recorrer una distancia determinada y de realizar correctamente el pase. Es ese tubo rígido que ha de pasarse de mano en mano evitando que se caiga el que da sentido a la carrera, es allí donde se concentra la atención. Correr todo lo rápido posible y hacer la entrega en el momento adecuado y de la manera adecuada para evitar su caída. Es ese tubo el que une a los dos corredores, al que entrega y al que recibe. Nuestra tarea es no perderlo y entregarlo adecuadamente. Somos servidores de ese testigo: nuestros sueños, aquello que perseguimos, aquello que quisimos ser, aquello que somos, los estímulos a los que respondemos, de la manera en como lo hacemos, nuestros aciertos, nuestros errores, lo que tenemos, lo que nos falta, la cara que mostramos, las tinieblas que llevamos dentro, los valores que vivimos, el discurso que tenemos, lo que nos place, lo que nos perturba. Lo que somos y lo que no hubiéramos querido ser.





En estos días pasados he tenido la oportunidad de visualizar que el testigo está entregado y que son otros los que inician su carrera. La zona de aceleración ya ha terminado y ya estamos en la de entrega. Es necesario ceder el testigo en ella, ya no es nuestro, no podemos pasarnos de sus límites con él en las manos. Hemos corrido hacia la meta, pero no nos corresponde a nosotros entrar en ella. Una vez el testigo en sus manos, será su carrera, su esfuerzo, su meta, aquella que tampoco cruzarán. Será su testigo, aquel que reconoceremos y que no. Lo habrán hecho suyo para que después sea de otro. Su carrera será la de todos, aquella que no sabemos donde se inició y de la que no vislumbramos su final. Con él en las manos podrán rectificar el camino si así lo consideran, no se trata de dar vueltas y vueltas a la noria, de dejarse llevar por la inercia, de correr hacia un abismo sin poner nada de su parte. Su final será el comienzo de otros. Podemos elegir ese punto de entrega y qué testigo damos. Lo harán mejor que nosotros. Ya lo hacen mejor. Lo moldearán más acertadamente. Contendrá su ADN. Su huella.





El placer de la carrera, el placer de vivir. El esfuerzo, el dolor de vivir. Correr y verlos a ellos esperando nuestra llegada. Acelerar, el testigo bien sujeto en la mano. Dar la señal. Él lleva su brazo hacia atrás para recibirlo, la mano bien extendida; ya lanzado a la carrera. Depositar el tubo en su mano y desacelerar. Ver como se aleja. Jadeando, poder sentarse en la pista y contemplar su carrera. Disfrutar del momento. Descansar. Por fin descansar.




La maza... el téstigo. Gracias, Pablo.

viernes, 27 de mayo de 2011

EN CLAVE NACIONAL


La misma cantinela de todas las ocasiones, la incapacidad para sacar consecuencias de unos resultados electorales. El PP, endiosado por sus cifras, considera que no debe hacer autocrítica, y no le falta razón: no se siente identificado ni interpelado por el movimiento 15-M y sus votantes disculpan y refuerzan comportamientos prepotentes e incluso, corruptos; aceptan e incorporan sus mentiras y exageraciones, transigen con su falta de programa, con sus silencios a la hora de plantear propuestas concretas y han entrado perfectamente en su juego de insultos y descalificaciones. ¿Qué más puede pedir? Quizás ética, pero esta no se presentaba a las elecciones.

IU corre el peligro, con su modesta subida, de pensar que lo ha hecho bien y se equivocaría. Se ha visto beneficiada de un movimiento ciudadano de última hora, imprevisible y que le ha aportado los votos suficientes para superar esas décimas que en otras ocasiones le han excluido de la representación. Sin embargo es la historia de siempre, son fuerzas exógenas las que le llevan a una posición u otra, y lo que hoy se le da mañana se le quita y parece que ella es incapaz de controlar esa dinámica. ¿Es válida una fuerza política expuesta permanentemente a esa lotería?

El PSOE parece que debiera ser el partido que más seriamente debería hacer su autocrítica, pero, al menos en lo cercano, no lo parece. La respuesta oficial general parece ser la misma, el electorado ha votado en clave nacional y no ha tenido en cuenta la labor realizada durante estos años. Traducida esta contestación viene a decir: nosotros lo hemos hecho bien y el resultado hubiera sido otro si no hubiera sido por Zapatero. La respuesta señala con el dedo, sin nombrarlo, al presidente del Gobierno. La vieja estrategia humana, la exculpación y la búsqueda de un chivo expiatorio. Pero esta respuesta genera una incógnita: ¿Qué ha pasado en aquellos Ayuntamientos en los que el PSOE ha revalidado su victoria? ¿A qué se ha debido?

Aceptando el peso del análisis nacional es necesario preguntarse por qué no se ha logrado contrarrestarlo:

Quizás porque el electorado no ha percibido grandes diferencias entre uno y otro PSOE.

Quizás porque en las formas, e incluso en los fondos no se han diferenciado en gran cosa de los del PP.

Quizás porque a la hora de conformar las listas y cubrir puestos en la Administración se ha primado la fidelidad, aun a riesgo de la mediocridad, en perjuicio de un pensamiento propio y crítico, aunque fuera acompañado de capacitación y brillantez.

Quizás porque el discurso autonómico ha buscado el nicho electoral de la derecha y qué mejor para hacer política de (centro) derecha que la propia derecha.

Quizás porque el partido vive, igual que todos, del electoralismo y ha olvidado su presencia desinteresada y activa en las movilizaciones de la sociedad civil.

Quizás porque esa sociedad civil, ante la cual un partido no debería verse enfrentado sino formando parte de ella, percibe a todos los políticos, también a los del PSOE, como formando parte de una casta ajena a la misma. O nada se ha hecho o nada se ha conseguido trasladar a la opinión pública para que esta establezca diferencias.

Quizás porque se ha presentado un discurso plano, que no ha sido capaz de ilusionar. Quizás porque un discurso no se construye en dos días para una campaña electoral sino que se trabaja diariamente, durante toda una legislatura.

Quizás porque de la misma manera que ahora se busca la exculpación con el pretexto de la clave nacional, es en esta en la que se confía siempre para que arrastre hacia la victoria. Se vive de lo exógeno y se descuida lo endógeno.

Quizás porque los partidos, también el PSOE, se encuentran cada vez más alejados de la realidad y a veces les sorprenden acontecimientos como las movilizaciones del 15-M, y se encuentran, por su rigidez estructural, incapacitados para darles respuesta.

Quizás porque no es descabellado hablar de refundación aunque esto, necesariamente suponga replanteamiento de ideas y objetivos, y lo más complicado, sustitución de personas. No es malo, sino al contrario, que mucha gente se incorpore a sus puestos de trabajo dejando vía libre a otras. Hay demasiados compromisos que impiden llevar a cabo una gestión adecuada. Estos resultados dan la ocasión para ello. Aprovéchense.

lunes, 23 de mayo de 2011

ELOGIO DEL PERDEDOR


No se trata de la necesidad de buscar un consuelo, ni del elogio de cualquier perdedor. La derrota por sí misma no tiene valor, ni lo tiene el perdedor por el mero hecho de serlo, sí lo tienen algunos perdedores por su manera de afrontar la derrota que es tanto como decir la vida. Vivimos en una cultura en la que se ensalza con desmesura al triunfador, en la que lo único que interesa es la victoria, todo lo demás ha de ser conducido al olvido, al baúl del fracaso, despreciado, no tenido en cuenta. La historia la escriben los vencedores, ¿Pero también la hacen ellos?

Victoria se asocia a poder, pero este es, por naturaleza, conservador, los cambios vienen dados no por su iniciativa altruista sino como consecuencia de la presión de la sociedad, sólo cuando esta incorpora un comportamiento el poder hace bandera de él. La sociedad es también conservadora y las organizaciones que pretenden alcanzar ese poder, necesariamente edulcoran su discurso, lo trivializan e intentan mimetizar su comportamiento con los usos más vulgares y simplistas. De vez en cuando la sociedad se siente sacudida por un movimiento y se ve impelida a unirse a él. Y a veces también estas sacudidas afectan al poder y este se ve forzado a incorporar parte de esas demandas. A veces también es tomado por fuerzas transformadoras, pero la gloria dura poco, con el paso del tiempo las fuerzas se dedican a la mera conservación del poder y asistimos al mismo proceso de banalización del discurso y de mimesis del comportamiento. Incluso en esos momentos de éxtasis el verdadero derrotado es perdedor en su propia victoria.

Los grandes ideales, las ideas que hacen avanzar una sociedad son pronto dejadas caer por ese poder ya instalado y es necesario que alguien se ocupe de irlas recogiendo. Esos han de ser los perdedores. Las ideologías lo son de grandes titulares, son los que venden, los que generan publicidad, ahí se vende confrontación, antagonismo; mientras que la letra pequeña de esas ideologías, la que nadie lee, terminan asemejándose. Ideologías que van construyendo una letra pequeña semejante y es esta letra pequeña la que transforma de verdad una sociedad. Esta es la labor de los perdedores, no ceder en la batalla por el cambio de esa letra pequeña. Desde donde sea, en cualquier momento. Es la letra pequeña la que educa las actitudes, la que genera las convicciones y las dudas que hacen crecer el pensamiento, la que configura la ética y la moral necesarias para hacer avanzar la sociedad.

La historia no tiene un sentido lineal impulsado por una sola fuerza, sino zigzagueante como consecuencia de una multiplicidad de fuerzas enfrentadas empujando en diferentes sentidos. Hacia donde avanza solo lo puede dar la perspectiva histórica y es en esa perspectiva donde trabaja el perdedor, su campo natural de trabajo. La sociedad se trata de un carruaje tirado por los caballos del poder pero movido realmente por las innumerables fuerzas que se mueven en su interior y que retienen, empujan o hacen cambiar de dirección a esos caballos.

La historia la escriben los vencedores pero, quiero creer, que la hacen los perdedores, aquellos que alejados de la seducción del poder son capaces de alumbrar nuevas formas de organizarse y de relacionarse entre todos y que, lentamente, la sociedad va gestando. Aquellos que no temen quedar relegados una vez que han llegado, aquellos que siempre han de resultar incómodos y que, quizás imperceptiblemente, evitan que las instituciones, las organizaciones, el poder se instalen. Aquellos que acumulan derrotas y aún así libran las batallas por la necesidad de librarlas. Aquellos que viven de verdad la letra pequeña sabiendo que solo desde nuevas formas de relacionarse es posible construir una nueva sociedad. Aquellos cuya voz suena muy bajo pero no por ello dejan de alzarla. Una historia que quizás no veamos pero que estamos obligados a forjarla.

viernes, 20 de mayo de 2011

DEMOCRACIA REAL, YA


Qué difícil es asumir los propios errores y más difícil aún es corregirlos. Es triste el espectáculo dado por los partidos ante las movilizaciones surgidas del 15-M, pero o no se enteran de nada o no quieren enterarse. Comprendo que las fechas son complicadas, cuatro años esperando este momento y surge este imprevisto. Sé que entre los mensajes que se transmiten los hay cruzados, los hay confusos, hay demasiados, pero hay un mensaje claro: la desafección cada vez mayor de esta sociedad respecto a los políticos, la exigencia de una refundación desde la ética y la verdadera democracia del sistema político y el convencimiento de que esa refundación no podrán realizarla los demócratas de boquilla que de tanto abusar de él han devaluado el término.

Es urgente hacer cambios en la legislación electoral. Listas abiertas que acerquen los representantes a sus representados, que resida en estos la decisión última de su incorporación a la vida pública y no a la ejecutiva de los partidos. Cambios en el reparto que no nos condenen al bipartidismo, sabiendo la complejidad de este asunto ya que un elemento fundamental en este reparto es la circunscripción electoral. Siempre, salvo que pretendamos una única y estatal, habrá partidos que con un reparto nacional único hubieran obtenido representación pero que diseminado ese voto en múltiples circunscripciones ven como esa representación queda en poco o en nada. Cambios en la financiación de los partidos, en el diseño de las campañas electorales, en la regulación de los excesos verbales, de los usos mediáticos.

Es urgente suprimir privilegios estériles de los políticos que sólo logran alejarlos cada vez más de los ciudadanos. Si alguien debiera ser ejemplar en la sociedad es un político. Si alguien debiera serlo todavía más que un político es uno de izquierdas. No cabe la ostentación, no la prepotencia. Si hay que predicar con el ejemplo, el primero que debe hacerlo es el político. Discurso y vida no pueden estar disociados. La legislación debe de ser estricta, pero donde esta no llegue debe de llegar la persona.

Es urgente modificar el funcionamiento interno. Evitar que se premie por encima de todo la fidelidad para llegar a concluir en una interpretación del término tan reduccionista que se identifique con ausencia de pensamiento propio, con el aprendizaje rápido de formas y palabras, con la clonación política, con la reproducción endogámica que en puro proceso biológico empobrece la genética, minimaliza la inteligencia, simplifica o anula el debate, expulsa la inteligencia. Es tristísima la imagen que ofrecen los partidos, todos, con la preponderancia de paniaguados capaces de decir esto y lo contrario si así se le exige, con la ostentación pública de la estulticia, con la reproducción de esos clones que se van multiplicando en la misma medida que su alejamiento de la realidad.

Pero no descalifiquemos alegremente ese mundo, no hagamos con celeridad dos grupos, ellos y nosotros, porque es muy complicado establecer donde empieza y acaba cada uno de los grupos. Es necesario asumir una responsabilidad colectiva, la tienen, o tenemos, todos aquellos que han votado alegremente a políticos claramente corruptos, porque con ese voto han reforzado ese comportamiento; la tienen los teloneros que prestan su imagen al espectáculo que nos brindan, situados detrás del político de turno dispuesto a ofrecernos la ración diaria de mensaje sin sorpresas; la tienen los que responden instintivamente, cual perro de Pavlov, con aplausos a la subida de tono de su político, encaramado a la tribuna, independientemente de lo que diga; la tiene quien ríe sus gracias, quien da crédito a sus mentiras, quien reproduce sus improperios. Y son (o somos) millones.

Pero no nos dejemos llevar por el torbellino, seamos capaces de separar el grano de la paja. La política es inevitable, necesaria, y digna en sí misma. Es necesaria una reivindicación de la política. Y perdidos en ese totum revolutum es necesario decir también que no todos son iguales. Siendo necesaria una regeneración de la vida política en su conjunto y una refundación de los partidos, ni todos los políticos son iguales, ni todos los partidos. Y, por último, no nos olvidemos, por muy gratificante que sea la descalificación y, sobre todo, hecha en grupo, no son marcianos, ellos y nosotros salimos de la misma masa, son nuestros amigos, nuestros vecinos, con los que compartimos calle y café, ellos somos nosotros.

Y en el mejor de los diseños posible de una normativa electoral nos podemos encontrar con que el pueblo sigue prefiriendo a políticos corruptos, populistas, simplistas, embaucadores; con que el circo mediático continúa; con que estamos solos; con que la democracia es eso: el gobierno de los imbéciles y no tenemos isla desierta a la que acudir. Con que la democracia real la tenemos que ir construyendo cada día, en cada gesto, en cada uno de los ámbitos en los que vivimos; con que es un proceso permanente que no tiene fin; con que es una batalla que tenemos que librar sabiendo que tenemos muchas bazas para perderla pues salga lo que salga no nos gustará del todo.

jueves, 19 de mayo de 2011

DISCURSO POLÍTICAMENTE INCORRECTO


La tesis de Sócrates según la cual es mejor padecer una injusticia que cometerla viene a coincidir de hecho con la conclusión de la vida de Jesús de Nazaret expuesta en sus Evangelios. Uno y otro representan, supuestamente, los fundamentos de la cultura occidental y, sin embargo, nada de eso, la tesis sobre la que se sustenta nuestra sociedad parece ser justamente la contraria. Lógicamente no explicitada (sería, del mismo modo, políticamente incorrecto) pero que representa de facto el sustento moral de las decisiones políticas y, especialmente, económicas.

Es comprensible y defendible la indignación ante los recortes sociales habidos, la defensa del Estado Social del Bienestar, la necesidad de un futuro para las jóvenes generaciones, las que ya están aquí y las que restan por venir, un futuro que se desea, legítimamente, al menos similar al pasado reciente. Sin embargo, hay que recordar una cuestión enormemente incómoda pero, del mismo modo, enormemente cierta. Buena parte de ese Estado del Bienestar, de sus derechos sociales adquiridos, han sido posibles gracias al latrocinio internacional, a un reparto injusto de la riqueza, a que durante siglos nosotros hemos cometido la injusticia y otros la han padecido, y, mientras tanto, hemos mirado para otro lado. El logro de la izquierda europea ha sido una gestión interna de ese reparto externo injusto en la que se han ido alcanzando importantes cotas de bienestar y una malla de derechos sociales que aportó seguridad y redujo la sensación de desigualdad. Es el desmoronamiento de esa situación lo que se denuncia y lo que se pretende restablecer. Pero, ¿puede repetirse el pasado? ¿debe repetirse?

El engaño que encierra cierto discurso social pretendidamente de izquierdas se encuentra en el verbo restablecer. Recuperar nuestros derechos para que todo siga igual. Los movimientos sociales que están habiendo en el mundo, los desarrollos económicos de algunos países, la modificación en su peso internacional, el hecho incontestable y difícilmente controlable de la globalización, ¿permite que todo siga igual? Son las bases internas sobre las que se ha sustentado nuestra realidad las que deben de ser modificadas. No podemos contentarnos sin más con recuperar “nuestros” derechos y que la realidad sobre la se han cimentado estos permanezca intocable. El progresismo no es de izquierdas si solo produce progreso para una parte y genera estancamiento o involución en otra. El pasado no es perfecto si solo lo era para esa parte.

Resulta complicado asumir esto pero es necesario lograrlo transmitir a esa juventud lógicamente indignada que hoy toma nuestras calles. No os dejéis engañar, la vida tiene muchos matices, su gestión es necesariamente compleja, huid de los simplismos, no repitáis nuestros errores. Es necesario tomar conciencia de algunas cuestiones:

- Cuando algo se pierde no siempre puede ser recuperado. Nuestro ritmo de desarrollo, hecho extensivo para todos, es insostenible. El que otros vayan alcanzando nuestras cotas puede que obligue a reducir las nuestras.

- Lo verdaderamente revolucionario es la máxima “menos es más”. Tenemos que acostumbrarnos a vivir con menos, solo eso hará posible que otros lo hagan con más. Menos es también ir soltando lastres, supone libertad, sustituir la sociedad del consumo obligado y creciente por la del consumo necesario, reaprender a vivir con lo esencial también de nosotros mismos.

- Es exigencia moral no aceptar sin más un restablecimiento que mantenga el estatus quo vigente, que mantenga el derroche del dinero público, el escándalo de los beneficios millonarios intocables de unos pocos, la ostentación como símbolo social, las castas sociales y económicas, el sacrificio a la hora de la toma de decisiones de los débiles sin tocar un ápice a los más fuertes.

Es preferible padecer la injusticia que cometerla. Grande es la hipocresía de aquellos que dicen defender las raíces cristianas y construyen la sociedad sobre bases injustas, enseñan a la gente a mirar para otro lado. Es necesario desarrollar una conciencia moral y una capacidad de pensamiento reflexivo que haga imposible la convivencia anestesiada con uno mismo en una situación así. Se acabaron las mentiras, la mera propaganda, los discursos de titulares en los que se ocultan la letra pequeña, los alegatos planos en los que no existen matices, la repetición constante de cuatro ideas simplistas, y esto solo es posible en la medida en que nosotros desarrollemos ese pensamiento reflexivo y crítico y esa conciencia moral capaz de decir basta.