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viernes, 1 de abril de 2022

El cielo son los otros



Jean Paul Sartre dejó una frase para la historia al escribir “el infierno son los otros”. Bien merecido el paso a la historia, aunque sólo relativamente, relatividad por dos motivos: El primero de ellos porque sólo una parte de los otros podría considerarse un infierno, el segundo, y quizás fundamental, porque el verdadero infierno no se encuentra en ellos sino en uno mismo. Es la incapacidad para descubrir la parte positiva del otro lo que nos hace ver sólo su parte negativa y esa incapacidad, sobre todo, se debe a los demonios que llevamos dentro, demonios que nos llenan de colera con facilidad, demonios que nos hacen pensar con toda tranquilidad, incluso felicidad, acciones destructivas y agresivas para los otros; pensamientos que no nos generan pesar, sino que incluso nos relajan. El infierno, sí, a veces es uno mismo.

Del mismo modo que no todos somos un infierno, no todos somos el cielo. No todos, pero sí creo que una mayoría. No confío en la bondad plena pero sí en que la bondad anida, de alguna manera, en el ser humano, en que esa bondad se despierta en mayor o menor grado según las personas y que depende de cada uno de nosotros el que seamos capaces de descubrir la bondad en los otros. El cielo, afortunadamente, lo he ido encontrando en personas que han decidido trabajar en lo que podríamos llamar el submundo del mundo del desarrollo, submundo por llamarlo de una manera pues es ahí donde ellos han ido en busca de ese cielo, allí donde hay que reconocer su ejemplo y el valor de su testimonio. Quizás hay que reconocer que allí podemos encontrar parte del cielo. Cielo que también he encontrado en gestos de desprendimiento de gente que, precisamente, tenía bien poco. El cielo lo he vivido en aquellos cuidadores que no sólo me han cuidado en cada detalle sino en los que además he percibido cariño, que cada mañana me han traído la vida hasta mí y de los que he aprendido a vivir, aunque me quede mucho menos tiempo en esta vida que a ellos.  Cielo en mi familia, siempre conmigo y tras de mí, con mis caras buenas y con mi rostro insoportable. El cielo de mis amigos y amigas, que tras decenas de años conmigo no dijeron.”¡basta!” cuando llegaron los malos tiempos y se hubiera entendido que me ignoraran aunque en ese camino hubiera caído sacrificada mi esposa; amigos queridos y recuperados cuando parecían haber quedada olvidada su cercanía en el pasado.. El cielo del placer físico que te brinda otra persona, o el de una, aparentemente, simple conversación que te deja la sensación de una mayor cercanía e inteligencia. El cielo de la obra de arte representada por otras personas y la musical interpretada en casa por amigos entre el calor de otros muchos. Lo estoy disfrutando también en algo aparentemente tan contradictorio como puede ser una asociación de esclerosis múltiple, allí he descubierto a personas que, a pesar de todo, han rehecho su vida, como a otras que mantienen el humor en medio del drama de esas vidas. No puedo olvidar el que viví en las aulas de los colegios en los que estuve, aunque he de reconocer que, en mis primeros años, para mi alumnado, si lo hubo, fue un cielo bastante aburrido. Un cielo que, sorprendentemente, llegó más allá de mi estancia en las aulas, una vez que yo ya me había jubilado. En ese momento, casi treinta años después, volvieron a aparecer mis alumnos, como poco después; hubo uno que, literalmente, si no me subió al cielo (que lo hizo) fue casi hasta ese cielo. Siempre he dicho que la escuela, como lo ha hecho la vida, me ha dado más que lo que yo le di. Cielo que también se ha hecho presente en los niños, que sin ser sangre de mi sangre, los he sentido como míos, sus risas, sus primeros pasos, sus carreras, sus juegos, cada uno de sus avances.

Cielo que, en gran medida, depende de nosotros que no nos pase desapercibido, de la humildad y alegría con la que miramos a los demás, cielo que no tiene porqué encontrarse enclaustrado entre las paredes de una iglesia, mezquita o sinagoga alguna, especialmente, si allí estamos en soledad. Cielo que está en los demás, en la vida, en su vida, en la nuestra. Cielo que está aquí y ahora, no más allá de esta vida. Cielo que son los otros.

¿Y yo? Seguramente, a veces, soy infierno, espero, también, ser, alguna vez, un cachito de cielo.


 

 

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