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martes, 12 de junio de 2012

HUMILDAD



Comienzo este escrito sin saber exactamente de qué voy a hablar. Mi primer impulso surgió de un día en Urgencias y la necesidad de dar gracias a la vida, o más en concreto, darlas a la gente. El segundo, al concluir la lectura de un libro que recomiendo, Rescate, de David Malouf, narra un breve acontecimiento de la Iliada, el encuentro entre Príamo, rey de Troya y Aquiles, para que este le devuelva el cuerpo de su hijo, Héctor. Los dos impulsos eran fuertes y surgen de un mismo fondo: la emoción y el llanto. Pero me basta reflexionar un poco para llegar a la conclusión de que algo todavía más concreto les une: la humildad. La humildad como factor de liberación y de conocimiento.
Ese fragmento del encuentro entre Príamo y el asesino de su hijo recuerdo que me conmovió cuando, en su momento, lo leí, por eso, cuando me enteré de la existencia de este libro desarrollando el mismo corrí (es una forma de hablar) a su lectura, y lo reconozco de entrada, me emocioné y lloré. No tengo nada que ocultar, soy un llorón, toda mi vida lo he sido. El llanto es un desahogo, siempre liberador pero además gratificante cuando acude tras tocar fibras sensibles de tu emoción, y fundamentalmente, cuando se trata de un producto de la alegría.
Este encuentro supone para ellos la conciencia de su condición humana y, por lo tanto, de mortales y con ello la liberación, por un corto espacio de tiempo, de una condena a la que se ven sometidos, la de la vida mitológica, la obligación de comportarse en todo momento bajo las normas que parecen corresponder a un personaje fabuloso, destinado a convertirse en el héroe de un pueblo. Príamo da el primer paso al anteponer su condición de padre al rigorismo que supone ese personaje mitológico y decide dar un paso sorprendente, quizás escandaloso, abandonar sus atributos y prerrogativas reales para humillarse ante Aquiles con el fin de conseguir el rescate del cuerpo de su hijo. El contacto con Somax, un carretero del pueblo, en las antípodas de sus costumbres y sus maneras, que será quien le conducirá hasta el campamento griego, supondrá su inmersión definitiva en esa vida de hombre que le permanece ajena. El descubrimiento de pequeños placeres de la vida que le eran totalmente desconocidos, de la sencillez de una vida que se tenía prohibida, el aprendizaje a través del contraste de una realidad que para él era inexistente, la descarga del pesado fardo del mito. Un encuentro que también supone para Aquiles la toma de conciencia de su condición de mortal, de hijo y padre a la vez y la liberación de la obligación obsesiva que se ha autoimpuesto, la de vengar en el cuerpo de Héctor el asesinato de su compañero Patroclo. Obsesión que le enloquece al descubrir cada mañana que los salvajes estragos que su orgullo y su dolor exigen son inútiles pues siempre encuentra el cuerpo resplandeciente de un durmiente, inmune a su maltrato. Es la liberación de esa obligación, la recuperación de la calma, la expulsión del veneno que le obstruía la mente.
Se trata de un viaje de ambos a la humildad, de la renuncia a la ostentación de sus logros y de su linaje, de un acto de humillación como previo al conocimiento: la toma de conciencia de la debilidad de uno mismo, del dolor propio para hacerse consciente de la debilidad y el dolor ajenos. ¿Puede haber conocimiento sin humildad? ¿Puede uno tener necesidad y deseo de conocer sin partir de ella? ¿Pueden existir actos de liberación mayores que el de la humillación voluntaria y que, a la vez, le engrandezcan a uno más? ¿Puede haber algo que se eche más de menos en muchos ámbitos de nuestra sociedad?
¿Y qué es una enfermedad, y más si es crónica, sino un viaje hacia la humildad? Despojarte de las corazas que crees que te recubren, tomar conciencia de que la fragilidad es consustancial a la existencia, que en tanto ser humano eres dependiente, que la dependencia no es un atributo exclusivo de la discapacidad, o más exactamente, que la discapacidad no se trata de un atributo exclusivo de una porción de mortales, que capacidad y discapacidad no son excluyentes. Es el conocimiento de que una y otra van aparejadas, de que por la segunda siempre encontrarás momentos en los que te encuentres necesitado de ayuda y que por añadidura tú, también en algunos momentos, estás obligado a prestarla. La toma de conciencia de que somos en tanto los otros nos hacen  y ellos son en tanto nosotros les vamos haciendo, que nuestra responsabilidad no concluye hasta el último momento, como tampoco concluye nuestra obligación de agradecimiento.
Horas en una sala de Urgencias o en un Hospital de Día da para mucho pensar, en aquello de lo que careces pero también en aquello que tienes y, especialmente, en aquello que se te da gratuitamente, incluso, inmerecidamente. La vida te lastima pero también puede favorecerte y es este privilegio el que sientes más grande en la medida en que te empequeñeces, el que no debemos perder de vista.
He recibido dádivas inesperadas durante estas últimas semanas que me han emocionado, que me han hecho llorar o que me han dejado perplejo, desproporcionadas respecto a mis méritos, si es que los hubiere. Dádivas que sea cual sea su forma para mí tienen un nombre: afecto. En ese estado de embelesamiento, casi de éxtasis, es en el que la vida me vuelve a dar un toque en la espalda para recordarme que soy mortal, muy mortal, achacoso y perecedero. En ese estado de arrobo entro en un lugar donde solo es posible la cesión de tu supuesto poder en beneficio de otros, te encuentras en sus manos y has de confiar en ello. Muchos servicios públicos se basan en ello, la educación y la sanidad fundamentalmente, son, objetivamente, un traspaso de poder y es en esa situación desequilibrada donde más se percibe el auténtico valor del servicio así como el del propio servidor. El que tiene el poder es consciente de la “indefensión” de la persona que tiene en sus manos, es consciente de que la persona que está frente a él pudiera ser él mismo, la limitación de ese poder es un acto de humildad y de sabiduría; por otro lado, el paciente, se despoja, necesariamente, de gran parte de sus prerrogativas y se abandona a su hacer. Es en ese mutuo pacto de confianza donde solo puede funcionar lo público, donde uno da y otro recibe, pero en el que quien da sabe que en el acto de humillación de este último no pierde absolutamente nada de su dignidad, que está trabajando por el bien común que en cada momento se concreta en unas personas determinadas, personas que, de alguna manera pudieran ser él. 
Uno da y otro recibe, pero el que recibe, si lo hace en esas condiciones, también puede dar las gracias. Por eso, entre camillas y placas, pinchazos y sueros, rostros de preocupación y sonrisas, me dio por pensar que lo que allí estaba recibiendo era un regalo que necesitaba agradecer. La delicadeza con la que fui tratado, la naturalidad, las sonrisas, la comprensión y la profesionalidad de las personas concretas de carne y hueso que me atendieron, con nombres y apellidos, con su familia, con vida propia más allá de aquello, con sus problemas particulares, como todos, con sus preocupaciones y sus deseos, sus alientos y sus cansancios. Y agradecer el servicio público bien entendido y la propia existencia de ese servicio, y sentir el temor de que ese servicio se vaya desmoronando y que ese desmoronamiento arrastre consigo los ánimos de los que luchan por mantenerlo en pie. Valorar lo que tengo y otros muchos no tienen, lo que cada vez se quiere restringir más. Se trata de un privilegio para mí porque otros muchos no lo tienen, pero la solución ética y moral (si es que la política y la economía se rigen por ambas) es hacerlo cada vez más extensivo, que deje de ser ese privilegio; no convertirlo en un lujo que es obligatorio extirpar.
¿Y a qué me refiero en todo momento sino a la humildad? Esa virtud tan extraña hoy en día; de su aprendizaje. De la liberación que supone desprenderse del corsé que atenaza y reduce tu libertad, si es que la deseas, y espontaneidad, si es que te encuentras cómodo en ella. Romper el papel que actúa por ti, que piensa por ti, que siente por ti, que te convierte en un muñeco de guiñol por muy empingorotado que te sientas. ¿En qué momento cedes? ¿En qué momento haces pública esa cesión? ¿Cuándo ruegas, cuándo pides perdón, cuándo reconoces tus errores, cuándo te sientes conmovido de verdad, cuándo te bajas del pedestal, cuándo te sientes mortal? Toda crisis, sea del tipo que sea, debería servirnos de baño de humildad. Toda crisis, propia o ajena, debería ser fuente de conocimiento de lo auténticamente esencial, de la naturaleza humana, de nosotros mismos formando parte de ella. La naturaleza desvelada en todos sus matices, en todas sus escondidas, aún las más recónditas, las más disimuladas; y solo ese conocimiento nos hará libres, capaces de remontar el vuelo y encontrar nuevos caminos. Este es el poder liberador y sanador de la humillación voluntaria, deponer el orgullo, limpiar la mirada, redescubrir nuevas fuerzas. Un poder al alcance de todos y, sin embargo, estigmatizado por una sociedad soberbia y ególatra, señalado a fuego en cada uno de nosotros, educados para resistirnos al mismo. Solo la humildad, solo el servicio, nos hará libres, porque esa libertad nacerá desde el único lugar que la hace auténtica, desde lo más profundo de nosotros. El poder que no es ejercido desde la prepotencia y que otorga la auténtica autoridad y al que solo uno insiste en resistirse echando mano de la parte más mezquina de nuestro ser, de la confusión más dolorosa, la que existe entre el papel que representamos y nuestro propio ser. Dejamos de ser para simplemente actuar, siempre a la defensiva/ofensiva, temerosos de que se nos descubra el engaño. Una virtud accesible y exigible a todos, desde el último al primer escalón, siempre cuando se maneja una posición de dominio, mayor cuanta mayor sea esta.
Virtud, humildad, ¡qué antigüedad! ¡Qué gagá estás ya Jesús!

lunes, 28 de mayo de 2012

EL BORRACHO


Con todo el respeto y afecto a las personas que sobreviven en este infierno dando una lección de dignidad.



Cuando yo era niño un borracho era una persona de la calle, alguien familiar con quien te encontrabas con frecuencia y a la que rehuías o de la que te burlabas en función de los amigos de los que te rodeabas y de los galones de hombría y miseria que te colgabas en el pecho. Eran personajes supuestamente sin hogar, al menos tú no te lo imaginabas, que marchaban por tu calle con un caminar titubeante, balanceándose de un lado a otro, que permanentemente hablaban solos y que a veces dormían la mona sentados en alguna acera, apoyados en el quicio de alguna puerta o directamente tumbados en el suelo. Quizás esa sensación de desahuciado nos permitía tranquilidad, eran sujetos fuera del orden de una casa, de tu casa, en la que una situación así no era posible, pertenecía a otro mundo distinto del tuyo en el que te sentías seguro una vez que lo traspasabas. Pero no era así, tu mundo es el suyo, sus riesgos son los tuyos, sus destinos también lo pueden ser.
En mi madurez este personaje era mi vecino y ese caminar titubeante lo hacía entre mis hijos, y te lo podías encontrar tumbado a la puerta de la vivienda o en el interior del portal, en esos casos nunca se dejaba levantar, emitía un leve gemido que podría interpretarse como una petición de que se le dejara en paz, dios sabe qué pretendía decir, si algo quería transmitir; sólo era posible levantarlo si acudíamos a ella, su mujer, que bajaba rauda, emitiendo algún lamento y que bastaba con su mera presencia para que él se dejara levantar pacíficamente y anduviera apoyándose en ella para subir hasta su hogar, que también lo tenía.
Desde fuera siempre te hacías esa pregunta, ¿cómo es el hogar de un borracho? ¿Cómo era la vida de ella y de sus hijos tras tantos años de convivir y cuidar a un alcohólico? El hogar que confundía con frecuencia cuando lo oías hurgar en la cerradura de tu casa y tenías que acompañarlo hasta la suya dónde ella siempre le esperaba, “dios, este hombre”, lo introducía en ella y lo sentaba en un sillón mientras él emitía confusos sonidos de protesta. ¿Cómo era su vida? ¿Cómo era la vida de una mujer trabajadora que al amanecer pasaban a recogerla para ir a trabajar, que se ocupaba de todas las labores del ama de casa y que soportaba en ella a un borracho con toda su sordidez y desdicha?. Así lo hizo hasta el último momento, a pesar de esa situación y del cáncer que le iba corroyendo, o quizás por esa situación, por la necesidad de ser el sustento de la casa, por la necesidad de huir, por unas horas, y poder olvidarse de lo que le esperaba allí, si uno puede olvidarse de ello. Esa era su vida desde hacía años.
El día de la boda estaba hecho un pincel, no era muy alto pero la flamante chaqueta negra y la camisa blanca con la corbata gris plateado le hacían parecer todo un señor a los ojos de ella, no muy agraciada, que se sentía gozosa ante la visión de aquel joven esposo que le abría ante sí todo un panorama lleno de felicidad. A menudo tuvo la tentación de culparse por las razones que pudieran haberle llevado a la bebida, cómo aquel joven alegre y comunicativo pudo convertirse con el tiempo en un deshecho humano. ¿Qué había hecho mal? ¿Qué lo había empujado a ese pozo sin fondo? Ella rió con él sus primeros tragos, aquellos que le hacían más dicharachero y ocurrente sin ser consciente del monstruo que agazapado se le estaba avecinando, le reprendía suavemente cuando le mentía acerca del número de vinos que llevaba en el cuerpo o por la velocidad con la que lo ingería. Aumentó su inquietud cuando empezó a beber por las mañanas necesitado de coger el punto adecuado para afrontar el día y ya era angustia lo que sentía cuando fue consciente de que la bebida se le había convertido en un hábito que realizaba en cualquier hora del día, un hábito solitario y cruel del que era incapaz de desprenderse y del que no era consciente, que aseguraba ser capaz de abandonar en cualquier momento pero que se había convertido en su dueño, cuando se dio cuenta de que vivía para beber, única y exclusivamente para beber, cuando vio que a su alrededor se iba produciendo el vacío y se iban quedando solos. Fueron años de noches en vela cuando él no llegaba, de desasosiego permanente cuando le veía beber mientras se hundía más y más en la ciénaga del alcohol, de inquietud cuando le veía salir por la puerta y de impaciencia cuando no llegaba, de tortura con las voces y el trato de ese hombre al que no reconocía, que no tenía nada que ver con aquel radiante joven con el que se había casado ni con aquel maduro soñado al que había prometido amor eterno. ¿Dejó de quererlo alguna vez? Es difícil definir con exactitud en qué consiste el amor, si hay un momento en el que se trueca en simple responsabilidad a la que una permanece encadenada, si era amor lo que la mantenía unida a él aunque hacía muchos años que dejó de ser la amante que se enamoró de él para pasar a ser una simple cuidadora, si es amor lo que te impulsa a aguantar los insultos de los momentos de borrachera, a limpiar sus vomitonas, a llevarlo a rastras hacia la cama, a cuidar que en la casa no hubiera ni gota de alcohol, a desnudarle en silencio cuando se orinaba y farfullía unas protestas incomprensibles, a salir cada día a trabajar con el corazón en un puño sabiendo que él deambulaba por la ciudad desde la mañana temprano sometido al vértigo de la bebida. Si es amor lo que te lleva amarrada a él en ese descenso permanente a los infiernos.

Aquella mañana, lo dejó encerrado en casa, dónde no era posible que llegara a encontrar una sola gota de alcohol, llevaba una temporada en la que había llegado a extremos desesperantes, un invierno especialmente frío en el que todos sospechábamos que podía suponer el final de ese hombre, tumbado en alguna esquina, escuchando pasar gente a su alrededor, hasta que se fundiera en un sueño definitivo sin posibilidad de retorno. Es por eso que ella marchó y lo dejó allí, cómo quizás ya había hecho otras veces, cómo quizás era la única manera de que él estuviera a salvo y ella tranquila. Pero aquella mañana él había decidido no encontrarse a salvo, había decidido la necesidad urgente de un trago que le permitiera trasladarse a ese estado de inconsciencia en el que era feliz, la necesidad imperiosa de salir. Aporreó la puerta, gritó, insultó, necesitaba abrir aquel muro que le separaba de ese trago, sólo un sorbo, por favor, huir de aquel encierro. En ese momento fue cuando se le ocurrió la idea genial, la única salida que tenía expedita, la terraza. Recogió las sabanas de su casa, las anudó torpemente, las ató a las barras de la barandilla y las dejó caer hacia abajo. Desmañado se encaramó a la baranda, se agarró a la hilera de sabanas que había construido e intentó bajar por ellas hasta el suelo. Pero sus manos no resistieron, sus brazos gastados le abandonaron y quedó convertido en un guiñapo mayor de lo que ya era rodeado de un charco de sangre, expuesto a la mirada aterrada y curiosa de toda la chiquillería.
Ella, por fin, había logrado el descanso merecido que nunca se había atrevido a desear, pero también había perdido la razón de ser de su existencia de tantos años, aquello que le había mortificado y también le había dado sentido, aquel que había odiado y querido a la vez, aquel que habría matado y se hubiera dejado matar por él. Quizás fue por eso por lo que se dejó ir, se abandonó sin más al cáncer contra el que había combatido, al que había mantenido a raya, al que no le permitía ni un solo zarpazo más que la debilitara. Dijo aquí estoy, soy tuya y se la llevó dos días después, precipitadamente, sin el tiempo que no quería para rehacer su vida, se la llevó al cielo de los borrachos donde mujeres como ella hacen de ángeles.   

sábado, 26 de mayo de 2012

EL HUNDIMIENTO



El mundo parece hundirse bajo nuestros pies y todas nuestras posesiones venirse abajo con nosotros. Todo parece desmoronarse, también lo que somos. ¿Dónde agarrarse para evitar el desplome? ¿Qué rescatar de esa hecatombe? Cuando uno se siente arrastrar hacia el sumidero todo se justifica, el “sálvese el que pueda” lo permite todo, el asesinato siempre será en legítima defensa, el robo recuperación de lo que es nuestro, seremos la unidad de medida de la justicia, la convivencia alzará sus murallas, la piedad será solo un sonido de un salmo identitario. Pero el derrumbamiento continuará, se perderá todo, también la cabeza, también la conciencia, también la dignidad.
Primero fue una grieta que nos preocupó un tanto pero a la que no le dimos demasiada importancia, luego vinieron los rumores que aumentaron nuestra inquietud, pero el piso lo seguíamos considerando sólido, los ruidos extraños que escuchábamos no debían generarnos nerviosismo; el lento crecimiento de la grieta no debía ser motivo de desazón; los quejidos que oíamos llegar desde el exterior no nos debían producir intranquilidad ni desvelo, nuestra residencia era segura. Pero el suelo terminó por resquebrajarse y cedió. Lo que nos rodeaba también nos arrastró, sin ello dejamos de ser lo que éramos, perdimos nuestra identidad. Recuperar la parte exige recuperar el todo, el ser exige el tener, para ser lo que seremos exige recuperar lo que fuimos. Incapaces de crear el futuro debemos recuperar el pasado.
Es ese sentimiento el que parece irse fraguando y con él la llamada a restablecer el statu quo. Dejemos las cosas tal como estaban, volvamos al estado natural, recuperemos lo que habíamos conquistado. Pero, ¿llegaremos a ser conscientes de que quizás ese estado es irrecuperable, de que no hay marcha atrás? ¿Alcanzaremos a discernir que quizás no es justo que así fuera? En manos de los sabelotodo de las recetas, ¿aceptaremos reconocer que la pregunta no es tanto el cómo sino el hacia donde?
Puede ser que confundamos el atrezo de la puesta en escena con el hogar en el que éramos auténticos, lo que creímos ser con la máscara que fuimos. Es el momento de la oportunidad para recrearnos o la ocasión para envilecernos desesperados por no dejarnos caer con el deseo explícito u oculto de que sean los otros los que se precipiten hacia el abismo. El caos en el que los discursos se confundan, en el que crezca el populismo, con la necesidad de creer en soluciones simplistas que nos mantengan la ilusión de que todo volverá a ser como antes, deberá ser como antes, caiga quien caiga que no sea yo. La hora del nacionalismo provincialista (¿alguno no lo es?), la hora de los chivos expiatorios, la de los golpes sobre la mesa, la de la xenofobia, la de la homofobia, la del Frente Nacional en Francia, la del Amanecer Dorado griego, ¿En España?
¿Seremos capaces de tener la frialdad racional suficiente para conseguir un esfuerzo intelectual creativo capaz de encontrar nuevas soluciones donde todos quepamos, también los que no cabían, los que fueron engañados, los que fueron despedidos a la cuneta? ¿Tendremos la sensibilidad necesaria para ello? ¿Habrá alguien capaz de elaborar este discurso complejo y difícil? ¿Habrá alguien capaz de escucharlo? Deslindar lo esencial (la educación, la sanidad, la cobertura social…) de lo accesorio y necesariamente prescindible para poder recrear la realidad y recrearnos a nosotros. La megalomanía que nos deslumbró, la sociedad sustentada sobre el artificio que oculta la nada y a la que todos hemos dado eco, la mitomanía que hemos forjado encumbrando a héroes falsos pero con los que nos hemos identificado y escandalosamente enriquecido, los abusos de poder que hemos tolerado ofreciendo nuestra cabeza. Hipnotizados por el aura del poder y sus oropeles unos los han disfrutado como recompensa "merecida" y otros hemos permanecido ciegos ante ello. Con mayor claridad o complejidad hemos confundido los privilegios con los derechos.
Dónde acaban los derechos adquiridos y dónde empiezan los privilegios. Si un aprendizaje deberíamos sacar de una crisis tan absolutamente global como esta, en la que los desequilibrios se desencadenaron mucho antes de que tuviéramos conciencia de ello y mucho más allá de donde los mercados nos venden, es que los derechos solo deben considerarse como tales aquellos que estamos dispuestos a compartir y a renunciar a parte para que sean extensivos. Si no es así no son derechos conquistados por nuestro ser y saber, sino privilegios, derechos concedidos, comprados, arrebatados a otros. No son derechos.
Este hundimiento y el proceso natural que mi vida me marca, me hace tener una mayor conciencia de la vida conservadora que he llevado, pretendidamente oculta bajo palabrería supuestamente transformadora. Que hemos llevado en general. Una vida privilegiada. Lamento mi actitud. No me arrepiento de ella por los frutos que me ha dado: mi mujer y mis hijos. Lo único verdaderamente fundamental para partir de cero, para no hundirme con el hundimiento, para conservar la fortaleza y la esperanza en un renacer, más limpios, más fuertes, más sabios, más libres, aunque quizás más pobres. No me arrepiento porque pretender conciliar el sueño de una vida diferente con ella y ellos es imposible, ficción. Son y solo pueden ser fruto de esa vida pasada. No hay vuelta atrás pero sí aprendizaje hacia delante.
Caídos los decorados se nos puede mostrar la vida tal cual. Venidas abajo las fortalezas tendremos la oportunidad de caminar. Gobernados por el cinismo y la hipocresía se nos da la ocasión de recuperar la rebeldía (si alguna vez la tuvimos) Destruidas nuestras corazas podremos tener el placer de ensancharnos hacia los demás. Desenmascaradas las inercias y las rutinas es la hora de desarrollar la inteligencia creativa y solidaria. El hundimiento puede ser esto, vislumbrar el horizonte despejado y comenzar a andar de nuevo, sin tener por qué haber perdido la alegría, la fe, la esperanza, la con-pasión, juntos la constancia y el deseo de crecer como personas en todas sus cualidades. ¿Qué más habremos de necesitar? No mirar atrás para no convertirnos, como Edith, la mujer de Lot, en estatua de sal.

sábado, 12 de mayo de 2012

UN DÍA EN LA VIDA DE TOBÍAS HELP


El día en el que murió su mujer quedó aterrorizado pues estaba convencido que no sería capaz de vivir sin ella, era consciente de que en las cosas de intendencia había sido un cero a la izquierda, había sido ella la que la que resolvía todos y cada uno de los problemas. Se sintió tremendamente asustado, una nulidad, el mundo se le hundió bajo sus pies, entonces le hizo la promesa de tenerla siempre presente y le rogó que por favor no le abandonara a su suerte.
Sus temores se confirmaron, aunque él no era del todo consciente del grado en el que su entorno se desmoronaba, cómo todo a su alrededor se ajaba y cómo él mismo se iba deteriorando a pasos agigantados.
Llevaba el pijama abrochado cojo cuando entró al aseo. Así lo había tenido toda la noche. Así lo tenía desde hace semanas pues se limitaba cada noche a entrárselo por la cabeza para evitar a sus torpes dedos el trabajo de andar uniendo botones y ojales.
 Orina en el váter y tira de la cadena. Coge el gastado cepillo de dientes y el vaso con señales de cal en sus paredes. Le tiemblan las manos mientras se cepilla torpemente la dentadura.
Salir de casa. La bata sobre el pijama, ten cuidado no te resfríes, las zapatillas. El niño de todos los días vuelve a reírse. Arrastra los pies. Coches, gente que va y viene. Alguien choca con él. Se tambalea. No ha podido verle la cara. Se apoya en la pared. Ruido. Zumbido en los oídos. Buenos días. No responde. Tropieza, está a punto de caer. Alguien le coge del brazo. Levanta la vista. ¿Quién es? Sonríe.
El dependiente de la tienda de ultramarinos le recuerda a su esposa. Que mujer tenía, como nos acordamos de ella. No había día que no nos hiciera reír. Sonríe. Una barra de pan. ¿Cómo la de todos los días? Como la de todos los días. Despliega la bolsa de tela que lleva y mete en ella el pan. Paga y sale del establecimiento.
¿Te apetece comer? Saca del frigorífico una pequeña cacerola desportillada y la coloca sobre la cocina de gas, en su interior lo que debe de ser un puré de verduras. Enciende el fuego y lo remueve con parsimonia. El ruido del borboteo de la comida. El alboroto de los niños de los vecinos a través del patio interior. Una estrecha mesa de formica contra la pared, se sienta frente a ella. Apoya la barra de pan contra su pecho y corta un pedazo. El sonido de la aguja del reloj. Inclinado sobre el plato sopa el puré. Bebe un poco de vino. Parte un trozo de chorizo. Mira hacia el frente, hacia la pared, mientras mastica. El sonido de un claxon llega desde la calle.
Sentado frente a la televisión, la cabeza caída sobre el pecho, duerme la siesta. En la pantalla una madre llora la marcha de casa de su hija. Una mosca pasea por su cara. La luz del exterior dibuja pequeños rectángulos sobre la pared. El péndulo del reloj oscila una y otra vez acompañando la banda sonora de la escena. En el televisor una señora pregunta y pregunta sin piedad. Tobias ronca. Sueña.
¿Te acuerdas? La tarde. Intenta deshacer el nudo de una bolsa con magdalenas ya endurecidas. Calienta un poco de leche, agrega algo de café soluble y moja en él una magdalena. Una gota de café con leche resbala por su barbilla, se limpia con la manga del batín. El receptor continúa encendido en el comedor, la cisterna le responde desde el cuarto de baño con su permanente correr de agua. El teléfono calla en el pasillo. El zumbido de la mosca transmite los mensajes de una habitación a otra.
Ella se impacienta. La cena. Calienta agua para una infusón, prepara unas galletas. La mosca ha encontrado un banquete en la mancha del brazo de un sofá. Campanadas. Espacio y tiempo para él solo, fundidos en una sola dimensión. La eternidad. El instante. Apaga el televisor. Apaga la luz del comedor. Orina. Apaga la luz del aseo. Apaga la luz del pasillo. Vuelve al dormitorio. Se quita el batín y lo deposita sobre una descalzadora. Se introduce en la cama. Buenas noches amor. Besa el rostro del cadaver momificado de su esposa, apaga la luz y se echa a dormir. 

martes, 8 de mayo de 2012

DONDE ESTÁ LA VIDA


A mi querida amiga Mari Loly, donde está la vida.
Una de las ideas centrales del discurso que los gestores de la crisis insisten en transmitir y que puede que, poco a poco, vaya calando, es la paradoja de que para lograr mantener los beneficios sociales de un sistema se hace necesario desmontar esos beneficios, que para mantener lo esencial es necesario irlo cercenando y mantener intacto lo que no es esencial.  Una paradoja que podría tener su sentido si estuviéramos hablando de la necesidad de una cirugía para mantener y mejorar la funcionalidad del cuerpo, pero que resulta incongruente si el proceso que se percibe y asume es el de la progresiva amputación de sus miembros.
La crisis lo es todo, parece serlo todo, no hay espacio salvo para la crítica y el lamento, para la condena o la claudicación, pero siempre estrechando el círculo de la unidimensionalidad. La política seudopaternalista del ninguneo parece surtir efecto, solo es por nuestro bien, a nadie le duele más hacerlo que al padre. El nuevo despotismo ilustrado, del todo para el pueblo pero sin el pueblo al todo para pueblo pero contra el pueblo, hace su efecto con el autoninguneo, el síndrome social de Cotard, no somos nadie, nos queda llorar o quejarnos pero acatar, aceptar a regañadientes la actuación del padre y sus justificaciones. Y hace su efecto en las anteojeras con las que nos hace mirar la vida, no hay mirada para nada más, las reglas del juego las marcan ellos, ellos ponen la pelota y los demás cabalgamos tras ella; nos ponen en la cabeza el laberinto sobre el que obsesionarnos, establecen en qué consiste la crisis y cuál ha de ser su recorrido, la preocupación en la que debemos centrarnos y qué es lo que queda fuera de los límites del campo de juego. Y fuera queda la mayor parte de la vida.
La crisis no es solo, ni mucho menos, un problema económico que se pueda resolver con unos cuantos “ajustes” técnicos, la crisis lo es de un sistema, es decir, de un modo de vida, es decir, de un modo de ser persona. Y esas anteojeras nos alejan de ese núcleo, nos aleja de donde está la vida. Es decir, lamentablemente la crisis es mucho más y afortunadamente es mucho más. No aceptar las anteojeras no es minusvalorar el factor político, es rebelarse contra ese reduccionismo, se trata de no aceptar la unidimensionalidad, de abrir la mirada hacia otras alternativas. Ir más allá del homo faber para el que el trabajo es un fin, para alcanzar de verdad el homo sapiens, capaz de recrear la realidad y en esa recreación se hallará también el homo ludens, capaz de jugar y leer la vida con humor, el poéticus y simbólicus, capaz de mirar la propia vida desde todas las dimesiones posibles,  y con todo ello, el socialis y el animal político capaz de relacionarse y encontrar el sentido de su vida en ese ser social. Es tomar conciencia de que las cosas no volverán a ser como eran, no deben volver a ser como eran, no sería justo; y la crisis es la oportunidad para recrear la realidad, para recrearnos a nosotros.
Y ese recrear la realidad, ese recrearnos, es acudir a donde está la vida, donde se encuentra lo mejor de la vida. Y lo más bello de la vida, paradójicamente se encuentra en los que sufren, por el dolor físico, por la humillación moral, por la injusticia social, y que aún así son capaces de mantener un nivel de dignidad humana difícilmente alcanzable para el resto.
Está la vida donde está el humor, capaz incluso de reírse de uno mismo, descomponiendo con risas la oscuridad de los golpes que se reciben, utilizando el arma de la ironía como resistencia ante el desprecio y la vejación.
Donde se mantiene la capacidad de indignación y rebeldía sin llegar a verse doblegado por el menoscabo de la entereza humana como consecuencia de los puñetazos recibidos. Donde se conserva la nobleza y el orgullo a pesar de las continuas afrentas recibidas desde la sociedad.
Allí donde el rencor crónico no tiene cabida, donde uno no maldice continuamente la vida a pesar de verse zarandeado por ella, donde uno no se encuentra enemistado con sus habitantes buscando la culpabilización incluso de los inocentes.
En los que el padecimiento les supone un plus de empatía hacia los demás, de sintonía con los que son maltratados por la vida o por los otros. Los que solo viven ese “los otros” respecto a esos cuyo único afán es el de levantar murallas y no tender puentes, abanderados de la segregación para fortalecer su identidad. Esos siempre serán otros, ajenos, extraños a su sentido de la humanidad que los varapalos de la vida ha ido desarrollando.
La vida habita en la sensibilidad, en la capacidad para percibir sensaciones, estímulos, por pequeños que sean, En la tendencia natural de algunas personas a sentir emociones, sentimientos y en la capacidad de entender y sentir ciertas manifestaciones, como el arte. Tener abiertos los poros de la piel a todo tacto, la mirada crítica y cercana, el paladar capaz de saborear dulzura y amargor. Ser un radar siempre presto a detectar lo que ya es y lo que está germinando.
La vida está en quien acoge, en quien convierte sus brazos doloridos en raíces sobre las que crecer, en nido en el que desarrollarse y lo hace con el débil y el pequeño, con el desahuciado, con el expatriado. En quien es padre, madre y amigo para la diversidad y la diferencia.
La vida está en la autenticidad. Vivimos en una sociedad de escaparate y consumo. Todo se vende, todo se compra. Todo es producto de mercado, suficientemente elaborado y retocado para que sea adquirido. Nos exponemos en el escaparate a la espera de ser elegidos, elegimos aquello que nos permita permanecer dentro del círculo de escaparate y consumo. Todo es mercancía, también nosotros. Todo se descompone, todo se corrompe y es cuando nos hundimos atrapados en esa ciénaga. La vida está en la verdad, no en la farsa; desprovista de maquillaje se muestra como es, con el sufrimiento y los años, con arrugas y con heridas, con parches y remiendos, los cimientos sobre los que construir y construirse. La búsqueda de la belleza es, en primer lugar, un problema ético.
La vida continúa durante la noche, pero no se acaba con la noche; continúa durante la tormenta, pero no se acaba con la tormenta; continúa en el invierno, pero no se acaba con el invierno; y permanece en la noche gracias a quien sabe que llegará el amanecer, y permanece en la tormenta gracias a quien tiene la certeza de que escampará, y se mantiene durante el invierno sabiendo que llegará la primavera; y así vive, con esa convicción, aunque pudiera ser posible que no alcance a ver la luz del sol, ni disfrutará del cielo limpio de nubes ni contemplará el brotar de las flores. No importa, dejará la casa para que, aún así, entren en ella los rayos de la mañana, el aire limpio que la lluvia ha dejado y se esparzan los aromas de esas flores.
Estamos ante la crisis de un sistema y lo es también de sus engranajes, es decir, nosotros. Salir de la crisis de ese sistema es buscar la salida de la crisis personal de todos y cada uno de sus engranajes. De no ser así cualquier solución será ficticia. Sin miedos, sin complejos, con la conciencia certera de que muchas personas pequeñas (nosotros), en lugares pequeños (los nuestros), haciendo pequeñas cosas, pueden cambiar el mundo. Se trata, para agilizar ese cambio, de trabajar en red desde ese espíritu de la vida humorística, poética, sensible, acogedora, auténtica, lejos de lo políticamente correcto y, fundamentalmente, bondadosa. Se trata de acudir a la esencia del cambio, a lo prioritario. La verdadera revolución.  La mayor venganza contra la crisis es la bondad… y después la rebeldía.

viernes, 20 de abril de 2012

PEQUEÑAS PÉRDIDAS



- Un café solo, por favor.
Sentado ante el gran ventanal contemplaba pasar el ritmo de la vida en el exterior. Salvador hacía poco que había cumplido los cincuenta. No se podía decir que la vida no le hubiera sonreído. Se diría que todo lo contrario. Era un hombre públicamente reconocido, cómodamente instalado, sin apuros económicos de ningún tipo. Si bien no podía permitirse grandes lujos, algunos podía tomarse de vez en cuando. Nada necesario le faltaba. Casado con Gracia, funcionaria con una jefatura de servicio, y con un hijo, podría decirse que ideal, afrontaba un futuro sin complicaciones. Un matrimonio estable y gratificante, en el que ya habían pasado las malas rachas y en el que encontraba las zonas de respiro necesarias para superar las ansiedades del trabajo y el apoyo para enfrentarse a ellas. Todo el mundo hubiera dicho que formaban una pareja, una familia, perfectamente equilibrada, y no le faltaba razón. Él mismo lo hubiera dicho sin dudarlo ni un instante. Se sentía feliz, en ese grado de felicidad que puede esperarse de la vida: sentirse querido y querer, poder reír y llorar con naturalidad, no necesitar máscaras para andar por casa, ceder el testigo de las esperanzas y sentir otras ajenas como propias. Y, a pesar de todo, contemplaba ese ir y venir externo con un punto inconfundible de melancolía.
La fila de coches que esperaba que el semáforo se pusiera en verde. Los rostros de sus conductores. Sus gestos, ora de impaciencia, ora pensativos. La gente deteniéndose ante los escaparates, y, especialmente, esa pareja sentada en el banco y ajena al ajetreo de su alrededor. Los abrazos. Los besos. Miraba con detenimiento la efusividad de sus ademanes, las manos recorriendo impúdicamente el cuerpo del otro, las bocas devorándose mutuamente, las miradas de los transeúntes deteniéndose en ellos, y ellos absortos en su fiesta privada. Se sentía un tanto voyeur. Siempre le había atraído esa pequeña perversión. Pero más allá de ese placer, le atraía la actitud de ella. Era quien claramente llevaba la iniciativa. La boca que mordía los labios con más avidez. Los dedos insaciables del cuerpo de él arriba y abajo por su cara, por su cuello, por su pecho. La mirada lujuriosa taladrando el cuerpo de su chico. El virus de la excitación contagiándosele. La envidia de algo muy simple: el deseo.
Hubiera dado en su vida buena parte de lo que tenía por ese deseo. La voracidad de una mujer sobre su cuerpo. La sensación de transmitir excitación. La agitación de un corazón esperándole. La pasión de otro cuerpo sobre él. Apetito voraz. Ansia de sexo y lascivia. La trasgresión de la  obscenidad rompiendo límites. Sentirse carne sin más, sensualidad y deseo, aparcando normas y cerebro y dejar libre su instinto animal. No ser sino carne y saberse capaz de despertar esa conducta en una mujer. Aquella muchacha le hacía revivir lo no vivido, lo siempre anhelado, lo imaginado. Esa parte de la vida que le había sido negada, que no había sido capaz de generar. El café servido se iba enfriando, y esa excitación, clara y consciente, ya no era capaz de despertar en él sino melancolía… y un difuso sentimiento de ternura.
Aquella tarde Gracia estaba de compras, una de esas tardes en las que las compras se van enredando y el pretexto inicial se va transformando en un paseo lento y sosegado de tienda en tienda, sin más objetivo que la curiosidad y la sorpresa. Se encontraba en una tienda de esas de bisutería barata que tanto le gustaba. Había estado decidiéndose entre unas pocas parejas de pendientes que la habían gustado en el escaparate y, entonces, le llamo la atención un joven, casi un adolescente, que pedía con cierta timidez una gargantilla plateada que había en el mostrador. Un leve rubor coloreaba sus mejillas. En él Gracia casi reconocía a su hijo, jugando al amor lejos de su mirada vigilante. Salieron casi a la vez. Fuera, apoyada en la pared unos portales más allá le esperaba ella. Le sonrió al verle salir, sujetando la risa que pugnaba por salir al exterior. El caminaba hacia ella con una expresión maliciosa e interesante en la cara y las manos a su espalda. Gracia ralentizó sus pasos atraída por la escena, se hizo la remolona ante el escaparate de una tienda de electrónica, pero su atención estaba puesta en ellos. Él llegó hasta la chica y con un gesto ceremonioso le entregó un pequeño envoltorio. Ella respondió a esa ceremonia con una inclinación de cabeza. Abrió el paquete y ya no pudo contener ni un segundo más la risa. Agarró la cabeza de él con las dos manos y le beso suavemente en los labios. Un abrazo manso y reposado los unió por unos segundos. Ella besaba dulcemente el cuello de él. Él besaba con tranquilidad su cabello. Se colgó la gargantilla y echaron a andar agarrados firme y delicadamente a la vez. La tarde, el mundo, empezaba y acababa en ellos. No existían nada ni nadie sino ellos dos. Alfa y omega de toda una historia de la humanidad sin más razón de ser en ese momento, que su amor adolescente.
Que pronto se fueron para ella esos momentos. Salvador, aun tierno, era torpe, y la torpeza que no dejaba de tener su encanto, le había impedido degustar con profundidad la exquisitez de estos momentos, los del romanticismo trasnochado que nunca pasa de moda, los de los besos delicados, los de las sorpresas emotivas, los de una relación sutil y esponjosa capaz de absorber los pequeños vacíos que se iban acumulando con los años. La felicidad para ella se trataba de un puzzle compuesto de esas pequeñas piezas que no generan un titular pero que justifican una vida: decirle que la querían, que estaba guapa, una pequeña broma pícara, un beso a destiempo, una sorpresa fuera de calendario; sin embargo, su vida se había ido instalando demasiado en el reino de lo previsible. Salvador si bien, sí podía decirse que la trataba con ternura y que encontraba cobijo en su fuerza para soportar los desmanes producidos a su alrededor; había perdido pronto ese punto poético que  consiste en vivir la vida como si fuera cada momento un momento especial. Es por eso que Gracia contemplaba a esos chiquillos con un efecto inequívoco de envidia, mezclado con una enorme sensación de ternura y un difuso y extraño sentimiento de deseo.
Ella mordiendo los labios de él. Él jugueteando alrededor de ella. Ella ambicionando más y más zonas de él. Él riendo en la broma permanente de los dos. Ella y él en una danza sin espacio para las palabras. Él haciéndose el ofendido por el pudor de ella. Tonta. Tonta, le contestaba él con una teatral dignidad, para luego echar a reír. Él, sentado ante su café rendido ante la emoción de lo anhelado que ya nunca llegaría. Ella con los ojos ligeramente humedecidos por las lágrimas de esos sentimientos que su piel y su corazón reconocían escondidos en el desván de su memoria pero siempre asomándose al presente. Ella deseo. Él juego. Ella y él, envidia. Ella. Él.
Cuando llegó a casa Gracia y su hijo ya estaban allí. Al abrir la puerta los dos se acercaron hasta él. Gracia con una sonrisa en la cara le besó en los labios. ¿Qué tal? Bien. Su hijo le besó la mejilla para luego poner la suya y recibir su beso. ¿Qué tal? Bien. El placer de volver a estar allí, con ellos; su doméstico cielo; en el que las tormentas y nubarrones también eran las suyas y era capaz de defenderlas si llegaba el caso. El pequeño tiempo de la charla familiar, el momento de la cocina y de las pequeñas bromas; la quietud de la noche, el periodo de las confidencias en el que no hubo necesidad de detenerse en esas pequeñas pérdidas que aquella tarde les había atraído su atención. Quién necesitaba acordarse de aquello en la alegre certidumbre de que todos estaban allí, dispuestos a luchar hasta con los dientes cada uno de ellos por los otros dos. El buenas noches diario. El beso de antes de irse a la cama. El abrazo en el que se fundían en la cama cada noche, con la luz apagada, antes de de dormirse. Hasta mañana. Hasta mañana. Eran felices. Pero en la oscuridad cada uno de ellos, ya solos, en ese mundo nocturno que es absolutamente privado y muchas veces inesperado, los dos permanecieron con los ojos abiertos mirando al techo de la habitación, recordando otro tiempo que no fue, que no es, que, tal vez, no será.






lunes, 16 de abril de 2012

AYUDAR DESPUÉS DE MORIR

 
He de confesar de entrada que no creo en otra vida ni en la existencia de un alma que sobreviva a mi cuerpo y ande vagando quien sabe donde por los siglos de los siglos, amén. De estar equivocado seguramente alguien, tras mi muerte, me recibirá con un pescozón y me dirá algo así como, “¿cómo que después de la muerte no había nada, descreído?”, y yo entraré con una sonrisa forzada y sin decir esta boca es mía. Qué remedio. De llevar yo razón, pues expiraré y allí se acabó. O me acabé yo y dejará de existir otro yo como yo mismo, otra unicidad que pueda ser equiparable a un yo como el mío actual. Pero este Jesús Mora pasará a formar parte de la vida en general, disgregada mi materia orgánica en partículas, moléculas, seres unicelulares y pluricelulares varios. Pienso que es la sabia manera de la naturaleza de hacernos ser útiles a lo demás y a los demás una vez que acabamos y somos conducidos al pudridero. Una manera menos egoísta, menos egocéntrica, que la de aferrarse a una hipotética vida propia para la eternidad, como si la naturaleza y sus ritmos no fuese capaz de continuar sin la presencia de un nosotros, encantados de habernos conocido, y descomponernos fuera una pérdida miserable de un ser precioso. Pero este asuno de la inmortalidad y la resurrección ya lo traté en otro momento.
Es lógico que, habida cuenta de mi forma de pensar, no conciba la posibilidad de poder seguir ayudando después de mi desaparición de esa manera tan peliculera, como alma en pena pululando alrededor de mis familiares. Lo siento, los que aquí me sobrevivan tendrán que nutrirse de otras ayudas de mi parte.
Hay ayudas que uno puede legar y disfrutando de ellas en la propia vida, es el caso del artista al que le puede sobrevivir su pintura, su música, su escrito para placer e inspiración de sus sucesores; o el del pensador que abre puertas y enciende lámparas a los que le siguen; o el científico que resuelve enigmas o soluciona problemas de salud. La ayuda a la población futura, en estos casos, está clara. Pero presiento que yo no estoy hecha para ella.
También tenemos a nuestro alcance la donación de órganos, pero también presiento que esta esclerosis múltiple que me acompaña desde hace años como sombra densa, no los hace muy apetecibles para quien los pudiera necesitar. Me imagino en ese momento al doliente con mi órgano entre los dedos, como una pinza, observándolo con desasosiego, inquieto por el posible veneno que le van a introducir en su cuerpo. No, mejor no le hagamos padecer ese trago. No creo que, ni tan siquiera, mis órganos fuesen aceptados a pesar de que esa fuera mi intención.
Pero sí hay una opción que se encuentra a mi alcance (y al de todos), se trata de la donación de mi cuerpo a la ciencia. Hace unos días, en una conferencia de Fernando de  Castro, científico titular del Grupo de Neurobiología del Desarrollo Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo,  y miembro del CSIC, que trataba sobre una investigación que se está llevando a cabo con el propósito de encontrar “reparación” para la esclerosis múltiple, este lamentó la muy escasa existencia de cerebros de personas con esa enfermedad con los que se pueda investigar. De cerebros de pacientes muertos, claro está, porque, como bien dijo él, al vivo no le suele hacer gracia que le extraigan el cerebro para hurgar en él. Yo, a mis años y en las condiciones en las que me encuentro, tengo prácticamente aceptada mi derrota por la enfermedad (claro que me gustaría llevarme una sorpresa), pero me resisto a no poder colaborar en la futura victoria sobre la misma. Eso puede formar parte de mi legado. Reconozco que da cosa, en primer lugar porque supone pensar en la muerte con anticipación, una señora (o señor) a la que se quiere tener cuanto más lejos mejor, pero hay que desmitificar ese enorme dramatismo con el que la  identificamos. Hay decisiones sobre ella que solo se pueden tomar ahora, luego es tarde. Tomarlas no nos acerca a la misma. En segundo lugar está esa idea en la que insiste mi mujer, pensar que allí estará tu cuerpo para que lo hagan cachitos unos novatos. Pienso yo, que más valdrá que unos novatos hagan barrabasadas con mi cuerpo yacente, que no que por no tener con quien experimentar, paguen las novatadas con inocentes seres vivos que, nunca mejor dicho, nada tienen que ver en este entierro. Pero no se trata solo de descuartizar, se trata de que a mí ya no me dolerá que me saquen el cerebro (no creo que lo vaya a necesitar) o la medula espinal para poder investigar qué carajo ha ocurrido en mis placas y qué puede ocurrir en el futuro en otras de unos desafortunados seres vivientes. Seguramente no habrá nada de mi yo que pueda sentirse alborozado en ese momento pero espero que así lo estén mis descendientes. Como cantaba Jacques Brel, en la canción Le moribond, “quiero que rían, quiero que bailen, quiero que se diviertan como locos, cuando me metan en el hoyo”, en este caso, cuando sepan que sigo ayudando después de muerto.


P.S. Para quien le “tiente” dar el paso, aquí van dos direcciones: 1 y 2.