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jueves, 9 de junio de 2016

LA TIRANÍA DEL DÉBIL






Casi toda enfermedad, especialmente crónica, tiene dos caras, el enfermo, sin duda alguna, y los que le rodean, sobre todo su núcleo más cercano. Cada una de esas caras padece la enfermedad, la siente, la sufre y lo hace más allá del proceso biológico en curso. Ese padecimiento también está en función de la otra cara, la que lo suaviza o agudiza. Dependiendo de cómo el enfermo lleve su mal será más o menos llevadero para la persona cuidadora y para ese círculo más próximo. En función de ese llevar seguramente el enfermo se irá quedando solo o no, la red que proteja su caída se mantendrá o él mismo colaborará a su ruptura exponiéndose a una caída sin fin. La empatía supone entender los sentimientos del otro, habitualmente esta se entiende desde el alto al bajo, desde el poderoso al pobre, desde el fuerte al débil, desde el sano al enfermo. Es este último el que normalmente se coloca en el centro, allá donde todo ha de gravitar a su alrededor, todo y todos viviendo en función de sus necesidades, valorándose en función del otro. Los enfermos siempre llevamos razón, los enfermos siempre hemos de ser los primeros, el sufrir de los enfermos siempre ha de estar por encima del de los otros, los enfermos no debemos por qué tener la obligación de la empatía, por qué entender los sentimientos de aquellos que nos rodean y de aquella persona que nos cuida. Si me autoproclamo el débil, en ocasiones, paradójicamente, me constituyo en el fuerte si por esa necesidad mía hurto las necesidades del otro, si yo me constituyo en la vara de medir por la cual se hace o no posible la autoestima de la otra persona, si en ningún momento se me pasa por la cabeza que yo también tengo la obligación de sentir empatía hacia la persona que me cuida, de indagar en sus sentimientos y comprenderlos. La realidad se puede convertir en algo aparentemente imposible, en la tiranía del débil, en un mundo que asfixia a la cuidadora, esta persona no tiene espacio en donde crecer. Asistimos a la teatralización del dolor, a su sobreactuación, no me refiero al fingimiento sino a que este ocupe todo el espacio, se expanda continuamente hasta que esa dilatación termine por asfixiar al otro. El “fuerte” se encuentra encasillado en este papel sin margen para el descanso y la fragilidad. Todos nos encontramos ante momentos en lo que todo parece venírsenos abajo y en los que se hace necesario el apoyo la ternura pero cuando el reparto de papeles es tan rígido esto se hace imposible, el débil se atrinchera en esa debilidad y el fuerte se ve imposibilitado para dejar de serlo aunque sólo sea por unos instantes. La enfermedad crónica puede ser algo invivible para el enfermo pero también puede serlo para el cuidador. No siempre es fácil encontrar culpables o inocentes en algunas situaciones de ruptura, es, a veces, el autocatalogado débil el que realmente asfixia al otro. Toda persona tiene la necesidad de respirar, de salir al aire libre pues el de su entorno se encuentra viciado. No es la enfermedad la que vicia ese aire, son las personas que la viven las que lo hacen. Dice un cantautor, Rafael Amor, que no hay peor tirano que un esclavo con su látigo en la mano, también el enfermo, también el “débil” puede tiranizar al otro.

El “débil”, el enfermo, puede ser el fuerte por naturaleza vengándose en la otra persona por su desdicha, golpeándola una y otra vez en su autoestima, no aceptando el papel que le ha tocado vivir. El dolor convertido en resentimiento cebándose en quien no tiene culpa del mismo. Hacer daño intentando, de esa manera, que el suyo propio se aminore. Lograr transmitir el tormento creyendo que este ha de ser intensamente compartido.

El “débil” también puede ser el débil sobreactuando hasta dejar escrito su dolor en cada rincón de la casa para que la otra persona sólo respire su lamento o haciendo del chantaje afectivo el arma letal que termine rompiendo la pareja. Otra sobreactuación que le haga recordar al otro los papeles adjudicados a cada uno y el deber moral que tiene comprometido, deber que se resquebraja en cada recuerdo, más deseo de huir en la medida en que la relación se convierte en un callejón sin salida. El afecto no puede exigirse como deber moral, no pueden imponerse sino que ha de ganarse mediante el agradecimiento y la empatía. No hay dolor que nos libere de esta exigencia.



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