Etiquetas

martes, 18 de diciembre de 2012

TENGO ESCLEROSIS MÚLTIPLE. ¿Y QUÉ?

-->

Tengo esclerosis múltiple, ¿y qué? No soy menos ni soy más, no soy poco ni soy mucho, no soy el primero ni soy el último, soy el que soy, soy el que fui, soy uno más.

Es cierto, no puedo andar, pero nadie me podrá quitar el deseo de iniciar nuevos caminos y avanzar en ellos.

En mi cabeza el procesamiento se ha vuelto más lento, mi memoria más remisa, los equívocos más frecuentes, pero permanece en mí el placer de pensar y de pensarme a mí mismo, de reflexionar sobre lo que he sido y lo que soy, sobre aquello que puedo llegar a ser, incluso de soñar sobre ello. 
El más mínimo esfuerzo, pequeños movimientos, me suponen una fatiga demoledora, aún así ansío las largas conversaciones sinceras, a flor de piel, a calzón quitado; la música, la poesía y el teatro rearman mi desmoronado cuerpo, los gestos de afecto lo rejuvenecen.

He perdido la sensibilidad en el tacto, mis dedos difícilmente reconocen, pero mis manos siguen deseando tocar, acariciar, explorar nuevos territorios, traspasar nuevos preceptos.

Soy, de cintura para abajo, un torpe recuerdo de lo que fui, pero mi piel sigue deseando ser tocada, mi cuerpo sigue vivo, necesita ser complementado, mis fronteras quieren ser transgredidas.

Mi historia es, desde hace años, una historia de pérdidas, pero eso me permite acercarme, cada vez más, a los perdedores, de conquistar la humildad, de ganar en humanidad.

Soy dependiente, pero me doy cuenta, que, de alguna manera, siempre lo he sido, pero nada me impide, por ello, desarrollar la rebeldía, la capacidad para exigir, la libertad para la desobediencia. 

A veces requiero de los demás para las necesidades más primarias y allí, tocando fondo, descubro la grandeza de la persona, la seguridad que aporta el amor, la fuerza que transmite el cariño, la capacidad de sobrevivir con una sonrisa en arenas movedizas.

Desde hace tiempo, cada día, cada minuto, me acompaña el dolor, pero es posible transformarlo en un arma de empatía, en un puente sobre aguas turbulentas, en un prisma para mirar al mundo de otra manera, con menos altanería, con menos orgullo, a ras de suelo.

Tengo esclerosis múltiple, ¿y qué? Ha cambiado mi vida, pero en medio del oleaje yo sigo manejando el timón, no ha podido arrebatármelo. Soy sujeto y predicado, voz y silencio, rabia y ternura, lágrima y  risa, espectador y protagonista, la porción de una vida en común empeñada en hacer bien su papel, en dejar su testimonio. Sí, tengo esclerosis múltiple. ¿Y qué? ¿En qué soy diferente?

sábado, 1 de diciembre de 2012

TODAS LAS EDADES


Tengo acumuladas todas las edades,
el despertar balbuciente de la niñez,
la turbia búsqueda de la adolescencia,
el vigor de los años de oro,
la calma triste de la madurez,
la debilidad de la senectud.

Abandonada y perdida entre las sábanas, mi piel busca las huellas que el paso del tiempo dejó sobre ella. Epidermis dormida, aún así tengo sobre mí todas las pieles,
la perfumada de la infancia,
la piel en celo de la pubertad,
la hambrienta de caricias de la juventud,
la necesitada de vida de la prudencia,
la resquebrajada de la vejez.

Reincidente en el fracaso, olvidado en la fortuna, tengo en mi interior todas las derrotas,
el príncipe destronado de la infancia,
el amor maltrecho de la adolescencia,
la brusquedad sangrante del resquebrajamiento de las utopías de la mocedad,
la progresiva pérdida de los sueños de la larga estepa que le sigue,
el vértigo de la otredad de la senilidad.

La figura de cera de semblante serio y gesto prudente, esconde el jugador espontáneo de la niñez,
el atolondrado de la nubilidad,
el que arriesga de la juventud,
el calculador de la madurez,
el despreocupado de los últimos años.

El epicúreo zarandeado por la vida guarda, a pesar de ello, todos los inicios,
el que no puede esperar, que ha de ser satisfecho de inmediato para evitar la rabieta,
el que podemos postergar para un momento mejor
y el que no puede ser pospuesto porque el mañana ya no forma parte del tiempo.

Por todo ello puedo llegar a sentir miedo como un niño aterrorizado,
soy capaz de enamorarme como un adolescente,
de desear como un joven,
de razonar como un adulto
o de esperar tranquilamente como un anciano sentado a la puerta de su casa.

Ninguna edad se nos ha ido del todo, las guardamos a la espera de necesitarlas,
únicamente el miedo a vernos en lo que fuimos puede impedir que hagan su aparición;
la estúpida censura del pasado,
el pánico a ver nuestro interior.

Solo los sueños han ido perdiéndose en la bruma dejada por los años para quedar reducidos a unos pocos nombres,
que no el mío,
a unas cuantas ambiciones,
que no las mías,
y a un cuerpo,
el mío,
cada vez más débil y bamboleante,
cada vez más silencioso y frugal,
soñando la exuberancia de otro. 

Gustave Courbet. El origen del mundo


viernes, 30 de noviembre de 2012

DONDE PODER RESPIRAR



     Nos hemos convertido en máquinas de producir y consumir y ahora, cuando parece que no podemos hacer ni una cosa ni otra, ¿qué somos? Todo nuestro mundo ha entrado en crisis, también nosotros. Es la crisis de toda una concepción del mundo y de la vida, una concepción donde lo económico es lo primero y solo después se encuentra… lo económico, donde se idolatra la técnica y nos dejamos llevar con gozo e inconsciencia por el traicionero sabor dulzón de la masificación y la clonación, el redil donde protegernos del miedo. 
Necesitamos la apariencia de la realidad, no la realidad en sí, una sociedad virtual en la que disfrazar lo que hemos hecho de ella, lo que hemos hecho de nosotros, donde afrontar, si acaso tangencialmente, la herida que nos pueda salpicar, el dolor que nos pueda conmover, la grieta que amenace con resquebrajarnos. Una sociedad virtual en la que nosotros mismos seamos seres virtuales, alejados del corazón de las cosas, hundidos en una indiferencia metafísica que nos hace olvidar el latido de la vida. Seres enajenados de la capacidad de crear, necesitados de cierto mesianismo al que seguir y de culpables a los que condenar, donde todo, hasta lo más íntimo parece haberse hecho objeto de consumo. Expropiados de la autoría necesitamos el mercado donde podamos comprar y donde podamos ser vendidos.
      Pero si algo es este momento es el de tomar conciencia de que se puede resistir al poder de la robotización. Es el momento de la resistencia, y es el momento de la autonomía para crear espacios donde desarrollar nuevos valores, recuperando los afectos, el gozo, el diálogo, la imaginación, la belleza, la fe en nuestro destino siguiendo la máxima de Gandhi, debes convertirte en el cambio que deseas ver en el mundo. No esperar a que todas las soluciones nos vengan de fuera, nos lluevan del cielo, sean siempre competencia de otros. Ser nosotros mismos el germen de ese cambio, no hay coartadas que valgan para justificar nuestra desidia ni escudos para esconder nuestras miserias. Ser capaces de generar espacios donde desarrollar la sensibilidad, de hacernos dueños de la expresión, de la palabra, de ser capaces de mirar el entorno de otra manera, a través del arte como forma de expresión que viene a unificar la forma y el fondo. ¿Y no debería ser eso la vida, la fusión entre lo que hacemos y lo que pensamos, entre lo que construimos y lo que deseamos, entre la ética y la estética? ¿Y no es eso la belleza? ¿Y no es eso el arte? El arte reflejado en cada acto de nuestra vida. Espacios donde incorporar medios expresivos que puedan ir más allá de lo inmediato, que exploren las preguntas sin respuesta que arrastramos y que hagan vibrar las cuerdas que engrandezcan nuestra humanidad: la música como eco interior del dónde venimos y el hacia dónde vamos, la poesía como código lingüístico que nos libera de los grilletes que nos mantienen aferrados a la ficción colectiva, el símbolo como expresión de la otra cara de nuestra luna.
      Ser capaces de generar espacios donde pensar, espacios para la crítica y la autocrítica, espacios  para ir más allá del pensamiento formal y políticamente correcto que todos nos autoimponemos como condición para formar parte de nuestros respectivos pesebres. Pensamiento que nos interpele, pensamiento que nos duela, que nos haga abrir los ojos, que nos enfrente cara a cara con el otro y que nos lleve a conocerlo, pensamiento que nos enfrente con nosotros mismos y con la sordidez en la que estamos instalados, con el rostro que queremos disfrazar o que nos negamos a ver. Pensar y sentir como forma de resistencia. Ser capaces de gestar espacios, por minúsculos que sean, espacios donde crear y recrearnos desde el lugar más pequeño de nosotros mismos, capaces de engendrar nuevas realidades, cada día, cada segundo, espacios minúsculos donde poder respirar.

miércoles, 17 de octubre de 2012

TODOS CONTRA LOS CHINOS


La noticia de estos últimos días acerca de la mafia china y el blanqueo de capitales parece haber disparado una obsesión contra todo lo chino, todo esto me ha provocado algunas reflexiones:
  • De unos años acá recuerdo haber tenido conocimiento de tramas semejantes de blanqueo de capitales que han tenido lugar en diferentes zonas de nuestro país y llevadas a cabo por compatriotas que incluso podían hacer gala de muy españoles. ¿Quiere esto decir que si la trama se desarrolló en Andalucía debemos sospechar de todos los andaluces, si fue en el País Valenciano debemos hacerlo de todos sus residentes, si en Galicia de todos los gallegos, si en Madrid de todos los madrileños?
  • La fuga de capitales, desgraciadamente, ha sido una práctica habitual en nuestro país, basta leer algunos artículos, este que incluyo muy extendido por todo Internet (La banca, el fraude fiscal y el New York Times)  y noticias (La fuga de capitales en España: el último que cierre), esta noticia referida solo a la fuga de capitales que medianamente se controla. Los sujetos protagonistas de esta huida de dinero tienen nombres y apellidos, la mayoría de ellos, al menos la parte fundamental, ligados a la banca y a empresas españolas de renombre internacional. ¿Quiere esto decir que no han de utilizarse bancos de cuya práctica haya esa sospecha ni comprar en empresas, bajo diferentes marcas, que se encuentren en la misma situación por muy españolas que sean? ¿Es más llevadero si el que me roba es español?
  • Las opiniones que se vierten acerca de que los chinos nos están robando el dinero a los españoles me suenan igual que esas otras que dicen que “los españoles” les estamos robando el dinero a los “catalanes”. Se trata del mismo proceso de pensamiento en la misma estructura mental. El pensamiento es el mismo, su formulación solo depende de donde haya nacido uno.

lunes, 8 de octubre de 2012

NO ME REPRESENTAN

-->

Detesto el populismo que se va extendiendo, a menudo sin ser conscientes de ello, cada vez más entre nosotros, el de la clase política, el de todos los políticos son malos, el de solo piensan en robar, el del carro al que se suben archipopulistas archimillonarias como la señora Cospedal, lo detesto. Siempre serán necesarios los políticos, no cualquier político, no, pero sí los buenos políticos. Será necesario un control riguroso sobre el ejercicio de la política pero no se podrá prescindir de personas que se dediquen a ese ejercicio y ese control, tengámoslo claro, de una manera u otra, está en nuestras manos. La democracia directa se podrá intentar extender lo máximo posible pero siempre tendrá sus límites por lo que nunca podremos renunciar ya a la representativa. Lo asumo, siempre tendrán que existir representantes, también los míos, pero he de decir que cada día me siento más huérfano de los mismos, en la orfandad política. No niego que los que hoy se sientan en los bancos de los parlamentos lo son oficialmente, asumo que voluntariamente decidí participar en el juego y ahora, que las bazas me vinieron malas, no puedo retirarme sin más (cabría preguntarse quién puede escapar realmente al juego). Reconozco que no soy persona fácil, que nunca me sentí satisfecho con nadie y, seguramente, nunca lo estaré, que no aspiro a encontrar a alguien con el que poder identificarme plenamente, a un clon de mí mismo que ocupe un cargo político, ni esa persona existe ni existirá, ni sistema político alguno lo permitiría, pero cada día me siento más en la orfandad política, cada día puedo afirmar más categóricamente que estos políticos no me representan. No pretendo realizar una generalización absoluta, ni esconder mi mayor cercanía (a veces más afectiva que otra cosa) a unos que a otros, pero, aun así no puedo dejar de sentir esa aseveración: no me representan.

Los que solo dicen y piensan el argumentario que se les pasa desde los despachos de su partido, los que resultan tan previsibles en el fondo y en la forma, los disciplinados voceros de su amo, no me representan.
Los que, parafraseando a Groucho Marx, con tal de mantenerse en el puesto, pueden decir sin complejos, “estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros”, no me representan.
Los obedientes servidores del poder financiero que hacen pasar, sin un ápice de crítica, por inevitables las medidas que este exige, por las únicas posibles, por “lo que hay que hacer”; los que venden pereza mental como sentido común, servilismo  como patriotismo, no me representan.
Los que, desde sus escaños y en los medios de comunicación, patean, vociferan, aplauden mecánicamente sin saber a qué, abuchean mecánicamente sin saber a qué, insultan descaradamente y lo hacen pasar por ingenio, rebuznan y creen que hablan, cocean y creen que caminan, no me representan.
Los que se aferran de por vida a un escaño, a un cargo, a un sillón, a un despacho; hacen de vasallos fieles cuando el cambio de viento puede hacerlos mover, manipulan el poder cuando lo tienen en sus manos para no moverse de él; los que ponen sus intereses al frente de cualquier cambio, los que nunca dimiten, los que nunca dicen basta, los que sienten pánico ante la posibilidad de volver a ser uno más, no me representan.
Los que simplifican la realidad incapaces de ver su complejidad, los que la reducen a una pelea de buenos y malos, de blanco o negro, los que en su discurso solo buscan titulares y la pedagogía política la reducen a propaganda, no me representan.
Los que nunca dirán “me he equivocado”, los que nunca pedirán perdón, los que siempre creerán encontrarse en la posesión de la verdad por el simple hecho de estar donde están, los que nunca reconocerán parte alguna de verdad al otro por el mero hecho de ser el adversario, los que nunca llegarán a darse cuenta de que esto lleva a la estupidez y no a la inteligencia, no me representan.
Los que impiden que avance la realidad cargados de dogmas intocables, los que, por ello, nunca se cuestionan el presente, los que carecen de un mínimo ejercicio de autocrítica, los que son incapaces de imaginar una realidad distinta a la actual, los que, sencillamente, tienen miedo al cambio no vayan a perder su lugar en él, no me representan.
Los del “cuanto peor mejor”, los del “dejad que se hunda que ya la levantaremos nosotros”, los que anteponen el interés partidista, corporativo y personal al de la sociedad, los que no ven personas sino votos, no descubren problemas sino cuentas de resultados, los que hacen cálculos de beneficios con el sufrimiento ajeno, no me representan.
Los que hoy dicen digo y mañana diego y pasadomañana vuelven a decir digo otra vez, los que hoy hacen y dicen lo que ayer criticaron y mañana criticarán, si es necesario, lo que hoy hacen y dicen, no me representan.

Sé que todo lo anterior no es únicamente aplicable a políticos, sé que esas actitudes y comportamientos se encuentran de igual manera en otras muchas organizaciones sociales; la cerrazón intelectual, la estrechez de miras y el interés personal ante todo los podemos encontrar desde en la más grande hasta en la más pequeña, desde la que tiene una importante cuota de poder en la sociedad hasta la que no tiene ninguna, en los que enarbolan una bandera y en los que enarbolan la contraria, en todas ellas podemos reconocer el narcisismo, la rigidez y el egoísmo citados, la miseria intelectual y moral, la violencia gratuita. Es por ello por lo que la sensación de orfandad  es mayor, pero soy consciente que no me puedo constituir en república independiente, que no puedo hacer el camino solo, que en él habré de encontrar otros huérfanos como yo y sé que encontraré compañeros de viaje a mi gusto y otros que me generarán incomodidad, pero, aún así, habré de hacer el viaje con el ánimo siempre alerta para detectar todas esas tentaciones, todos aquellos que hayan caído en ellas y no me representan y aquellas en las que pueda haber caído yo de tal manera que ni yo mismo me represente.

jueves, 13 de septiembre de 2012

¡SE ROMPE ESPAÑA!

-->

Después de vista la celebración de la Diada el pasado 11 de septiembre en Barcelona, imagino esa expresión (¡Se rompe España!), en boca de muchos, cargada de cólera y drama. Pero para poder descolerizar y desdramatizar quizás convenga hacerse algunas preguntas y aprender algo de la historia.
¿A qué hemos llamado y llamamos España? Significante y significado no siempre han ido parejos. El término España que hoy identifica un territorio y un Estado no siempre ha sido así. El nombre deriva de Hispania, nombre con el que los romanos designaban geográficamente al conjunto de la península Ibérica. Terminología que a su vez puede provenir, según distintas interpretaciones, de un origen ibérico, fenicio e incluso euskaldun. Resulta obvio que estamos hablando de un tiempo en el que es imposible la identificación territorio y Estado en la medida en la que la mera idea de este último no existe. El término Hispania y, posteriormente, España designa únicamente un territorio geográfico, que tampoco se identifica con el actual. Conviene resaltar otra obviedad, ese territorio es anterior al uso del término, es decir, existió antes de él y, presumiblemente, existirá después de él. Al mismo tiempo la identificación entre territorio geográfico y término lingüístico no implica la continuidad en el tiempo del mismo territorio. Durante esos, alrededor de, veinte siglos el término España o Reino de España ha sido aplicado no solo a la península Ibérica, sino a territorios repartidos por todo el mundo, europeos, africanos, americanos y asiáticos. Territorios que hoy sería impensable reivindicar como españoles. La imperecedera España, lo que hoy identificamos en sus límites como Reino de España tiene algo menos de cuarenta años de vida, los que han transcurrido desde la entrega del antiguo Sahara Español a Marruecos y Mauritania.
¿Un nombre, un Estado, un Reino, una cultura? El término lingüístico es muy anterior a la existencia de “estos” españoles de hoy. Se llamaron así mismos como tales ciudadanos de territorios a los que hoy ni se les pasaría por la cabeza denominarse así. Se les llamó como tales a ciudadanos de territorios a los que hoy a nadie se le ocurriría designar de esa manera, es más, se les rechaza como tales, y esa historia común, en gran medida forzosa para ellos, no evita que no sean bienvenidos y rechazados. Durante todo este periplo histórico el nombre ha recaído en entidades políticas y culturales muy diferentes, por lo que históricamente no es propiedad exclusiva ni de unas ni de otras, es más, la historia nos puede deparar sorpresas agradables para unos, desagradables para otros. Algunas crónicas y otros documentos de la alta Edad Media designan exclusivamente con ese nombre (España o Spania) al territorio dominado por los musulmanes. Así, Alfonso I el Batallador (1104-1134) dice en sus documentos que "él reina en Pamplona, Aragón, Sobrarbe y Ribagorza", y cuando en 1126 hace una expedición hasta Málaga nos dice que "fue a las tierras de España". ¡Musulmanes! Poco hay, para algunos, tan declaradamente antiespañol.
Ciñéndonos únicamente a lo que sería el actual territorio geográfico de España podemos descubrir un abanico enorme de culturas (concepto relacionado a su vez con otros como religión, etnia, raza, etc.) que se asentaron en ella: íberos, celtas, romanos, suevos, vándalos, alanos, guanches, árabes, musulmanes, judíos, cristianos… El abanico se vuelve descomunal si incorporamos a esa relación todas aquellas que encontramos o nos fueron encontrando en territorios europeos y allende los mares, pero relacionados con el término España, es el caso, por ejemplo, de las culturas precolombinas azteca, inca, maya… La conclusión de todo este gran abanico puede resumirse en una única palabra: mestizaje.
¿Qué somos los habitantes de esta España de hoy y qué son la cultura o las culturas que decimos nuestras? Somos seres humanos que tenemos antecesores pertenecientes a distintas etnias o culturas, y esa mezcla dio origen a una nueva cultura. Este mestizaje, guste o no, resulta aplicable no solo a los que nos identifiquemos como españoles y a la cultura que podamos denominar como tal, sino de igual manera a aquellos otros que aun siendo oficialmente españoles no desean ser tenidos como tales y reivindican una cultura propia. Todos somos producto de ese mestizaje, todas esas culturas de hoy (incluidas sus lenguas) han sido resultado de una lenta elaboración de encuentro de diferentes culturas y, literalmente, nosotros no seríamos, no existiríamos, de no haberse dado esa mezcla. La mezcla es una tendencia imparable de la historia, en el futuro la cultura y la nación que (y, en buena medida, afortunadamente; si como tendencia histórica suponemos que ha sido positiva para llegar a producir lo que hoy deseamos defender, no hay por qué poner en cuestión que pueda seguir siendo así) tengan nuestros descendientes, inevitablemente, no serán la nuestras.
¿Qué podemos aprender de esta historia? Que España (o Cataluña, o Euskadi o cualquier otra nación) no deja de ser sino un concepto absolutamente coyuntural; no se trata de una realidad trascendental sino de una completamente inmanente, inseparable de unas circunstancias históricas y, por lo tanto, temporales. Una realidad que tuvo su inicio y que, lógicamente, tendrá su final, es por lo tanto finita y perecedera, veamos nosotros ese final o no.
Que la historia de la humanidad es una constante sucesión de creación y desaparición de nuevas naciones y Estados. Las naciones son un constructo social de los hombres, no existen sin los ciudadanos que se identifican con ellas. Sencillamente aparecen y desaparecen en la medida en que aumenta o disminuye el número de ciudadanos que se reconocen formando parte de las mismas. En este sentido, como afirma Eric Hobsbawm, no son las naciones las que crean el nacionalismo, sino a la inversa, es el nacionalismo quien inventa la nación. Históricamente ese final muchos lo habrán vivido con angustia y ansiedad, pero la vida ha continuado a pesar de ello. Ese dramatismo existe porque se ha otorgado a la nación una entidad por encima de la ciudadanía que la compone, en este sentido, considerada como transcendente e incluso sagrada.
Que toda nación es producto de la amalgama continua de la historia y por ello, en nuestra mezcla habrá componentes que es posible que hoy detestemos y que consideremos ajenos a nosotros mismos. Es así en la cultura que defendemos, en la lengua que hablamos y en la sangre que corre por nuestras venas. Es también a ellos a los que debemos que seamos y que seamos como somos. Esta convicción debería llevarnos a revisar no solo la visión que podamos tener del pasado, sino la que podamos tener del presente y de los grupos sociales, etnias, culturas y naciones que hoy forman parte del mismo.
La solución no es negarse a la mezcla, sino está en cómo mezclar. Pretender cerrar fronteras a cal y canto es también cerrar inteligencia y corazón. Se trata de un despropósito político y humano. Negar la entrada es impedir la oxigenación, impedir la salida a quien desea hacerlo es asfixiar y apostar fuerte por el distanciamiento y el enfrentamiento. Se trata de tener claro qué valores son aquellos que, de ninguna manera, yo no debo perder. El coste del envilecimiento es mayor que el riesgo que se teme correr pues ya se han perdido en él esos valores que se dicen defender.
Que esos cambios, el surgimiento de nuevas naciones, la secesión o la modificación de las fronteras, a pesar de lo consustanciales que son al ser humano y la naturalidad, con que por ello, deberían ser vividos, siempre han sido violentos. Han supuesto derramamiento de sangre, muerte, miseria, sufrimiento. Anteponer la idea a las personas. El hombre “civilizado” sigue, en este aspecto, sin dar muestras de civilización. Es perentoria la necesidad de encontrar soluciones políticas pacíficas y dialogadas, establecer las condiciones y los procesos para los cambios. Regular cauces institucionales antes de que el problema se produzca. No se trata, necesariamente, de aceptar de buen grado un hecho, sino de reconocer su existencia. Es optar entre tolerancia o intolerancia, entre humanismo o fanatismo.
Dicho todo lo anterior, me gustaría poder decir que el nacionalismo es algo anacrónico, pero no pasa de ser un simple deseo personal, yo no soy nacionalista; pienso que no solo suponen el surgimiento de un yo colectivo, sino el establecimiento de unos otros de los que me distancio y que, de alguna manera, otorgan sentido a mi yo. Es “mi” nación la que otorga sentido a mis desmanes, pero critico y me enfrento a esos mismos desmanes realizados en nombre de otra nación. Es el fanatismo nacionalista el que es el desmán, no la nación por la cual se realizan. No lo entiendo o no lo disfruto, pero es un hecho que los nacionalismos siguen siendo un realidad del presente y no parece que vaya camino de que desaparezcan en el futuro. Quizás el anacrónico sea yo

martes, 28 de agosto de 2012

BREIVIK COMO REFLEJO

-->

El ultraderechista noruego Anders Behring Breivik no apelará la sentencia de 21 años de cárcel prorrogables por el asesinato de 77 personas. El tribunal justificó el veredicto porque Breivik es un "fanático extremista" y no un enfermo mental, de ahí que sea penalmente responsable. Lo fundamental es encuadrar las ideas de Breivik en un contexto político de ultraderecha, porque ahí cobran sentido, sostienen sus abogados, que pedían una pena de cárcel lo más leve posible si el fundamentalista cristiano no es puesto en libertad, como él solicita.
Breivik nunca ha negado ser el autor de los 77 homicidios voluntarios, además de otros intentos de homicidio, de los que se le acusa, pero asegura que actuó en una situación de "necesidad", en defensa del pueblo noruego, que considera amenazado por la "invasión musulmana" y el "infierno multiétnico" impulsado por el Gobierno. En la sesión final ha pedido perdón a los «militantes nacionalistas» por no haber matado a más gente durante los ataques de julio del año pasado.
La consideración de fanático extremista y no enfermo mental puede haber sorprendido a muchas personas, quizás en el deseo de que solo un esquizofrénico paranoide y un psicótico puede cometer tanto mal. La sentencia, sin embargo, nos sitúa de bruces frente a la realidad, el mal está entre nosotros, lo alimentamos nosotros, forma parte de nuestra normalidad. Es más, el mismo concepto de mal puede llegar a carecer de sentido, ya que Breivik no realizó esos crímenes por hacer el mal, sino por lo que él suponía un bien. Es por ello que esos actos, llegado el momento, pueden llegar a cometerse de una manera incluso desapasionada, administrativa, banal.
Es difícil llegar a aceptar esa realidad, la existencia del mal de una forma “integrada” en nuestra sociedad, y más aún llegar a plantearse la pregunta sobre la manera en que uno convive con él, con esa realidad. Para huir de ese compromiso a veces basta con calificar como extremista a una persona así. Extremista como sinónimo de una persona situada fuera de los márgenes de la sociedad, es por lo que la misma tiene difícil control sobre ella. Pero no es así, todo extremo, parte primera o última de algo, requiere ese algo para tener razón de ser, es en esa realidad donde se genera y que llega a estar en su grado máximo. El extremismo se nutre de planteamientos ideológicos que pueden no contemplar el crimen como solución pero que, sin embargo, llegan a alimentar, de forma visceral, esa conclusión. Cuando yo lo justifico, de alguna manera, por las circunstancias que lo han desencadenado, estoy también, de alguna manera, siendo cómplice ideológico del mismo; y viceversa, cuando establezco una mínima complicidad ideológica con él, en esa medida soy también cómplice del mismo. Comentarios, propuestas, conductas que son piezas sueltas de un puzzle que el extremista reorganizará a su manera componiendo un todo macabro.
Esa defensa de una supuesta realidad amenazada pone de manifiesto el deterioro mismo de esa realidad. Si esa ha de ser su defensa no merece ser defendida. Si los defensores han de llegar a esos extremos para defenderla serán ellos mismos los que terminen devorando a la criatura. La idea de una patria amenazada por la llegada de extraños a la misma y que solo puede ser defendida con la expulsión de los mismos tiene su base en los mismos orígenes de la humanidad y es la evolución de la misma la que pone en evidencia la debilidad del argumento. La defensa frente al forastero, frente al intruso, ya se dio en realidades que hoy consideraríamos todos, esos extremistas incluidos, como anacrónicas y que han ido evolucionando en la medida en que ha ido evolucionando el ser social del hombre, la sociabilidad del individuo. Ese mismo comportamiento se dio ante la aldea amenazada por la llegada de foráneos, el pueblo, la tribu, la comarca, la nación, el continente incluso. Es ese proceso el que pone de manifiesto que la evolución cultural del ser humano se ha dado en paralelo a la progresiva integración de ese forastero y que una “defensa” así solo supone una regresión sobre esa evolución, una destrucción de las bases culturales sobre las que se ha dado.
La idealización de una patria, chica o grande, como ente puro y aislado del resto, es un evidente error. Somos lo que somos gracias al mestizaje, y lo que serán nuestros descendientes también lo serán gracias a él. El empeño ha de centrarse en que ese mestizaje sea lo mejor posible, no en que no exista. La dirección de la historia camina en ese sentido, intentar cerrar el paso a ese camino solo clausurará la propia historia. Toda cultura puede tener en mayor o menor medida aspectos valorables, y toda cultura siempre puede tener algo que aprender y mejorar. No se trata del reinado hipócrita de lo políticamente correcto, ni de un ciego y temeroso respeto absoluto a todo y a todos, la medida es el ser humano concreto y han de ser los derechos humanos que este valora y respeta y aquellos que le son escamoteados.
Se trata del ancestral miedo al cambio, del intento de superar la inseguridad mediante la agresividad, de la expulsión del que amenaza mi estatus, independientemente de las realidades históricas por las que ese estatus se ha conseguido.  Para ello se hace necesario fundamentarlo en la superioridad de una raza, de una etnia, de una tribu, una casta, una religión, una cultura, o una patria; en definitiva, la superioridad de unos sobre otros. ¿Y en que se puede sustentar la superioridad de un individuo frente a otro si no es en su mayor humanidad? ¿Y no pierde esa supuesta superioridad si, al ejercerla, pierde esa humanidad?
¿Y en que nos convertimos con ello? En sujetos que piensan y actúan en función del miedo, de la ignorancia y del rencor, en personas degradadas al mismo tiempo que intentamos degradar al vecino que nos es extraño. Y todavía más, es paradójico, que ese comportamiento lo justifiquemos en razón y defensa de una civilización cristiana que supuestamente ha conformado nuestra cultura. Es difícil encontrar una antinomia más permanente que la que se establece entre el mensaje de ese cristianismo evangélico y el discurso que intenta sostener esas prácticas. Se trata de un mensaje vaciado de su sentido y reducido a lo ornamental y meramente institucional.
Breivik no está loco, no lo está al menos más que puede estarlo una parte importante de nuestra sociedad en la que anida el germen de la destrucción que él ha puesto de manifiesto, en este sentido Breivik es el reflejo de ese estado de descomposición y podredumbre que nos acompaña desde la misma génesis de nuestra cultura.