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lunes, 2 de mayo de 2022

CUENTOS CORTOS PARA MENTES LARGAS

 5 cuentos cortos para reflexionar - La Mente es Maravillosa

Aquella noche soñó que cabalgaba sobre un punto y seguido, sorteaba pronombres, adverbios y preposiciones, saltaba adjetivos, verbos y nombres. Lo que más le cansaba era enfrentarse a los interrogantes. A la mañana, cuando despertó y echó la vista atrás se dio cuenta de que había dejado la habitación plagada de puntos suspensivos.




Por la noche le gustaba abrir las puertas de su armario y colocar los espejos de las hojas interiores uno frente a otros. Modificaba el ángulo en que estaban situados para que ante sus ojos se revelasen una sucesión de magníficas galerías luminosas que se extendían una tras otra hasta el infinito. Innumerables estancias, cercanas y cotidianas las primeras, al alcance de la mano tras el cristal, que luego y a pesar de ser idénticas, se van imperceptiblemente transformando con la distancia. Allí, tras su rostro, encontraba de nuevo su imagen, aunque esta vez parecía no advertir su presencia y ni siquiera le miraba.
Le era irresistible asomarse al interior del espejo, casi acechando a ese otro yo tan ajeno él que se iba perdiendo en la lejanía. Sentir en su espalda el escalofrío de la mirada de su otro yo con el que nunca podía mirarse cara a cara, pues siempre giraba su cabeza al darse la vuelta. Así pasaba los minutos en ese juego mágico intentando atrapar la mirada de alguno de sus innumerables yo hasta que oía acercarse los pasos de su madre para comprobar que ya estaba acostado. Entonces cerraba a la carrera las  puertas del armario y sus reflejos iban desapareciendo uno tras otro, desde el más lejano hasta el más cercano, sin despedirse ninguno quedando encerrados en la oscuridad del armario hasta que al cerrarlo con llave él mismo se desvanecía dejando en su lugar el simple hueco de un recuerdo.

 

                                                   😀


Cuando paseaba a lo largo del parque y se sentía cansado se tumbaba a lo largo de un banco y echaba una cabezada, entonces imaginaba que una joven se le acercaba y le acariciaba el rostro mientras dormía soñando que le besaba en los labios y le cogía una de sus manos. Ese movimiento hacía despertar al chico que soñaba que le cogían la mano mientras soñaba que le besaban y le acariciaban la cara. Al despertar e incorporarse veía que en el banco de enfrente esa misma joven le acariciaba la cara, le besaba en los labios y le cogía suavemente las manos.



                                                           
😊


El dragón de tres cabezas, dos colas y ocho grandes patas se le acercaba amenazante y él sólo se encontraba armado de un simple y minúsculo puñal. Conforme se aproximaba el dragón emitía grandes rugidos y expulsaba largas bocanadas de fuego. El muchacho se mantenía erguido ante él sujetando el puñal con una mano temblorosa. Cuando estaban a punto de entrar en contacto afortunadamente despertaba de la pesadilla, tenía miedo de aquel chaval que podía haber percibido el pánico que lo atenazaba y de ese puñal que seguramente hubiera rasgado su cuerpo de trapo.


                                                           
😏


Cuando se despertaba se asomaba a la ventana y veía pasar las nubes bajo el cielo. Imaginaba que tumbado sobre ellas sobrevolaba ciudades fantasmagóricas en las que las torres taladraban el firmamento en un juego infinito de espirales, las escaleras las rodeaban en un loco efecto óptico de subidas y bajadas, los jardines flotaban entre ellas y desde ellos la hiedra se enredaba allá donde llegaba. Las calles formaban un laberinto en el que las personas nunca sabían con certeza si iban o venían. Luego, se colgaba la mochila a la espalda y salía para la escuela con sus zapatillas gastadas pisando los charcos de la calle, creyéndose el rey del mundo.


                                                            
😉


El enorme maestro le gritaba agigantándose hasta el techo, él apenas le llegaba a las rodillas. Conforme los gritos iban creciendo la boca se expandía y las palabras se convertían en un ruido indistinguible que se le enredaba dejándolo inmovilizado. Cada vez se sentía más minúsculo en la medida en que su maestro se encontraba a punto de reventar las paredes del aula. Era el mismo maestro al que en el atardecer encontraba sentado en el bordillo de la puerta de su casa y que le sonreía levemente con una mirada triste y húmeda y que apenas le llegaba a la altura de sus tobillos.



                                                            
😑

Aquel libro le dejó completamente impresionado. Durante el tiempo de su lectura había podido recorrer todos los estados emocionales, era incapaz de quitárselo de la cabeza, una y otra vez su pensamiento volvía a las palabras que en él había leído, pero era tanta la huella que en él había dejado que al abrirlo de nuevo ya no veía signos de escritura sino su propio rostro con la imagen que en cada página había tenido. Así veía la faz del asombro y al pasar la hoja, la del miedo, y después la de la risa para luego pasar a las del llanto, la del enojo, la ternura, el miedo, la sorpresa, el asco, la euforia, la pena y el bienestar. Cuando cerraba sus páginas una coctelera se agitaba en su interior que inevitablemente le llevaba a volver a abrirlo.

                                                 😝



La luz de la mañana atravesaba las rendijas de la persiana para iluminar su cara mientras dormía. Era tanta la belleza que esa imagen desprendía que el Sol se detuvo de pronto para no iluminar nada más, para que todo, menos su rostro, permaneciese en la oscuridad y no pudiera rivalizar con él.

                                                             😎



El padre estaba decidido a que aquel hijo que esperaban se viese rodeado de lo mejor y que cualquiera que se cruzara en su vida supiera desde el primer momento que se encontraba ante el más grande. Para ello hizo que sus sirvientes recorrieran los caminos del mundo en busca de todo aquello que lo hiciera posible. No contento con eso decidió que aquella realidad solo se podía culminar poniéndole el nombre más excelso y colosal. Su hijo murió aplastado por sus letras.


                                                        
😍



Atrapado en la lectura como estaba era incapaz de escuchar la voz de su madre cómo le llamaba. Cada vez la oía más lejana y entrecortada. Poco a poco se sumergía en las páginas del libro.
Atrapado en la lectura estaba incapaz de escuchar la voz su madre como le llamaba, cada vez más lejana y entrecortada, poco a poco se sumergía en las páginas. Atrapado estaba incapaz de escuchar la voz como le llamaba, lejana y entrecortada, poco a poco se sumergía. Atrapado estaba incapaz de escuchar la voz como le llamaba, lejana y entrecortada, se sumergía. Atrapado estaba incapaz de escuchar, se sumergía. Atrapado, se sumergía. Atrapado.






viernes, 1 de abril de 2022

El cielo son los otros



Jean Paul Sartre dejó una frase para la historia al escribir “el infierno son los otros”. Bien merecido el paso a la historia, aunque sólo relativamente, relatividad por dos motivos: El primero de ellos porque sólo una parte de los otros podría considerarse un infierno, el segundo, y quizás fundamental, porque el verdadero infierno no se encuentra en ellos sino en uno mismo. Es la incapacidad para descubrir la parte positiva del otro lo que nos hace ver sólo su parte negativa y esa incapacidad, sobre todo, se debe a los demonios que llevamos dentro, demonios que nos llenan de colera con facilidad, demonios que nos hacen pensar con toda tranquilidad, incluso felicidad, acciones destructivas y agresivas para los otros; pensamientos que no nos generan pesar, sino que incluso nos relajan. El infierno, sí, a veces es uno mismo.

Del mismo modo que no todos somos un infierno, no todos somos el cielo. No todos, pero sí creo que una mayoría. No confío en la bondad plena pero sí en que la bondad anida, de alguna manera, en el ser humano, en que esa bondad se despierta en mayor o menor grado según las personas y que depende de cada uno de nosotros el que seamos capaces de descubrir la bondad en los otros. El cielo, afortunadamente, lo he ido encontrando en personas que han decidido trabajar en lo que podríamos llamar el submundo del mundo del desarrollo, submundo por llamarlo de una manera pues es ahí donde ellos han ido en busca de ese cielo, allí donde hay que reconocer su ejemplo y el valor de su testimonio. Quizás hay que reconocer que allí podemos encontrar parte del cielo. Cielo que también he encontrado en gestos de desprendimiento de gente que, precisamente, tenía bien poco. El cielo lo he vivido en aquellos cuidadores que no sólo me han cuidado en cada detalle sino en los que además he percibido cariño, que cada mañana me han traído la vida hasta mí y de los que he aprendido a vivir, aunque me quede mucho menos tiempo en esta vida que a ellos.  Cielo en mi familia, siempre conmigo y tras de mí, con mis caras buenas y con mi rostro insoportable. El cielo de mis amigos y amigas, que tras decenas de años conmigo no dijeron.”¡basta!” cuando llegaron los malos tiempos y se hubiera entendido que me ignoraran aunque en ese camino hubiera caído sacrificada mi esposa; amigos queridos y recuperados cuando parecían haber quedada olvidada su cercanía en el pasado.. El cielo del placer físico que te brinda otra persona, o el de una, aparentemente, simple conversación que te deja la sensación de una mayor cercanía e inteligencia. El cielo de la obra de arte representada por otras personas y la musical interpretada en casa por amigos entre el calor de otros muchos. Lo estoy disfrutando también en algo aparentemente tan contradictorio como puede ser una asociación de esclerosis múltiple, allí he descubierto a personas que, a pesar de todo, han rehecho su vida, como a otras que mantienen el humor en medio del drama de esas vidas. No puedo olvidar el que viví en las aulas de los colegios en los que estuve, aunque he de reconocer que, en mis primeros años, para mi alumnado, si lo hubo, fue un cielo bastante aburrido. Un cielo que, sorprendentemente, llegó más allá de mi estancia en las aulas, una vez que yo ya me había jubilado. En ese momento, casi treinta años después, volvieron a aparecer mis alumnos, como poco después; hubo uno que, literalmente, si no me subió al cielo (que lo hizo) fue casi hasta ese cielo. Siempre he dicho que la escuela, como lo ha hecho la vida, me ha dado más que lo que yo le di. Cielo que también se ha hecho presente en los niños, que sin ser sangre de mi sangre, los he sentido como míos, sus risas, sus primeros pasos, sus carreras, sus juegos, cada uno de sus avances.

Cielo que, en gran medida, depende de nosotros que no nos pase desapercibido, de la humildad y alegría con la que miramos a los demás, cielo que no tiene porqué encontrarse enclaustrado entre las paredes de una iglesia, mezquita o sinagoga alguna, especialmente, si allí estamos en soledad. Cielo que está en los demás, en la vida, en su vida, en la nuestra. Cielo que está aquí y ahora, no más allá de esta vida. Cielo que son los otros.

¿Y yo? Seguramente, a veces, soy infierno, espero, también, ser, alguna vez, un cachito de cielo.


 

 

viernes, 28 de enero de 2022

AGUA QUE UNE

 

I



El agua que nos acompaña es también el agua que nos une, no sólo el agua que cubre mayoritariamente la superficie terrestre en forma de mares y océanos, sino también toda aquella que, de una u otra forma, puebla esa superficie, ya sea como estanque o, incluso, charcos. El agua que se evapora de distintos lugares de la superficie luego se une en las nubes por la condensación en forma de gotas minúsculas para terminar precipitándose al suelo como gotas de mayor tamaño. Pero el ser humano no es ajeno a ese ciclo, qué somos sino fundamentalmente agua que la perdemos mediante la transpiración, sobre todo, y la recuperamos al hidratarnos. Un agua que compartimos, también nosotros formamos parte de su ciclo, colaboramos en la evaporación del agua con nuestra sudoración y la compartimos al hidratarnos, el agua que nos remoja cuando llueve y aquella en la que nos remojamos cuando compartimos el lugar en el que nos bañamos. ¿Pero sólo así? Parte del agua en la que nos bañamos ya fue utilizada por el ser humano en un momento de su ciclo y parte del agua que bebemos puede que, incluso, ya fuera bebida por otra persona. Y la diversidad que somos, racial, étnica, cultural, religiosa, ideológica y social no sólo se desvanece por una cuestión genealógica, lo hace también por una química, parte del agua que nos habita también habrá pasado por otros cuerpos de seres humanos, y también, por qué no, de otros seres vivos. Estamos hermanados por el agua, puede que algunos de los que han cruzado el Mediterráneo o el Atlántico en patera compartan con nosotros algo de ella, así como los que han muerto en trayecto. Podemos ignorar esta hermandad, podemos ignorar sus consecuencias, tapar aquello que nos duele y pone en riesgo nuestra comodidad y lugar social y humano privilegiado. Podemos huir de todo esto, pero estaremos escondiendo la cabeza en la tierra, la estrategia del avestruz, queriendo obviar una realidad que debería comprometernos: somos fundamentalmente agua como el más humilde de nuestros hermanos del planeta.