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domingo, 16 de junio de 2019

La locura como huida



Me encuentro leyendo estos días el libro "Pensar rápido/Pensar lento" de Daniel Kahneman como dos modos o sistemas (así los llama el autor) de pensar que  todo ser humano tiene, en teoría, en su cerebro sin que ese tener suponga una ubicación especifica en el mismo, no son partes de ese cerebro pero si hace referencia a maneras de utilizarlo, la primera de ellas se trata de un pensamiento inmediato, intuitivo, completamente necesario como también es el otro, pero también es un ejercicio mental más relajado, menos elaborado, quede claro que no me refiero a ningún problema de identificación con error/acierto o viceversa; el segundo modo se trata de algo más complejo, más elaborado, que lógicamente requiere más tiempo y, como es lógico, un esfuerzo mayor, en primer lugar de contención pues será el otro el que salte primero y continuará dominando si no sujetamos bien las riendas. Pensar lento entiendo yo que es un ejercicio de cercanía y a la vez distancia con el estímulo que se recibe, estímulo que no tiene por qué venir siempre de fuera, sino que puede surgir de nosotros mismos, que sea nuestro propio pensamiento, pensamiento que elaboramos y reelaboramos, que vamos puliendo, quitamos aquí, ponemos allá, y en ese rascar, lijar, a veces morder, puede que surja el daño y casi siempre el cansancio. Nosotros mismos puestos en la tabla de la autopsia para examinarnos sin piedad, convertidos de alguna manera, en examinador y objeto de examen, en analítico y analizado, incluso en víctima y verdugo.


Se dirá, con razón, que este ir y venir de un pensar a otro, de alguna manera, todos los hacemos a diario; por supuesto y no necesariamente para bien. En el quehacer cotidiano en el que la mayoría se encuentra inmerso es el primer sistema, el rápido, el que va por delante y el que gestiona todas nuestras rutinas, todo aquello que tenemos automatizado y que responde de manera intuitiva, casi sin pararte a pensar, a todas aquellas cuestiones que surjan y que ya son costumbre; solo cuando la necesidad lo requiere, echamos mano del  freno y activamos el pensar lento, el segundo sistema. Un equilibrio adecuado de ambos es lo que nos mantiene cuerdos. ¿Pero qué ocurre cuando ese quehacer cotidiano parece que no existiera, cuando las rutinas tú no las controlas, cuando esas rutinas parecen haberse convertido en tiempos muertos, irónica manera de llamarlos? ¿Pero qué ocurre cuando uno es tetrapléjico? Los tiempos cambian completamente, no se encuentran, literalmente, en tus manos, se pueden convertir, con facilidad, en largos tiempos vacíos, agobiantemente lentos, en soledad, tiempos muertos muy complicados de rellenar salvo por tu propio pensamiento en un ir y venir de palabras de las que resulta harto difícil escapar sin otro estimulo ante ti que tu propio pensar. Pero ese pensar y pensar supone un esfuerzo en esa situación de inmovilidad, silencio y soledad, un esfuerzo que genera tensión, la sensación de una goma en tu cabeza que se va estirando cada vez un poquito más y que llegas a temer que se rompa y con su ruptura qué llegará después.
Ese inevitable pensar, ese largo elucubrar en solitario que no has podido contrastar con nadie, que ocupa tu mente y que, al mismo tiempo, la tensa. Pensamiento en solitario, casi onanismo mental que sólo te sirve a ti, que no parece existir otro modo de desembuchar que este, sentarte en soledad ante el ordenador y desocupar tu cabeza soltándolo palabra a palabra en el mismo, liberar el cerebro de esa tensión vaciándolo para tener después una nueva ocasión para llenarlo. Esta es la paradoja, aquello por lo que con frecuencia eres aplaudido cuando se lee puedes llegar a ser recriminado cuando se te escucha, encuentras personas dispuestas a leerte, lógicamente sin interrupción, con una lectura lenta que exige un pensamiento similar, lento, pero paradójicamente es harto difícil encontrar personas que escuchen de ti algo semejante, lo que puede ser placentero cuando se lee resulta cansino al escucharte, si ya es dificultoso el proceso de lectura, lo es mucho más el de escucha. Hemos ido perdiendo la capacidad de escuchar, el dialogo lento, cauto, con el intento de ser profundo, sin la repetición de estereotipos, de los mismos pensamientos comunes, sin interrupciones que te hagan perder el hilo de tu reflexión y que deriven la conversación de un lugar a otro, siempre no previstos, y que con frecuencia transforman el diálogo o la simple conversación en discusión rápida, tensa incluso. Las consecuencias, en casos como éste, pueden ser en primer lugar evitar diálogos del tipo hablado y en segundo lugar tu propio aislamiento, tus ritmos son ahora otros, para ti y para los demás, no dejas de ser querido por ello, pero ya no se te aguanta de la misma manera. Se trata de una reacción humana, natural, de ninguna manera punible, lógica, a la que hay que aprender a hacerse todas las partes.
Pero la goma puede seguir estirándose y tu miedo continuar siendo el mismo, que llegue a romperse y con ello, de alguna manera, que tu cabeza estalle, se rompa, se pierda la cordura y que tras ella llegue la locura. ¿Qué locura será esa? ¿Serás, como Alonso Quijano, un héroe o simplemente un loco? ¿Quién te valorará y quién te dará la espalda? Te encuentras ante el miedo de que la goma se rompa o el deseo de que así ocurra, la necesidad del descanso y el temor a que con él llegue la locura. Quieres mantener esa cordura que a veces te vuelve loco y también una locura que te mantenga en el mundo de los cuerdos, quieres huir de un tiempo y un espacio que te hace sentirte solo. Huir hacia la calma a la que pareces verte abocado o hacia una añorada acción para la que no parece que vayas a tener ya capacidad. Huir para encontrarte en un momento nuevo, capaz de seguir siendo útil sin llegar a ser temible.

viernes, 20 de noviembre de 2015

SAN MANUEL BUENO, MÁRTIR


http://www.ciudadseva.com/textos/novela/esp/unamuno/san_manuel_bueno_martir.htm

 
Uno de los libros que ha forjado mi manera de pensar es San Manuel Bueno, mártir de Miguel de Unamuno. Versa sobre el carácter intolerable de la verdad, o de lo que uno cree que es la verdad, para mucha gente y de cómo uno no debe cuestionar esta cosmovisión si quiere mantener la felicidad, la unanimidad de sentido, de esas personas. En una sociedad en la cual parece predominar el discurso sobre el ser, aunque ese discurso sea contradictorio con la práctica de la persona, uno no puede resquebrajar la manera de explicar la vida si esta otorga felicidad y equilibrio al otro, especialmente si ese otro podemos decir que nos muestra un testimonio de vida que a nosotros, por lo menos, nos da ejemplo y nos abre interrogantes.

La palabra explica pero también engaña, es una referencia pero no es suficiente para dar identidad, su dominio es la riqueza de unos pocos pero nunca puede bastar para subordinarnos a ellos. El discurso es aplaudido, coreado, por la masa y a menudo parece bastar para establecer la ejemplaridad pública del sujeto que lo pronuncia, no es necesario, incluso parece inadecuado, hurgar en la vida privada de ese sujeto. Mientras el discurso sea exquisito y válido para los intereses del grupo cada uno puede hacer con esa vida privada lo que quiera, el problema puede surgir cuando esa privacidad termina haciéndose pública y aparecen cuestiones que pueden perjudicar al grupo.

Y viceversa, a veces basta que el discurso no sea compartido para cebarnos en ello e intentar desmontarlo aunque difícilmente podamos achacar defecto alguno a esa persona. ¿Quién soy yo para cuestionar esa manera de explicarse la vida si le otorga sentido? Vivimos en una sociedad en la que el discurso es la capa de aceite que flota en el agua y que no termina de mezclarse con ella, es la grasa que flota sobre un líquido con el que nunca formará una mezcla, dando igual el tipo de grasa y el tipo de líquido que utilicemos. El discurso nos sirve, fundamentalmente, para sentirnos formando parte de un grupo y, por lo tanto, para sentirnos enfrentados a otro, dando igual la práctica vital que se tenga pues esta ni nos agregará ni nos expulsará de grupo alguno. Un discurso determinado no conlleva en la realidad una manera de vivir y, a menudo, aunque nos parezca sorprendente, una manera de vivir no siempre lleva consigo una determinada manera de pensar.

Lamentablemente en esta sociedad el discurso es más valorado que la práctica vital y esto no deja de encerrar una cierta visión clasista de la vida. El dominio del discurso se encuentra, fundamentalmente, en manos de la persona letrada, con estudios; poner el acento en el cambio de ese discurso frente al cambio de la práctica es mantener el ejercicio de esa visión clasista que a la vez encierra una importante trampa, la de apostar por lo fácil que no pone en cuestión nada de lo importante en la vida y que, en buena medida, cambia poco o nada manteniendo lo fundamental en ella. La persona con estudios, en esta sociedad, tiene mucho que enseñar y poco que aprender de aquellas humildes que no han avanzado en esos estudios, mientras que estas parece que tienen poco que enseñar y mucho que aprender. Aquello de lo que se pueda obtener una credencial a relacionar en el currículum resulta importante pero de nada sirve poder hacer referencia en este al hecho de ser buena persona, de tener empatía, ternura, caridad o, incluso, inocencia. Pienso que es importante saber decir, cuando es necesario, como Don Manuel: “Yo estoy para hacer vivir a las almas de mis feligreses, para hacerles felices, para hacerles que se sueñen inmortales y no para matarles. Lo que aquí hace falta es que vivan sanamente, que vivan en unanimidad de sentido, y con la verdad, con mi verdad, no vivirían”. Se trata de poder decir con franqueza, "yo no soy nadie ante este derroche de humanidad y algunas palabras sobran".

martes, 12 de junio de 2012

HUMILDAD



Comienzo este escrito sin saber exactamente de qué voy a hablar. Mi primer impulso surgió de un día en Urgencias y la necesidad de dar gracias a la vida, o más en concreto, darlas a la gente. El segundo, al concluir la lectura de un libro que recomiendo, Rescate, de David Malouf, narra un breve acontecimiento de la Iliada, el encuentro entre Príamo, rey de Troya y Aquiles, para que este le devuelva el cuerpo de su hijo, Héctor. Los dos impulsos eran fuertes y surgen de un mismo fondo: la emoción y el llanto. Pero me basta reflexionar un poco para llegar a la conclusión de que algo todavía más concreto les une: la humildad. La humildad como factor de liberación y de conocimiento.
Ese fragmento del encuentro entre Príamo y el asesino de su hijo recuerdo que me conmovió cuando, en su momento, lo leí, por eso, cuando me enteré de la existencia de este libro desarrollando el mismo corrí (es una forma de hablar) a su lectura, y lo reconozco de entrada, me emocioné y lloré. No tengo nada que ocultar, soy un llorón, toda mi vida lo he sido. El llanto es un desahogo, siempre liberador pero además gratificante cuando acude tras tocar fibras sensibles de tu emoción, y fundamentalmente, cuando se trata de un producto de la alegría.
Este encuentro supone para ellos la conciencia de su condición humana y, por lo tanto, de mortales y con ello la liberación, por un corto espacio de tiempo, de una condena a la que se ven sometidos, la de la vida mitológica, la obligación de comportarse en todo momento bajo las normas que parecen corresponder a un personaje fabuloso, destinado a convertirse en el héroe de un pueblo. Príamo da el primer paso al anteponer su condición de padre al rigorismo que supone ese personaje mitológico y decide dar un paso sorprendente, quizás escandaloso, abandonar sus atributos y prerrogativas reales para humillarse ante Aquiles con el fin de conseguir el rescate del cuerpo de su hijo. El contacto con Somax, un carretero del pueblo, en las antípodas de sus costumbres y sus maneras, que será quien le conducirá hasta el campamento griego, supondrá su inmersión definitiva en esa vida de hombre que le permanece ajena. El descubrimiento de pequeños placeres de la vida que le eran totalmente desconocidos, de la sencillez de una vida que se tenía prohibida, el aprendizaje a través del contraste de una realidad que para él era inexistente, la descarga del pesado fardo del mito. Un encuentro que también supone para Aquiles la toma de conciencia de su condición de mortal, de hijo y padre a la vez y la liberación de la obligación obsesiva que se ha autoimpuesto, la de vengar en el cuerpo de Héctor el asesinato de su compañero Patroclo. Obsesión que le enloquece al descubrir cada mañana que los salvajes estragos que su orgullo y su dolor exigen son inútiles pues siempre encuentra el cuerpo resplandeciente de un durmiente, inmune a su maltrato. Es la liberación de esa obligación, la recuperación de la calma, la expulsión del veneno que le obstruía la mente.
Se trata de un viaje de ambos a la humildad, de la renuncia a la ostentación de sus logros y de su linaje, de un acto de humillación como previo al conocimiento: la toma de conciencia de la debilidad de uno mismo, del dolor propio para hacerse consciente de la debilidad y el dolor ajenos. ¿Puede haber conocimiento sin humildad? ¿Puede uno tener necesidad y deseo de conocer sin partir de ella? ¿Pueden existir actos de liberación mayores que el de la humillación voluntaria y que, a la vez, le engrandezcan a uno más? ¿Puede haber algo que se eche más de menos en muchos ámbitos de nuestra sociedad?
¿Y qué es una enfermedad, y más si es crónica, sino un viaje hacia la humildad? Despojarte de las corazas que crees que te recubren, tomar conciencia de que la fragilidad es consustancial a la existencia, que en tanto ser humano eres dependiente, que la dependencia no es un atributo exclusivo de la discapacidad, o más exactamente, que la discapacidad no se trata de un atributo exclusivo de una porción de mortales, que capacidad y discapacidad no son excluyentes. Es el conocimiento de que una y otra van aparejadas, de que por la segunda siempre encontrarás momentos en los que te encuentres necesitado de ayuda y que por añadidura tú, también en algunos momentos, estás obligado a prestarla. La toma de conciencia de que somos en tanto los otros nos hacen  y ellos son en tanto nosotros les vamos haciendo, que nuestra responsabilidad no concluye hasta el último momento, como tampoco concluye nuestra obligación de agradecimiento.
Horas en una sala de Urgencias o en un Hospital de Día da para mucho pensar, en aquello de lo que careces pero también en aquello que tienes y, especialmente, en aquello que se te da gratuitamente, incluso, inmerecidamente. La vida te lastima pero también puede favorecerte y es este privilegio el que sientes más grande en la medida en que te empequeñeces, el que no debemos perder de vista.
He recibido dádivas inesperadas durante estas últimas semanas que me han emocionado, que me han hecho llorar o que me han dejado perplejo, desproporcionadas respecto a mis méritos, si es que los hubiere. Dádivas que sea cual sea su forma para mí tienen un nombre: afecto. En ese estado de embelesamiento, casi de éxtasis, es en el que la vida me vuelve a dar un toque en la espalda para recordarme que soy mortal, muy mortal, achacoso y perecedero. En ese estado de arrobo entro en un lugar donde solo es posible la cesión de tu supuesto poder en beneficio de otros, te encuentras en sus manos y has de confiar en ello. Muchos servicios públicos se basan en ello, la educación y la sanidad fundamentalmente, son, objetivamente, un traspaso de poder y es en esa situación desequilibrada donde más se percibe el auténtico valor del servicio así como el del propio servidor. El que tiene el poder es consciente de la “indefensión” de la persona que tiene en sus manos, es consciente de que la persona que está frente a él pudiera ser él mismo, la limitación de ese poder es un acto de humildad y de sabiduría; por otro lado, el paciente, se despoja, necesariamente, de gran parte de sus prerrogativas y se abandona a su hacer. Es en ese mutuo pacto de confianza donde solo puede funcionar lo público, donde uno da y otro recibe, pero en el que quien da sabe que en el acto de humillación de este último no pierde absolutamente nada de su dignidad, que está trabajando por el bien común que en cada momento se concreta en unas personas determinadas, personas que, de alguna manera pudieran ser él. 
Uno da y otro recibe, pero el que recibe, si lo hace en esas condiciones, también puede dar las gracias. Por eso, entre camillas y placas, pinchazos y sueros, rostros de preocupación y sonrisas, me dio por pensar que lo que allí estaba recibiendo era un regalo que necesitaba agradecer. La delicadeza con la que fui tratado, la naturalidad, las sonrisas, la comprensión y la profesionalidad de las personas concretas de carne y hueso que me atendieron, con nombres y apellidos, con su familia, con vida propia más allá de aquello, con sus problemas particulares, como todos, con sus preocupaciones y sus deseos, sus alientos y sus cansancios. Y agradecer el servicio público bien entendido y la propia existencia de ese servicio, y sentir el temor de que ese servicio se vaya desmoronando y que ese desmoronamiento arrastre consigo los ánimos de los que luchan por mantenerlo en pie. Valorar lo que tengo y otros muchos no tienen, lo que cada vez se quiere restringir más. Se trata de un privilegio para mí porque otros muchos no lo tienen, pero la solución ética y moral (si es que la política y la economía se rigen por ambas) es hacerlo cada vez más extensivo, que deje de ser ese privilegio; no convertirlo en un lujo que es obligatorio extirpar.
¿Y a qué me refiero en todo momento sino a la humildad? Esa virtud tan extraña hoy en día; de su aprendizaje. De la liberación que supone desprenderse del corsé que atenaza y reduce tu libertad, si es que la deseas, y espontaneidad, si es que te encuentras cómodo en ella. Romper el papel que actúa por ti, que piensa por ti, que siente por ti, que te convierte en un muñeco de guiñol por muy empingorotado que te sientas. ¿En qué momento cedes? ¿En qué momento haces pública esa cesión? ¿Cuándo ruegas, cuándo pides perdón, cuándo reconoces tus errores, cuándo te sientes conmovido de verdad, cuándo te bajas del pedestal, cuándo te sientes mortal? Toda crisis, sea del tipo que sea, debería servirnos de baño de humildad. Toda crisis, propia o ajena, debería ser fuente de conocimiento de lo auténticamente esencial, de la naturaleza humana, de nosotros mismos formando parte de ella. La naturaleza desvelada en todos sus matices, en todas sus escondidas, aún las más recónditas, las más disimuladas; y solo ese conocimiento nos hará libres, capaces de remontar el vuelo y encontrar nuevos caminos. Este es el poder liberador y sanador de la humillación voluntaria, deponer el orgullo, limpiar la mirada, redescubrir nuevas fuerzas. Un poder al alcance de todos y, sin embargo, estigmatizado por una sociedad soberbia y ególatra, señalado a fuego en cada uno de nosotros, educados para resistirnos al mismo. Solo la humildad, solo el servicio, nos hará libres, porque esa libertad nacerá desde el único lugar que la hace auténtica, desde lo más profundo de nosotros. El poder que no es ejercido desde la prepotencia y que otorga la auténtica autoridad y al que solo uno insiste en resistirse echando mano de la parte más mezquina de nuestro ser, de la confusión más dolorosa, la que existe entre el papel que representamos y nuestro propio ser. Dejamos de ser para simplemente actuar, siempre a la defensiva/ofensiva, temerosos de que se nos descubra el engaño. Una virtud accesible y exigible a todos, desde el último al primer escalón, siempre cuando se maneja una posición de dominio, mayor cuanta mayor sea esta.
Virtud, humildad, ¡qué antigüedad! ¡Qué gagá estás ya Jesús!

jueves, 8 de marzo de 2012

SOBRE EL AMOR


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A Mercedes, el amor de mi vida.
Lo que entendemos como enamoramiento es un virus, gozoso  y doloroso a la vez, que te atrapa y te vuelve esclavo, esclavitud de la que no deseas desprenderte, disfrutas de su placer y de su sufrimiento. Siervos de la dopamina, se vive para la otra persona; taquicardia, tartamudeo, sudoración, aumento de la presión arterial, no se es nadie si no se está con ella, la persona idealizada, exenta de defectos. Es la obsesión por agradar a la persona amada, por mostrar una imagen intachable de nosotros, plenamente seductora. Inexistente, artificial. La necesidad de la cercanía y el trauma de la distancia. Necesidad de la reciprocidad y el intenso temor al rechazo. Ser continuamente el que la otra persona creemos que quiere que seamos, hipersensibles ante sus deseos. No hay espacio para otro pensamiento que no sea ella. El enamoramiento, reconfortante y agotador. No somos esa persona que deseamos mostrar, no es esa persona que creemos ver. Se basa sobre una ficción imposible de soportar, insufrible de vivir. Droga de la que no escarmentamos, a la que seguimos expuestos, soñadores de un sin vivir. Una emoción que, en su ofuscación, se encuentra condenada al fracaso, como refleja la estupenda novela de Albert Cohen, Bella del Señor.
Ese enamoramiento es perecedero, puede llegar de súbito y marcharse con parecida celeridad. En contraposición a ese laberinto de emociones, a esa montaña rusa que nos conduce al desequilibrio, Erich Fromm, en su ensayo, El arte de amar, establece como los elementos necesarios para el desarrollo de un amor maduro, el cuidado, la responsabilidad, el respeto y el conocimiento. Así es.
El amor se fragua lentamente, a menudo de una manera oculta, sin llegar a percibir esa transformación. Ese ser idealizado, poco a poco, deja de serlo; se nos muestra en sus grandezas y en sus miserias, miserias cotidianas, miserias personales, lo que nos permite dejar de ser la star light que nos vemos obligados a representar, lo que nos permite el reposo del guerrero, encontrar el hogar. Descubrimos la fragilidad y la fortaleza, la originalidad y las manías, la tranquilidad y los arrebatos. Comprobamos la confirmación de la teoría de las inteligencias múltiples que complementan mis carencias. Alguien a quien amar y a quien cuidar, a quien admirar y con quien irritarse. Alguien con quien chocar sabiendo que detrás llegará la necesidad del perdón y la reconciliación. Alguien con quien poder ser uno mismo, amar a un ser corpóreo al que besar y acariciar, a un ser espiritual con el que engrandecerse.
Amar desde las diferencias y por las diferencias. Desde el respeto a sus límites y sus libertades, aceptar sus capacidades y atender sus necesidades. Respetar la persona que no es la que yo imaginé, del mismo modo en que yo no soy la que ella imaginó ni la que pretendí aparentar. Respetar es amar la persona tal cual es, no tiene por qué ser amar cada uno de sus detalles, pero sí es amarla con sus luces y sus sombras, con sus virtudes y sus defectos. Es mirarse al espejo y reconocerse con luces y con sombras, con virtudes y defectos, con mucho camino por recorrer.
Con mucho camino que acompañar. Uno crece en la medida en que ayuda a crecer a la otra persona. Nunca se da el crecimiento de manera aislada, al margen de los demás, entonces crecemos hacia ninguna parte, crecen abscesos, pústulas, tumores. El amor es un encuentro entre dos fragilidades buscando en ese encuentro su propia fortaleza; es el reconocimiento de las carencias propias auxiliando la herida, fomentando la cicatrización, impulsando el crecimiento de los miembros talados; es la unión de dos personas dispuestas a hurgar en la tristeza escondida en ellas (siempre la hay) para arrancar una sonrisa de allí. Es aceptar el regalo que supone descubrir el secreto oculto tras ese inicial despliegue de plumas de pavo real convertidas en máscaras baratas, descubrir que tras el príncipe que quisimos ver solo se ocultaba el mendigo. Es participar del desencanto que supone que esos príncipes o princesas no existen y que lo verdaderamente bello reside en esos mendigos que nos permiten sentarnos a su mesa sin farsas ni protocolos.
Es la responsabilidad de lo que has domesticado, de lo que has hecho tuyo. Siempre llevaré conmigo un fragmento de El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry.
Luego agregó el zorro:
- Ve y visita nuevamente a las rosas. Comprenderás que la tuya es única en el mundo. Y cuando regreses a decirme adiós, te regalaré un secreto.
El principito fue a ver nuevamente a las rosas:
- Ustedes no son de ningún modo parecidas a mi rosa, ustedes no son nada aún – les dijo. – Nadie las ha domesticado y ustedes no han domesticado a nadie. Ustedes son como era mi zorro. No era más que un zorro parecido a cien mil otros. Pero me hice amigo de él, y ahora es único en el mundo.
Y las rosas estaban muy incómodas.
- Ustedes son bellas, pero están vacías – agregó. – No se puede morir por ustedes. Seguramente, cualquiera que pase creería que mi rosa se les parece. Pero ella sola es más importante que todas ustedes, puesto que es ella a quien he regado. Puesto que es ella a quien abrigué bajo el globo. Puesto que es ella a quien protegí con la pantalla. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas maté (salvo las dos o tres para las mariposas). Puesto que es ella a quien escuché quejarse, o alabarse, o incluso a veces callarse. Puesto que es mi rosa.
Y volvió con el zorro:
- Adiós – dijo...
- Adiós – dijo el zorro. – Aquí está mi secreto. Es muy simple: sólo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.
- Lo esencial es invisible a los ojos – repitió el principito a fin de recordarlo.
- Es el tiempo que has perdido en tu rosa lo que hace a tu rosa tan importante.
- Es el tiempo que he perdido en mi rosa... – dijo el principito a fin de recordarlo.
- Los hombres han olvidado esta verdad – dijo el zorro. – Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa...
- Soy responsable de mi rosa... - repitió el principito a fin de recordarlo.

Amar es cuidar a pesar de la dificultad, no por masoquismo, sino por que uno (una) encuentra el sentido de una vida en ello; porque su presencia en sí misma es gratificante; porque nos engrandecemos en la medida en que nos vamos haciendo pequeños, en que vamos reduciendo nuestro ámbito de actuación, porque vamos sustituyendo más por menos para descubrir que menos es más. Porque la cercanía nos hace madurar, nos hace más sensibles, nos aumenta la piedad, nos hace más humanos. En una sociedad en la que los grandes nombres se construyen desde la distancia al sufrimiento, desde las grandes y huecas palabras, merece la pena vivenciar que las palabras verdaderamente grandes son las que se susurran al oído y que ningún momento es tan grande si a cambio se pierde la posibilidad de una caricia.
Pero el amor no es solo silencio, pero también es silencio; no es solo sufrimiento, pero también es sufrimiento; no es solo conflicto, pero también es conflicto; no es solo duda, pero también es duda. Pero aún así nada nos impedirá disfrutar o sufrir del aumento de la presión arterial, las taquicardias, la alteración de la percepción del tiempo, el dolor o la ansiedad en el estómago. Nadie nos quitará la posibilidad de admirar a la otra persona, la necesidad de estar con ella, el intenso deseo de intimidad y unión física (tocarla, abrazarla, besarla, ser uno con ella).
Yo he pasado por ese proceso, no exento de momentos dolorosos, no idílico si entendemos por tal un desarrollo carente de sombras. Lo imposible no puede ser ideal, sí lo es aquello en lo que caemos y nos levantamos, aquello en lo que nos alejamos para después acercarnos, aquello en lo que nos herimos y tras ello, curamos tiernamente nuestras heridas, aquello en lo que salimos mejor persona que la que entró. Pero los procesos no son teóricos, cada uno de ellos es algo estrictamente personal que necesariamente está vinculado a una persona. El mío tiene un nombre: Mercedes. Ella ha sacado lo mejor que hay en mí, sin ella yo hubiera sido otro, más mezquino, más conservador, menos sociable. Sin ella hoy podría estar perdido, abandonado, desorientado, indefenso. Es un proceso creador, he ido descubriendo las razones para amar día a día, en la medida en que ella ha ido cambiando, en la medida en que yo he ido cambiando, en que nos hemos ido transformando el uno al otro. Hay razones egoístas a veces (¿puede haber absoluta pureza en los sentimientos humanos?), más desinteresadas otras, pero razones forjadas entre el llanto y la risa, entre el placer y el sufrimiento. Razones arrancadas que desencadenan en primer lugar la rabia o la impotencia pero que van dando paso a otro yo a medida que se cauterizan. He vivido las contradicciones del amor, la pasión vivida con calma, aprender a mirar la vida también con otros ojos, que me vuelven más humano y me ayudan a tener una visión más completa, a sentir a través de las emociones de otra persona, el diálogo de silencios y de miradas, tocar los límites del infinito. El reflejo que ella me ha dado para percibir la manera en como yo iba cambiando a mejor o hacia peor. Los mordiscos y lametones de la vida que hoy son parte de mí, las amputaciones y las regeneraciones milagrosas. Los milagros, si existen, del amor. Hoy volvería a transitar ese pasado, a veces triste, incluso desgarrador, con la certeza de que su futuro ha merecido la pena. Hoy doy gracias a la vida, a Dios, a la naturaleza, al azar, qué más da como lo llamemos sabiendo que solo utilizamos símbolos lingüísticos, por ese nombre propio en mi camino. Lo hablo desde la torpeza que me impone esta enfermedad que me aqueja y consciente de que lo único que puedo ofrecer, en un día como el de hoy, son estas torpes palabras que solo aspiran levemente a recrear en parte lo vivido y que nunca podrán hacer honor fiel a todo ello y a su persona.

jueves, 23 de febrero de 2012

COSAS QUE HE APRENDIDO CON LA JODIDA ENFERMEDAD



En una entrada anterior de este blog hacía referencia al sentimiento de ser un hombre afortunado y lo relacionaba con la esclerosis múltiple, enfermedad que padezco. Aun cuando aclaraba que esa relación no era causal e intentaba explicar la asociación, parece que no llegué a hacerlo del todo bien. Hubo quien, con lógica y sentido común, decía que él/ella no podía sentirse afortunado por padecer esa enfermedad (o cualquiera). ¡Faltaría más! Mi fortuna reside no en la jodida enfermedad sino en la capacidad para enfrentarme a ella y, en algunas cuestiones salir bien parado, y, sobre todo, en las circunstancias humanas y sociales que me rodean y que me han ayudado a lo anterior. Esto último es fundamental, el mérito para superar un trauma, con esas circunstancias, es relativo; el verdadero valor reside en hacerlo sin ellas. Cualquier golpe o revés, trae consigo una conmoción, pero también, aunque suene frívolo, una oportunidad de crecimiento, con heridas, cicatrices, ausencias, pero de crecimiento personal. Por supuesto, hay golpes y golpes, del mismo modo que hay circunstancias y circunstancias. En mi caso, he tenido la oportunidad de aprender algunas cosas.
Convivir con la incertidumbre. Para mí, el pasado ya no existe, simple evocación, el futuro tampoco, mera ensoñación, solo existe el presente. La enfermedad es una montaña rusa en la que eres incapaz de vislumbrar el camino que te queda por delante. Nunca sabes hasta donde continuarán tus bajadas, como también desconoces cuando se detendrán tus remontadas. Tu situación de este instante no garantiza como te encontrarás momentos después. La incertidumbre es un elemento consustancial a la dolencia, solo te queda dejarte marear por su vértigo o aprender a convivir con ella. Convivir es alcanzar un punto de equilibrio en el que dejes de llorar por el que fuiste ayer, donde no vivas asustado por tus momentos de caída pues es posible que la remontes mañana, donde no te dejes llevar por grandes ilusiones en los momentos de remontada pues es posible que esa suerte te vuelva la cara. No concentres tu mirada en ti pues solo eres un interrogante. Aprovecha el día sin esperar al mañana (Carpe diem), somos ciudadanos del presente.
No tengo futuro. Sé que suena mal, pero solo es el miedo a ciertas afirmaciones. No tener futuro, aparentemente tan deprimente, sin embargo, me relaja. Tengo por delante un corto o largo presente, sin más preocupación para mí que vivirlo lo más intensamente posible. No he de aspirar a nada salvo a disfrutar de él. No tener más ambición que no tener ambiciones personales, dedicarme a jugar la vida y prescindir de los meta-juegos o meta-meta-juegos en los que he perdido parte de ella embarcado en una ficción con destino a ninguna parte. Vivir, simplemente vivir. Vivir y hacer vivir. Abrir futuro a los demás desde mi presente. Disfrutar de las largas avenidas que ellos tienen por delante, no exentas, como no, de problemas y sufrimientos. Es la vida que tendrán que protagonizar, la historia que tendrán que escribir. Enseñar a leer el pasado como argumento para ir construyendo mejores presentes. Mi futuro no me importa, mañana será un nuevo día, un nuevo presente, que tendré que afrontarlo con sus propias características.
Se trata de asumir que el control que tenemos sobre nuestras circunstancias es escaso, lo único que podemos controlar es la actitud y resolución con que respondemos a esas circunstancias. Hay que resistir la tentación de desear constantemente que todo sea diferente, en vez de ello debes aceptar sin miedo esas circunstancias; cuánto más asumas esa realidad sin tratar de negarla más capacidad tendrás para modificarla. Todo lo negativo puede tener su cara positiva. Perder una batalla puede exigirnos más creatividad, agudizarnos el pensamiento y hacernos más fuertes ante los golpes de la vida.
Descubrir los beneficios de la vida lenta. A menudo digo que para mí las distancias se me han alargado y el tiempo se me ha hecho más corto. Necesito mucho más tiempo para poder hacer lo que hacía antes. Paradójicamente, como consecuencia de ello, ahora dispongo de mucho más tiempo. Hay cosas que he tenido que renunciar a hacer, otras he debido dosificármelas y otras planteármelas con más tranquilidad. Tengo tiempo para invertir en aprender, demasiado tiempo para una cabeza si se usa mal, provechoso si el uso es bueno. Aprender todo aquello que esté a nuestro alcance, especialmente, lo que, por costumbre, hemos ido aplazando, lo necesario para centrarnos siempre en lo urgente; lo necesario, por lo que no nos dan títulos ni sirve para triunfar en sociedad pero que constituye la verdadera sabiduría y lo auténticamente gratificante: ver crecer a tus hijos, disfrutar de una sonrisa, de un beso, de un abrazo, de una caricia, tiempo para leer un buen libro, gozar de una puesta de sol, de un paseo, de una conversación entre amigos, de una conversación banal o de una profunda (de esas que podemos contar con los dedos de una mano), poder redescubrir el placer y las posibilidades del aburrimiento, no tener prisa para alcanzar el éxito, la ansiedad por terminar, puedes permanecer en una cosa hasta hacerla bien.
Perder el miedo. Estamos rodeados de miedos, nos hemos convertido en expertos en miedo, como dice José Antonio Marina en su libro Anatomía del miedo, pero se trata, en su mayor parte, de miedos disparatados, con inmensa facilidad nos sentimos amenazados; nos encontramos sometidos a una sobreexposición emocional, a través de múltiples medios, a miedos cuya posibilidad real de que nos afecten sus causas es mínima, ridícula incluso. Vivimos en una sociedad del riesgo (riesgos acechando en cada uno de nuestros movimientos, en cada uno de nuestros instantes) que aspiramos inútilmente a convertir en la del no riesgo. Aspiramos a disfrutar de una vida sobreprotegida que nos terminará por anular como personas racionales y morales. Queremos anular toda hipotética amenaza de nuestra integridad física y de nuestra calidad de vida sin llegar a plantearnos este concepto entre interrogantes.
Perder el miedo a la muerte. La muerte es el primero de nuestros miedos. De una sociedad en la que la convivencia con ella, desde la misma infancia, era algo habitual por lo que acostumbraba a verla como algo natural, hemos pasado a otra en la que la muerte se ha ido distanciando de nosotros, en el tiempo y en el espacio, la hemos ido recluyendo en la última habitación de nuestra sociedad, aquella que tiene el paso restringido, convertida en una desconocida en la que no hay que pensar. Pero somos mortales y es necesario hacernos plenamente conscientes de ello, en mi caso, en nuestro caso, con un estímulo, la amenaza de nuestra progresiva degeneración puede hacernos ver que lo peor no es esa muerte sino el posible largo tránsito hacia la misma. Desde aquí la muerte puede ser percibida incluso como una liberación, esa consciencia de la muerte segura puede ser algo positivo. La muerte es un fin seguro e indefinido del que ya hemos empezado a participar un poco, debería ser un acicate para darnos prisa en hacer lo que tenemos que hacer. Lo preocupante no es la muerte en sí, sino la vida desperdiciada. Si la tememos nos hacemos más débiles, incapaces de vivir con la intensidad que tenemos que hacerlo, cuando desaparece ese temor, ¿qué nos puede preocupar? Formamos parte de una vida que nos sobrepasa y en la que no somos sino un mero eslabón, nuestra preocupación no ha de ser ceder el testigo a otro eslabón, sino hacerlo sin haber cumplido con nuestra función.
Perder el miedo a pensar y actuar por mí mismo. Me atrevo a decir que durante toda mi vida, en diferente graduación y de diferentes maneras, esta ha sido una característica mía, creo que los que me conocen de cerca así lo pueden atestiguar. Cualidad nada cómoda ni para mí ni para los que me rodean. Pero la esclerosis y una de sus consecuencias, la jubilación, ha venido a acrecentar esa libertad (que para nadie será alguna vez completa). He trabajado para otros y esos otros, que no necesariamente han de tener nombres y apellidos, no necesariamente han de verse encarnados en personas concretas, han sido propietarios de mi trabajo y, por lo tanto, de mi imagen y de mi voz. Eso se acabó. He pensado por mí mismo y, muy a menudo, a contracorriente, he de seguir haciéndolo y en aquello que desee y considere importante para mí; ahora soy plenamente dueño de esa imagen y de esa voz, sin tener que dar cuentas a nadie de ello. He perdido pudor y he perdido temor a las consecuencias. La repercusión de lo que yo haga o diga puede ser minúscula, ¿qué me ha de privar, entonces, de la libertad de hacerlo? No tengo nada que perder pero tengo mucho que ganar en cuanto a libertad y autoestima. La guía de mi vida ha de ser hacer lo que es apropiado para mí y para los míos, y en ese “para mí” es hacer lo que me haga crecer moral y humanamente; se acabó vivir la vida que me marquen los demás. Puede ser que mi margen de actuación sea escaso, pero ese espacio que yo construya será mi hogar, podré ensanchar las paredes de esa prisión en la que me pueda hallar.
Perder el miedo a las palabras. Para pensar necesitamos el lenguaje, en la medida en que castramos este castramos también el pensamiento. Hay palabras, sobre todo las más importantes, que se encuentran cargadas de simbolismo, simbolismo que produce un estímulo-respuesta de adhesión inmediata o rechazo. El uso de una jerga o la exclusión de palabras de otra nos identifica con un grupo social, ninguno de nosotros somos entes aislados o completamente equidistantes, tampoco yo, pero ese ejercicio de autocensura en el habla supone un ejercicio de autocensura igual en el pensamiento, sin que esté claro qué se encuentra antes, si el huevo o la gallina. Ya me ha llegado el momento de ir prescindiendo del mismo.
La jodida enfermedad me ha dado tiempo y deseos para la introspección, para hablar hacia dentro, hacia las profundidades de mí mismo, un hacerme consciente de mis propias vivencias y cortar con ello cualquier conducta autómata. Ese hablar hacia el centro de mí mismo me llevó a tener la necesidad de rescatar todo un vocabulario, referido al yo más profundo, que tenía en parte silenciado, un vocabulario que no es propiedad de ninguna institución ni de ningún grupo social, y al que si renunciamos por prejuicios no estamos sino cercenando nuestro yo. Bondad, culpa, inocencia, perdón, virtud, prudencia, templanza, caridad, fe, dios, Dios, pobreza, misericordia, ternura, humildad, soberbia, amor, emoción, empatía, sentido, vivir, morir.
Perder el miedo a hablar de uno mismo y de lo profundo. La introspección no implica solo hablar con uno mismo, sino, con ello, darse cuenta que lo más importante está por decir, que agotamos nuestro tiempo y nuestra saliva en conversaciones que, a lo sumo, nos tocan de refilón. Conversaciones triviales, conversaciones que nos eluden y que casi nunca nos ponen en cuestión. Me aburren, me deprimen, me cabrean. Hay temas profundos que convertimos en superficiales, como la política. No todo es política como para que ocupe la mayor parte de los titulares y la mayor parte de nuestros diálogos, o dicho de otra manera, la política es mucho más que esa visión minimizada que nos empeñamos en reiterar. Empiezo a estar harto de ella, no por el tema en sí sino por su enfoque, conversaciones de crítica, raramente de autocrítica; de autoafirmación, difícilmente de autocuestionamiento; solo une lo primero, nunca lo segundo. Conversaciones de autoengaño.
No tocar las heridas ni las yagas, no tocar lo que duela ni lo que cuestione, no tocar nuestras contradicciones ni nuestras mentiras, no las debilidades ni las carencias, no aquello que nos obligue a pensar ni lo que nos interrogue. Ese parece ser el acuerdo tácito, el que nunca nos atrevemos a transgredir, la carnaza han de ser los otros. ¿Y qué puede haber más importante y enriquecedor que hablar de uno mismo, que hablar de nosotros?
Lo importante no es tanto el lugar en el que estás sino el papel que desempeñas. Resulta interesante preguntarnos por nuestro lugar en el mundo, tiene su glamour, pero se trata a menudo de una pregunta con trampa, tiene su coartada para escabullirse de la respuesta, pues casi nunca es fácil poder elegir ese lugar; eso nos justifica no solo el lugar en el que estamos sino también lo que somos, el papel que representamos en él, todo va en el mismo saco. Con la esclerosis los lugares posibles van disminuyendo hasta poder quedar reducidos a la mínima expresión, es la coartada perfecta, no hay elección para el lugar. No podemos elegir el lugar pero sí el papel que desempeñamos en él, ¿qué nos puede obligar a ser como no queremos ser? “podréis enfundar el tambor y aflojar las cuerdas de la lira pero, ¿quién podrá prohibirle a la alondra que cante?” (El Profeta, Khalil Gibran) Es por ello que la introspección siempre es pertinente y, por lo tanto, sigue siendo pertinente ahora. Resultan sospechosas las personas que mudan fácilmente de opinión, de criterios, de actitud, en función del lugar que ocupan y de los intereses creados; donde ayer dijeron digo hoy dicen diego, mientras que ayer eran de una manera hoy son de otra, mañana ya veremos. Representan el papel que les determinan o que les interesa representar. Carecen de criterios firmes y de una actitud reflexiva seria. Seguramente, el lugar no siempre se puede elegir pero sí el papel que desempeñamos en él, el tipo de persona que queremos ser, hacerlo será, sobre todo, un problema de valor; y seguramente el papel que desempeñemos nos irá llevando al lugar en el mundo al que estamos destinados.
No me arrepiento de mi pasado, aunque mi mirada retrospectiva me hace ver que algunos de los lugares que ocupé en él los eligió la parte más débil de mi yo, y mi presente se encuentra marcado por los temas esenciales a los que hice referencia anteriormente: bondad, culpa, inocencia, perdón, virtud… Mi papel, como siempre debería haber sido, ha de ser, dar testimonio de ellos allá donde me encuentre y como me encuentre.
No era así yo. Es una tristeza que uno deba aprender a base de traumas, aunque mayor tristeza es si estos ni siquiera sirven para aprender. Pienso que lo que he expuesto son cuestiones validas para cualquier momento de la vida; afortunadas las personas que se guían por ellas sin necesidad de que la vida les golpee. Que yo me haya tenido que ver en esta situación para ello solo pone en evidencia una cosa, que yo no era así, al menos, no lo era del todo; y el hecho de que hoy me las plantee no quiere decir que ya lo sea, me queda camino por recorrer, un camino seguramente sin final, mi final interrumpirá el caminar pero no el camino; solo espero que cuando llegue ese momento me encuentre medianamente satisfecho de esfuerzo realizado y que alguien llore por mí pero me recuerde con una sonrisa.