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martes, 17 de septiembre de 2013

LA UNIDAD


 
Es algo natural, también en toda familia llega un momento en el que alguno de sus miembros decide marcharse y resulta doloroso pero no se vive como un drama. El problema es cuando ese ansia de separación es debido a un conflicto interno sin el cual no se hubiera generado esa problemática. Ante esa situación pueden darse varias salidas, la primera negarse a resolver el conflicto y dejar marchar, cada una de las partes continuará culpabilizando a la otra y será necesario mucho tiempo para lograr cicatrizar la herida si es que se consigue. La segunda tirar de autoridad, decir que de allí no se mueve nadie y que digan lo que digan la familia no se rompe porque su unidad se encuentra por encima de todo. La familia no se rompe (por el momento) pero el conflicto continúa de igual manera que la convivencia continúa deteriorándose. La familia convertida en un ente sagrado y abstracto por encima de las personas que lo componen. Como podría decir Marcos, la familia está hecha para el hombre y no el hombre para la familia. Ésta no existe sin las personas que la componen y su libre y positiva convivencia. Pero hay un tercer intento de solución, tratar de resolver el conflicto que impide o dificulta la convivencia para que esta continúe. Quede bien claro que hasta ahora no he hablado de culpables, como tampoco he hablado de las consecuencias de esa ruptura para las partes, esta tercera fórmula habla de salvar la convivencia, es decir de relacionarse, de entenderse mutuamente, de compartir, de ayudarse, y también de hablar con franqueza, de escuchar los agravios, de corregir lo que cada parte deba corregir para mejorar y salvar la convivencia, y de olvidar. Y de tener la valentía y la inteligencia para cambiar lo que haya que cambiar.
Se  esgrime el término Unidad de España como si ésta fuera un ente sagrado y abstracto y la Unidad un concepto teológico. Un ente férreo que no puede romperse pero sí pueden hacerlo las personas que lo componen, que éstas están obligadas al sacrificio para mantenerlo intacto. No importa que éste se encuentre corroído por la carcoma mientras se mantenga entero y Uno. La Unidad no es un concepto teológico sino plenamente humano. España no es un ente sagrado sino un constructo también plenamente humano. Aducir su indivisibilidad y hacerlo de la manera y el tono en como se hace es agudizar su división, aunque se mantenga Una; es colaborar a su ruptura aunque se haga elevando el volumen de voz, levantando la barbilla y agarrando con los pulgares las trabillas de los pantalones. La unidad no se consigue escupiendo ese término a la cara del otro, la unidad se consigue salvando la convivencia y si esto no se hace esa unidad carece de sentido. Resulta paradójico que los que más énfasis ponen al hablar de la Unidad de España son al mismo tiempo los que más prejuicios tienen ante el otro y los que más dificultan esa convivencia, en concreto detestando y ridiculizando todo lo que sea representativo de lo catalán. Será difícil hacerles comprender que ellos forman parte del problema. ¿Están las responsabilidades del otro? Claro que sí, pero ese es el problema que ellos han de resolver y a cuya resolución nosotros debemos colaborar al menos no echando más leña al fuego.
¿Unidad? Por supuesto, lo deseo así. Admiro y me gusta Cataluña aunque difiera en muchos de los planteamientos que hoy ocupan las portadas de los periódicos, aunque no sea nacionalista y las banderas, todas, no sean para mí, en el fondo, nada más que trapos; aunque considere que el Estado, la nación, la bandera y el himno sólo están hechas para el hombre y no al revés; aunque crea que verter una pequeña gota de sangre por alguno de esos constructos sólo sea una estupidez y una tragedia. Una unidad alargando la mano, echandola al hombro y diciendo: sentémonos a hablar, y preguntando: ¿Cuál de las tres soluciones que cite al principio estás dispuesto a utilizar?

miércoles, 11 de septiembre de 2013

ASESORES


 
Existe, según parece, una multiplicada figura llamada asesor y encargada, según parece también, de aconsejar a nuestros políticos. Viendo repetidamente la eficacia de tales figuras uno se plantea los criterios que se siguen a la hora de elegir tales personajes y la capacidad de esos políticos para elegir algo que vaya más allá de su propia imagen y semejanza.

¿Para qué se eligen? ¿Para descubrir la realidad al político o para ayudarle a disfrazarla? ¿Para generar interrogantes o para fabricar admiraciones? ¿Para hacer ver las caras que uno no puede descubrir o para reforzar la única visión a la que se está dispuesto? ¿Para hacer ver los errores o para dorar la píldora y alimentar los egos?

¿Qué valores se buscan en ellos? ¿La falsa fidelidad o el espíritu crítico? ¿La capacidad de pensar o la verborrea sin sustancia? ¿La talla intelectual y moral o la estricta similitud? ¿La experiencia en un campo determinado o el mero seguidismo?

¿Qué hacen? ¿Decir lo que piensan (si lo hacen) a riesgo de convertirse en unos tocapelotas o callar lo que contradiga y asegurar el puesto? ¿Buscar los matices y las contradicciones o reforzar la voz de su amo? ¿Insertarse en la realidad a la que el político no llega o instalarse en la cómoda y “fructífera” capa de aceite incapaz de mezclarse con el resto? ¿Atreverse a decir no o acostumbrarse a decir sí?

¿Qué se pretende con ellos? ¿Encontrar buenos consejos o pagar favores? ¿Rodearse de personas capaces o compensar fracasos? ¿La exogamia para cultivar la riqueza de la diferencia o la endogamia para conseguir la homogeneidad al interior de la formación? ¿Las voces diferentes o el eco que se repita?

Si es posible dudar del cerebro alojado en la cabeza de algunos de nuestros políticos y políticas, más lo es del juicio alojado en su dedo elector. Tendrá la verdad un triste y antiguo refrán: Dios los cría y ellos se juntan.

martes, 10 de septiembre de 2013

ENAJENADOS


 
Nos quitan todo pero nos ofrecen temas de conversación. Enajenados, fuera de nosotros mismos, mordemos el anzuelo. Aquí estamos, dando vueltas a la noria cargados con las anteojeras. Dando vueltas a la misma mierda una y otra vez. Reproduciendo el mismo esquema aunque sea en colores diferentes. Formulando el discurso con otras palabras pero repitiendo la misma manera de generar el pensamiento, clones con cáscaras diferentes. Adoptando el mismo patrón de medida, la mediocridad y la mezquindad de los personajes que se nos ofrecen en el escenario. Chapoteando y hozando en el lodazal, con el gesto contrariado, con la voz desencajada, una y otra vez repitiendo el mismo tema, las mismas palabras.

Es verdad, no se trata de una crisis coyuntural sino de la crisis de un modelo económico y social, y no juguemos a engañarnos mordiendo el caramelo que se nos ofrece por muy amargo que sea, se trata de un modelo configurado con elementos individuales: nosotros. Lo personal es político, decía uno de los eslóganes más característicos del movimiento feminista de los años sesenta y setenta, y así es. Nada se cambia si no nos cambiamos nosotros, nada distinto a lo que repudiamos somos si nuestro hacer y nuestra manera de hacerlo es similar a la del resto de los mortales. El sistema que hemos creado es consustancial a las personas que lo han hecho y, paralelamente, a las personas que ese mismo sistema ha generado. Incapaces de crear, incapaces de salir del camino trillado, de elaborar un pensamiento diferente, de pensar incluso. Incapaces para la bondad, para la empatía, para la conmiseración. Las mismas aspiraciones, el mismo odio, la misma abominación. Incapaces para la complejidad, para los matices. El mismo simplismo, la misma banalidad, consumidores de la propaganda que se nos vierte en el abrevadero. Incapaces para la poesía, incapaces para imaginar, para la trascendencia. Agotándonos en un nosotros que permanece cerrado sobre el sí mismo que establece la granja. Incapaces de sufrir y crecer, incapaces de renunciar. Pegados al cristal del escaparate aunque este se vacíe, aunque vacíen nuestros bolsillos.

Aceptando la estatura moral e intelectual de los modelos que se nos ofrecen, jugando a la alternativa sin salir del establo, a la oposición con miedo a dejar de formar parte del rebaño. Superando no sé qué problema sin superarnos a nosotros mismos. Anclados en la añoranza del pasado. Enajenados, sin dominio de nosotros mismos, marionetas en manos ajenas, títeres de cachiporra golpeándonos unos a otros, colgándonos por ello medallas de latón.

martes, 3 de septiembre de 2013

LA SOMBRA DEL NADIE



 
Cuando en la soberbia de la juventud uno se establece en señor de las grandes cosas, los grandes ideales, los grandes proyectos, los grandes éxitos, los grandes reconocimientos, desprecia el casi infinito mundo de detalles que las rodea. ¿Qué valor han de tener si a la vuelta de la esquina nos espera la  gloria? Y, sin embargo, las pequeñas cosas ahí permanecen, se mueven silenciosas a nuestro alrededor a la espera de su momento. Nos movemos sobre ellas como si no existieran, como si fueran una cosa menor y, sin embargo, son el sustrato que nos constituyen, las que van nutriendo nuestra sustancia, la esencia que somos más allá de las edades por las que pasamos. Sonreímos todo ufanos ante ellas convencidos de su futilidad, la intrascendencia de un beso en la mejilla, la trivialidad de una caricia o una sonrisa, la puerilidad de una fotografía, la insignificancia del objeto barato que guardamos en un cajón, las miramos con un punto de desprecio envanecidos por la edad. Esas pequeñas cosas a las que no es necesario dedicar ni tiempo ni espacio ni palabras porque cada minuto lo es perdido y cada sílaba un desperdicio. Cargadores de la vanidad hasta que nos encontramos a Marte envuelto en pañal. ¿Qué fue del dios de la guerra ahora siervo de sus inmundicias?

La vida te devuelve a las pequeñas cosas, el retorno a la infancia donde los que te rodean crecen mientras tú disminuyes, crece tu necesidad de ellos aunque tú juegues a ocultarlo, viajas hacia la nada aunque pretendas tapar con baladronadas ese descenso. Has de vaciarte para desprenderte de lastres, para evitar el golpe contra el suelo, para reiniciar el vuelo con alas de otro yo. Ni tú has de ser el mismo ni el mundo que te rodea lo será, has viajado al mundo de los detalles, de lo nimio, de lo pequeño, donde nada volverá a ser igual porque el mundo se ha dado la vuelta, lo insignificante crece hasta enseñorearse de la vida y esas grandes columnas sobre las que pretendías sustentar tu palacio van reduciéndose hasta desaparecer, Lilliput se transforma en Brobdingnag y Brobdingnag en Lilliput y es tu mundo ese de las pequeñas cosas y es el mundo de todos, y redescubres términos que creías añejos, piedad, misericordia, ternura y experimentas el valor de una sonrisa cuando te sientes humillado.

Qué fue de la armadura con la que te protegías y con la que te sentías invulnerable. Qué del yelmo que resguardaba tu talento. Qué de la fuerza con la que te engalanabas, de la garra con la que te enfrentabas a los contratiempos. Qué del genio con el que te pensabas invencible, del temperamento que desenrollabas en cada paso. Qué del poder que te esperaba, de la energía que infundía temor. Qué de la lanza con la que amenazabas, de la antorcha con la que hacías cenizas tus miedos.

Humo, simple humo, vanidad con la que te recubrías, arrogancia del inmaduro, vana fantasía con la que edificabas castillos.

Cuando tu cuerpo te pesa es la caricia voraz la que te llena y no el trono sobre el que te sientas. Cuando tu orina te rodea es esa sonrisa la que te prendes como la joya deseada y no la corona. No eres nadie y desde ese nadie puedes armarte y armar a alguien. Es el tierno soplo del otro quien te revive, es el susurro quien da cuerpo a tu lenguaje. Nadie, tan pequeño como el que más, el tú que siempre se escondió bajo el disfraz, el que queda al descubierto tras el desmorone de cada cáscara. Nadie, el que puede llorar sin ocultarse. Nadie, el que se equivoca y es siervo del perdón. Nadie, al que abrigan. Nadie, al que socorren. Nadie, insignificante eslabón, humilde ladrillo. Nadie sin ellos, nadie sin mí. Nadie, la pluma que acaricia el vendaval. Nadie, la gota que orada el granito. Nadie, la sombra que alumbra el sol. Nadie siendo alguien. Nadie, el germen de un bonito porvenir.
Imagen: Venus y Marte. Boticelli; siglo XV. National Gallery (Londres)

lunes, 15 de julio de 2013

DECLARACIÓN DE DEBERES HUMANOS

La declaración de derechos humanos supuso un paso esencial en el desarollo de la hitoria de la humanidad, paso que desgraciadamente no ha repercutido en todos por igual, para una gran mayoría de ella no pasa de ser una retórica y más aún, una insultante retórica en la medida en que muestra el enorme desequilibrio existente y que, de alguna manera, viene a justificar ese desequilibrio. La declaración adquirirá pleno significado en la medida en que se vaya ampliando y no pueda ser utilizada de manera subliminal para justificar ese estado de cosas. Frente a esa Declaración se impone, especialmente en el mundo desarrollado, sustentado sobre unos inagotables derechos extendidos hasta el acto más ínfimo y egoísta, una Declaracióm de Deberes Humanos que nos obligue a replantearnos el hoy y el mañana al que vamos dirigidos, los cadáveres que dejaremos en el camino y la degradación y el destrozo que traerá como resultado. En el año 2006 mi amigo Rafael González Jimenéz elaboró la siguiente propuesta que bien podría irse tomando en consideración. A su memoria, siempre entrañable y poderosa.

DECLARACIÓN UNIVERSAL DE DEBERES HUMANOS

               Rafael González Jiménez


PREÁMBULO:

Conscientes de que en el mundo no podrán alcanzarse los Derechos Humanos       -sobre todo por parte de los pobres y desheredados de la Tierra- mientras no haya una conciencia clara y un compromiso decidido hacia el cumplimiento de los deberes humanos -sobre todo por parte de los ricos e instalados en la prosperidad, habitantes de una pequeña parte del planeta-, exponemos la siguiente Declaración Universal de Deberes Humanos, esperando pueda ser tenida en cuenta por todos y considerada siempre como premisa ineludible antes de reclamar cualquier derecho. Entendemos que estos deberes no sólo deben asentarse sobre principios éticos y morales de evidente valor, sino que pueden defenderse igualmente desde la inteligencia y la razón más pragmáticas, buscando la convivencia más positiva, el progreso más eficaz y la vida más cómoda y feliz para todos. Desde nuestro punto de vista, algunos de los más importantes Deberes Humanos podrían ser los siguientes:

·      PRIMERO:

Cualquier persona, por el mero hecho de haber nacido hombre o mujer, tiene el inexcusable deber de considerar a todos y cada uno de los demás seres humanos como sus iguales, y reconocerles, en todo momento y situación, su intrínseca dignidad de personas, independientemente de su raza, nacionalidad, sexo, edad, religión, creencias o cualquier otra condición personal o social.

·      SEGUNDO:

Toda persona tiene el deber de considerar su destino, individual y colectivo, inevitablemente ligado al de los demás seres humanos; tanto los que actualmente pueblan la Tierra como  los que la habitaron a lo largo de la historia o puedan habitarla en el futuro, reforzando así el sentimiento de especie, la solidaridad en el espacio y en el tiempo con los iguales, la gratitud hacia los que le precedieron y el sentido de responsabilidad hacia los que están por llegar.

·      TERCERO:

Todo ser humano tiene el deber de sentirse parte del medio natural y social que le cobija, esforzarse en entender las complejas relaciones que le unen a ese medio y ser consciente de las consecuencias que en el mismo pueden tener sus acciones, procurando dirigir éstas hacia la defensa y mantenimiento de dicho medio en las mejores condiciones posibles, así como al desarrollo y progreso de la vida en sus múltiples formas.

·      CUARTO:

Toda persona tiene el deber de evitar, en lo posible, cualquier tipo de daño, ofensa o molestia a sus congéneres  -si ello no fuera, en algún caso, estrictamente necesario para atender un deber mayor -, procurando no poner su interés, deseo o comodidad personal por encima de las necesidades y derechos de los  otros. Antes bien, buscará por todos los medios a su alcance hacer la vida lo más agradable posible a aquellos con quienes se relaciona, cumpliendo siempre las normas y reglas que han sido formuladas para la convivencia positiva, la paz social y el bien de todos.

·      QUINTO:

Cualquier persona tiene el deber de demostrar su humanidad apoyando y defendiendo siempre a los más débiles, tanto si dicha debilidad tiene su origen en causas físicas o biológicas como si se refiere a situaciones de déficit cultural, económico o social, oponiéndose a todo tipo de discriminación, marginación o abuso.

·      SEXTO:

Toda persona tiene el deber inexcusable de contribuir con su esfuerzo y trabajo personal, la aportación de sus ideas y opiniones, la participación social y política y el pago de sus impuestos al desarrollo y progreso del mundo en que vive, tanto en la esfera más próxima como en la más remota, sintiéndose corresponsable de la situación del mundo en que vive, pudiéndose incluir en este deber el de exigir a los políticos, gobernantes y dirigentes sociales la honestidad y el esfuerzo necesarios para alcanzar esos mismos objetivos de progreso y desarrollo.

·      SÉPTIMO:

Cualquier persona debe considerarse a sí misma como agente educativo, aceptando la corresponsabilidad que –detentada fundamentalmente por los educadores tradicionales: padres y profesionales de la educación- busque la máxima coherencia social respecto a los valores, actitudes y normas que se quieren inculcar en niños y jóvenes, más necesitados de modelos reales que de discursos hipócritas.

·      OCTAVO:

Toda persona humana que quiera merecer tal calificativo tiene igualmente el deber de considerarse a sí misma como aprendiz permanente, como sujeto en continuo proceso de descubrimiento, avance y mejora personal a lo largo de toda su vida, tanto en lo que se refiere al conocimiento de sí mismo como del medio natural y social en que se encuentra inmerso, siendo consciente de que con ello contribuye al avance y mejora de toda la humanidad.

·      NOVENO:

Todo ser humano tiene el deber de repudiar la guerra, la violencia y la opresión de cualquier tipo -y en ese sentido la imposibilidad de acceso a los bienes básicos (alimentos, educación, sanidad, vivienda, trabajo...) de tantos millones de ciudadanos del mundo tiene que considerarse como clara e indeseable violencia-, oponiéndose a quienes la ejercen o consienten y haciendo del respeto, la tolerancia, la cooperación y el diálogo instrumentos privilegiados para la concordia y la paz mundial.

·      DÉCIMO:

Conscientes de que los bienes naturales (tierra, agua, aire, recursos energéticos o minerales, etcétera) son limitados y no pertenecen en exclusiva a  una generación o grupo humano concreto, todas las personas se considerarán con el deber de utilizarlos sólo en la medida de sus necesidades, sin derrocharlos, degradarlos o especular con ellos; antes al contrario, se ocuparán de cuidarlos, conservarlos y reponerlos en lo posible como obligado reconocimiento al derecho a la vida de la humanidad futura y de los que viven en otras áreas geográficas.

·      UNDÉCIMO:

Todo ser humano tiene el deber de subordinar la economía, el dinero y el mercado a la dignidad y las necesidades de los hombres y mujeres, actuales y futuros, de todo el planeta. En el mismo sentido el trabajo humano se tomará también como deber, además de como derecho, estimándolo como fuente de realización y desarrollo, más que como objeto de transacción económica, y permitiendo que de sus frutos puedan vivir  todos los que lo ejercen.

·      DUODÉCIMO:

Consciente del regalo impagable que supone la vida, toda persona tendrá el deber de vivirla plena y conscientemente, con una actitud de agradecimiento y alegría, cuidando esa vida en sí y en los demás de forma positiva y responsable. Del mismo modo se considerará un deber humano el de aceptar la muerte de manera serena, evitando prolongar la existencia hasta extremos que contradigan la dignidad y el respeto que toda persona merece.


·      CONCLUSIÓN:

La diligencia a la hora de cumplir estos deberes, puesta siempre antes que la exigencia a la hora de reclamar aquellos derechos, la entendemos como el mayor atributo de una humanidad consciente, responsable y verdaderamente desarrollada.

 


jueves, 20 de junio de 2013

POLÍTICA Y EDUCACIÓN

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El ejercicio de la política es a la vez un ejercicio de educación popular y con lo que ello conlleva la posibilidad de maleducar.  Lamentablemente la experiencia en nuestro país es que predomina la maleducación sobre la buena y lo hace de tal manera que anula la percepción de las experiencias positivas que seguro que las hay para entrar todos y todo en un mismo saco de negatividad. No se trata solo de la creciente aparición de casos de corrupción que con toda seguridad no es extensible a todos los políticos aunque tal extensión forme parte de los tópicos del discurso general, más allá de esos casos conocidos (y seguro que otros muchos no conocidos) de corruptelas varias, enriquecimientos indebidos y desmedidos, sobornos, cohechos, deshonestidad y otros términos cada vez más populares, se da una descomposición de los conceptos de política y políticos con comportamientos no siempre criticados o suficientemente criticados e incluso adoptados por buena parte de la sociedad (aunque nunca es fácil decir qué es antes si el huevo o la gallina), masivamente el ejercicio de esta actividad se asimila a una conducta que, al menos desde mi puntos de vista, no sería deseable para la ciudadanía en general. Esta práctica lleva a un rechazo de política y políticos o a una asimilación de la conducta por parte de los ciudadanos.

Ser político parece identificarse con comportamientos tales como una falsa fidelidad. Para este término encontramos acepciones como exactitud y veracidad, sin embargo nada más lejos de la realidad, los mensajes que los políticos transmiten no buscan esa identificación desde el punto de vista objetivo ni del valorativo, la única identificación que buscan es con el argumentario del partido y este se encuentra en función de sus intereses, es decir, la realidad se oculta o se deforma en función de esos intereses y el político no tiene pudor en convertirse en mensajero de este argumentarlo diciendo hoy lo contrario que ayer si es beneficioso para la organización, defender la misma actuación que ayer condenaban en otros, silenciar lo que ayer denunciaban de otros, deformando la realidad que resulta contraproducente. No se trata de fidelidad, se trata de seguidismo y servilismo, nada más lejos de los sinónimos que podemos relacionar con la primera como franqueza, nobleza, honestidad, confianza. La mentira no encaja en ninguno de estos términos, el político parece no ser digno de esta última en la medida que habla según su exclusiva conveniencia y promete sin intención alguna de compromiso. La palabra carece de valor alguno. 



El efecto sobre la sociedad es generar rivalidad, incompatibilidad,  enemistad y oposición, una sociedad desunida y enfrentada, apática o anómica. Se persiguen no seguidores sino “seguidistas”, fans, más ofensores ajenos que defensores propios, convertir el ataque en la mejor e incluso única defensa.

Esta actitud implica una falta de pensamiento crítico y de juicio propio, poseer ambos parece convertirse en un obstáculo para dedicarse a la política. Las conductas favorecedoras parecen ser asentir, callar, incluso en los órganos internos, lo que lleva a plantearse que se busca y suscita no solo la falta de pensamiento crítico sino, más allá, la falta de pensamiento sin más, el prohibido pensar se provoca a partir de la simplificación del discurso, se elude la complejidad cayendo en la más burda simplificación. No se enseña a pensar, se produce propaganda y no ideología. Unos políticos a la espera de recibir órdenes y una sociedad a la espera de las mismas y que no sabe comportarse sin ellas.

La percepción que se obtiene es que la personalidad demandada es aquella que es capaz de convertir los intereses del aparato en los intereses propios en la medida en que él se siente aparato y pretende mantenerse en él. No se percibe la política como vocación pública sino como salida personal beneficiosa que uno se encuentra dispuesto a defender hasta el final. Se aprende el pensamiento del aparato de tal manera que este parece adquirir vida propia, se reproduce a sí mismo cooptando a sus miembros y provocando el anquilosamiento de la organización. Consecuencia: el distanciamiento social y la aparición de términos como clase o casta política y de un aparentemente paradójico corporativismo entre los supuestos rivales políticos.

La clave de toda educación es el ejemplo. La ejemplaridad pública se convierte en algo incómodo solo deseable en el plano teórico en la medida en que su testimonio deja en evidencia al resto, solo encontramos ejemplaridad de baja intensidad en la medida en que esta es soportable y digerible. Tampoco la ejemplaridad privada es condición para el acceso a la vida política, su incumplimiento que ya de entrada puede desembocar en una previsible corrupción es tolerable en la medida en que esta se mantiene en el ámbito privado y no perjudica al aparato. El mal ejemplo se convierte en un "buen" ejemplo para los ciudadanos (aunque podemos volver a lo del huevo y la gallina) y, por lo tanto, en un comportamiento aceptado (siempre que se encuentre dentro de la organización con la que yo ejerzo como seguidista) e incluso premiado, en muchos lugares y ocasiones, a la hora de las elecciones.




Todo esto se incorpora a la hora del discurso político pero en una muestra más de la ruptura existente entre discurso y acción política. La recuperación de la vida política exigiría una fuerte actuación regenerativa pero frente a esta se impone el peso del aparato, en esta regeneración exigiría la “caída de cabezas” (perdón por el componente belicista del término) actuación para que el aparato se encuentra incapacitado y capacitado para ejercer un simple maquillaje, por varias razones, la personalidad citada es la que predomina en su interior y su sustitución no interesa ni a quien habla ni a quien aplaude, porque llevarla a cabo supondría a menudo el escándalo de descubrir comportamientos indeseables o el castigo de la aparente fidelidad mantenida durante años a la espera de que le llegara su ocasión y en último lugar porque uno siempre tiende a sentirse fuera de estas categorías y aunque así fuera uno no es consciente de que la mancha que se ha extendido afecta a todo un grupo social independientemente de la manera en que se encuentre implicado en su causa y por lo tanto, el sacrifico necesario también habría de afectarle a él. Falta la generosidad y valentía necesaria para este sacrificio y así lo percibimos en la ratificación que vamos viendo de cabezas de lista para las próximas elecciones, el único cambio que se pretende hacer es el de las palabras y estas fueron las primeras que ya perdieron su valor. El nivel de protagonismo es excesivo así como la creencia de sentirse indispensable.

He hablado desde un primer momento de la política y los políticos debido, en parte, al reduccionismo al que la partitocracia ha llevado al concepto “política”, pero entendiéndolo en un sentido más amplio y positivo deberíamos incluir en él  a otras organizaciones sociales que intervienen en los asuntos públicos y pretenden incidir en ellos, hablaríamos entre otras de los sindicatos y las iglesias también poseedoras de un aparato similar, de un perfil de sus miembros parecidos y de un interés en generar un semejante seguidismo.

Todo ello nos lleva a una anestesia social, a la desconfianza ante cualquier mensaje o a una aceptación acrítica del mismo si el mensajero es el adecuado, una sociedad acostumbrada a ello y desestructurada en la medida en que va perdiendo el armazón necesario para soportarla. Este es el precio a pagar de todo esto, no solo el de las personas que han llevado a esta situación sino también el de las estructuras que las han acogido.


miércoles, 12 de junio de 2013

EL SER


Si la razón de ser es la apariencia, la imagen, la cáscara que te envuelve, la figura que te representa, ¿qué soy yo? ¿un proyecto fallido sobre ruedas? Qué soy yo que pueda disimular: carne reblandecida, piernas tropezándose y cayéndose, manos confusas y esquivas, memoria derramándose. Qué puedo aparentar si ya me han visto tal cual soy, cuerpo romo cubierto de heces, poso lastrado en el suelo, estorbo para el desfile, inútil para el cortejo.
Si la razón de ser es el poder, la fuerza, la dominación, el mando, ¿qué soy yo si en todo dependo? Rémora disfrazada de rey, protagonista en la ficción, secundario en la verdad, cautivo de la misericordia.
Si la razón de ser fuera la solidez, la durabilidad, la firmeza, ¿dónde iría yo anegado en lágrimas? Cuerpo desmoronándose y afirmándose en dudas, forma maleable, blando sueño.
Si la razón de ser son los otros, los que han sido y en los que fui, los que son y en los que soy, los que serán y en los que seré; por los que fui, por los que soy, por los que seré, cayados de mis silencios, reverberación de mi voz. Allá donde quedan mis moléculas conforme me voy desmoronando. Fui, soy, seré.
Si la razón de ser es la humildad, la pequeñez, la grandeza aprisionada en lo minúsculo incubando el sueño del big-bang, la capacidad de la pregunta como huellas de las que sigo el rastro, la conciencia de aprendiz que siempre ha de encerrar el maestro, la seguridad del error que siempre antecede al acierto, llegaré a ser lo más cuando deje de ser. Soy en la medida en la que dejo de ser, en la que voy arrancando, una a una, las capas de acero que me recubren y voy quedando desnudo, frágil, humano. Sólo entonces, puedo llegar a ser.
Si la razón de ser es la ductilidad, lo esponjoso, lo apacible, lo tierno, lo que se deja interpelar con cada poro abierto al otro, capaz de adaptarse sin romperse, capaz de acariciar sin arañar, capaz de ser uno y todos ellos, solo y abierto a todos, juicio fluyendo con emociones y edificándose en la racionalidad. Aspiro a ser mientras lo amargo se transforma en dulce, cuando mi dolor arranca una sonrisa, mientras empiezo a cambiar el mundo cambiándome a mí mismo, mientras vivo y por esa razón ya estoy muriendo.