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domingo, 27 de abril de 2014

LOS FRASQUITOS


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La llamaban Marta la Raposa desde siempre y no se sabía bien por qué, pero su vestimenta estrafalaria y su comportamiento extraño la distanciaban de los demás. Era conocida su absurda manía que hacía reír a todos, presumía de guardar en pequeños frasquitos los buenos momentos que la vida le iba deparando: las fiestas a las que había acudido pero más las que ella había organizado, las que le habían hecho reír y llorar de emoción, los sucesos que le habían conmovido, los paisajes que le habían dejado sin respiración, los besos que habían recorrido su cuerpo entero, de arriba a abajo, dejando en él pequeñas llamas encendidas, las palabras que había escuchado o leído y que habían despertado en su cabeza las ideas que ella aseguraba le habían hecho crecer. Guardaba en la estantería de su cuarto una colección con estos frasquitos que iba aumentando con el paso de los días. Una locura más, estaba claro, a nadie con dos dedos de frente se le podía ocurrir que aquellos frasquitos contuviesen algo más que simple aire, aire mondo y lirondo que nada recordaría cuando se abrieran, que nada haría revivir.

Así pensaba la mayor parte de su pueblo, especialmente las personas vecinas:

Eso pensaba doña Sofía, siempre tan exacta y tan cumplidora, midiendo cada gesto y cada palabra. Tasadora de esfuerzos, siempre cicateando sonrisas y achuchones, huérfana y avara de mimos.

Del mismo modo opinaba don Sebastián el prestamista, siempre racaneando monedas y favores, ya desde pequeño contaba sus besos y los concedía como si fueran préstamos a devolver con interés.

Lo mismo que no dejaba de propagar Manuela, la beata, presta a escandalizarse y a publicitar el escándalo, reina de los dimes y diretes. Una inmaculada servidora del templo que se alimentaba del veneno que transmitía.

Todo ello era recibido por don Ángel con gesto severo, siempre tan circunspecto y prudente, tan silencioso en sus palabras y tan expresivo en sus miradas. Respetable censor con el juicio y la sentencia preparados de antemano.

La vida transcurría en una calma tranquilizadora para todos ellos, agrupados en el bando de los justos regodeándose en ventilar ya fuese bulo o verdad de cualquiera de la proclamada facción de los pecadores entre los que se encontraba, como no, Marta, la Raposa. A saber qué era lo que había vivido y que con tanto empeño quería recordar.

Los días y las noches corrían para todos, unos manteniendo el orden y otros anhelando cierto desorden, hasta que una tarde, mientras algunos disfrutaban de una siesta de pijama y orinal, ocurrió el desastre, la tierra, cansada quizás de ese orden decidió que era necesario removerlo. Todo tembló en el pueblo, hubo paredes que se vinieron abajo y muchos muebles danzaron hasta caer, como hizo la estantería en la que Marta guardaba sus frasquitos.

Sólo fueron unos pocos segundos pero a Marta le pareció una eternidad desde el momento en el que oyó un estruendo de madera y cristal. En cuanto la tierra se aquietó salió corriendo hacia la habitación donde se encontraba su  colección de tarros. Cuando llegó a la puerta y contempló el desaguisado que se había provocado lanzó un grito mezcla de llanto y pavor y cayó de rodillas en el suelo sollozando presa del desconsuelo. Su locura había tocado fin, la misma inexplicable locura que llevó a Sofía a abalanzarse y cubrir de besos a la primera persona con la que se encontró, a Sebastián a llevarse a casa al mendigo que habitualmente pedía limosna al lado de ella y compartir con él el dinero y los alimentos que guardaba, a Manuela a ir suplicando perdón a todas y cada una de las personas a las que había mancillado y a desencadenar en Ángel la incomprensible necesidad de confesar sus abundantes debilidades, contradicciones, ruindades y perversiones.

Sorprendió a todos pero en primer lugar a ellos, fue una ráfaga como de viento que no se sintieron capaces de decir de donde vino la que se introdujo en ellos y fue capaz de remover algo muy profundo de lo que desconocían incluso su existencia, un aroma que no fueron capaces de explicar, algo de lo que se sintieron contagiados, que no reconocían como suyo pero que los empujó a esos comportamientos, un vendaval de locuras a las que nunca se sintieron tentados pero que alguien había dejado sueltas.




miércoles, 9 de abril de 2014

BANDERAS


 
Envuelto en la bandera se sentía el líder de todo un pueblo, su mesías. Las promesas que le nacían de su boca las sentía como hechos incontestables que marcarían la historia y que estarían asociados a su nombre para la eternidad. Un pueblo que se sentía cada vez más sujeto protagonista de esa historia en la medida en la que se veía envuelto en esa bandera y se disolvía en ella. No le importaba desaparecer en ese magma si a cambio se veía formando parte de un colectivo que le otorgaba la razón de ser que siempre había echado en falta. Se sentía no sólo escribiendo el futuro sino también reescribiendo el pasado de su comunidad y de la enemiga. Una no puede crecer sin que crezca también la estatura de su antagonista para tener un rival al que oponerse. En ese rival, otro también envuelto en su bandera se sentía el dique que frenaría esas ansias liquidacionistas, la historia también le había elegido a él para esa labor y lo había recubierto, por la gracia de Dios, de los colores que la genética le había negado. Otro pueblo envuelto en sus banderas clamando justicia divina. Pero los vítores y el clamor para el combate que enardecían a las dos partes no podían ocultar la realidad aunque pocos la vieran, debajo de las banderas se encontraban en cueros,  estas sólo servían para tapar sus miserias corporales.

martes, 1 de abril de 2014

ANTISISTEMA

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El uso de la Lengua no siempre es inocente, nos acostumbramos a la utilización de algunos términos en determinados contextos sin darnos cuenta de la carga ideológica que contienen. Nos encontramos en un sistema económico, social y político que necesariamente crea una mayoría de pobres para lograr la existencia de una ínfima minoría de ricos, un sistema que genera un pensamiento único subyaciendo bajo una teórica diversidad de opiniones, que se presenta como la única solución posible, que fomenta el egoísmo como comportamiento natural del ser humano, que culpabiliza al débil por su debilidad y al pobre por su pobreza, que sitúa el problema entre ellos, los divide, establece  fronteras y murallas y provoca su enfrentamiento. Llegada la crisis se habló de reinventar el capitalismo o de refundarlo sobre bases éticas (¿es que antes no lo estaba?) ¿Qué fue de eso? Ahora que algunos intentan vendernos una supuesta salida de ella, ¿con qué nos encontramos? Más de lo mismo, la misma ambición por acumular a costa de los otros, la misma insensibilidad ante el dolor ajeno, la misma indolencia, la misma crueldad vestida de cultura, el mismo salvajismo disfrazado de civilización, el mismo ídolo ante el que bailamos, la misma hipocresía convertida en religión.

¿Puede uno no ser antisistema? Se hace necesario reivindicar la palabra, desnudarla de sus usos interesados o incoherentes, arrebatársela a los que se apropian de ella para desvirtuarla y a los que la esgrimen sin pudor para hacerla inútil, a quienes se la cuelgan como una medalla y a quienes la convierten en un crimen.

Descalificar el término asociándolo a comportamientos fácilmente rechazables pretende legitimar el sistema. La violencia no es antisistémica, la violencia forma parte de él, es una de sus características, aunque se ejerza sobre los elementos del mismo no se vuelve por ello antisistémica. La violencia puede estar justificada, puede ser un desahogo de los desahuciados del mismo pero estos también forman parte de él, le son necesarios. Actuar contra el sistema es hacerlo renegando de sus formas e instrumentos, generando nuevas realidades sustancialmente diferentes, invertir sus valores. Se trata de sentir y pensar a la vez, retroalimentándose; de adquirir un pensamiento crítico de verdad, también con uno mismo, un pensamiento que permanentemente se cuestione; se trata de hacer, de vivir, de construir; siempre contra las formas y objetivos de este sistema, siempre con las formas y objetivos del sistema a construir.

Pero no nos engañemos, si se es antisistema de verdad siempre se será antisistema. La realidad si apostamos por ella todo nuestro capital, siempre defrauda. Ser conscientes de ello no nos debe hacer más cínicos sino más humanos. La utopía existe en nuestro interior pero es imposible plasmarla íntegramente fuera de él. Siempre quedará algo por hacer, algo que no es como nosotros pensábamos, siempre habrá víctimas imprevistas a las que socorrer, vencedores amigos de los que alejarnos. Si llegado un momento nos sentimos satisfechos no será porque el sistema cumpla todos nuestros sueños, no será porque la realidad haya cambiado y merezca nuestro aplauso, los que habremos cambiado somos nosotros, es a nosotros a quienes aplaudimos. 

Es un camino siempre por hacer y que en gran medida se recorre en solitario. Antisistémica no hay organización, no hay partido, no hay establo, no hay rebaño. Los medios que hemos creado se han desmoronado en parte al alzarlos, pretenden un objetivo nunca verbalizado, ser un lugar donde el ganado pueda pacer tranquilo rodeado de los suyos o embestir vitoreándose para sentirse en grupo protagonistas del humo. No los sacralicemos. Y aún así sólo en el empeño en esa palabra, antisistema, reside la dignidad, es la que nos permite llegar más lejos, la que nos permite actuar desde el lugar más mínimo y sentir que ha merecido la pena vivir y disfrutar de sus frutos, incompletos pero en los que hemos podido percibir, en parte, nuestra autoría, pequeñas teselas de un mundo que merece la pena vivir y de una causa por la que merece la pena luchar.  




miércoles, 26 de marzo de 2014

GRACIAS A LA VIDA


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Sé que puedo resultar repetitivo pero no lo escribo para ser leído (total, esta es una opción libre de cada cual) sino para otorgar corporeidad a mis pensamientos, para que no escapen por el sumidero de la desmemoria. Hace unos días recibí este emotivo mensaje de una antigua alumna:
¡Buenos días! ¿Qué tal va todo? Espero que muy bien. Te escribo para decirte que eres una de las personas que más me ha marcado en mi vida. Que siempre me ha encantado tu forma de ver la vida, tus valores y sobre todo la emoción y la ilusión que le ponías (y seguro que pones) a todo lo que hacías con nosotros. Para mí eres esa persona a la que guardas en un cofre en el corazoncito para que nadie pueda alterar el profundo cariño que le guardas, para que se conserve intacto y dure para siempre. Te preguntarás que a qué viene todo esto... Esta noche, he soñado contigo. Te veía recitar poesía como muchas veces lo has hecho y yo me quedaba absorta como siempre me he quedado y, por supuesto con ganas de más. Me he despertado con la necesidad de contarte esto porque he supuesto que si yo le hubiera aportado a alguien algo tan grande sería para mi muy bonito saberlo. Espero que te sirva para ser un pelín más feliz en el día de hoy. Un abrazo y un beso enorme con muchiiiiiisimo cariño, pero sobre todo, GRACIAS de corazón.
Es imposible permanecer indiferente al mismo si uno tiene un mínimo de sensibilidad. Yo, al menos, no pude hacerlo. Siempre pensé que en mi oficio de maestro tenía mucho por mejorar y por aprender. No he cambiado esa opinión a pesar de ese mensaje. Aunque a  lo largo de mi vida he recibido mensajes escritos, orales o simplemente actitudinales, más o menos elaborados pero casi siempre en ese sentido, sin embargo sé que tenía que haber sido mejor maestro. Intenté hacerlo aceptablemente bien, no sé si lo conseguí siempre, sí intenté siempre ser buena persona aunque también sé que tuve errores. Por supuesto esa opinión no será generalizada, estoy convencido de que en mi trayectoria profesional habré dejado buenos recuerdos y no tan buenos; temo incluso haberlos dejado malos o indiferentes que en esta profesión es algo casi similar. Pero aún así no deja de emocionarme este mensaje, quizá sea la edad o el momento físico y anímico en el que me ha llegado. Aunque para la inmensa mayoría haya pasado desapercibido mi vida no ha sido fácil, no sólo en estos últimos años en los que la enfermedad me ha atrapado; no ha sido fácil, no, ha habido en ella momentos muy duros.
Mentiría si dijera que no me ha subido el ego. ¿A quién no se lo acarician unas palabras así? Pero aseguro que no cambian la opinión que tengo sobre mí mismo. Creo que puedo ser mi crítico más severo. Las personas que me conocen bien lo saben. Nunca habrán oído salir de mi boca unas palabras de autosatisfacción desmesuradas, no me habrán oído jactarme de algo que habría hecho. Por eso no puedo dejar de sentir por ello un profundo agradecimiento. Esas palabras son mayores que mi persona, ésta no las merecen, es por ello que el sentimiento de gratitud es mayor. No merezco lo que he recibido en la vida, ni quizá merezco la categoría de las personas con las que me he encontrado en ella y que me han ido haciendo.
Nuestro paso por ella queda satisfecho si somos capaces de dejar una buena huella tras nosotros. Si lo logramos eso justifica toda una vida. Es por eso que mi agradecimiento es mayor. Dejar huella no es tener hijos sin más, esto responde a una satisfacción biológica más o menos placentera. Lo realmente difícil es educarlos, lo realmente dichoso es dejar un recuerdo alegre y tierno en ellos y que tú puedas sentirte contento al ver las personas en las que se han convertido. El júbilo de una vida satisfecha. Dejar esa huella más allá de ti y más allá de ellos, que forman parte de ti, es doblemente satisfactorio. No importa si la huella es pequeña, no podía ser de otra manera, lo que importa es que sea positiva y sea un reflejo de ti, de lo que has sido. Es muy gratificante que alguien te diga que no seas tan duro contigo mismo, que puedes perdonarte, que esa pelea por mejorar como persona fue percibida por alguien, que tu ejemplo, inevitable, no fue vano, y así poder hacer las paces con tu pasado y con el futuro que prevés dejarás tras de ti. Quedarás en algunos cofres que guardarán algo de lo bueno que encontraron en ti. Puedes llorar tranquilo, tu vida no ha sido en vano.
He de decir que esa persona también ocupa un lugar en mí, como todas las que me han ido haciendo, como todas las que han representado algo en mi vida. Cada una a su tiempo, cada una a su momento, a su manera. Somos un gran (o pequeño) puzzle en el que cada pieza tiene su singular forma pero encaja a la perfección en ese lugar. Un puzzle formado por las huellas que algunas personas han ido dejando en nosotros o están ahora ajustando su hueco o dando forma a la pieza que serán. Todas ellas son lo que somos. Nuestra individualidad y singularidad se encuentra construida con las impresiones que los otros han dejado en nuestro ser. Por eso podemos decir que justifica toda una vida saber que también se puede encontrar la rodada de nuestro paso por la vida de otras personas y se puede seguir nuestro rastro en ellas; y ese recuerdo siempre es presente y ese recuerdo se asocia con la felicidad, por eso, saberlo, a mí me hace feliz, por eso, a pesar de sus dolores, puede uno estarle agradecido a la vida.  



domingo, 16 de marzo de 2014

¿QUÉ ME IMPIDE?



El otro día asistí un concierto. Disfruté como un niño. Fue un episodio llegar a mi butaca, la primera de todas, pegadita a mi silla de ruedas, fue otro episodio levantarme de ella, pero, ¿quién pudo evitar que disfrutara entre medias? Anoche la música vino a mí, me envolvió en una espiral absorbente que me hizo nota y verso dilatando mi pecho.

¿Qué me impide deleitarme de ese momento, que la música recorra mi cuerpo despertando emociones?

¿Qué leer un libro embebido en él, ir vertiendo sus palabras en mi mente para despertar sensaciones dormidas, sueños, remembranzas, que las palabras vengan a llamar a mi puerta para hacerse un hueco en mi pensamiento.?

¿Qué degustar el placer gozoso de los sabores repiqueteando en mi paladar?

¿Qué experimentar el consuelo de que ella me alcance los pedazos de mí que se van desprendiendo?

¿Qué estremecerme con el roce de sus dedos recorriendo mi cuerpo, siguiendo la llamada que mi deseo invoca?

Qué percibir la dulce emoción de la paternidad, la paradójica sensación de sentirse crecer en otro ser a la vez que me siento menguar, la hercúlea fragilidad que me hace humano más allá de mi persona?

¿Qué notar el triunfo menudo pero inextinguible de una mirada, cabalgando sobre una sonrisa, penetrando en mi interior?

¿Qué sentirme arropado por los abrazos con los que la amistad cubre mis miedos?

¿Qué deleitarme en la incalificable impresión de sentirme querido e ir recorriendo las huellas que esas personas han dejado en mí?

¿Qué impide que mi pensamiento vaya más allá de las ordenanzas que lo adormecen?

¿Qué saberme parte de la vida al sentir el calor del sol esculpiendo mi rostro o el del aire de la mañana dibujando mi figura?

¿Qué seguir siendo el señor todopoderoso de la nimiedad que da sentido a mi tiempo y configura mi espacio?

El mañana se presiente negro, ¿qué me impide instalarme en el hoy? El hoy siempre distinto, siempre moldeable. Todo día es un hoy, yo soy su Señor.





viernes, 14 de marzo de 2014

EX OPERE OPERATO



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En el Concilio de Trento la Iglesia Católica establece la fórmula mediante la cual los sacramentos confieren la gracia independientemente del estado de la persona que los recibe o de los méritos del sacerdote que los administra. A través de ellos es Cristo quien actúa por medio de la Iglesia

A pesar de la definición que de magia hace la RAE, “arte, técnica o ciencia oculta con que se pretende producir, valiéndose de ciertos actos o palabras, o con la intervención de espíritus o genios, fenómenos extraordinarios, contrarios a las leyes naturales”, la Iglesia insiste que esa actuación no se trata de ella (es obvio entonces que la Real Academia de la Lengua ya se encuentra desde hace años pervertida por una fuerte corriente laicista que pretende desautorizar dogmas entremezclando conceptos) sino que no puede ser de otra manera ya que fueron instituidos por Jesucristo para comunicar la gracia.

Eso sí, Cristo siempre actúa por medio de la Iglesia y siempre que los sacramentos se administren y reciban de una manera válida, es decir, de la manera en como la misma Iglesia exige. Esa gracia no puede ser impartida por otros ni de una manera que esos otros establezcan. Aunque pudiera parecer lo contrario, según ella, no nos encontramos con un Dios preso en manos de la Iglesia a la que él hubiera transferido su poder y ya no pudiera recuperarlo. Un Dios omnipotente que paradójicamente sólo puede a través de ella.

Puede producir cierta gracia este “esto funciona porque lo hago yo y punto”. La pregunta a plantearse es si esta validez de lo que se hace y dice y la consiguiente necesidad de defenderlo en todo momento a capa y espada queda limitada a la institución eclesiástica o se pone en práctica también por el resto de instituciones del espectro político y social. Es evidente que sí. No recuerdo a ninguna de ellas habiendo rectificado su error o habiendo pedido perdón por alguna de sus actuaciones. Parece que necesitamos la seguridad de encontrarnos en la verdad y nos encontramos en ella porque estamos en el lugar adecuado, y viceversa, necesitamos la seguridad de encontrarnos en el lugar adecuado y nos encontramos en él porque poseemos la verdad. Y ese estar en el lugar adecuado y poseer la verdad no tiene nada que ver con nuestro estilo de vida. Aunque ese estilo de vida sea altamente denostable ese seguirá siendo el lugar adecuado y su verdad seguirá siendo la verdad.

La cuestión es si esa seguridad facilita o dificulta el pensar. La seguridad vuelve acomodaticia la facultad de pensar, para ella es necesaria cierta desprotección. La certeza la convierte en inútil, para ella es necesario cierto nivel de duda. El poderoso defiende su estatus y lo hace ante todo lo que lo cuestione, la debilidad aviva la inteligencia para salir de ella. El establo estimula los balidos a coro aunque estos balidos tengan vocabulario de rebeldía.

Una segunda pregunta es si esto forma parte de las condiciones para la socialización o hay algo más en ello. Yo creo que hay algo más en ello. No se trata solo de la confianza de formar parte del rebaño adecuado sino también de la autoestima basada en que en nosotros no cabe el error. ¿Y qué perdemos por ello? ¿Por qué nos cuesta tanto pedir perdón y admitir que somos falibles? Esto puede ser relativamente comprensible en los años de la juventud en los que uno parece necesitar cargarse de ego para hacerse con un lugar en la vida, pero, ¿ha de ser así en la segunda mitad de esa vida? Pienso, como Salvador Paniker, que lo que procede en esta segunda parte es irse deshaciendo de ese ego, ser capaz de transcederlo y de vivir sin identificarse en exclusiva con él. Desde esta perspectiva lo que hago o digo no ha de ser certero por el mero hecho de que lo haga o diga yo. Me siento cansado de tanta seguridad. Paradójicamente me hace sentirme más inseguro vivir en un mundo así y rodeado de gente de esa manera. Más inseguro y hastiado, aburrido de esa reiteración. Creo que la sabiduría que podamos alcanzar se encuentra si estamos abiertos al disenso y al aprendizaje en la diferencia. No me valen las personas egocéntricas como tampoco aquellas que parecen desprenderse de ese ego para transferirlo a la institución en la que se encuentran, pretender ser nadie para hacerla todo a esa institución es ningunearse patéticamente. Menos aún me valen las personas que se empeñan en que la institución se identifique con su ego, ellos (sí, casi siempre varones) son la institución, ésta no es posible sin ellos. Aunque no sea admitido ellos se sienten el fin del medio, la institución. Ni siquiera uno mismo tiene sentido como fin, sí es el fin de uno llegar a sentirse medio, siempre útil, siempre capaz, pero siempre falible.

La eficacia de la acción de uno así como de cualquier institución será una eficacia ex opere operantis, o sea, en virtud de la actividad del sujeto que la realiza o la recibe, de acuerdo con la realidad y las circunstancias que la componen; no por el hecho mismo de realizarla uno objetivamente y de acuerdo con lo establecido (ex opere operato). Es en una realidad humana, no divina (lo será, por muy ateo que se diga, si el artificio de uno lo convierte en fin) en la que uno se encuentra realmente cómodo y capaz de intervenir en ella.


martes, 25 de febrero de 2014

LO PERSONAL ES POLÍTICO


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“Lo personal es político”, así decía un lema que popularizó el movimiento feminista de finales de los años sesenta del siglo pasado. Estas palabras pretendían poner de manifiesto por un lado una crítica al sistema político estructurado en torno al patriarcado dominante en la sociedad, y por otro resaltar el mundo de lo femenino y la mirada que este aporta a esa sociedad. No se trata sólo de que el varón ocupe los puestos principales de la pirámide política sino también que en base a ello primero se condenó a la mujer al ámbito doméstico y segundo se etiquetó como práctica política el mundo de lo público como antagónico al de lo privado y lo personal. Era una consigna para defender los grupos de autoconciencia de mujeres y que pretendía no sólo cuestionar la presencia o no de la mujer sino también los modos de hacer política.

Hay una cisura entre el mundo público y el privado, este segundo dedicado a la satisfacción de las tareas domésticas más banales, anónimas y meramente animales (el hogar, la mujer) y a las labores del oficio destinadas a alcanzar el sustento vital y, algo más allá, a desarrollar la avaricia. Frente a lo anterior está la esfera pública que se adorna con los colores inversos: libertad, excelencia heroica, distinción individual, elevada política, gloria pública, inmortalidad en el recuerdo (Javier Goma, Ejemplaridad pública) y ocupada preferentemente por el varón, de tal manera que la mujer que accede a ella ha de asumir, en buena manera, este planteamiento y distanciarse del ámbito privado. Esta fractura indica también dos formas de entender el concepto “política”, una, el más usual, el referido al mundo político, partidista, el de la llamada clase política; la otra referida a la construcción de la polis, de la comunidad formada por ciudadanos libres y la resolución de los problemas que plantea la convivencia colectiva. En esta segunda no hay clase política como tal, no hay planteamiento aristocrático sino democrático.

La primera, la predominante supone una externalización (traspaso a otras manos, utilizando un término económico) de la responsabilidad política, del cambio social. Hablamos sobre política (a lo sumo) pero no hacemos política. Estamos en una sociedad postmoderna, postideológica, en la que el discurso político no tiene nada que ver con el ámbito privado, personal. En discursos políticos opuestos se dan comportamientos similares en el ámbito laboral, familiar y social. ¿Qué papel se adopta ante la pobreza y la marginación, ante el sufrimiento ajeno, ante el machismo, ante el servicio público, ante los comportamientos cívicos, ante el tejido asociativo, ante el dinero? La respuesta real, la praxis, es similar. Podemos decir que es un planteamiento acomodaticio. Se exhibe como medalla el discurso político, la afiliación y la sintonía con una organización determinada, sin interrogarse por las exigencias personales que ese discurso debiera llevar. Lo político (partidista) no tiene que ver con lo personal. Hablar de política y no hacerlo de “lo personal” puede hacerse pasar por centrarse en lo importante pero pudiera ser que lo que se pretende realmente es eludir lo fundamental, aquello que nos conmueve y que nos puede desestabilizar.

¿La historia funciona así? Los cambios sociales fundamentales siempre se han dado primero en el terreno de lo social, cambios actitudinales, en las relaciones, en el pensamiento. Los cambios en las medidas políticas siempre se han producido con posterioridad a estas: la esclavitud no se erradica hasta que la sociedad no estuvo preparada para ello; del mismo modo que el papel de la mujer no fue dando pasos legales hasta que la sociedad no fue movida y removida por ellas, el sometimiento femenino no se sostenía ya ideológicamente; Los derechos de los homosexuales y la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo no hubiera sido posible en la sociedad extremadamente homófoba de hace décadas; de igual modo que las repúblicas, democracias y declaraciones de derechos no hubieran sido posibles sin el desmoronamiento de la institución monárquica, el crecimiento de otras clases sociales y el cambio de pensamiento y expectativas de estas clases; es el tema de la laicidad en sociedades que previamente se han ido alejando de la visión religiosa y de las instituciones de ese signo y es el advenimiento de la democracia en España, no es dádiva de nombres propios sino porque la sociedad de aquel tiempo no hubiera soportado plácidamente la continuación de una dictadura. Las decisiones políticas no se dan por anticipado a los cambios sociales, son los cambios sociales, a veces difícilmente perceptibles, los que fuerzan las decisiones políticas. Las fuerzas políticas mayoritarias no defienden los intereses de la minoría, los gobiernos nunca actuarán en contra de los intereses de la mayoría. Entendiendo interés como conveniencia que subjetivamente entiende esa mayoría, no como la que interpreta para ella una minoría.

Y viceversa, la actitud generalizada ante la emigración, ante la pobreza, la búsqueda de chivos expiatorios a los que culpabilizar de las penurias y las crisis, genera planteamientos populistas que asumen en mayor o menor grado las fuerzas políticas. Las mayores barbaridades no quedan reducidas a nombres propios sino que se extienden entre vecinos con los que se ha convivido, entre ciudadanos de un mismo país, entre seres humanos cuya única diferencia insalvable es el color de su piel, la pertenencia a otra etnia o a otro país.
 

Construimos la sociedad desde el compromiso personal, no solo desde las estructuras políticas. La política no es solo responsabilidad de una aristocracia, lo es de todos y en todos los ámbitos. Todo lo personal es político (como construcción de la polis). La sociedad se genera a partir de una red de socialización en la que el buen ejemplo genera testimonio, interroga, interpela, cuestiona y el malo justifica, acomoda, tiende a ser imitado. ¿Cómo se da el cambio en la forma de ver la vida? A partir de los cambios que de ello se van dando y se van contagiando. No es el discurso el que cambia, es la persona la que contagia. En esta sociedad desideologizada la palabra va perdiendo sentido y crédito, es el comportamiento el que no miente.

La manera en como yo desempeño mi labor profesional es política. Aquella en como me enfrento a los cambios legislativos es política. La forma en como actúo en la familia y los papeles que adopto (padre, esposo) es política. La manera en como gestiono mi economía también lo es. El tipo de lazos que establezco en mis redes sociales es política. La conversión o metanoia es política. Todo yo soy un agente político, de cambio social.

Si se me pregunta no sin cierta ironía si hemos de hacer examen de conciencia para ello yo responderé que sí. El examen de conciencia (utilizando ahora un término de origen religioso) forma parte del análisis político. En una sociedad desideologizada uno actúa ideológicamente sin ser consciente de la ideología bajo la cual actúa. Uno, en cualquier lugar, marca la diferencia, tiene la capacidad de intervenir de una manera propia que no tiene por qué ser idéntica a la de otro y tiene la responsabilidad y el derecho de ser consciente de las razones en base a las cuales actúa. ¿Cuál es la diferencia que hemos de marcar nosotros? Cuál está siendo nuestro actuar, nuestro aporte y cuál es el que queremos que sea. ¿Cuáles son las herramientas con las que podemos intervenir? Son las clásicas pero también las que hemos ido reduciendo al terreno estrictamente privado. ¿Es la ternura un arma política? ¿La misericordia, la caridad, la empatía, la solidaridad, la humildad, el respeto a la verdad, la autocrítica…? Sí, las grandes virtudes que hemos ido reduciendo a la mínima expresión o enterrándolas achacándoles una carga que las hacía contraproducentes en vez de limpiarlas del orín que podía haberse acumulado sobre ellas.

La política no es sólo un problema de gestión (tecnocracia), también tiene un componente educativo, una paideia, una pedagogía. La actitud de los políticos, para bien o para mal, deja más huella que sus palabras. Existe la responsabilidad de transmitir un mensaje ético-político. ¿Pero hay la intención de construir desde las fuerzas políticas un ethos y una moral públicas? ¿Creemos que es también responsabilidad de todos y cada uno de nosotros? La ética y la moral no es responsabilidad, patrimonio único de la iglesia. Rescatarla de este secuestro es necesario, es responsabilidad de las instituciones que pretenden transformar la sociedad. La sociedad se transforma, en primer lugar desde el cambio de mentalidad, sólo desde ahí la propia sociedad aceptará el cambio normativo y es en ese cambio en el que intervenimos todos, para corroborar el pensamiento dominante o para transformarlo, para subrayar la forma de vivir o para construir una nueva desde los aspectos más mínimos.