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sábado, 13 de agosto de 2011

CASANDRA Y LA EDUCACIÓN (1)


En mis cortos años en el CEP tuve la ocasión de elaborar un modesto y efímero periódico relacionado con la biblioteca, en él escribí una pequeña columna firmada por Casandra. El mito de Casandra siempre me ha seducido. Fue sacerdotisa de Apolo, con quien pactó, a cambio de un encuentro carnal, la concesión del don de la profecía. Sin embargo, cuando accedió a los arcanos de la adivinación, rechazó el amor del dios; éste, viéndose traicionado, la maldijo escupiéndole en la boca: seguiría teniendo su don, pero nadie creería jamás en sus pronósticos. No creo tener la facultad de la adivinación pero sí me he sentido siempre, no sólo en mis años de docencia, un poco Casandra en la medida en que mis análisis raramente han sido tenidos en cuenta, quizás porque, como me decía un amigo, lo que soy es (solo) un "tocapelotas". Recupero las seis breves columnas quizás porque el papel es perecedero pero el universo (de internet) es eterno e infinito.

No hay educación sin encuentro.

No hay educación si frente a frente están personas ficticias, simulacros de verdad. No hay encuentro si ambas partes andan escondidas entre máscaras. El proceso educativo lucha por penetrar el caparazón, a veces puede uno dudar si existe tal proceso educativo. No es posible ese proceso en el No Lugar en el que corremos el riesgo de ir convirtiendo nuestros centros. Que no nos afecte lo que allí pasa. Que el reloj corra deprisa. En el juego de apariencias la educación es humo que se disipa rápidamente al abrir las puertas. Es por eso por lo que se hace cada vez más necesario recuperar los lugares de encuentro verdaderos, aquellos donde las emociones entretejen lazos, donde uno puede manifestarse con la tranquilidad de no ser juzgado o prejuzgado, donde es posible iniciar redes de colaboración, donde caen las máscaras y se dejan salir las pasiones que contagian.

El no lugar

Un "no-lugar" es un término arquitectónico utilizado para designar esos lugares en donde no hay identidad, ni vínculos directos entre el que lo ocupa y el lugar mismo. Un espacio donde eres anónimo, donde nada te afecta.... generalmente se vincula mucho con los centros comerciales. ¿Corren el riesgo los centros educativos de derivar hacia ese tipo de espacios? ¿Qué identidad tenemos? ¿Cuál es su historia? ¿A quién importa? Una historia hecha a base de momentos de paso, de días que pueden prolongarse en años. ¿Qué vínculos? ¿Qué afectos? ¿Qué referencia suponen para nuestra vida cultural y emocional? No eres ya un simple número, ¿pero importa tu vida o se mantiene en la densa niebla del anonimato? ¿Caminamos hacia centros comerciales expendedores de créditos educativos? Trabajar las competencias no puede quedar reducido a un nuevo trámite administrativo que nada cambie. y, mientras tanto, las personas van y vienen, desarrollan gran parte de su vida allí y sólo están deseando olvidar. Salir de allí y olvidar, que suene el timbre, que me llegue la edad y olvidar. El no lugar.

¿INOCENTES O CULPABLES?

La realidad no nos satisface del todo. Incluso, a menudo, no nos satisface nada. El eterno descontento nos persigue, nos agobia, nos atrapa. ¿Y nosotros, que pintamos en esa realidad? La respuesta puede realizar un recorrido desde la ansiedad hasta el resentimiento, es el camino desde el sentimiento de culpabilidad hasta el de inocencia. Paralizados por el primero, desencantados por el segundo, los dos confluyen en un mismo diagnostico: inmadurez, la del niño que aterrado espera el castigo o la del que se perpetúa en la eterna inocencia, la tentación de la inocencia que siempre echa la culpa a otros. Los culpables siempre son ellos. ¿Y nosotros, pasmarotes al mando de oficiales ciegos, inútiles ante la realidad? Quizá la trampa estribe en la propia pregunta. No hemos cometido delito pero tampoco podemos negar nuestra participación en los hechos. Ni culpables ni inocentes, sí responsables. Esa es la madurez, asumir la cuota de responsabilidad que nos corresponda, y saber que una persona, en cualquier lugar marca la diferencia, hace la realidad, en algún grado, diferente; y que el viaje de miles de kilómetros comienza con un solo paso, ese paso, grande o pequeño, en la dirección adecuada, que está a nuestro alcance y que solo nosotros somos responsables de haber dado o no.

CASANDRA Y LA EDUCACIÓN (2)

CASANDRA Y LA EDUCACIÓN (2)


EL PACTO

Es la palabra de moda, la segura panacea de todos nuestros males, la esperanza de un futuro mejor o la coartada para que todo siga igual. Tenemos los ojos puestos en ellos, con el sincero desencanto de la causa perdida o con cierta ironía hipócrita del que no espera nada pero del que tampoco desea nada. Se trata de la escenificación del autismo político predominante, la perfecta representación de un teatro del absurdo en la que no hay actores y espectadores sino que los papeles de una misma función se encuentran repartidos de igual manera entre la platea, el escenario y las bambalinas. Aplaudamos el melodrama y aplaudámonos a nosotros mismos. Pero cambiemos el foco y proyectemos su luz sobre otro tablado, el de nuestro lugar de trabajo, el de nuestro centro. ¿Cuál es nuestro pacto? Quizás el de “si tú me dejas en paz yo te dejo en paz a ti”, quizás el de “no hay nada que una más que el de un enemigo común” o el de “puesto que el ideal es imposible pongámonos de acuerdo en no acometer tampoco lo posible”, “puesto que nuestras opiniones son diferentes mejor no tocar las cosas”, el del lenguaje políticamente correcto, el de medir las palabras, el de guardarnos las disidencias. Es ahí donde percibimos lo complicado que es alcanzar acuerdos, lo renuentes que somos al diálogo, lo duro de los compromisos y las obligaciones. Es ahí donde nos hacemos conscientes de lo difícil que es un pacto y de lo reacios que somos a intentarlo. Para ser sinceros con nosotros mismos, no deberíamos hablar de pactos, sólo deberíamos hablar de componendas.

DE ANALFABETOS

¿A qué invitan nuestros centros? ¿de qué nos hablan sus paredes? ¿qué se respira en su entorno? ¿la educación planificada empieza y acaba en nuestra materia? ¿hay iniciativas más allá de esos cincuenta minutos? Es un centro, sí, ¿de qué? ¿Se trata de un entorno de aprendizaje rico? Lo sabemos, nuestros alumnos no tienen deseo por saber aquello que no saben. No tienen curiosidad. Lo sabemos, en las familias no siempre se cuida esa curiosidad. ¿La tenemos nosotros? ¿Qué leemos? ¿Por qué nos interesamos? ¿Qué hacemos en nuestro tiempo libre? ¿La transmitimos? ¿La contagiamos? ¿Es el centro un proyecto común o una mera suma de agregados? ¿Estamos un centro cultural, verdaderamente cultural o ante un mero centro expendedor de aprendizajes? ¿A qué nos aproximamos más? Horario de apertura y de cierre de la ventanilla; por favor, guarden su turno; guarden silencio, no se muevan, no piensen fuera de las horas establecidas ni más allá de las normas obligadas. No, no, no. ¡Qué bonita es la creatividad! ¿La estimulamos o nos estorba? ¡Qué linda la curiosidad... y cuanto incordia un niño curioso!

Se acabó hace años el analfabetismo, hoy el sistema educativo, los centros educativos, han de estar para algo más, corremos el riesgo de sacar en serie personal letrado, pero analfabeto funcional; personal instruido pero analfabeto cultural, personal enciclopédico pero analfabeto emocional. ¿Y nosotros?

CORINTIOS XIII Remake

(Un discurso pasado de moda)

Aunque domine todos los idiomas y tenga el don de la palabra, si me falta emoción, conocimiento y sinceridad en lo que digo no soy nada más que una campana que resuena sin parar.

Aunque controle las nuevas tecnologías y esté a la última en el software y el hardware más moderno, si no hay cercanía y humanidad en mi trato no soy sino una fría herramienta al servicio de los poderosos.

Aunque haya leído todos los libros, llenado mi currículum de títulos y de créditos, si mi sabiduría no nace de mi contacto con la realidad y de mi sensibilidad ante el dolor y el sufrimiento no soy sino un engolado patán que vive de la adulación y de la falsedad.

Aunque presuma de mi fe o de mi ideología, de la férrea defensa de mis valores, si no tengo ternura y capacidad de escucha y diálogo no soy sino una roca sorda a lo que a mi alrededor ocurre.

Aunque sea capaz de hacer las más bellas programaciones, hilar con soltura competencias, objetivos, contenidos, indicadores y criterios de evaluación si mi práctica no transmite pasión, no se interroga y no crea personas críticas, libres, comunicativas y solidarias, no pasarán de ser papeles pasto para las llamas.

Aunque pretenda dar lecciones desde la cátedra de mi grandeza si no tengo amor sólo es ostentación hueca que a nadie le sirve.

El amor es paciente y muestra comprensión. El amor no tiene celos, no aparenta ni se infla. No actúa con bajeza ni busca su propio interés, no se deja llevar por la ira y olvida lo malo. No se alegra de lo injusto, sino que se goza de la verdad.

El amor nunca pasará. Las tecnologías quedarán desfasadas y perderán su razón de ser, callarán las lenguas y ya no servirá el saber más elevado, porque todo saber queda muy imperfecto. La ternura, la humanidad, la emoción, la sinceridad, el diálogo, el amor, en eso consiste el verdadero conocimiento y sabiduría, la que nunca dejara de ser necesaria.


CASANDRA Y LA EDUCACIÓN (1)

miércoles, 10 de agosto de 2011

TORMENTAS


Me gustaba observar en el filo del temor el batir del agua sobre el suelo, escuchar su repiquetear constante. Con la nariz pegada al cristal de la ventana y mis manos posadas en él me encontraba atrapado en esa magia de la naturaleza desbordada que yo contemplaba desde mi refugio. Eran especialmente emocionantes las tormentas nocturnas que muy frecuentemente se cargaban la luz de la casa dejándonos a oscuras durante importantes periodos de tiempo, en esa oscuridad, apenas contrarrestada a veces por la tímida luz de una vela sobre una palmatoria metálica que corríamos a buscar cuando llegaba el momento, me sentía saboreando el riesgo pero sintiéndome a salvo a la vez. En casa. La descarga del rayo iluminaba por unos segundos todos los rincones de la estancia y uno se estremecía temiendo ver aparecer algún viejo espectro conviviendo con nosotros. Inmediatamente, en una proporción exacta a la iluminación vertida, el trueno hacía temblar los cimientos de la casa y los débiles cimientos de un pequeño de ocho años, absorto ante el espectáculo, pegado al cristal de la ventana, temeroso de que esa furia desbordada fuera llegara a invadir por un instante el espacio de seguridad en el que se encontraba a salvo. Mi casa. La tormenta terminaba calmándose, el repiquetear del agua sobre el pavimento iba suavizando su fuerza hasta desaparecer, los rayos se iban alejando, los truenos terminaban por convertirse en meras parodias de aquellos que me estremecieron, la luz volvía y todos estábamos allí de nuevo, en el mismo punto en el que la tormenta nos sorprendió, recuperando el ritmo cotidiano y felices de estar en casa. Mi casa. A salvo, siempre a salvo.

Pero no.

La vida me ha hecho vivir muchas tormentas como aquellas de mi infancia que han ido perdiendo la magia al tiempo que han sido domesticadas y han terminado siendo vividas como algo ajeno a nosotros, como un suceso al que no merece la pena prestar nuestra atención. La casa se ha ido haciendo grande y fuerte, más poderosa que ellas, más resistente, capaz de un progresivo desencantamiento con el que pude tener la tentación de creer me pondría definitivamente a salvo.

Pero no. Nuevas tormentas aparecen en la vida, carentes de magia, crudamente reales, las que siempre te pillan a la intemperie, de las que no puedes huir, con las que tienes que aprender a convivir.

Una mañana cualquiera te despiertas en pleno aguacero, frágil, extraordinariamente frágil, a tus cuarenta años, y la casa no te protege. La naturaleza se ha vuelto extraordinariamente poderosa y parece haber tomado posesión de ti. Un trueno ensordecedor que te deja atontado, que no se acaba nunca, que has de llegar a cabalgar si quieres dominarlo y no convertirte en un títere de él. Cabalgar el trueno y encontrar también en él los momentos de ternura; adecuar su ensordecedor ruido a tu nuevo ritmo de vida para volver a escuchar las diferentes escalas de sonidos que la vida te ofrece, incluso aquellos otros que antes pasaban desapercibidos para ti. Cabalgar el relámpago para que te ilumine las zonas escondidas que desconocías que existieran. La tormenta te hace sentir débil, pero sólo en el centro de ella experimentas la verdadera fortaleza. Calado hasta los huesos, ebrio de penas, valoras todavía más los momentos de alegría. Cuando la luz vuelve y todos estamos allí de nuevo, en el mismo punto en el que la tormenta nos sorprendió y seguimos viviendo, y seguimos riendo, seguimos queriéndonos, a pesar de la tormenta.

Son peores las tormentas que desencadenas tú. Tú eres el rayo. Tú eres el trueno. Tú la furia de la naturaleza. La tormenta te estalla por dentro y los fragmentos de ti mismo se expanden y van fragmentando la realidad que te rodea y a los que en ella están. Y la luz no siempre vuelve, te despiertas en una penumbra que todo lo envuelve, y no sabes como recomponer el puzzle que deshiciste, como encontrar las piezas que has perdido, como dejar de llorar aunque las lágrimas se te hayan secado. Tu casa ya no es tu casa. No existe refugio en el que puedas esconderte de ti. Tú has sido el caballo desbocado que no has aprendido a cabalgar.

El tiempo ha continuado. Huele a tierra mojada. Un tenue arco iris se dibuja en el horizonte. Las nubes siguen ahí. Amenazan tormenta. Apoyado en el alfeizar de la ventana contemplas la vida pasar. Huele a tierra mojada. Un tenue arco iris se dibuja para ti en el horizonte.

viernes, 5 de agosto de 2011

LA POLÍTICA Y SUS ESTIGMAS


A veces creemos caminar en un sentido y realmente vamos hacia otro, pensamos que fomentamos algo muy diferente a lo que en verdad estamos construyendo. La contestación al ejercicio que se hace de la política se encuentra justificada. Uno puede estar legítimamente indignado. Esa indignación necesariamente se muestra a través de gestos y palabras, pero, realmente, ¿estamos diciendo lo que queremos decir? ¿Nos movemos y llamamos hacia donde queremos ir? Todos los políticos son iguales, cuando llegan al poder todos terminan haciendo lo mismo, la política es una actividad perversa, adulterada, rechazable. Me da miedo este discurso en la medida en que en él es fácil encontrarse coincidiendo en lugares comunes pensamientos muy diferentes, alentando estereotipos, reforzando formas de pensar muy peligrosas.

En el rechazo a la política mediante esos clichés he visto coincidir últimamente personas que creo se encuentran en las antípodas, unos indignados con tan poco en común como los del 15-M y Julio Iglesias. Ese rechazo viene de lejos, de la época franquista en el que política, problemas e intenciones perversas, se asociaba, sobre todo, a la izquierda. Lo que hacía el régimen no era política. Berlanga lo expresó muy bien en su película “La escopeta nacional”, creo que a través del Marqués de Leguineche o alguien de su parentela: “Yo soy apolítico, de derechas de toda la vida”. ¿A quien castiga realmente esta forma de pensar? Las mismas personas que detestan la política son las que en las urnas acuden sin problemas a votar derecha.

Se trata de una manera de pensar que determina claramente un ellos pecador y un nosotros inmaculado. El mero hecho de no pertenecer a un ellos es lo que parece justificarnos. Se trata, evidentemente, de un pensamiento maniqueísta en el que no hay matices, punto intermedio entre el bien y el mal. Un pensamiento enormemente simplista. Si abstraemos el comportamiento en sí de muchos políticos no es diferente de las ambiciones, de los enfrentamientos que podemos encontrar en el interior de la mayoría de las organizaciones sociales (sindicatos, ONGs, Iglesia, etc.): las guerras por el poder, el deseo de salir en la foto, el establecimiento de camarillas, el apego al poder y a sus privilegios por pequeños que estos sean… No es diferente de las triquiñuelas y falsedades que abundan en el común de los mortales a la hora de declarar a Hacienda, de las facturas sin IVA, del dinero negro, de los regalos para facilitar la promoción del producto, a las que rutinariamente estamos acostumbrados. No es diferente de las zancadillas que se producen en el lugar de trabajo, de la querencia por determinados puestos y el rechazo de otros, del deseo por trabajar poco y cobrar mucho, de lo que observamos y vivimos en el mundo laboral. El problema radica no en que los políticos sean diferentes al resto de los mortales sino en que unos y otros están hechos de la misma calaña, que la supuesta virtud de muchos no es resistir la tentación sino que, con rabia y envidia, no han llegado a ser tentados, la vida no les ha ofrecido la oportunidad. Todo esto no supone una exculpación de la “clase” política, no es un valor que políticos y pueblo sean uno, hayan crecido y se hayan formado en los mismos valores, la exigencia es que los políticos actúen de una manera diferente. La responsabilidad de un político no es solo gestionar la realidad, es también educar y hacerlo en los contravalores dominantes. Al menos de un político que pretenda transformar la realidad.

Ese pensamiento tiende también al aislamiento. No hay nada mejor para quedar limpios que lanzar la basura a otros, la basura que los estigmatice. Esa generalización, ese meter a todos en el mismo saco y a la cloaca con ellos, nos irá, si fuéramos mínimamente honestos con ese proceder, poco a poco dejando solos en la isla de la verdad. Hoy todas las personas dedicadas a la política, mañana todas las que piensan de una determinada manera, pasado las que tienen unas creencias, al otro las originarias de algún lugar, después las que ejercen una determinada profesión, y así ir reduciendo nuestro círculo cada vez más limpios, cada vez más solos, cada vez más puros. Cada vez más simples, cada vez más arbitrarios, cada vez más rechazables.

En esa generalización el “todos son iguales” que le acompaña, sencillamente no es verdad. No hay excepciones que confirmen la regla, las excepciones lo que hacen es confirmar que la regla está equivocada. Me cuesta creer que haya alguien tan decididamente ciego como para ser incapaz de encontrar alguna excepción. Existen, y son abundantes. No es cierto que todos se hayan hecho ricos, que hayan metido la mano en la caja común. No es cierto que todos miren únicamente por su propio interés. No es cierto que todos anden buscando aumentar sus privilegios. No es cierto que todos hayan perdido la sensibilidad necesaria como para mirar hacia los más necesitados. Equivocarse no es un estigma. Solo se equivoca quien tiene que decidir, quien no tiene que hacerlo puede estar libre de error, pero carente de mérito por ello. Es falsa esa generalización, como seguramente, en la sociedad, lo es cualquier otra.

El ejercicio de la política es hoy muy mejorable y uno no puede evitar el bochorno ante su espectáculo, pero siempre será muy necesaria. En esa exigencia de mejora lo verdaderamente imprescindible no es el rechazo de la política sino su reivindicación. Lo exigible a todos, a políticos y a todo ciudadano, es no dejar de ejercer la facultad de pensar y no hay pensamiento verdadero sin matices, sin complejidad, no dejarse llevar por los pensamientos y directrices de otros, no utilizar en la comunicación lugares comunes que introducen troyanos en la sociedad y en nuestra propia cabeza.




miércoles, 27 de julio de 2011

LA LOCURA DE ULISES

Ulises cabalgaba a lomos de una historia que le hacía grande.

Penélope tejía sueños en la noche para recibirle.

Ulises, el grande, navegaba entre temporales en busca de Ítaca. La isla donde crecen los sueños. Cabalgaba a lomos del cíclope. Dueño y señor de las bestias.

Y uno de sus sueños decía así:

Ulises no fue capaz de cumplir el mandato de Atenea de parar el derramamiento de sangre y en su fuero interno seguía persiguiendo a sus enemigos cual un águila de alto vuelo. La cólera de Poseidón continuaba persiguiéndole sin descanso aún en los brazos de Penélope. La maldición de Polifemo azotaba su espíritu. Había alcanzado su Ítaca pero la espada permanecía agitándose en su corazón. Los enemigos acechaban aun en el momento del placer y él los buscaba para alcanzarlo. El largo viaje había marcado cicatrices en su interior de las que no era capaz de desembarazarse. Y la guerra y la ansiedad se convirtieron en sus perpetuos compañeros de viaje. Y el dolor se vestía de placer para hacerse soportable; y el placer se vestía de dolor para alcanzar los cielos.

En las noches de zozobra buscaba el recuerdo de Penélope para excitarse, pero junto a ese recuerdo le fue asaltando la duda. Dónde estaría Penélope. Con quién. Qué estaría haciendo. Y fue poniendo entre el oleaje formas, lugares y nombres a esas preguntas; y la duda también se convirtió en excitación; y las historias en su propio caballo de Troya que ya nunca le abandonó. Y a ese caballo para él se le puso nombre: Antínoo.

Yacía junto a Penélope. Ella recostaba su cabeza sobre el pecho de él. Él peinaba sus cabellos con su mano izquierda y con su derecha recorría el contorno de su cuerpo. Besaba con fruición su boca, enroscando su lengua en la de ella. Lamía con deleite sus pechos, regodeándose en el ir y venir de sus pezones. Enredaba sus dedos en el vello de la ingle y atacaba con desmesura el secreto del placer, la cueva de los goces y los lamentos. Y para experimentar el éxtasis ya siempre lo necesitaba a él.

-Háblame de Antínoo.

Y ella le hablaba de Antínoo. De cómo la tentación se convirtió en disfrute. De cómo el pecado le llevó a la gloria. De cómo en la soledad de la espera, Antínoo le abrió las puertas de la vida reservadas para Ulises. De cómo derribó sus murallas, de cómo acometió la empresa, de dónde, de cuándo, de qué. Antínoo. Antínoo y Penélope. Antínoo, Penélope y Ulises. Y Antínoo. Y Ulises. Alcanzando la cumbre del disfrute cargándolo sobre su espalda. Y Penélope. Y Antínoo.

Cada noche se volvían a encontrar los tres en las historias de Penélope. Cada noche Ulises tenía mayor necesidad de su recuerdo. De escucharla rememorándolo. De verla en él. De hacerse presente en el pasado. De sufrir y de gozar.

Y el recuerdo fue creciendo y se fue convirtiendo en un cíclope que no era capaz de dominar. Y su Penélope en una mujer que no era capaz de reconocer en la memoria. Y entonces empezó a sentir miedo. Ulises el conquistador de Troya. Ulises el vencedor de Polifemo. Ulises, capaz de huir de los gigantes. Ulises, inmune a las artes de la hechicería. Ulises, burlador de los mares y de los dioses. Ulises, tenía miedo. Cabalgaba ciego sobre la espalda de un monstruo escuchando carcajadas a su alrededor. Ulises, el ingenioso, había sido burlado. Ulises, el grande, estaba asustado. El suelo se había hundido bajo sus pies. No existía norte, ni sur para él. Ni este ni oeste. Ciego y desorientado, el monstruo que él había creado jugaba a su antojo con Ulises.

Una noche Penélope lo encontró sollozando como un niño. Hecho un ovillo y escondido debajo de la sábana.

-¿Qué te ocurre guerrero mío?

Se recostó a su lado y atrajo con sus brazos su cabeza hasta su pecho.

- ¿Qué te acecha?, mi fortaleza y mi sostén. ¿Por qué lloras?

- No te reconozco, mi casta Penélope. Has sido casta para mí e impúdica para él. Suave llovizna sobre mi cuerpo y violenta tempestad sobre el de él. Tímida doncella para mí y turbia y atrevida con él. ¿En qué fallé? ¿Qué me perdí? ¿Por qué saboreó él las mieles a mí reservadas? Siento que Ulises el fuerte es débil y frágil como un corderillo. Siento que el viaje fue eterno, que aún no he llegado, que ya no volveré. Que el tiempo me arrebató lo que más deseaba y que me ha devorado a mí también.

- ¿Cómo puedes decir eso, mi fiel Ulises? ¿Cómo puedes haberme creído? ¿No me conoces acaso? Soy tu casta Penélope. Siempre lo he sido. Nunca fui de otra manera. Nunca podré serlo. Por ti he creado este sueño. No dejes que se te convierta en pesadilla.

El llanto rompió definitivamente el dique. Sus lágrimas mojaban los senos de Penélope. Su cuerpo convulsionaba entre los brazos de ella. El lloro fue el rocío que apaciguó sus temores. Entre caricias su respiración fue recobrando la calma. El sueño fue envolviendo sus ojos cerrados.

- Mi pequeño Ulises. Sólo tú has sido mi principio y mi final. Sólo a ti estaba destinada desde antes de nacer. Sólo tú has estado y estarás en mí.

Fue besando la humedad que quedaba entre el surco de sus parpados, las pequeñas lágrimas que en su rostro esperaban el beso, y Ulises volvió a ser fuerte. Ulises el conquistador de Troya. Ulises el vencedor de Polifemo. Ulises, capaz de huir de los gigantes. Ulises el naufrago arribó a las costas de la paz y se quedó dormido. Penélope acariciaba sus cabellos y en susurros le decía:

- Tonto. Mi tonto. Mi amado tonto.- Pero Ulises, dormido, no pudo ver la sonrisa mezcla de ironía y ternura que se esbozó en su rostro.

martes, 19 de julio de 2011

LA BANALIDAD DEL MAL


Los jueces sabían que hubiera sido muy confortante poder creer que Eichmann era un monstruo… Lo más grave en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales. Desde el punto de vista de nuestras instituciones jurídicas y de nuestros criterios morales, esta normalidad resultaba mucho más terrorífica que todas las atrocidades juntas, por cuanto implicaba que este nuevo tipo de delincuente… comete sus delitos en circunstancias que casi le impiden saber o intuir que realiza actos de maldad.

La expresión banalidad del mal fue acuñada por Hannah Arendt (1906-1975), filósofa alemana de origen judío, en su libro Eichmann en Jerusalén. Karl Adolf Eichmann fue un Teniente Coronel de las SS nazi. Fue el responsable directo de la solución final, principalmente en Polonia, y de los transportes de deportados a los Campos de Concentración alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Fue secuestrado en Argentina, donde se escondía bajo personalidad falsa, por agentes del Mossad israelí y llevado a Israel donde fue juzgado y ahorcado. En el libro, Arendt describe no solamente el desarrollo de las sesiones, sino que hace un análisis del «individuo Eichmann». Para Arendt, Eichmann no era el «monstruo», el «pozo de maldad» que era considerado por la mayor parte de la prensa. Los actos de Eichmann no eran disculpables, ni él inocente, pero estos actos no fueron realizados porque Eichmann estuviese dotado de una inmensa capacidad para la crueldad, sino por ser un burócrata, un operario dentro de un sistema basado en los actos de exterminio.

Sobre este análisis Arendt acuñó la expresión «banalidad del mal» para expresar que algunos individuos actúan dentro de las reglas del sistema al que pertenecen sin reflexionar sobre sus actos. No se preocupan por las consecuencias de sus actos, sólo por el cumplimiento de las órdenes.

El análisis del libro va mucho más allá de un personaje histórico y de unas circunstancias excepcionales, esto es, precisamente, lo aterrador del mismo, es extensivo a individuos absolutamente vulgares y a circunstancias completamente ordinarias, tan ordinarios unos y otras que no podemos considerarnos exentos de un riesgo de deslizamiento hacia los mismos.

Mientras leía el texto no podía evitar la comparación con nuestra situación actual ¿Dónde encuentro los paralelismos?

Suspensión del juicio propio. La opinión está en los medios. La insistencia permanente de estereotipos y simplismos que alimentan pasiones y bajos instintos, carnaza para la fiera que podemos esconder, leña para la hoguera que nos encienda, batería para el clon que responda adecuadamente a los estímulos, nos lleva a guiarnos por clichés que a fuerza de repetidos llegamos a considerar verdaderos y atrapados en la supuesta objetividad de los mismos no percibimos el pensamiento dominante que esconden. Repetimos las mismas palabras y terminamos apresados en la misma ideología que disfraza bajo ropajes distintos nos hace vivir en la ilusión de la unión dentro de la diversidad. Lo que es el pensamiento común, compartido, no puede equivocarse. Se trata de la tranquilidad de sentirse dentro del rebaño.

No tuvo Eichmann ninguna necesidad de cerrar sus oídos a la voz de la conciencia, tal como se dijo en el juicio, no, no tuvo tal necesidad debido, no a que no tuviera conciencia, sino a que la conciencia hablaba con voz respetable, con la voz de la respetable sociedad que le rodeaba.

Esa respetabilidad del entorno lleva a la enajenación de la conciencia. La conducta de rebaño no la da la amplitud de la masa que me justifica, sino la actitud con la que yo me muevo dentro de ella. El rebaño puede ser de millones pero también puede estar formado por dos, baste con mi temor a disentir de la opinión dominante en él, con que el miedo a la soledad me pueda, con mi temor a trasgredir lo sacralizado, con la necesidad de moverme en base a los clichés dominantes para sentirme arropado en el rebaño y dentro del calor de su establo.

Este indignante cliché ya no se les daba desde arriba, era una frase hecha, tan carente de realidad como los clichés con los que la gente había vivido durante doce años; y casi se podía ver la “extraordinaria sensación de alivio” que proporcionaba al que la pronunciaba.

El alivio puede ser peligroso, la tensión puede ser sanadora. La clave es nuestra capacidad de disensión con nuestro entorno. La pregunta es si soy capaz de ello, si nunca llevo el paso cambiado con él, si soy incapaz de soportar la tensión que esto conlleva, si renuncio para ello a un pensamiento propio, a un juicio propio, al ejercicio de un discernimiento ético. La fiera se encuentra escondida en el cordero a la espera de recibir la orden. El cordero crece en el maniqueísmo, este no puede sobrevivir sin depredador y víctima, sin carnívoro y sin sangre, sin carnicería y chivos expiatorios.

En realidad, una de las lecciones que nos dio el proceso de Jerusalén fue que tal alejamiento de la realidad y tal irreflexión pueden causar más daño que todos los malos instintos inherentes, quizá, a la naturaleza humana.

Un ejército de ovejas transformado en alimañas prestas a la crueldad cuando esta parezca necesaria, porque la crueldad puede ser fácil (Experimento de Milgram y Experimento de la cárcel de Stanford) basta con sentir la voz respetable de nuestro entorno coreando el mordisco, no pensar y dejarse llevar, no pretender que nuestros ojos vean una realidad distinta a la del resto, elegir la victima propiciatoria (inmigrantes, gitanos, negros, asiáticos y pobres en general) y repetir un discurso a base de clichés que la culpabilice a ella y nos exima a nosotros. Donde no hay razonamiento solo tripas, no valen argumentos (La lección de la terrible banalidad del mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes); cuando se fomenta la visceralidad, se apela a los sentimientos más profundos, allá donde se confunden con facilidad juicios y prejuicios es posible revolver en un solo ser, a la espera del motivo desencadenante, a la bella y a la bestia, Apolo y Ares, nadie y todos. Podemos convertirnos en simples ecos de la barbarie. Escuchamos la barbarie sentados plácidamente, la repetimos como si fuera un acto menor, en eso consiste el espectáculo. Alimentados de sangre y casquería terminamos exigiendo sangre y casquería.


El fin justifica los medios. Lo acertado o no de las decisiones radica en el éxito, es la medida no solo de la elección correcta sino también de su moralidad. Pero el éxito propio también supone un fracaso ajeno y este fracaso ajeno también ha de utilizarse como medida del acierto. No hay éxito completo sin fracaso de la misma manera que no hay depredador sin pieza cazada y sin ostentación de la misma. Esta es la raíz de todo discurso más allá de las palabras que lo recubren y del pretendido sentido con el que se distrae y es también el principio que es necesario extirpar. Nos encontramos ante una sacralización del éxito que es a la vez una degradación del ser humano. El éxito no es gratuito, también tiene un coste, el de las renuncias que supone. Renuncias a sueldo. ¿A qué parte de nosotros renunciamos? A la del pensamiento propio, a la de la inteligencia, a la de los criterios éticos como guía de nuestra vida y con ellas a la bondad y a la misma espiritualidad aunque paseemos con exuberancia los estandartes de nuestras creencias. La renuncia a ser nosotros mismos, quizá un ser raro perdido entre clones, quizá un ser libre que camina en sentido contrario.

Deja que te maten, pero no cruces esa línea, dice una frase rabínica. El pensamiento dominante viene a decir, cruza las líneas que sean necesarias para alcanzar el éxito. El verdadero pensamiento contracultural plantea todo lo contrario, nunca traspases ciertas líneas para conseguir triunfar, la victoria es un arma envenenada si has de renunciar a ser tú mismo, la gloria un pesado fardo que terminará aplastándote. Este el pensamiento auténticamente subversivo y escandaloso: nunca traspases ciertos límites sea cual sea su recompensa, el mal es una opción y nunca es fútil, sus efectos no son intrascendentes, nuestras decisiones nunca son triviales. Derrota no es sinónimo de fracaso. Elige la derrota si el coste de la victoria afecta a tu dignidad. No dejes de pensar, no dejes de juzgar, no dejes de oponerte cuando las circunstancias lo exijan, no cierres los ojos a la realidad por muy incómoda que te sea, no dejes de valorar el papel que juegas en el escenario, no te dejes arrastrar por el sumidero hacia la cloaca de la normalidad cuando esta tiene el precio de algunas renuncias.


jueves, 14 de julio de 2011

PALABRAS ESCURRIDIZAS



Las palabras se le iban escurriendo entre los dedos de la memoria. Se trataba de una enfermedad rara, era capaz de leer y de reconocer a las personas y los objetos que le rodeaban, sin embargo, no era capaz de nombrarlos. Se encontraba inmerso en un proceso cada vez más acelerado de pérdida de vocabulario contra el que no estaba dispuesto a ceder, para ello leía todo lo que caía en sus manos y todo aquello que encontraba a su alrededor: carteles, periódicos, octavillas, anuncios, rótulos luminosos, letra pequeña, títulos, subtítulos, prólogos, epílogos, índices, prospectos, cualquier texto que encontrara en el interior de una fotografía, los pies de foto, tickets, facturas, entradas, pegatinas, propaganda impresa, tejida en ropa, y prestaba atención a todas las conversaciones que tuvieran lugar en su entorno, nunca participaba en ellas, solo escuchaba, atento a cualquier sonido que le pudiera llegar y discriminar su significado. Veía la tele, oía la radio con el único afán de atesorar palabras y resistirse a su pérdida, pero, por encima de todo, se impuso un objetivo, leer todos los libros posibles, vampirizar su terminología para poder vivir de ella, comunicarse a través de las palabras que iba adquiriendo de los otros. Así hizo de su casa una enorme biblioteca en la que resultaba difícil no encontrar alguno de los títulos más selectos del pasado y del presente, ya que, siendo consciente de la infinitud de su empresa y de los límites de sus capacidades resolvió rodearse de lo mejor de lo mejor tanto en ficción como en ensayo, para poder así, en esa guerra sin cuartel contra las palabras escurridizas, hacer gala de un repertorio escogido y de altura nada coherente con el mal que le aquejaba.

Decidió, para no dejarse nada de interés en el camino, seguir una trayectoria lectora en estricto orden cronológico, así emprendió su labor a partir de la literatura antigua. Un plan bien ideado que solo puso de manifiesto un problema, cómo a medida que iba adquiriendo vocabulario también lo iba perdiendo, este, en cada momento, se hallaba en consonancia con la época que en ese momento leía, así podíamos encontrarnos con una persona claramente anacrónica ya que de igual manera podía hablar permanentemente, por un tiempo, en un castellano muy antiguo, casi lengua romance, “fijo de la mala putanna” podía oírsele gritar cuando en ese momento se enfurecía; o en otro fuertemente influido por el autor que en ese momento se encontraba leyendo, el culteranismo de Góngora, “y al dulce lo extiende luego, que, lamiéndolo apenas mi dulce lengua de templado fuego, lento lo embiste, y con süave estilo la menor onda chupa al menor hilo” comentaba con deleite al desayunar; la densidad de Valle-Inclán, “ándele pendejo” gritaba al chico que le llevaba a casa los encargos de ultramarinos, “eres pelinegra flor temprana, hueles a nardos” susurraba con sonrisa pícara a la muchacha de la limpieza; o el realismo mágico de García Márquez con el que se aplicó con José Arcadio Buendía a la invención del aparato para olvidar los malos recuerdos, el emplasto para perder el tiempo y sobre todo a inventar la máquina de la memoria para poder acordarse de todo.

Tales circunstancias, en un primer momento, produjeron perplejidad entre las personas que le rodeaban lo que le llevó a situaciones realmente incómodas, dado su afán por capturar palabras en el aire en múltiples ocasiones le llamaron la atención por mantenerse a la escucha y en alguna de ellas se encontró en riesgo de recibir una buena ración de palos. Poco a poco fue encerrándose en su casa y dedicó su tiempo íntegramente a la lectura. Pero su enfermedad fue avanzando, su olvido, día a día, fue haciéndose más rápido lo que le llevó a obsesionarse en la búsqueda de léxico. Igualmente, poco a poco fue disminuyendo el grosor de los volúmenes que leía y fue aumentando la velocidad a la que lo hacía. Conforme pasaban las jornadas se fue mostrando incapaz de combinar la terminología que iba absorbiendo; puesto que solo era capaz de manejar una pequeña ración de ese vocabulario sus iniciativas de comunicación fueron disminuyendo, así como su capacidad para hacerse entender y fue cayendo no sólo en ser contemplado como un acontecimiento extraño sino en un progresivo agujero profundo de incomunicación. Lo anecdótico se convirtió en cotidiano y lo divertido en aburrido y con ello se fue encontrando cada vez más solo, era menor su número de visitantes y mayor su exposición al auxilio único de la letra impresa.

Incapacitado para ser dueño de las palabras fue convirtiéndose en súbdito de los libros y sus intentos de comunicación en meros conatos ya que imposibilitado para reorganizar el orden de los vocablos se encontró sometido a la obligación de utilizar fragmentos completos de aquello que se encontraba leyendo en ese momento. Pero no siempre es plausible alcanzar a encajar uno de esos fragmentos en las situaciones ordinarias en las que nos encontramos sin prestarse a equívocos y hacerse entender. “No es verdad ángel de amor” era poco más de lo que atinaba a decir cuando intentaba iniciar una conversación fuera con alguna monja que llamaba a la puerta de su casa solicitando una caridad, a la mujer del tendero bien entrada en canas y carnes o al propio tendero.

Y esas porciones textuales también fueron adelgazando así como los textos con los que intentaba detener la sangría a la que se veía expuesto, cada vez más cortos, cada vez más básicos. Cuentos de Andersen, Perrault o de los hermanos Grimm, lecturas pequeñas, cuentos mínimos que fueron infantilizando su relación con los demás. Las grietas iniciales por las que notó en un principio el mal que le afectaba se convirtieron en una escorrentía que arrasó no solo la comunicación con los demás sino la que intentaba consigo mismo. Incapaz de elaborar un mínimo pensamiento interior fue convirtiéndose en un ser casi exclusivamente contemplativo, incluso cuando releía una y otra vez las lecturas muy elementales con las que intentaba, con la poca tenacidad que le quedaba, sentirse vencedor, al menos, de la última batalla.

Y quizás fue así, “mi mamá me ama” fueron las últimas palabras que se le escucharon poco antes de morir.