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martes, 20 de noviembre de 2018

ATRAPADO




Atrapado en el zulo, inmóvil, rodeado de silencio, con una eternidad por delante. Cuando eres absolutamente dependiente en cada uno de tus gestos por mínimo que sea, rodeado de tecnología inútil para hacerte autónomo, una cama articulada para la que necesitas otras manos, que no sean las tuyas, que puedan moverla, un mando de televisión necesitado de otros dedos capaces de pulsarlo, una silla de ruedas eléctrica capaz de moverse, inclinarse y elevarse pero en la que permanezco quieto si otra persona no la maneja, un ordenador que puedo manejar y escribir con la mirada pero que exige otra persona que lo encienda y que te lo ponga a punto, cuando cada uno de tus gestos por minúsculo que sea necesita la participación de otra persona tu tiempo ya no es tu tiempo y es inevitable que en algún momento salten chispas, surja un conflicto, salvo que compres ese tiempo, que pagues un salario porque esas manos y esas piernas sean también las tuyas, pero esto no siempre es posible. Los ritmos de las personas no son iguales como no lo son sus quehaceres. Tu completa inmovilidad no tiene por qué significar la inacción absoluta. Tu tiempo ha de estar ocupado por distintas actividades, a pesar de tu parálisis no puedes encontrarte condenado a la muerte en vida, pero esta exigencia, en tu situación, lleva necesariamente al choque de vidas, a interrumpir los diferentes ritmos, incluso, dentro de estos, a interrumpir el descanso.
Atrapado en un cepo que te mantiene encerrado en un habitáculo mínimo del que no puedes escapar y en el que parece que te falta el aire. Quien te cuida tiene su propia vida que necesariamente no tiene la lentitud y la continua pausa que tiene la tuya, puedes pagar por poseer el tiempo de un extraño para ti pero no puedes hacerlo con alguien de tu familia, la convivencia familiar no se debe mercantilizar aunque su coste sea la aparición de esos momentos de conflicto. Obligatoriamente las circunstancias llevan a un reparto de roles, tú  eres el que demanda la presencia de alguien y la otra persona la que tiene que interrumpir su labor. Difícilmente sabrás la oportunidad del momento y qué es aquello que vas a interrumpir y por lo tanto cómo la otra persona va a acoger tu llamada, de la misma forma que el detalle que pides puede parecer minúsculo o importante difícilmente puedes prever el tiempo que transcurrirá entre una llamada y otra. Tu realidad es diferente a la otra por lo que también es distinta la manera en cómo se percibe por cada parte. Lo quieras o no supones una carga que ha de ser sobrellevada y superada; una carga que tú no sabes cómo resolver, te sientes completamente impotente para ello, el tiempo pasa y esa carga no solo no desaparece, sino que se acrecienta. El amor y el cansancio conviven, cada día que pasa el agotamiento es mayor, el amor se mantiene, pero la culpa aumenta. ¿Cómo puede uno compaginar cariño y conflicto, sentirse unida a la otra persona y experimentar el ansia de liberación? El final, algún día, tendrá que llegar y las lágrimas se unirán a un pequeño sentimiento de relajación, uno caminará solo, la calle será suya y el viento le dará en la cara. La carga ya no está, yo también habré descansado, los dos caminaremos siempre juntos sin sentimiento de culpa con la certeza de habernos querido.


martes, 30 de octubre de 2018

ENRIQUETA, EL OGRO Y LAS 1.001 NOCHES.


Resultado de imagen de ogro


Enriqueta era una niña traviesa y decidida que un buen día salió a pasear por el bosque espeso y tenebroso que había al lado de su casa. Sus padres no querían que se adentrase por él pero ella, cabezona como era, (traviesa, decidida y cabezona) no les hizo caso y esa mañana, deseosa de aventuras, se lanzó a  internarse entre las oscuras sombras que formaban sus árboles. Se paseó saltando y cantando durante toda la mañana y cuando consideró que iba siendo la hora de comer decidió regresar a su casa pero al poco del camino de vuelta se dio cuenta que no lo encontraba, que se había perdido, que era muy despistada (traviesa, decidida, cabezona y despistada) y no se había preocupado de ir señalizando el camino por donde pasaba. Pasaron las horas y seguía sin dar con la senda adecuada. La noche fue cayendo hasta formar un negro lienzo a su alrededor. Enriqueta, aunque era valiente (traviesa, decidida, cabezona, despistada y valiente) comenzó a sentir que las piernas le temblaban y los dientes le castañeteaban, nunca había pasado tanto tiempo perdida y sola, sus padres estarían preocupados y, lo peor, cuando volviera a casa le caería encima una buena regañina.
El tiempo transcurrió y la noche se fue cerrando a su alrededor y es entonces cuando escuchó una irónica y potente carcajada sin llegar a descubrir de donde provenía. Enriqueta miró hacia un lado, hacia otro pero nada y a nadie encontraba. Y la carcajada volvió a sonar. Enriqueta de nuevo miró hacia un lada, hacia otro pero continuaba sin encontrar ni nada ni a nadie. Pensó en seguir andando pero por tercera vez escuchó la carcajada atronadora y esta vez, junto con ella, descubrió una pierna enorme asomar de entre los árboles. La carcajada volvió a sonar y una figura enorme se presentó ante ella, una figura enorme, fea y desaliñada. Enriqueta quedó paralizada pero no tanto por miedo como por curiosidad, porque ella era muy curiosa (traviesa, decidida, cabezona, despistada, valiente y curiosa). Mientras observaba con extrañeza al ogro, pues ese ser enorme, feo y desaliñado era un ogro, éste se iba acercando a ella paso a paso. Una mirada y un paso, otra mirada y otro paso, así hasta que se encontró delante de ella, a un solo paso de distancia. Enriqueta le miró sorprendida de arriba a abajo y de abajo a arriba, nunca había visto un ser de ese tamaño y tan horripilante. El ogro no tuvo ningún problema en capturarla y ponérsela debajo del brazo, tampoco opuso resistencia Enriqueta porque pensó que al menos algo le daría de comer y es que la niña era una comilona (traviesa, decidida, cabezona, despistada, valiente, curiosa y comilona).
En cuanto llegó a su casa el ogro se puso a preparar la comida, aunque había desayunado y comido el ogro era un hambrón por lo que se dispuso a preparar la cena (enorme, feo, desaliñado y hambrón). Encendió la cocina, llenó una olla de agua, la puso al fuego, cogió a Enriqueta de las piernas y se dirigió con ella hacia la olla para ponerla a cocer.
- ¡Alto! ¿Dónde vas? ¿Qué vas a hacer? – gritó Enriqueta un poco horrorizada por lo que presentía y otro poco (bastante) enfadada.
- ¡Qué va a ser, cenar, ya es la hora! – le respondió el ogro sorprendido del desconocimiento de esa niña.
- ¿No irás a hacerlo sin escuchar antes un cuento? – le indicó ella, porque Enriqueta, además de todo era ingeniosa (traviesa, decidida, cabezona, despistada, valiente, curiosa, comilona e ingeniosa).
-¿Qué cuento? – preguntó asombrado el ogro.
- El que te voy a contar, pero si me echas en la olla no podré hacerlo – contestó Enriqueta.
El ogro, algo perplejo, la depositó en el suelo y se sentó una silla.
- ¡Venga ese cuento que tengo hambre!
Y Enriqueta comenzó a contar una larga y triste historia mientras el ogro primero comenzó a hacer pucheros para luego romper a llorar desesperadamente, y es que era un sentimental (enorme, feo, desaliñado, hambrón y sentimental). Esa noche el ogro cenó acelgas cocidas.
Al la noche siguiente, después de haber pasado todo el día fuera de casa, el ogro volvía saboreando la ternura de la carne de Enriqueta, el gusto que adquiriría con las especias y la extraordinaria sensación al metérsela entre sus labios. Con todo ello se le hacía la boca agua. Cuando llegó, encontró a Enriqueta sentada en la mesa de la cocina y echando un solitario.
- ¡Diablos! ¡ Qué ganas tengo de llevarte a mi boca! – y tal como entró, cogió a Enriqueta de sus pies y se precipitó con celeridad hacia la olla que por la mañana había dejado preparada.
- ¿Pero dónde vas, tragón? ¿Y qué pasa con el cuento? – le recriminó Enriqueta mientras se dirigía cabeza abajo hacia la lumbre.
- ¿El cuento? – exclamó el ogro quedándose clavado en el suelo.
- El cuento recuento de antes de la cena – le respondió Enriqueta con un ligero tono cantarín.
Algo contrariado el ogro la depositó en el suelo, se sentó en la silla y se dispuso a escucharla. Y Enriqueta ideó esta vez una divertida historia llena de chistes y chascarrillos. El ogro reía y reía cada vez más sujetándose la tripa y levantándose de vez en cuando para poder respirar y es que tenía mucho sentido del humor (enorme, feo, desaliñado, hambrón, sentimental y con humor). Esa noche cenó judías verdes… cocidas.
En la tercera noche, nada más entrar en casa el ogro se sentó directamente en la silla, puso las palmas de sus manos sobre las rodillas y, sin decir nada, se quedó mirando a Enriqueta, ésta, al verle, sonrió y comenzó una nueva y siempre larga historia. El ogro la observaba con una leve sonrisa en la cara que unas veces se acentuaba y otras se humedecía con el apunte de unas lágrimas en sus ojos. Y es que el ogro era un romántico (enorme, feo, desaliñado, hambrón, sentimental, con humor y romántico). Esa noche cenó coliflor… cocida.
En la cuarta noche Enriqueta se decidió a narrar un cuento de miedo lleno de fantasmas y de brujos y brujas. Sorprendentemente, el ogro se puso a temblar, se tapaba los ojos, se tapaba la boca, se tapaba los oídos, se tapaba la cara entera, y es que, sin esperarlo, resulto que era un poco miedoso romántico (enorme, feo, desaliñado, hambrón, sentimental, con humor, romántico y miedoso). Esa noche cenó zanahorias… crudas.
A partir de entonces, cada noche, el ogro no dejó de amenazar con cocinar a Enriqueta y comérsela, pero cada vez más aquello se convirtió en un simulacro que hacía por hacerlo, por no perder autoridad, por cumplir su papel, pero la verdad es que había llegado un momento en el que ya no hubiera podido pasar sin el cuento de Enriqueta y cada vez más esa niña traviesa, decidida, cabezona, despistada, valiente, curiosa, comilona e ingeniosa, le iba resultando simpática, muy simpática. Se fue dando cuenta de que ya no podía pasar sin el cuento y de que tampoco podía pasar sin ella.
Enriqueta por su parte no dejó, noche tras noche, de ingeniar nuevas historias y de ir descubriendo que tras ese rostro de ogro enorme, feo, desaliñado, hambrón, sentimental, con humor, romántico y miedoso, se escondía también un ser bastante bonachón; y cansada como estaba de verlo cenar todas las noches verduras crudas o cocidas empezó a enseñarle todos los días a cocinar, a rehogar, a hornear, a saltear y a gratinar, y es que Enriqueta además de traviesa, decidida, cabezona, despistada, valiente, curiosa, comilona e ingeniosa y simpática, también era buena cocinera.
Así pasó un día y otro, una noche y otra y tras ellos las semanas, y tras ellas los meses, y tras ellos los años, así hasta mil y una noches, es decir, casi tres años, es decir casi treinta y tres meses, es decir, ciento cuarenta y tres semanas, es decir, mil y un días. Enriqueta se había convertido en una jovencita bonita y madura sin dejar de ser como era, es decir, traviesa, decidida, cabezona, despistada, valiente, curiosa, comilona, ingeniosa, simpática y buena cocinera; y el ogro, además de enorme, feo, desaliñado, hambrón, sentimental, con humor, romántico, miedoso y bonachón, había empezado a ser educado.
- He pensado que quiero vivir contigo – le dijo el ogro una mañana.
-Te advierto que tengo para poco caldo – le respondió Enriqueta con una sonrisa en la boca. El ogro ya hacía tiempo que había dejado de intentar hacer consomé con ella por lo que también sonrió ante su respuesta. –Habrá que decírselo a mis padres.
- Habrá que decírselo –contestó el ogro.
Se dispusieron a desandar el camino que tanto tiempo atrás recorrió Enriqueta y a comenzar una nueva vida repleta de historias y poesía y bañada de verduras y pasta al dente y es que el ogro se había vuelto vegetariano. Enorme, feo, desaliñado, hambrón, sentimental, con humor, romántico, miedoso, bonachón, educado y vegetariano. Enriqueta dedicó un día entero a adecentarlo para que sus padres no se asustaran al verlo. Limpio y arreglado el ogro resultaba hasta guapo. Enorme, hambrón, sentimental, con humor, romántico, miedoso, bonachón, educado, vegetariano y un rato guapo. Y allí fueron los dos, sentimentales, traviesos, con humor, decididos, románticos, cabezones, bonachones, valientes, educados, curiosos, vegetarianos, comilones, buenos cocineros, ingeniosos, simpáticos, guapos y… enamorados.





jueves, 25 de octubre de 2018

Abstracción





Encontrarse incapacitado prácticamente para todo supone un drama del que es muy difícil evadirse, las piernas y los brazos pesan aunque no pueda moverlos, se encuentran presentes haga lo que haga, esté donde esté, piense lo que piense, siempre… o casi siempre. Hace unos días asistí a un concierto de jazz y por algo más de una hora dejaron de existir, la música comenzó a sonar y la magia se desplegó, las notas me envolvieron y por un tiempo dejé de pensar. El pensamiento, arma de avance y retroceso, de ataque y defensa, de cordura y locura. Todo desapareció salvo la música, había llegado el momento de abstraerse, de lanzarse a esa piscina sonora y volver a estar completo. Suena la música, cierras los ojos, el mundo tiene sentido. Suena la música, tú te encuentras solo, eres el único espectador. Suena la música, avanzas por una alameda en la que todo te hace sentir, el susurrar del viento, el oscilar de las hojas, el crujir de tus pisadas aparece escrito sobre un pentagrama. Suena la música, todo desaparece a tu alrededor, nada puede distraerte, el mundo es un juego de armonías. Suena la música, te dejas mecer por las vibraciones. Suena la música, las lágrimas resbalan, vuelas, eres libre.