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lunes, 11 de julio de 2011

CULPA Y PERDÓN

CULPA

Reivindico el sentimiento de la tan denostada culpa. Denostada en la medida en que nos encontramos inmersos en una sociedad dominada por la tentación de la inocencia. No existe culpa, no existe responsabilidad, somos inocentes, somos i-rresponsables. No hay voluntariedad en las faltas, no hay conciencia de daño. La tentación de la inocencia es también el traslado de la responsabilidad a otras instancias y la búsqueda de chivos expiatorios. No es sana la conciencia de culpa patológica, la que nos hunde en la miseria sin capacidad de reacción, aquella que asume todo error sin detenerse en su voluntariedad y todo daño sin valorar su entidad; pero sí lo es aquella otra que toma conciencia de esos errores y de las contradicciones que pueden suponer para el proyecto de vida que uno tiene (la tentación de la inocencia va pareja a la ausencia de proyecto de vida). Sé el origen religioso que esta tiene y entiendo que en este como en otros muchos casos decir religioso es decir humano. Valoro la máxima protestante luterana, “siempre pecador, siempre penitente, siempre justo” en la medida en que puede permitirte permanecer siempre en tensión, alerta, consciente de tus debilidades y fracasos, y, a la vez siempre asumiendo esa responsabilidad y siempre actuando para superarse. La culpa como el conflicto, es oportunidad de mejora, pero, a la vez, y previamente es un enorme peso que recae sobre uno mismo. En la sociedad acomodada este peso es un estorbo, algo de lo que es legítimo prescindir; pero sin ese peso no se da necesidad de cambio. Sin peso previo no hay posibilidad de liberación posterior. Existe una escena en la película “La Misión” de Roland Joffé, en la que un antiguo cazador furtivo de indios para la esclavitud, arrepentido, asqueado de sí mismo, interpretado por Robert De Niro, intenta expiar su culpa de una forma extraordinariamente ilustrativa, cargando con un enorme fardo compuesto por sus armas y armaduras de batalla. Con él, arrastrándolo, atraviesa ríos y escala montañas. Es el peso desmesurado de la culpa a la espera de la liberación final que solo puede llegar con el perdón.

Y el perdón llega en la figura de un indio que cuchillo en mano transforma la venganza en cortar la cuerda que le une al fardo. Armas y armaduras caen al vacío. Rodrigo de Mendoza ha sido liberado no solo del lastre que arrastraba, también del de la culpa. Todos con la vida nos vamos haciendo, de alguna manera, victimarios, solo de algunas de nuestras víctimas tenemos la oportunidad de solicitar su perdón, de esperar la mano que corte las ataduras que nos unen al sentimiento de culpabilidad; pero la gran mayoría permanecerá en el anonimato, en la lejanía, y lo que es peor, imposibilitados, nosotros, para escapar de ese destino, condenados, si lo intentamos, a repetir el de Virata, en la novela “Los ojos del hermano eterno” de Stefan Zweig. La tentación de la inocencia, en este caso, es mucho mayor, los desconocidos, al serlo, no existen, nuestra responsabilidad es nula, podemos seguir viviendo tranquilos, repitiendo satisfechos las rutinas de nuestra acomodada vida. Quizás nadie corte la soga pero sigue siendo necesaria la conciencia de la culpa, la petición de perdón, el propósito de enmienda.


PERDÓN

Solicitar perdón no supone una muestra de debilidad, al contrario, a mi modo de ver lo es de fortaleza, de personalidad. Se es más grande cuando uno se reconoce lo suficientemente pequeño como para reconocer los errores. Se es mejor cuando uno se descubre en el espejo aspectos de sí mismo que no le gustan y es por ellos por los que pide perdón. Se trata de una práctica sana y sabia, que ayuda a crecer y a madurar. Así lo he intentado transmitir siempre.

Vuelvo la vista atrás y me doy cuenta del daño que en ocasiones he causado. Nunca ha sido premeditado, nunca de forma intencionada, pero aún así el daño ha sido hecho, a personas a las que he querido y quiero, a personas con las que se ha cruzado mi vida o incluso a otras completamente desconocidas para mí, lejanas, ajenas. Un daño no premeditado no significa que sea inocente. No deseamos hacer daño pero somos conscientes de que aquello que hacemos, el paso que damos, lo que decimos, lo hará y aún así lo hacemos o decimos.

El daño de las ilusiones generadas y alimentadas y finalmente defraudadas. El cortejo de las palabras difícilmente medidas. La frustración que acrecienta la fragilidad. Perdón.

Los besos que no di sabiendo que se esperaban. El afecto que no demostré. Todo ese que hoy intento compensar en mi familia. Pero el tiempo de esos besos pasó ya y las personas o no están o si lo están ya no significaría lo mismo. Perdón.

Los palabras no dichas. Los silencios cobardes. Aquello que debió de decirse y no se dijo. El papel que debí de jugar y no jugué. Perdón.

El Mr. Hyde que se escapa, el que destroza momentos, desbarata sonrisas, ese Mr. Hyde que uno observa como desde la distancia, lo contempla traspasando límites, previendo el resultado final, y al que no puede parar, al que no se atreve a parar, hasta que el llanto liberador, tu propio llanto, te hace recuperar cierta dignidad. Perdón.

Las personas a las que por comodidad no acompañé cuando era necesario, a las que por temor no dije la verdad que podía salvarles. Perdón.

A esos alumnos a los que no fui capaz de sacar del agujero. Era mi obligación. Era mi compromiso y no tuve ni la capacidad, ni la disciplina, ni la voluntad suficiente para hacerlo, para, al menos, ofrecerles la oportunidad. Perdón.

Perdón por mi cuota de víctimas. Por ser un victimario despreocupado. Todo ese submundo sobre el que he construido mi vida. No basta con ser honrado si los ladrillos sobre los que estamos asentados están hechos de robos. No basta con una honradez que mira para otro lado, que no es consciente de que gran parte de lo que tenemos les corresponde a ellos. La responsabilidad no es solo de quien roba sino también de quien se beneficia del robo. Ese mundo al que llamamos extranjeros, al que despreciamos, al que cerramos la puerta cuando vienen a buscar una mínima parte de lo que les pertenece. Perdón.

Los que paso por su lado y no miro, su realidad me incomoda. Los que conozco su situación y no ayudo. No piden nada, no debo sentirme obligado. Los que no me quitan el sueño, los que no me generan pesadillas, los que nada me reprochan, los que nada me exigen. Perdón.

He debido arriesgar más y comer menos, sentir más y dormir menos, hacer más y hablar menos, gozar más con otros y no de otros. Perdón.

Quién cortará la soga que me libere de la culpa, quién me abrazará cuando llore, quién reirá conmigo, quién, con derecho para ello, le quitará importancia a mi dolor. Quién me perdonará. Quién me consolará.

domingo, 10 de julio de 2011

SENSIBILIDAD


Hace unos días terminé de leer el volumen de cuentos completos “La puerta de la luna” de Ana María Matute. Me ha cautivado. Es muy difícil conjugar en una perfecta prosa realismo y lirismo, crudeza y ternura. Se trata de una experiencia, para mí, altamente recomendable por su doble belleza estética y ética. Como muestra unos ejemplos: Bernardino, La rama seca, Los chicos y Pecado de omisión.

Seguramente esa facilidad para narrar además de aprenderse requiere una capacidad innata. Nadie puede intervenir en el equipaje de dones que le llegan de nacimiento y, por supuesto, no es exigible a nadie la adquisición de esas habilidades expresivas, pero conseguir una obra de ese calado exige no solo el manejo de una serie de destrezas sino que también necesita una cualidad humana, una sensibilidad especial, una sensibilidad especial hacia lo humano, una capacidad para ver más allá de lo evidente, una disposición para ponerse de parte del más débil sin caer por ello en el maniqueísmo, una sensibilidad sin derivar en sentimentalismo, pobreza no es sinónimo de bondad, al contrario, a menudo va acompañada de la crueldad, dolor no lo es de la piedad, con frecuencia conlleva resentimiento y venganza ciega. La sensibilidad no supone perder de vista la complejidad de la vida, la emoción no contradice la inteligencia, al contrario, debe potenciarla; la delicadeza al tratar lo humano no está exenta ni de rigor ni de mostrar la dureza necesaria. Es esta forma de ser y de ver el mundo y la vida la que sí es exigible, ha de ser objetivo de todo sistema educativo, de educandos y, necesariamente, de educadores, pero no se instruye, se educa, no es posible contagiar el virus que no se padece. Pero también es exigible en muchos otros ámbitos, pongamos por caso dos: la función pública y la política. ¿Alguien sin embargo la echa de menos? La necesidad de contemplar el factor humano parece haberse perdido, el crecimiento personal planteado en estos ámbitos mueve a la sorna, a la sonrisa irónica, a la burla. Se trata de asuntos particulares en los que nadie tiene derecho a entrar, cuestiones extrañas a lo público y a lo político. Mariconadas para los machitos, es triste que la incorporación de la mujer a la vida pública no haya traído consigo esta perspectiva. Gilipolleces para los que presumen de visión materialista simplona, lamentable que la izquierda haya ido abandonando en manos de la iglesia la cuestión de la moral atemorizada por la reacción de esta cuando se tocan los valores. Mientras tanto esta última y una derecha a la que se le llena la boca al hablar de moral la ignoran de facto y claman la libertad de conciencia cuando se les reclama (que tristeza al nivel en el que ha ido cayendo la palabra libertad).

Y sin embargo, ¿es posible acometer un servicio público como es debido sin esa sensibilidad? ¿Lo es gestionar los asuntos públicos? ¿Es posible hacer futuro desde una sociedad clónica? ¿Cómo asumir estos retos? Ese factor humano tiene un fundamento político y unas consecuencias políticas. La organización de la vida en común es llevada a cabo por los individuos y estos actúan en base a sus valores, a su conciencia. Que estos sean unos u otros repercute necesariamente en la toma de unas decisiones u otras, en como se pretende configurar la polis. Abstraer las características humanas de la vida política no es sino aceptar el discurso de lo inevitable, el dominio de lo económico, la asunción acrítica de los modos y maneras generalizados de hacer política, dejar las decisiones en manos de los aparatos y su maquinaria, decisiones impersonales tomadas por estructuras impersonales y ejecutadas por personas. Es la enajenación de la conciencia personal pero también del ser político. Una sensibilidad que se encuentra guiada por la celebre frase de Publio Terencio, “hombre soy y nada de lo humano me es ajeno” y que ha de verse plasmada en una serie de comportamientos. El animal político se ha de encontrar guiado por una escala de valores en aras de diseñar y construir la polis, no por intereses particulares y colectivos concretados en un partido que como toda organización humana (no hay organizaciones divinas) ha de ser un medio, no un fin. La política y especialmente aquellas organizaciones que pretenden construir otra sociedad con arreglo a otra escala de valores, ha de ser por ello incompatible con determinados usos, hábitos, comportamientos.

Exigible en lo público, deseable, como no, a todo ser humano. Alcanzar esta capacidad de conexión con lo humano es tarea de toda una vida y de cualquier vida. Podrán concluir nuestros ciclos vitales, tendremos que cerrar las puertas a nuestras ambiciones, nos veremos obligados a concluir las labores que parecían definirnos, pero siempre nos quedará la inacabable ocupación de hacernos más sabios, de la única sabiduría absolutamente necesaria y radicalmente política, la de la bondad, la de la compasión, la de la ternura, la de la piedad, la del hecho de hacernos cada día más humanos, hasta el momento de la muerte. Realismo y lirismo. Crudeza cuando sea necesaria y ternura siempre, es la puerta de la luna y la puerta de los sueños.

martes, 5 de julio de 2011

CASI POEMAS (4)


¿De qué vale la poesía si no es para expresar lo inexpresable, lo hondo, lo prohibido? La llamada del cuerpo cuando este ha sido escamoteado, la desorientación en la oscuridad de la noche, el miedo y la necesidad del cataclismo, la esperanza surgiendo entre lágrimas, el descanso de la fragilidad.


¿A qué espera el grito agazapado en la noche,

la cuerda a punto de romperse?

¿Quién es ese hombre que no reconozco?

Ese hombre que no reconozco soy yo,

la cuerda rota que ya no vibra,

el grito ensordecedor taladrando mis días.

*

Llegarán y nos arrebatarán todo,

la electrónica comodidad sobre la que cimentamos nuestro mundo

pero nos quedarán las manos;

la sólida fortaleza en la que nos escondemos,

pero el cielo nos cobijará;

cada una de las prendas con las que nos disfrazamos,

y desnudos, ya todos iguales, al fin recuperaremos la capacidad de soñar.

*

Cuerpo repudiado, viudo de dedos,

materia moldeable, ¿quién será tu alfarero?

Barro sin más, masa informe.

¿De qué servirán las palabras que creas?

Solo tú eres verdad, solo las huellas que en ti dejan,

las cicatrices que me han sido grabadas, los gemidos que me han arrancado.

¿Dónde irá el humo que esparces si en ti queda el fuego que me consume?

Necesito aventar las mentiras que me cubren

hasta dejarte al descubierto, certeza desconocida,

autenticidad rechazada.

*

Huye, aún estás a tiempo

de recorrer los sueños

aun tanteando las tinieblas,

de ser tú misma

aun reencontrándote en la soledad.

No te vendas, no renuncies a la incertidumbre, ella es el camino.

Huye, aún estás a tiempo

de descubrir tu fuerza

agazapada entre los débiles,

de reconocer tu imagen

aún ante el espejo resquebrajado.

Sé tu, no te acomodes en la camada

aún vacilando entre contradicciones.

Huye, aún estás a tiempo

la vida te espera

no la del equipaje mezquino,

no la de la venganza ciega,

no la del animal depredador en el que puedes convertirte,

no la del juicio final.

La vida,

la de la ternura creciendo entre las grietas,

la verdaderamente tuya,

la de la criatura saltando entre espinos,

la del animal bailando entre madreselvas.

La única en la que serás realmente tú.

sábado, 2 de julio de 2011

VENGANZAS DESVIADAS


El dolor y el sufrimiento es consustancial a la vida. La injusticia, desgraciadamente, también. No se trata de sustantivos comunes abstractos que simplemente designan abstracciones, ideas, sino que tales conceptos vienen a concretarse en nombres propios, Juan, Marta, Inés, Carlos, Dolores. Nombres propios que se encuentran encarnados en rostros, manos, pies, amaneceres y anocheceres, miradas y silencios. Personas de carne y hueso con las que convivimos, que nos encontramos en la calle, que son nuestros vecinos, que quizás somos nosotros. Pero, ¿quiénes son los responsables de todo ese padecimiento? Los responsables no siempre tienen nombre propio, no tienen rostro. ¿Quién es el responsable del cáncer? ¿Quién el de la esclerosis múltiple? ¿Quién el de la soledad? ¿Quién el de la locura? ¿Quién de la simple frustración? A menudo su rostro se encuentra difuminado, su presencia resguardada en un mundo que nos es ajeno, inalcanzable, desconocido. ¿Quién es el responsable del hambre? ¿Quién de la pobreza? ¿Quién del paro? ¿Quién del reparto desigual y escandaloso de la riqueza? Nombres que parecen ser de ficción, personajes de un relato misterioso, tenebroso o épico, su reino no es de este mundo. En otras ocasiones puede ser que los responsables sí sean conocidos, cercanos, sus oídos capaces de escuchar nuestra voz, su cuerpo al alcance de nuestras manos, su existencia sensible a nuestras iniciativas, pero nuestra voz se apaga ante ellos, su cuerpo parece blindado ante nuestra presencia, su existencia imperturbable. El temor, el miedo nos atenaza.
Pero el ser humano necesita responsables, chivos expiatorios a los que responsabilizar del mal que sufrimos, otros seres humanos a los que insultar, cuerpos a los que golpear, reos a los que condenar. No importa su relación con el mal en sí lo que importa es el hecho de conseguir un culpable. Lo que importa es el calor del rebaño al corear los insultos, es la gratificación del eco retornando a nuestros oídos, es la descarga de energía al golpear, el desahogo irracional de la frustración, el regocijo al realizar el juicio sumarísimo, el sentimiento de poder al ejecutar la sentencia.
Es la necesidad de vengarse de la vida, de lo que le ha tocado de ella en el reparto. Dolor, hambre, miseria, soledad, desprecio, tortura, muerte. ¿Quién mejor para este comportamiento que un don nadie resentido? Un don nadie que vive en sí el fenómeno de la transubstanciación en el que se opera el cambio del no ser al ser, del nadie al uno más, del impotente al poderoso, del ignorante al sabio, arropado en la necedad del rebaño. Soldados de un ejército desmemoriado a la conquista de la nada, arrasando esperanzas, expulsando desdichas, triunfadores patéticos degollando al cordero.
Y quién mejor para convertirse en chivo que un nadie, aquel a quien le ha sido negado hasta el don. Es la lucha de los don nadie contra los nadie, es el acto tranquilizador de la venganza, pero de una venganza que ha desviado su objetivo, que ha cambiado su punto de mira para enfocar a aquel que sabe por debajo de él, fácil adversario, el antagonista ideal. Son los nadies, los harapos de la vida: negros, amarillos, gitanos, sudacas, seres desprovistos de su particularidad y disueltos en nombres comunes, despectivos, no contables, masa informe de despreciados; otras razas, otras culturas, otros países, otra pobreza, otros pobres, donde descargar la rabia, sobre los que alzar el pozo en el que nos hundiremos. El poder tranquilizador de la venganza. Y tras la batalla, ¿continuará paseando el responsable sobre los charcos de sangre? ¿Será posible evitar el ciclo infinito de venganzas? Oiremos una y otra vez el monólogo de Shylock en El Mercader de Venecia de Shakespeare :
“Soy un judío. ¿Es que un judío no tiene ojos? ¿Es que un judío no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? ¿Es que no se alimenta de la misma comida, herido por las mismas armas, sujeto a las mismas enfermedades, curado por los mismos medios, calentado y enfriado por el mismo verano y por el mismo invierno que un cristiano? Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos hacéis cosquillas, ¿no nos reímos?, Si nos envenenáis, ¿no nos morimos? Y si nos ultrajáis, ¿no nos vengaremos?
Si nos parecemos en todo lo demás, nos pareceremos también en eso. Si un judío insulta a un cristiano, ¿cuál será la humildad de éste? La venganza. Si un cristiano ultraja a un judío, ¿qué nombre deberá llevar la paciencia del jud
ío, si quiere seguir el ejemplo del cristiano? Pues venganza. La villanía que me enseñáis la pondré en práctica, y malo será que yo no sobrepase la instrucción que me habéis dado."
En el ejercito de los don nadie vengativos, ¿cómo podremos encontrar en él nuestro nombre propio? ¿cómo podremos mirarnos al espejo? ¿cómo podremos ver reflejada en él nuestra mismidad?


jueves, 30 de junio de 2011

EL VALOR DE LA EXPERIENCIA Y LA GENERACIÓN NI-NI


A Flora, escolar merecidamente homenajeada.

En la época de la generación ni–ni (ni estudia, ni trabaja), terrible drama se mire por donde se mire, agravado por el riesgo evidente de generar, en ocasiones, la acomodación dentro del abandono social, la acomodación a una mínima red familiar y social, acomodación que conlleva la pérdida de la capacidad de iniciativa, el descenso de la autoestima, la inutilidad para enfrentarse a los avatares de la vida y abocada a una situación crítica de descenso de la llamada calidad de vida, de pérdida de seguridades y beneficios sociales; en esta época no huelga volver la mirada hacia otra situada en sus antípodas generacionales y en las de experiencias vitales. Me refiero a la de hombres y mujeres (fundamentalmente mujeres) ya situados en el final de su vida, sobrepasada la década de los ochenta, mujeres que no tuvieron ocasión de estudiar, que sufrieron importantes carencias, que llegaron a pasar hambre, que convivieron desde la infancia con el dolor y la muerte, que la vida les rompió y se empeñaron en recomponerse una y otra vez, que no supieron nunca qué era eso de no trabajar, cubrieron necesidades y espacios en la economía doméstica, sacaron adelante a la familia cuando fue necesario buscando como fuera donde encontrar ese, a veces, miserable salario, y que, en cualquier caso, desempeñaron una jornada laboral interminable en el hogar, a veces, hasta la extenuación. Y aquí están rotas y rehechas, caídas y ahora en pie, golpeadas y sobrevivientes. Aprendieron a la fuerza a salir adelante entre tinieblas, a sonreír entre lágrimas, a caminar entre obstáculos, a soportar las adversidades con estoicismo y las alegrías con prudencia, a servir de referencia aunque condenadas al ostracismo, a vivir prescindiendo, a colocarse en todo momento en un segundo plano pero siempre en la primera línea de apoyo. Austeras hasta en las emociones, curtidas en los deberes y relativizando sus derechos. Hoy más que nunca, la sociedad que idealiza la juventud debe fijarse en ellas so riesgo de construir ídolos con los pies de barro, de perderse ella misma en el fango, de desaprovechar ensoberbecidos por la época del tecnicismo acaparador el magnífico capital de la experiencia vital.

Como muestra un botón muy cercano a mí. La viudedad es algo muy común en esta generación y con ella la inevitable soledad, las pensiones raquíticas, la obligación de rehacer una vida que antes se encontraba marcada por el papel predominante del hombre en una sociedad que relegaba a la mujer a un papel secundario. Pero cuando una puerta se cierra otras se pueden abrir, pero es necesario empeñarse en buscarlas. Y también a esa edad es posible ir al encuentro de lo que antes fue negado, por ejemplo las letras, la ventana abierta al mundo. Aprender a leer no es un capricho de un tiempo de holganza, forma parte de un replanteamiento de un proyecto de vida, forma parte del despertar de la curiosidad necesaria para crecer como persona, y siempre se puede crecer hasta el momento final, representa un apoyo necesario para la sociabilidad, es también un instrumento que facilita abrir la puerta de la casa que hasta entonces se encontraba cerrada y salir al mundo, y encontrar el papel propio en él. Siempre es posible construir un futuro, un futuro de años, de meses, de días. Un futuro que dé sentido al presente. Ese botón es Flora, 90 años, mi suegra, hoy lectora incansable, ayer carecía de las habilidades mínimas para ello. Es un botón pero también es una referencia, la del trabajo incansable para los demás, la de la conciencia de ser en la medida en que más se da, la de la seguridad de que hay puerta para salir de la noche aunque esa puerta no esté exenta de sufrimiento. ¿Podrá esta generación ni-ni encontrar de igual manera su lugar en el mundo? ¿Podremos todos, los fabricantes de una sociedad ni-ni (ni chicha ni limoná, ni sueños ni ilusiones, ni ambición ni humanidad) aprender de estos hombres y mujeres (sobre todo mujeres) que supieron remar contra viento y marea y plantar los cimientos de una realidad que hoy estamos a punto de desperdiciar?

LOS CALCETINES



Siempre resultó un enigma para mí el destino final de los calcetines que desaparecían en la lavadora, las decenas de parejas bien avenidas que se deshacían, el agujero negro que parecía esconder.

Acostumbraba a poner la lavadora por las noches, cuando volvía a casa del trabajo. En ocasiones había quedado preparada previamente, en otras me veía obligado a rellenarla con rapidez antes de que mis párpados terminaran de cerrarse. La ponía en funcionamiento y me echaba a dormir. Nunca me he considerado una persona obsesionada pero reconozco que esa pregunta fue adquiriendo cuerpo en mí a medida que me sentaba a emparejarlos y siempre, matemáticamente, uno de ellos parecía mirarme al final henchido de soledad. Él y yo, en el silencio de la noche, mirándonos uno a otro, yo con una pregunta y él con una respuesta escondida entre sus hilos.

La pregunta empezó a acompañarme a la cama, al principio como una sutil nube que pronto se difuminaba mezclándose con las imágenes que me habían acompañado en el día, pero que poco a poco fue convirtiéndose en un denso nubarrón, estúpido, que permanecía allí e iba ocultando cualquier otro recuerdo que quisiera hacerle resistencia. Qué estúpida preocupación, qué estúpido yo. Con una sonrisa irónica cerraba los ojos y me echaba a dormir. En la noche la lavadora avanzaba en sus programas, devoradores de calcetines.

Quizás la cosa no hubiera ido a más si una de las tardes en las que regresé a casa no me hubiera encontrado con una nueva sorpresa. Había sido un buen día, llegaba excitado en mi virilidad y reforzado en mi hombría. Satisfecho de mí mismo. Puse la lavadora y me senté a doblar la colada anterior. Saboreaba entonces los momentos del día y para nada en mi mente ocupaban espacio alguno ni calcetines ni cualquier otra prenda. Iba doblando una a una y las iba apilando a la espera de la plancha. En el estado de feliz ensoñación en el que me encontraba decidí comenzar a emparejar los calcetines. Una pequeña risa salió de mí. Aquella noche contemplaba todo lo de la vida con humor. Fui emparejando uno a uno. Me había acostumbrado a contar los pares que echaba a lavar. Habían sido cinco. Conté: una, dos, tres, cuatro… y cinco parejas. Estaban todas. ¿O no? No reconocía una de ellas y, sin embargo, estaba convencido que faltaba otra. ¿Cómo podía ser posible?

Bajé a tierra en un instante. La pompa explotó de golpe y yo con ella. Todos los órganos de mi tronco se contrajeron. Se buscaron unos a otros y yo escuché el silencio de mi casa.

Y en el silencio, la risa. Acudí sobrecogido hasta la lavadora. Puedo jurar que reía. Una carcajada cruel salía de su tambor. Había bebido algo esa tarde pero no lo suficiente como para sufrir alucinaciones. Miraba el electrodoméstico parado en la esquina de la terraza de mi cocina. Inmóvil. Y, sin embargo, lo veía burlarse.

Fue entonces cuando todo empezó a cambiar. Aumenté la frecuencia de los lavados hasta llegar a hacerlos diarios. Comencé a lavar una vez tras otra la misma ropa, no importaba si se encontraba sucia o no. Aquello se convirtió para mí en una obsesión. Y la burla continuó. Continuaron desapareciendo calcetines pero luego ese infernal aparato empezó a esconderme otras prendas: una camisa, una corbata, ropa interior. Una noche me devolvió un calcetín marrón que me había hurtado hace meses. Allí estaba intacto y solitario.

No podía quitarme de la cabeza ese disparate. No era capaz de compartirla con nadie, me hubieran tomado por loco. La paranoia empezó a ocupar más y más minutos de mi día. Dejé de relacionarme con mi gente. Sólo vivía para una insensatez: poner la lavadora sin descanso.

Y empecé a no dormir. Me sentaba frente a ella a la espera de encontrar el momento en el que esa infame criatura decidía arrebatarme una prenda. Dos. Tres. Prelavado. Lavado. Centrifugado (mis ojos viajaban sin control siguiendo la ropa en su interior). Aclarado. Incapaz de descubrir el truco de nuevo esa mefistofélica máquina me había robado otra prenda.

Y vuelta a empezar. Volvía a encerrar la ropa húmeda en el interior del tambor y apretaba la tecla de inicio. Una y otra vez. Una y otra vez. Prelavado. Lavado. Centrifugado. Aclarado.

Ahora sólo espero que alguien me eche de menos. Venga aquí. Detenga este maldito aparato, abra su puerta y me saque de dentro.

miércoles, 8 de junio de 2011

RELEVOS



Cuando nadie lo esperaba surgió el movimiento 15-M, cuanto menos una llamada de atención del camino marcado que seguimos. La juventud perezosa se ha desperezado, la madurez, sorda pretende seguir mirando hacia otro lado. Juventud, esperanza y miedo a la vez. Motivo de orgullo y de humildad. ¿Qué somos? ¿Qué hemos hecho? La juventud nos pone delante el espejo. A menudo no nos gusta lo que vemos reflejado y tendemos a echar la culpa a quien soporta el cristal sin querer ser conscientes de que entre ambos extremos siempre hay una continuidad y es esa noción de continuidad la que hay que transmitir. La existencia es un proceso compartido en el que ellos nunca parten de cero sino desde el punto en el que nosotros les dejemos partir. Es ese proceso en el que los focos han dejado de iluminarme para pasar a alumbrar a otros el que he vivido estos últimos días. Mi hijo mayor ha cumplido dieciocho años, acabó los estudios de bachillerato, comienza una nueva etapa en su vida lejos de nosotros. La vida continúa. Pablo, hijo de unos amigos y amigo, nos demuestra encima de un escenario que el futuro está en sus manos y que ese futuro ya ha empezado a hacerse presente. La vida continúa.





La vida es una carrera de relevos y la clave está en el testigo, nosotros somos simplemente corredores responsables de recorrer una distancia determinada y de realizar correctamente el pase. Es ese tubo rígido que ha de pasarse de mano en mano evitando que se caiga el que da sentido a la carrera, es allí donde se concentra la atención. Correr todo lo rápido posible y hacer la entrega en el momento adecuado y de la manera adecuada para evitar su caída. Es ese tubo el que une a los dos corredores, al que entrega y al que recibe. Nuestra tarea es no perderlo y entregarlo adecuadamente. Somos servidores de ese testigo: nuestros sueños, aquello que perseguimos, aquello que quisimos ser, aquello que somos, los estímulos a los que respondemos, de la manera en como lo hacemos, nuestros aciertos, nuestros errores, lo que tenemos, lo que nos falta, la cara que mostramos, las tinieblas que llevamos dentro, los valores que vivimos, el discurso que tenemos, lo que nos place, lo que nos perturba. Lo que somos y lo que no hubiéramos querido ser.





En estos días pasados he tenido la oportunidad de visualizar que el testigo está entregado y que son otros los que inician su carrera. La zona de aceleración ya ha terminado y ya estamos en la de entrega. Es necesario ceder el testigo en ella, ya no es nuestro, no podemos pasarnos de sus límites con él en las manos. Hemos corrido hacia la meta, pero no nos corresponde a nosotros entrar en ella. Una vez el testigo en sus manos, será su carrera, su esfuerzo, su meta, aquella que tampoco cruzarán. Será su testigo, aquel que reconoceremos y que no. Lo habrán hecho suyo para que después sea de otro. Su carrera será la de todos, aquella que no sabemos donde se inició y de la que no vislumbramos su final. Con él en las manos podrán rectificar el camino si así lo consideran, no se trata de dar vueltas y vueltas a la noria, de dejarse llevar por la inercia, de correr hacia un abismo sin poner nada de su parte. Su final será el comienzo de otros. Podemos elegir ese punto de entrega y qué testigo damos. Lo harán mejor que nosotros. Ya lo hacen mejor. Lo moldearán más acertadamente. Contendrá su ADN. Su huella.





El placer de la carrera, el placer de vivir. El esfuerzo, el dolor de vivir. Correr y verlos a ellos esperando nuestra llegada. Acelerar, el testigo bien sujeto en la mano. Dar la señal. Él lleva su brazo hacia atrás para recibirlo, la mano bien extendida; ya lanzado a la carrera. Depositar el tubo en su mano y desacelerar. Ver como se aleja. Jadeando, poder sentarse en la pista y contemplar su carrera. Disfrutar del momento. Descansar. Por fin descansar.




La maza... el téstigo. Gracias, Pablo.