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miércoles, 12 de diciembre de 2018

UN HOMBRE VULGAR




No soy un santo ni soy un héroe como algunos comentarios pudieran hacer pensar, soy un hombre corriente, del montón. Paso por ser un hombre duro que aguanta el dolor sin quejarse, a veces el perfecto de los enfermos, pero siento el dolor como lo sienten todos. No sé el momento de mi vida en el que se pudo producir ese cambio pues yo era un niño al que el mínimo dolor aterraba. Debió de ser por pura vergüenza de montar el espectáculo pues yo era un chico bastante tímido. Prometo gustoso que cambiaría alegremente esa reputación por pasar desapercibido entre la gente, uno más, y poder realizar un torpe paseo o poder acariciar y coger en brazos a un niño. Un hombre vulgar con deseos vulgares de todo hombre, especialmente tetrapléjico incapaz de acercar una mano o mover un dedo, cuando una mujer está cerca. Cuerpo inmóvil, pero cuerpo necesitado de ser reconocido como tal. Somos una sociedad parca en la expresión corporal de las emociones, besos, abrazos, caricias. Grandes caricias, pero también pequeñas pero sentidas caricias. Agradezco de corazón la iniciativa de una visita amiga que acercó su asiento a mi y puso sus manos sobre mis rodillas, acarició mis piernas por encima de los pantalones e intentó hacerme cosquillas en la planta de un pie. Caricias aparentemente banales pero muy sentidas y agradecidas por mi parte. Está claro que la imagen que uno da de sí mismo a través de la escritura puede no tener nada que ver con la de la vida real, esta última es mucho más compleja y difícil por lo que es fácil meter la pata y cometer errores, las emociones pueden jugar malas pasadas y especialmente con los más cercanos cuando se cruzan esas emociones y pueden saltar chispas. La vida es una montaña rusa en la que uno puede subir hasta la cuspide para después descender sin freno hasta acabar en un torrente verbal y llanto. Esta es la realidad: deseos vulgares, emociones vulgares, comportamientos vulgares de un hombre vulgar.

martes, 4 de diciembre de 2018

MAMAPAPA




La gran ilusión de mi vida no tuvo que ver nunca con el terreno profesional, era mucho más vital, se trataba de llegar a ser padre. La vida no me lo puso fácil, me puso por medio las suficientes trabas como para sospechar que esa ilusión se podía ver frustrada. No se trataba solo de una cuestión biológica, se trataba también de tener la ocasión de poder desempeñar un rol que en mi infancia lo cumplía la madre, era esta la que batallaba con los hijos, la que establecía. los vínculos afectivos. Afortunadamente tuve la ocasión de disfrutar de ambas cuestiones. Si alguien me hubiera preguntado algo tan simple como que cual era mi palabra favorita hubiera contestado sin vacilación alguna que esta era “papá” escuchada de boca de mis hijos. Mi felicidad está asociada a ellos, los recuerdos que desde el primer momento de sus vidas me acompañan. Desde ese momento intenté ganarme a pulso un papel en sus vidas que no fuese algo tan arcaico como el varón que trae el sobre de dinero a final de mes y se encuentra toda la semana preocupado por los resultados de fútbol. El tiempo me ha acompañado y facilitado esto pues, para bien, los roles han cambiado, aunque no sea lo suficiente, en la sociedad y en el interior de la familia. El tiempo que ocupé en la infancia de mis hijos ha sido, sin duda alguna, el mejor ocupado de mi vida, las noches sin dormir han sido las mejor empleadas de ella; el hábito diario de la lectura y el juego ha sido el hábito que con mayor ansiedad esperaba y con mayor alegría realizaba. Siempre envidié el papel que la naturaleza ha otorgado a la mujer, la incomparable experiencia de llevar dentro de ti a un ser vivo. No dudo la respuesta que las mujeres a las que se lo he dicho me han dado, seguro que se trata de una idealización realizada por mi parte, que pensaría de otra manera si hubiera sufrido las penalidades que a menudo acompañan al embarazo, sin embargo la imposibilidad que por mi parte tengo para imaginar la experiencia del lento crecer de una criatura en mi interior creo que me seduce aún más, esa gran barriga que siempre me ha gritado que la acaricie, la enorme belleza del desnudo de una mujer embarazada, el poder hipnótico de una madre amamantando, el vínculo tan especial madre-hijo que tú, varón poderoso, nunca serás capaz de imaginar. Varón poderoso y ridículo, más estúpido en la medida en que pretendes representar un papel cada vez más alejado de ese vínculo. Lo mejor en esta vida es esa infancia que te encuentras a punto de perder.
Ese papá que escuché por primera vez me conmovió por dentro (o esa exclamación, “Ay,mi papaíto” de un hijo hizo abrazando una de mis piernas y que todavía hoy me emociona). No es fácil imaginar todo lo que lleva dentro esa palabra de tan solo cuatro letras, parece difícil suponer que pueda encontrarse otra palabra de mas valor, salvo madre o mamá que pertenece a otra categoría que el hombre nunca podrá alcanzar. En el transcurrir de mi vida apareció otra no exenta de cierta ironía pero que yo ostento como si fuera un galardón épico: mamapapa. Esa “medalla” me fue colgada por algunos comportamientos que recordaban a los de las viejas madres y que, todo hay que decirlo, cansaban o cansan a mis hijos pero que yo no podía evitar. La madre persecutoria que acostumbrada a levantarse todas las madrugadas lo siguió haciendo durante años despertando automáticamente al oír abrir la puerta de la habitación de ellos y se levantaba para investigar lo que ocurría, aunque solo fuera salir para orinar y les crispaba que a sus edades apareciera la cabeza de su padre asomándose a la puerta del wc mientras echaban tranquilamente el chorro o sigue controlando las raciones de comida no fuera a ser que alguno recibiera 50 gramos menos y muriera de inanición, crispación que también ocurre en cuanto se me ve mover los ojos pasando revista a la mesa, doña preocupaciones, don piensa que te piensa. Soy consciente del enfado y la ironía que supone, del mismo modo que suponían algunos comportamientos de mi madre que hoy recuerdo con cariño.
Todo esto no hubiera sido posible sin la presencia de mi esposa, con la que he compartido tareas y por ello he tenido la fortuna de haber podido ser padre en la práctica y no solo de forma oficiosa, pero esto no me eximió de meteduras de pata típicamente varoniles y paternas que llevaré toda la vida en mi memoria y sobre mi conciencia por muy menores que puedan parecer y por anacrónico que pueda parecer el sentimiento de culpa pero que siempre defenderé como necesario para crecer en humanidad y poder convivir en sociedad, comportamientos irracionales y típicamente masculinos que ni de lejos pueden valer una sola lagrima de un niño. No solo se trata de asumir tareas tradicionalmente femeninas sino también de hacerlo con actitudes que han sido propias de la madre, es necesario tener abiertos los ojos, el cerebro y el corazón; mi madre y mi mujer me han servido como referencia.
El tiempo te va dando sorpresas no siempre gratas que te pueden obligar a reubicarte en la vida, a irte desprendiendo del papel que desempeñabas hasta ese momento por mucho que lo añores. Todos esos roles suponen actividad, movimiento, esfuerzo; juntos el sin parar que ha sido el tradicional desempeño de la mujer en casa; la enfermedad con la que cargo me ha obligado a irme desprendiendo paulatinamente de parte de mis actividades hasta haberme desprendido casi de todas, mi cuerpo hoy permanece inmóvil, he ido cediendo a mi mujer todo lo que yo hacía y ella ha ido cargándose cada vez más hasta asumir el rol tradicional de la madre. Me siento orgulloso de ese título honorifico pero contemplo pasivo desde mi cama quien es hoy la verdadera  “mamapapa”, Mercedes, mi compañera,

martes, 20 de noviembre de 2018

ATRAPADO




Atrapado en el zulo, inmóvil, rodeado de silencio, con una eternidad por delante. Cuando eres absolutamente dependiente en cada uno de tus gestos por mínimo que sea, rodeado de tecnología inútil para hacerte autónomo, una cama articulada para la que necesitas otras manos, que no sean las tuyas, que puedan moverla, un mando de televisión necesitado de otros dedos capaces de pulsarlo, una silla de ruedas eléctrica capaz de moverse, inclinarse y elevarse pero en la que permanezco quieto si otra persona no la maneja, un ordenador que puedo manejar y escribir con la mirada pero que exige otra persona que lo encienda y que te lo ponga a punto, cuando cada uno de tus gestos por minúsculo que sea necesita la participación de otra persona tu tiempo ya no es tu tiempo y es inevitable que en algún momento salten chispas, surja un conflicto, salvo que compres ese tiempo, que pagues un salario porque esas manos y esas piernas sean también las tuyas, pero esto no siempre es posible. Los ritmos de las personas no son iguales como no lo son sus quehaceres. Tu completa inmovilidad no tiene por qué significar la inacción absoluta. Tu tiempo ha de estar ocupado por distintas actividades, a pesar de tu parálisis no puedes encontrarte condenado a la muerte en vida, pero esta exigencia, en tu situación, lleva necesariamente al choque de vidas, a interrumpir los diferentes ritmos, incluso, dentro de estos, a interrumpir el descanso.
Atrapado en un cepo que te mantiene encerrado en un habitáculo mínimo del que no puedes escapar y en el que parece que te falta el aire. Quien te cuida tiene su propia vida que necesariamente no tiene la lentitud y la continua pausa que tiene la tuya, puedes pagar por poseer el tiempo de un extraño para ti pero no puedes hacerlo con alguien de tu familia, la convivencia familiar no se debe mercantilizar aunque su coste sea la aparición de esos momentos de conflicto. Obligatoriamente las circunstancias llevan a un reparto de roles, tú  eres el que demanda la presencia de alguien y la otra persona la que tiene que interrumpir su labor. Difícilmente sabrás la oportunidad del momento y qué es aquello que vas a interrumpir y por lo tanto cómo la otra persona va a acoger tu llamada, de la misma forma que el detalle que pides puede parecer minúsculo o importante difícilmente puedes prever el tiempo que transcurrirá entre una llamada y otra. Tu realidad es diferente a la otra por lo que también es distinta la manera en cómo se percibe por cada parte. Lo quieras o no supones una carga que ha de ser sobrellevada y superada; una carga que tú no sabes cómo resolver, te sientes completamente impotente para ello, el tiempo pasa y esa carga no solo no desaparece, sino que se acrecienta. El amor y el cansancio conviven, cada día que pasa el agotamiento es mayor, el amor se mantiene, pero la culpa aumenta. ¿Cómo puede uno compaginar cariño y conflicto, sentirse unida a la otra persona y experimentar el ansia de liberación? El final, algún día, tendrá que llegar y las lágrimas se unirán a un pequeño sentimiento de relajación, uno caminará solo, la calle será suya y el viento le dará en la cara. La carga ya no está, yo también habré descansado, los dos caminaremos siempre juntos sin sentimiento de culpa con la certeza de habernos querido.