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sábado, 19 de octubre de 2024

ELLA

 




Éramos dos adolescentes, mi amigo y yo, una situación tranquila para mí porque yo me sentía incapaz de ir más allá y encontrar un grupo de amigos con el que relacionarme. Él me llamaba a menudo para salir a dar un paseo, cuando no lo hacía yo quedaba en casa, los días que sí lo hacía eran para mí como una liberación. Yo era un estúpido, mi timidez me condenaba al aislamiento. Yo era el responsable de mi marginación, no sabía tener iniciativa para relacionarme, en especial con el otro sexo, mi comportamiento entonces sólo era silencio cuando estaba delante de una chica y enrojecimiento cuando se dirigían a mí. No entiendo como él se fijó en mí, un don nadie, más silencioso que hablador, por mucho que lo que dijera pudiera ser interesante. Es cierto que éramos compañeros de estudios, pero lo que uno pudiera decir no era lo que más atrajera en la adolescencia; una edad de pulsiones, una edad en la que el comportamiento instintivo llamaba fuerte a la puerta, por lo que costaba entender dos chicos caminando sin más y sólo charlando. Eran paseos con un único objetivo charlar y, quizás otro muy simple, gastar tiempo. Un día y otro, casi siempre igual, sólo en ocasiones acudíamos a un grupo de chicas ocasionalmente. Chicas.  No sé si quería o no. Qué era mayor si la vergüenza o el deseo.

La gran sorpresa fue cuando un día él se presentó en la puerta de mi casa acompañado de una chica. En un primer momento pensé que había ido para disculparse y decirme que ese día no podía salir conmigo puesto que lo haría con ella, que otro día sería. Lo hubiera entendido, la comparación era evidente. Me bastó poco para fijarme en ella y que su rostro se me quedara grabado para siempre. La vida son momentos que te atraviesan de arriba abajo y quedan anclados en ti para siempre y así quedó su belleza en mí, una sola cosa, un solo ser, un silencio que me sentía incapaz de romper y que pasara a nadie a pesar de que viviera en mí deseando atravesar al exterior, no quedar encerrado en mi interior.

Lo que yo creía que iba a ser un instante se convirtió en una costumbre. Los dos y ella, ella y los dos, salíamos todas las tardes de una manera normal, aunque mi corazón sangrara. Sangre y placer simplemente al mirarla. Ellos se besaban y yo sonreía al verlos, una sonrisa que era pura envidia, algo que yo nunca había experimentado y que desconocía la posibilidad. Llegó un tiempo en el que los domingos parecía que todo seguía igual pero en el que para mí cambió todo. Los domingos, los padres de él salían y estaban todo el día fuera y a veces sábado y domingo, entonces, cuando llegábamos a la casa de él ahí acababa todo, ellos entraban y se despedían de mí. ¿Qué sentir en ese momento? El primer día no supe qué hacer, me quedé quieto apoyado en la pared sin saber qué hacer, si marcharme a casa, si caminar solo o, lo que finalmente hice, sentarme en un banco de la plaza que había enfrente. Qué hice sino dolerme, imaginar a la pareja, lo que podían estar haciendo mientras yo contemplaba el jugar de unos niños en el tobogán y los columpios. Me encontraba como inerte, incapaz de reacción alguna. Fijé mi mirada en la puerta por la que habían entrado pero mi mirada estaba vacía. Me sentía ridículo, era ridículo. Estuve más de media hora hasta que recobré cierta lucidez y me marché.

Aquello ocurrió todos los domingos por la mañana y algún sábado por la tarde, aprovechando que los padres utilizaban el fin de semana para hacer viajes de uno o dos días, de una o dos noches. Que rápido pasa el tiempo para algunos, y ese mismo tiempo que lento para otros.

Esa fue la rutina de los fines de semana. Me despedía de ellos, hacía como si me marchara para luego darme la vuelta y volver hacía mi banco. Digo mi banco porque parecía tener mi nombre, siempre estaba allí esperándome, vacío, excepto una vez en la que un hombre mayor lo ocupaba, pero fue acercarme y él se levantó. Conforme fueron pasando los días esperé un poco más, una hora, hora y media, dos, y yo pensaba en ellos, en lo que podían estar haciendo. Lo que podían estar haciendo, me costaba imaginar otra cosa diferente que el amor. El amor, como si yo supiera lo que era hacer el amor, si su auténtico nombre fuera ese, aquello que deseábamos en esos años, aquella pulsión, aquel instinto, ese impulso natural que nos iba haciendo, poco a poco, maduros. Una pulsión que a mí me costó alcanzar tanto y que yo tuve que sustituir durante mucho tiempo con el autoerotismo, con mi primitiva masturbación. Y cómo conseguir ayudarme con mi limitada imaginación representar en mi mente su excelso cuerpo, yo que no había visto ningún cuerpo femenino; yo, que entonces, todavía era un niño que apenas sabía lo que era la vida.

Ese trío se rompió cuando ella se marchó a vivir fuera y la relación entre él y yo no volvió a ser la misma que al principio. Parecía que nos había entrado la obsesión de encontrar otra mujer que la sustituyera, él lo consiguió, pero yo fui incapaz de hacerlo, me era imposible encontrar a una chica que la sustituyera. ¿Acaso era posible encontrar un rostro que fuese similar? Sus ojos; de los que no podías separarte, su boca, que hubiera dado parte de mí por conocer el sabor de sus labios y el jugo de su lengua. Un beso que sólo había visto y que nunca había dado a nadie. Ella, la que yo deseaba. Ella, la que no probé, y hubiera dado mi juventud por hacerlo. Ella, la que nombraba una y otra vez. Ella, la que me dejó siendo un niño. Ella, la que se fue Dios sabe dónde y temía no volver a verla nunca más. Ella, con la que crecí en su ausencia.

Los años pasaron como no podía ser de otra manera. Mi torpeza no evitó que encontrara una mujer. Una mujer que no la merecía, que tuvo que soportarme pues siempre me faltó algo de alegría, a la que quise sin saber cómo, a la que mi cuerpo deseó y en eso me satisfizo, una mujer que compartí con un nombre. No fui infeliz, mentiría si lo dijera, pero fui incapaz de olvidarla.

Más de cuarenta años después, un día que caminaba por la calle sin más pretensión que andar, un andar ciego pues mi mirada era hacia el interior. Un deambular sin más pretensión que consumir tiempo; pero que me reservaba una sorpresa. Mi mirada despertó de golpe cuando la vi de lejos. Habían pasado muchos años pero no podía ser alguien diferente a ella. Estábamos personas difícilmente reconocibles, en mi caso la calvicie jugaba ese papel de máscara, en el suyo sólo había años entre medias, pero su rostro seguía mostrando la misma belleza y la misma inteligencia. Ralenticé mi paso conforme me iba acercando a ella. Venían tres mujeres, conforme me acercaba a ella iba esbozando una sonrisa cada vez más clara, pero ella mantenía el mismo gesto sin fijar su mirada en mí, yo era un extraño.
Cuando llegué a su altura y la saludé, se quedó con un gesto de desconocimiento que le enrojeció la cara.
-  Perdona, no sé quien eres – me dijo enrojeciendo ahora mi cara.
Una de las que le acompañaba intentó aclarar el asunto diciéndole que si no me recordaba utilizando para ello el sobrenombre que utilizaban en aquellos años para llamarme. Para fortuna mía a ella se le cambió la cara manifestando el cariño con el que me recordaba  y lo que hubiera deseado que nos hubiéramos encontrado pues para ella tendríamos mucho de lo que hablar, que lamentaba que no iba a ser posible pues se marchaba a la mañana siguiente. Inocente que seguía siendo en mi madurez me bastaron aquellas palabras y el fuerte beso  con el que nos despedimos para que yo me marchará con otro ánimo.

Eché a andar y en la primera esquina giré y me detuve. No sabía qué hacer hasta que rompí a andar en dirección a la plaza en la que me sentaba aquellas tardes en las que esperaba inútilmente. Cuando llegué mis ojos buscaron inmediatamente el banco en el que siempre me sentaba. Y allí estaba, libre, esperándome como si fuéramos uno solo. Me senté otra vez en él sin esperar otra cosa que volver a sentirme el adolescente de entonces y sentir resbalar las lágrimas por mi cara.

sábado, 14 de septiembre de 2024

Aforismos 11



 

1.       Haz la autocrítica de tu crítica al crítico

2.       La puntuación en la vida se limita a algún punto y aparte y muchos puntos suspensivos.

3.       Si el amor llega tarde lamento decir que a menudo se li mi ta a deseos y sueños incumplidos.

4.       Si eres fanático de algo normalmente eres incapaz de pensar en nada.

5.       Si no eres capaz de organizar tu vida seguramente eres un caos personal.

6.       El pensamiento no puede estar atrapado, sólo puede ser libre.

7.       No hay nada puro que no sea impuro.

8.       Quien no sabe escuchar difícilmente sabrá pensar.

9.       El amor puede aguardar el paso del tiempo en tu interior a la espera de que llegado el momento sus fuegos artificiales cobren nueva vida.

10.    Consumimos para dejar de ser individuos y ciudadanos, para liberarnos de la pesada obligación de tener que llevar a cabo elecciones fundamentales.

11.   Fuera de la iglesia no hay salvación. Un dogma creado para controlar y que pervive en nuestra sociedad mucho más allá de lo eclesial para ser dogma también de las instituciones políticas, sindicales y del resto de religiosas.

12.   Fuera de la iglesia no hay salvación. Fuera de la iglesia sólo hay pecado. Se trata de una necesidad de establecer una frontera ideológica entre un ellos y un nosotros. Ellos, por definición dogmática, siempre están en el error; la verdad no se encuentra en una creencia sino en un espacio.

13.   Extra Ecclesiam nulla salus, es la necesidad del nosotros frente a un ellos, es la necesidad de un pensamiento líquido fácilmente moldeable y excitable, en el que faltan argumentos y sobran tripas. Vísceras sobre las que se construye la fidelidad que ha de premiarse. No se busca inteligencia, se busca complicidad. No se busca riesgo se desea seguridad.

14.   Entre el placer y el dolor me ha gustado cabalgar. Más tormento cuanto más lejos te ibas. Más deleite cuanto más te reencontraba.

15.   Dios es laico, no tiene religión, no la necesita. Son los hombres los que se empeñan en inventarlas, en crearlas para poder atraparlo, entenderlo, o quizás gobernarlo. Esfuerzo inútil porque Dios es por definición inatrapable, inabarcable, incomprensible, ingobernable, se escurre entre nuestros dedos al intentar asirlo y sólo nos queda la sensación, quizás ilusoria, de que alguna vez llegamos a tocarlo.

16.   Nos corresponde a nosotros la última palabra, somos responsables, somos libres, pero nadie nos librará de las preguntas, ni del dolor en la búsqueda de sus respuestas. Dios sólo sobrevive en la laicidad, los símbolos nos ayudan a expresarnos, pero nadie es dueño de ellos, ni los símbolos ni ese nadie puede o debe someternos.

17.   Un raro, demasiado vulgar como para brillar entre los demás y también demasiado distinto como para reconocerse en ellos. Quizás la peor especie de raro.

18.   Quizás sea esa la libertad: la condena de ser raro, obligado a ser distinto, a ser uno entre los demás. Siempre uno. Siempre un nosotros del que no formo parte.

19.   Entonces ríes y desconectas con una boca compañera, y sigues siendo tú, ese raro del espejo. Pero no importa, ríes. Entonces lloras y te desahogas alrededor de un corazón amigo, y sigues siendo tú, ese raro al que estrangularías algunas veces. Pero no importa, lloras, y te desahogas.

20.   Asumes como objetivo de tu vida, la máxima y mejor expresión de la rareza, aquella que nunca alcanzarás del todo: ser bueno. Espontáneo y bueno, atrevido y bueno, sincero y bueno, amigo y bueno, crítico y bueno, solidario y bueno, misericordioso y bueno. Y descubres que es un privilegio poder llegar a ser raro y bueno a la vez.

21.   . Un pensamiento propio que queda reducido al ámbito de lo privado no pasa de ser mera masturbación destinada al goce personal, a la autojustificación.

22.   A veces uno queda atrapado en el adjetivo calificativo con el que se siente identificado siendo incapaz de dar un mínimo paso que le haga sacar un pie de allí.

23.   Uno difícilmente sabe lo que es estar en el cielo si antes no ha estado en el infierno.

24.   La vida es un paréntesis entre dos suspiros, el del nacimiento y el de la muerte.

25.   Es monstruoso descubrir en quien admiramos y/o queremos que también es humano, que también desea fieramente, que su cabeza también imagina transgresiones, vilezas, aunque queden reducidas a desahogos en una caja cerrada de pensamientos, que su vida también tiene lunares, zonas pantanosas en las que esa persona es la primera que se ha visto atrapada, que el “perfecto” también necesita comprensión, que el “fuerte” también necesita ayuda, que esa realidad no nos permite parasitarnos en la fascinación sino que nos exige iniciativa, tomar decisiones, esfuerzo, cambiar la mirada, cuestionarnos la que tenemos ante la vida y las vidas, romper la comodidad y aceptar que la vida es como es y no como quisiéramos que fuera.

26.   Necesifamors  establecer la “otredad”, la diferencia y, con ello, establecer desde un reparto desigual de derechos hasta la total negativa, pudiendo llegar a la negativa de la misma existencia. Conservar “lo nuestro”, expulsar al extranjero, “limpiar” nuestro territorio, mantener el poder.

27.   Lo que hace grande el esfuerzo no es la perfección sino la imperfección, lo que nos hace mejorar no es lo conseguido sino lo que nos resta por conseguir, lo que nos hace sabios no es la ausencia de errores sino nuestra capacidad para reconocerlos y aprender de ellos, lo que nos puede hacer modelos no es lo inalcanzable que pudiera haber en nosotros sino lo que se puede encontrar al alcance de otros; lo que nos ayuda de verdad es el encuentro de carencias y de anhelos de superación comunes y diferentes, es aquello que tenemos que nos hace plenamente humanos, únicamente humanos.

28.   La capacidad de amar permanecerá en nuestras manos mientras tengamos consciencia.

29.   ¿Qué no nos debemos dejar arrebatar? La capacidad de la sonrisa, el compromiso de no extender gratuitamente nuestro dolor a los demás, aprender a llorar riendo o a reír llorando; la disposición para la caricia, con las manos, con el rostro, con la mirada, con el cuerpo entero; la sabiduría de la humildad, del dolor que te hace más humano, más receptivo, más sensible, más permeable, más lúcido, en la medida en que aumenta tu aptitud para la empatía y van desapareciendo tus residuos de fanatismo y disminuyen tus prejuicios.

30.   Si el Mal es la certeza vital de que la vida y la muerte es patrimonio de cada uno y que facilitar esta última o dar la muerte es, a veces, un acto de misericordia, que morir también es un acto de libertad y vivir no puede convertirse en una condena, entonces, se encuentra entre nosotros, yo soy el Mal.

 

 

viernes, 2 de agosto de 2024

QUÉ ENVIDIA




Que envidia. Cuanta vida me perdí. Cuantos Jesús me gustaría haber sido, con cuantas personas, en cuantos lugares, cuantos deseos insatisfechos, cuantas bocas cerradas tragando palabras por decir, cuantas miradas que terminaron volando sin que fueran atrapadas, cuantas vidas que me hubiera gustado tener, cuantas risas, cuantos besos, cuantos recuerdos que no tuve. Gracias por dejarme vuestros pasados, por vivir vuestras risas, imaginar vuestros besos y vuestros secretos. Mi vida estos días estos días, es también la vuestra aunque me quede sentado en el suelo, apoyado en la pared de vuestra casa que no conozco y únicamente la vea pasar. Gracias por dejarme ser vosotros y vosotras aunque sólo sea un instante. Abrazos y besos que entonces no os di.