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miércoles, 30 de marzo de 2016

DIOS DESDE UN NO CREYENTE



 
No hay conversación aparentemente más sencilla que una sobre Dios y, sin embargo, no hay conversación en el fondo más complicada que una sobre Dios en la medida en que creemos que nos encontramos hablando de lo mismo y, sin embargo, lo más frecuente es que hablemos de cosas absolutamente distintas, en la medida en que la imagen de Dios, su concepto, pudiera ser que fueran completamente diferentes. Nunca nos comprenderemos y, por lo tanto, nunca nos convenceremos, creemos saber lo que el otro dice y ante eso argumentamos lo que consideramos más convincente, pero se trata de un esfuerzo inútil pues no sabemos en realidad de qué está hablando el otro, cuál es su concepto de Dios, este puede ser muy complejo o muy simple, tanto en un lado como en el otro, tanto el creyente como el no creyente pueden encontrarse anclados en un concepto fósil de Dios, en una imagen fosilizada, absolutamente infantil. Quizás la conversación inicial no ha de ser si existe o no existe Dios, sino cuál es el concepto de Dios que manejamos partiendo siempre de un convencimiento inicial: alcanzar a comprender y a definir correctamente a ese Dios se trata de un intento condenado al fracaso, es como si una de nuestras células intentará definir como somos nosotros; yo sólo puedo ser para ella una hipótesis sobre la que elucubrar, será imposible para ella llegar a comprenderme pero, no obstante, ella está aquí y yo también lo estoy. Esta imposibilidad no es algo que deba desanimar el intento, al contrario, se trata de un esfuerzo que nos engrandece en la medida en que nos introduce en un mundo de profundidad y trascendencia, un intento de ir más allá de nosotros mismos, de romper las barreras que intentan limitarnos.
Las posiciones ante ese dios parecen encontrarse entre dos extremos, el del creyente y el del ateo, el que afirma y el que niega, ambas posiciones dan tranquilidad aunque no tengamos claro qué es lo que afirmamos y qué es lo que negamos. El ateo no deja de ser otro creyente pues a menudo niega sin más pero un concepto, como he dicho antes, fosilizado. Es difícil encontrar imágenes más infantiles de Dios que las que maneja un ateo ejerciendo como tal. Entre medias parece encontrarse la posición del agnóstico que en su visión simplista renuncia a preguntarse por Dios pues se trata de una pregunta sin respuesta certera, imposible por definición. ¿Merece pues la pena preguntarse sobre Dios? Creo que sí, por supuesto, sabiendo que es imposible, y que en realidad lo que estamos haciendo es preguntarnos por nosotros mismos, por nuestra relación con el absoluto, con la naturaleza, con la humanidad, con nosotros mismos. Quizás la primera pregunta a hacerse es de qué hablamos cuando hablamos de Dios y si ese termino en concreto es el adecuado o es necesario sustituirlo por otro en la medida en que hablar de Dios es hablar de ese absoluto abstracto que es necesario ir concretando, es hablar de esa naturaleza que nos rodea, de esa humanidad con la que nos relacionamos, de todo aquello que hay más allá de nosotros mismos y que desconocemos, de una materia oscura que representa el 90% de la realidad que creemos conocer, de toda una energía oscura con la que llegamos a la conclusión de que no somos el centro de nada y que es inmensa nuestra ignorancia. La pregunta a hacer es qué hacemos con esa ignorancia y si debemos acometer preguntas en las que fracasaremos, si en ese desierto uno debe detenerse y aceptar sin más la realidad en la que se encuentra o caminar en busca de algún oasis que temporalmente nos alivie la sed. Una de las preguntas será si la ciencia puede satisfacer esa sed de conocimiento, si la ciencia es la respuesta, si en la ciencia no encontramos también creyentes que acotan su ansia de conocimiento dentro de los límites que la ciencia les marca y ya se encuentran plenamente satisfechos con las respuestas que esa ciencia les va dando. Jorge Wagensberg afirma sobre este asunto: “Lo que un científico hace es equivocarse todo el día. Yo siempre digo que la ciencia es negación, interrogación y duda.” Wagensberg está firmemente convencido de que “lo mejor que la humanidad ha hecho a favor de sí misma ha sido por gracia de creedores y ante la resistencia de creyentes” y establece una triple división, el creedor que “necesita mucho someter su creencia a la colisión con la realidad”, el crédulo que “lo necesita, pero no mucho” y el creyente, que “no lo necesita en absoluto”. Por eso aconseja que “si al poco rato de empezar una reunión descubres que las afirmaciones son inmunes a lo que pueda suceder en la realidad, sea cual sea la realidad, empieza a deslizarte hacia la puerta. La crítica será imposible”. Este caso sería el de la mayor parte de las discusiones antes aludidas. Por eso nuestro pensador afirma: “Apuesto por los creedores. Apuesto por los que dudan. La duda no es para crear confusiones sino para detectarlas y deshacerlas. La duda no es un signo de debilidad intelectual. Es lo contrario: se necesita más fortaleza para atender a una duda que para aceptar la primera excusa que la quita de en medio”.
La pregunta sobre Dios es zambullirse en un mar de dudas y no de certezas que debemos saber nunca resolveremos. Preguntas con respuestas pero imposibles, lo verdaderamente valioso en ello es el proceso en el que nos vemos envueltos y no las respuestas que nunca alcanzaremos del todo. El hombre es un animal simbólico y esta reflexión nos permite utilizar este lenguaje y adentrarnos en ese mundo. El lenguaje simbólico intenta acercarse a una realidad de forma tangencial sabiendo que nunca podrá penetrar en ella y que sólo reflejará su esfuerzo de acercamiento, hace referencia a un mundo imposible de reflejar racionalmente y su uso hace crecer al ser humano de forma ética y estética, no sólo puede llegar a ser inteligente sino también bello. Se trata de adentrarse en el misterio de la trascendencia que supone un ir más allá permanente, un huir del egocentrismo y del homocentrismo y abrir bien los ojos; ir más allá de lo conocido para afrontar el universo y un posible más allá de ese universo para interrogarnos incluso por todo aquello que damos como resuelto. La trascendencia no puede estar opuesta al concepto de inmanencia, se trata de un ir más allá para poder aterrizar mejor. La pregunta transcendente no puede encontrarse opuesta a una filosofía inmanentista. Se trata de encontrarse con los otros con más recursos en nuestras manos. Enfrentarse a un misterio que las respuestas de la ciencia nunca agotarán.
 
Desentenderse de la pregunta sobre Dios, sobre el absoluto supone también desaprovechar toda una sabiduría de siglos acumulada en los libros sagrados. La afirmación de que estos provengan de una revelación no los anula, el error que hoy podemos descubrir en esa lectura no los invalida. Difícilmente podremos encontrar otra en esos tiempos para una reflexión de este tipo. Despreciar de entrada la Biblia cristiana, en especial su nuevo testamento, no se trata de sabiduría sino de analfabetismo, de igual manera que lo es despreciar el Tao Te King o la  belleza y la sabiduría que encontramos en la mitología griega. No es posible encontrar textos científicos incluso esencialmente racionales en esa antigüedad puesto que la ciencia como tal no existía ni la razón tenía el valor que puede tener ahora. ¿ Quiere esto decir que no existía sabiduría? Quizás únicamente lo que pone de manifiesto es la ausencia de una capacidad lectura crítica aplicable no sólo a ese tipo de textos sino a cualquier otro del carácter que sea, es por esta razón por la que no siempre encontramos creedores en el mundo de la ciencia y si crédulos o creyentes.
Este empeño en el distanciamiento respecto al mundo de la trascendencia supone la generación de toda una relación de términos tabú y con esa renuncia a determinados términos una renuncia a adentrarse en todo un panorama de pensamiento y en todo una experiencia  actitudinal, especialmente me refiero a todo el mundo de los valores y en concreto en el de las virtudes. El solo termino virtud ya genera rechazo en la medida en que parece asociado al pensamiento religioso; rechazar el término supone con ello eludir la reflexión sobre el mismo. La virtud es la forma de actuar bien, la forma de ser y actuar humanamente, así la define  AndréComte-Sponville, filósofo no creyente, defensor de una espiritualidad laica, en su libro Pequeño tratado de las grandes virtudes. Las virtudes forman parte de la tradición y no son propiedad de ningún pensamiento en concreto, la reflexión sobre ellas busca el objetivo de ser cada día más humano, más bondadoso, más dueño de sí mismo; es por eso por lo que no debemos evitar la búsqueda de las virtudes nos suenen a lo que nos suenen: compasión, misericordia, humildad, pureza, caridad, piedad, fe, virtudes con una resonancia católica que nos lleva a su rechazo, además de, entre otras la fidelidad, la prudencia, la templanza, la justicia, la generosidad, la gratitud, la sencillez, la tolerancia, la mansedumbre y el amor. El avance de la secularización parece haber traído la ruptura con todo esto y en este sentido es lamentable, es por ello por lo que desde este estado no creyente he de agradecer mi pasado en la iglesia católica aunque siempre con un pensamiento crítico. Fue ese pasado lo que en gran medida forjó mi pensamiento y mi carácter. Fue en ella donde encontré las mejores personas independientemente de cuál era su ortodoxia. Es por ello por lo que hoy lamento la ausencia de esta tarea en este mundo secular y en especial en las formaciones sociales y políticas de izquierda desde el pensamiento del feminismo clásico según el cual lo personal también es político.
Ninguna de ellas ha de sufrir nuestro rechazo, incluida la caridad definida por el diccionario de la RAE en su primera acepción como una  actitud solidaria con el sufrimiento ajeno; incluso en la séptima de ellas definida como amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a uno mismo nos remite al inicio de nuestra reflexión, al concepto de Dios. Quizás es llegado el momento de poner de manifiesto, al menos intentarlo, cual es mi idea de Dios. Huyamos del antropocentrismo y del antropomorfismo, la atribución de cualidades humanas a ese Dios no es sino un recurso que yo utilizo para intentar expresar mi experiencia. El Dios todopoderoso, omnipotente, es para mí completamente débil, limitado, impotente, dependiente de todos nosotros, dependiente de mí. El Dios omnisciente es ciego, no ve, es sordo, no oye, es tetrapléjico, no puede moverse, es insensible, no puedes sentir a través del tacto, no huele, no gusta, depende de mí en todo los sentidos. Yo no dependo de Dios es Él el que lo hace de mi, del mismo modo que el universo, toda la realidad, la vida, la humanidad, depende de mi actuación. No me encuentro controlado soy yo el que controlo. Hay un absoluto en el que yo me encuentro que depende de mí y a la vez me da sentido. El cómo llame yo a ese absoluto puede ser lo de menos, lo amo sobre todas las cosas y por ello amo al prójimo como a mí mismo, esa es la caridad. Yo soy la célula que habita mi cuerpo, el que no soy capaz de conocer pero que ahí está y al que cuido con mi función diaria. No sé cómo expresar ese absoluto pero sí sé cual es mí quehacer en él.


miércoles, 16 de marzo de 2016

DESDE LA CRESTA



A mis hijos
La vida es un largo caminar subiendo una pendiente hasta alcanzar la cresta de la montaña; hasta conquistar ese lugar es necesario irse desprendiendo del máximo de equipaje inútil para aligerar la subida. Una vez has llegado a menudo lo haces exhausto, son tantas cosas las que has vivido, tanta su importancia, que estás forman la corona que mereces, su calidad dependerá de ellas. Cuando mires atrás desde la cresta tendrás la sabiduría que hayas acumulado, la que haya destilado tus vivencias y sintetizado tu pensamiento. Quizás es ese pequeño tesoro el que os puedo ofrecer, hijos míos, pedazos de vida exprimida para extraer su jugo. Nunca podré caminar por vosotros, sería inútil intentarlo, pero sí os puedo ofrecer pequeñas luminarias que espero puedan alumbrar vuestro camino.
Deseo vuestra independencia, la capacidad de valorar la soledad, la libertad que os permita no aferraros a nada y a nadie, no volver continuamente la vista hacia atrás, allá donde quedaremos nosotros, pero recordad siempre que aquí podréis sanar vuestras heridas, detener vuestras batallas y volver a encontrar vuestro yo para reiniciar vuestro camino. Pero que el disfrute de la soledad no os vuelva misántropos, somos alguien en la medida en que los demás alimentan nuestro yo y somos alguien en la medida en que somos capaces de alimentar el yo del otro, alguien que es yo y otro a la vez, distinto, en eso está gran parte de su valor.
Que el dominio de la palabra os acompañe, palabra nunca gratuita, palabra siempre acompañada del silencio, una y otro será vuestra comunicación, siempre veraz, siempre sencilla, la que habla y escucha pues no es posible una sin la otra, la escucha del verbo que el prójimo quiere transmitiros, la escucha de sus emociones, de su silencio, la escucha de vosotros mismos, aquello que en vuestro interior intenta leer siempre la realidad y a vosotros en ella.
No dudéis que en vuestro caminar habrá muchos tropiezos, caídas que os producirán heridas, golpes, dudas, miedo, cansancio, pero nunca os deis por vencidos a pesar de acumular derrotas. La vida es ese caer y levantarse, entre una soledad que te asusta y un abrazo que te reconforta. Cada levantada os hará más fuertes y cada abrazo arrinconará un poco más la soledad aunque nunca desaparecerá del todo. Enfrentaros al sufrimiento os hará llorar pero cuando traspaséis su puerta también sentiréis la felicidad.
Sabed mirar sin dejaros embaucar, encontraréis que el engaño parece el arma principal para prosperar en este mundo. No caigáis en la trampa, seréis ilustres, pero el engaño os hará menguar, a menudo crecer es ser pequeño. Que vuestra mirada sea limpia, incisiva pero no cruel, crítica pero bondadosa; que sepáis mirar más allá de lo que otros miran, alguna de las caras que los demás no quieren ver. No será fácil pero será la única manera de sentiros honestos con vosotros mismos.
Formamos parte de los privilegiados, nunca lo olvidéis, eso conlleva una responsabilidad enorme con todo aquello que cae en vuestras manos. Nunca será un derecho mientras ejércitos de miserables arrastren su desdicha cruzando el río Aqueronte derechos al inframundo cuando ellos creían encontrarían algo de humanidad en la otra orilla. No es vuestro, es de todos, únicamente está en vuestras manos y es para todos para quienes lo tenéis que gestionar. Agradeced a la vida lo que os ha dado y devolvedle multiplicado lo que habéis recibido. Si el futuro parece volveros la espalda recordad estos momentos en los que fuisteis privilegiados y agradecedlos siempre a la vida aceptando que la justicia no siempre ha de pasar por vuestra casa, pero que estos pequeños calvarios nunca os venzan.
La vida junto al dolor os ofrecerá placer, no lo rehuyáis, dadlo y tomadlo, pero que este siempre sea una expresión de amor, amor puntual y amor duradero, el que nos reconcilia con nuestro ser animal y el que sale desde nuestro interior bailando de puntillas. Gozad de la vida, de sus amaneceres y atardeceres, del canto de los pájaros y del batir de las hojas, de los besos que despiertan tu piel y de las caricias que la encienden, del surgimiento de la vida que vosotros provocáis y del desarrollo de esta a vuestro alrededor. El placer del esfuerzo y del descanso, de la algarabía y del silencio, de las sonrisas que generáis y las sonrisas que os dedican.
No olvidéis que durante toda vuestra vida, allá donde estéis y hagáis lo que hagáis tendréis una tarea que nunca acabará: crecer en vuestro ser, la vida va cambiando y vosotros también, seréis distintos a lo que erais pero seguiréis siendo vosotros, un proyecto de hombre minúsculo en la existencia pero enorme en vuestro quehacer, siempre enfrentándoos a la vida y derrochando bondad y creando belleza, identificando los errores e intentando corregirlos. Nunca sabréis lo que la sociedad dirá de vosotros pero sea cual sea vuestro papel esta tarea de crecer siempre ha de ser vuestro reto, este permanecerá hasta el último momento, hasta el último suspiro, allá donde acabamos y empieza nuestra memoria, esta será para los que nos quieren aquello que hicimos con esta tarea, si el rastro que dejamos fue bello o no.


lunes, 7 de marzo de 2016

Carta abierta a Mercedes: una declaración de amor


La vida no ha sido fácil y el amor tampoco lo es. La vida nos pone a prueba ese amor. Espero  haber superado esa prueba de la manera en que tú mereces. Lo complicado de la vida es que puede ser qué aquello que te pone a prueba y aquello que te salva va unido y la huida del problema puede suponer, sin tú esperarlo, la caída en un pozo futuro en el que puedes terminar ahogado. El amor es tan complejo que llevado a su máxima expresión pone sobre la mesa las múltiples caras de uno mismo. Soy consciente de que eso he sido yo, el árbol al que te arrimas para evitar la lluvia y aquel que puede atraer el rayo, el abrazo que te da confianza y aquel que a veces te infunde temor, la mirada que te ama y la que parece odiarte. Es tanto lo que hemos vivido juntos, tantas las pruebas a las que nos ha sometido la vida y seré siempre tan inexperto en esa vida, serán tantos mis errores, tantas las equivocaciones que cometeré, seré tantas veces el extraño que desconoces, aquel que acumula en su interior tanto pedregal, aquel tan difícil de comprender.

Te quiero sin saber quererte del todo, ¿seré siempre un novato que en su ignorancia hace daño? Saber amar es el gran examen que nos encontramos en la vida y son tantos los gestos que su aprobado exige, es tanta mi torpeza, son tantos los motivos por los que la vida viene a imponerte la petición de perdón, que no sé si verdaderamente puedo hacer honor a la utilización de esa palabra y verterla aquí sin llegar a plantearme tantas preguntas que exigirían respuestas. El amor no es una avenida luminosa sino un camino también plagado de sombras y en ellas sigo siendo un niño que desconoce hacia dónde marchar, que se descubre tropezando y arrastrando consigo a las personas que le rodean y quieren. No puede uno levantarse como si nada hubiera ocurrido y dejar que el tiempo sin más cicatrice las heridas. Sé que ha de formar parte de ese amor humillar la cabeza alguna vez y reconocer los errores y derramar lágrimas y dejarse coger de la mano para que te orienten en el camino y te puedas sentir protegido. Te quiero como no puede ser de otra manera, formas parte de mi, sin ti no tendría la mayor proporción de lo bueno que yo pueda tener; tú me has abierto puertas y me has empujado para que las atraviese, eres la ligazón que has logrado que ayer y hoy, a pesar de mí, me rodeen seres queridos y que has creado el ambiente necesario para que yo pueda cortar los nudos gordianos que he podido encontrar en el camino.

Te quiero incluso cuando te odio, cuando siento arrancar de mi pecho de forma cruenta algo que me pertenece es en ese momento también cuando experimento la necesidad de abalanzarme sobre ti para protegerte. Qué daño puedo desearte, mi bien, si yo ya soy tú, si tú ya te has consolidado en mi instalándote en todos mis rincones, ya sean más claros o más oscuros, por el simple hecho de ser míos otorgándome por ello la seguridad que necesito y de la que dices carecer. Tanto te has desprendido de ti para dármelo, tanto has reducido tu mundo para acrecentar el mío que quizás no seas consciente de tu grandeza, mi pequeña y gran compañera. Son mis sonrisas también las tuyas porque tú me las haces surgir, son mis sueños los que tú has echado a volar aventándolos con ello para dejar volar la paja que a veces nubla mi pensamiento. Te quiero y en ese querer establezco mi principal proyecto de vida, hoy que mis miembros se detienen pero tú les das aliento para que vivan, hoy que me amenaza el desierto en donde tú estableces oasis para que yo pueda respirar; te quiero cuando la noche parece llegar porque tú te empeñas en generarme siempre nuevos amaneceres.

Gracias por los pedazos de ti que te has ido dejando para suturar los que yo voy perdiendo. Te amo entre las alambradas que la vida me va imponiendo y que tú intentas ir cortando en una batalla quizás inevitablemente perdida o quizás ganada por el mero hecho de librarla.

viernes, 26 de febrero de 2016

CASI POEMAS (8)


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Qué decir cuando la mayor parte de las palabras resultan artificiosas, huecas,

cuando solo parecen simulacro, esconden nuestra porción de hipocresía.

Qué decir que no te manche más de lo que ya estás,

ruido,

voz sin más, carente de sentido, carente de corazón.

Qué decir si sientes que toda tu vida se haya construida sobre palabrería,

que razón exponer sin que suene a mera justificación.

Palabras, palabras, palabras huyendo en la noche,

corriendo un velo sobre mi rostro,

escondiendo lo que soy.

Palabras farsantes,

palabras huidizas escurriéndose entre las manos cuando intentas atraparlas.

¿Soy mi sombra o ese yo que parece generarla?

No hay oscuridad que me oculte,

los focos se encienden a mi paso poniéndola al descubierto.

Es cuando las palabras parecen carcajadas,

retumban en mi huida.

Un coro haciendo resonar en mi carrera las palabras que me comprometen.

***** 

Soy el que no soy, no soy el que soy,

es la infinitud del ser humano,

un big band encerrado en un ser finito.

Me reconoceré en la imagen de mí que Ellos proyectan

La complejidad de todo hombre imposible de ser abarcada

el engaño de quien tiene algo que ocultar.

jueves, 25 de febrero de 2016

LA COMUNICACIÓN



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Asisto perplejo al circo que nos rodea en el que cada figurante realiza su propio simulacro de comunicación y lo he de reconocer, cada vez me importa menos; estoy convencido de que los cambios significativos a los que yo podré asistir en el periodo que representa mi vida, una vida más, una vida normal y corriente, una edad media sin pretensión alguna de romper esa barrera, si existen, seguramente pasarán desapercibidos para mi pues serán una acumulación de cambios mínimos, casi insignificantes, siempre frustrantes y que sólo desde la distancia, a largo plazo, quizá adquieran enjundia. Es por eso que creo no me merece la pena mantener mi atención sobre ese ejercicio de mediocridad al que asistimos, a todos se le llena la boca con la palabra diálogo y comunicación y todos, en mayor o menor grado, pretenden guardar un as en la manga que seguramente sólo es un naipe viejo y trucado, gastado por muy usado y con el que todos parecen creer que podrán engañar al otro. No se si se trata de un pasotismo que me envuelve o es la edad y mis circunstancias que me lleva a reorganizar la jerarquía de valores a los que hoy debo prestar atención. En sólo tres días he asistido a tres ejemplos de la vida de a pie, la de cada día, que me han puesto de manifiesto la enorme dificultad que tenemos para establecer esa comunicación. Han sido tres experiencias cercanas de las que ponen de manifiesto la realidad compleja, bella y dura a la vez del ser humano. Si nosotros no podemos qué sentido tiene creer que ese ejército de… no sé cómo calificarlos, hacedlo cada uno, son capaces de lograrlo. Lo que verdaderamente cambiará una historia es ese ejercicio constante de comunicación anónima, diaria y verdadera, empezando en nuestro círculo más cercano e íntimo.
Las palabras acercan y alejan, depende de cómo las utilizamos, pero sólo comunican las que llevan adheridas a sus signos, sean gráficos o fónicos, una semántica auténticamente vital, una carga de emociones y, sobre todo, un enorme cargamento de verdad. Es muy difícil la comunicación sin que a veces lleve palabras que hieren, aquellas que hacen daño y que a menudo callamos por temor. Temor a dañar al otro o temor a salir castigados nosotros y la consecuencia, a menudo, es el distanciamiento y es ahí donde casi siempre resultamos doloridos. No hay madurez sin aprender a aguantar el dolor y no hay relación madura sin que en su ir y venir se entremezcle la alegría y el dolor, la risa y el llanto. Comunicarse es hablar con sinceridad y sin miedo a ese dolor. El significado de las palabras no es único sino que depende de su contexto, de su entonación y de todo aquello que las acompaña. El acto de comunicación no puede detenerse si creemos que las emociones que hay sobre el tapete no son las adecuadas. Hay emociones que aportan un plus de sinceridad en ese acto y que ayudan a que la comprensión del otro sea más completa, del mismo modo que nos ayudan a crecer. Dialogar también es llorar y que las palabras nos salgan como en una catarata mientras el llanto nos recuerda o que nos salgan entrecortadas al tiempo que intentamos controlar los sollozos. Pero dialogar también es reír, dejar escapar las palabras al tiempo que las carcajadas, pero una risa sin soberbia y sin egolatría. La comunicación se produce cuando la risa que la acompaña se encuentra basada en nosotros mismos, somos nosotros los sufridores de la mismas y sus destinatarios. En ese intercambio de sonidos también hay que recalcar la importancia del silencio en la comunicación, del mismo modo que el silencio es fundamental en la música lo es en el diálogo para aportar significado y para, fundamentalmente, escuchar. No hay diálogo sin escucha, no hay diálogo sin silencios, parece que estamos siendo educados en un combate verbal en el que lo que verdaderamente importa es imponerse al contrario derrotando el argumento que creemos que el otro emite para eso es necesario interrumpir, adelantarse, el silencio y la escucha parecen de perdedores. Este es el teatro del ring al que asistimos en la televisión pero muchas veces es tán bien el que nos encontramos en nuestra sala de estar.
Pero la comunicación no ha de basarse únicamente en palabras también es conveniente que sea un diálogo corporal. No me refiero exactamente a una sexualidad genital, está expresa sí pero carece de matices y estos son los que han de acompañarnos siempre, hablemos, callemos o acariciemos. Es nuestra naturaleza animal la que ponemos en juego, absolutamente necesaria, si, pero insuficiente. Expresarnos corporalmente es saber responder a la llamada  la otra persona. El diálogo corporal, la comunicación que pretendemos hacer es la del abrazo cálido y firme, es la que besa cada una de las lágrimas que van cayendo, la que acaricia con las yemas de los dedos el cuerpo desnudo, en silencio, mientras la otra persona siente y escucha ese silencio, es la que también besa ese cuerpo desnudo mientras el otro va cicatrizando sus heridas. En este diálogo es indispensable la mirada cómplice, sanadora, saber escuchar con los ojos y también hablar con ellos.
Se trata de cambiar el mundo desde nuestro entorno más íntimo con el ejercicio del diálogo y al mismo tiempo cambiarnos a nosotros mismos.
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martes, 23 de febrero de 2016

El lobo solitario

 
El llamado “terrorismo del lobo solitario” es utilizado para cualquier acto violento llevado a cabo fuera de una estructura de comando. El terrorista “lobo solitario” comparte una ideología con un grupo pero actúa por sí mismo sin recibir instrucción alguna, suya es la planificación, suyas las tácticas aunque los objetivos sean los del grupo. Pero no nos engañemos, el terrorismo no es siempre aquello que inmediatamente nos viene a la cabeza sino que también puede ser doméstico, el lobo solitario puede estar en casa, la violencia puede ser física y/o psicológica. El terrorista puede acostarse en nuestra cama, se trata de ese animal que se mueve encolerizado de una pared a otra de nuestro dormitorio, que con la misma mano que te acaricia también te golpea. La soledad en la que se mueve es también en la que a ti te va dejando. La boca que te puede halagar es la misma que te envenena y mancha Hay algo común a todos: es el macho. Se retroalimenta de algo que todos los machos parecemos llevar en nuestros genes: la pasión por el dominio, la ambición de poder, la exaltación de la fuerza. Es el macho el que caza, el que castiga, el que devora hasta encontrarse ahíto. Alimenta sus ansias de control devorando el plancton que el micromachismo siembra a su alrededor, aquel que frecuentamos la gran mayoría de los hombres sin darnos cuenta de su naturaleza o aquel ante el que guardamos silencio como si no tuviera valor en sí mismo y no mereciera la pena el conflicto en el que nos veríamos envueltos para la repercusión que tiene. Es fácil formar parte del coro que ríe las gracias envenenadas. Necesitamos detenernos ante el espejo con frecuencia y mirarnos a los ojos para descubrir en ellos de qué parte estamos ya sea por exceso o por defecto, por la presencia frecuente de la ira o por la ausencia cotidiana de la ternura. Ese lobo solitario que rechaza la presencia necesaria de su lado femenino para poder borrar en él las huellas del terror. Armarnos del coraje necesario para poder pedir perdón por el hecho de ser hombres sabedores del drama que desencadenan aquellos que se dicen nuestros iguales, los que han dejado heridas que difícilmente cicatrizan y que ellas las llevan para siempre en su mirada y que sólo nosotros, los hombres, podemos sanar al mismo tiempo que nos sanamos a nosotros mismos.
 

Esta mujer se hizo una foto al día durante 1 año. El final me dejó mudahttp://www.nolocreo.com/violencia-domestica/


sábado, 6 de febrero de 2016

DESFILE DE COCHAMBRE


 

Acceder a la U.C.A., aunque sólo sea para una operación de cataratas, es acceder a un desfile de cochambre, la miseria que todos llevamos dentro disfrazada con camisones y batas, no sé bien diferenciar una cosa de la otra. Es triste y cómico a la vez ver caminar a ese varón adulto con una indumentaria de ese cariz sujetándose como puede la abertura que lleva atrás, intentando tapar lo que no debe ser visto. Así uno, y otro y otro y otro. En mi sala yo soy un caso atípico por la edad, el resto me supera ampliamente, la media de edad no debe bajar de los setenta y tantos, yo tengo veinte años menos, pero allí estamos todos encamisonados, sería difícil distinguir una clase de otra, todos con ese porte ridículo a la espera del quirófano. Supongo que los de alta alcurnia no estarán allí y si llegan a estar vestidos de esa manera no se ofrecerán a la vista de todos. Es patético y tierno a la vez observar los muslos blancos y las carnes flácidas que con dificultad son cubiertos por esa tela ligera que a todos nos iguala. En la sala del lado tres muchachas esperan igualmente vestidas así que les llegue el turno no sé a qué. La impresión que causan desde luego no es la misma, ni mucho menos, este indumentaria parece sumar años a quien los tiene y restárselos a quien no los tiene. Es difícil mirarnos unos a otros en silencio y no pensar en la vida misma, en nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro. Dos mujeres compiten en relatar sus males, quién da más. La artrosis, la osteoporosis, el lumbago, la diabetes nos sobrevuelan a todos. De vez en cuando, con una silla de ruedas vienen a buscarnos. Yo traigo la mía propia, no sé bien si es un punto a mi favor o en mi contra. Y sin embargo, en esa aparente basura humana, restos de un naufragio en el que intentamos sobrevivir como podemos, cuanta vida acumulada hay, cuántas historias trágicas unas, cómicas otras, cuantos relatos de amor podrían hacerse, cuántas miradas, cuantos silencios, cuantas caricias, cuantos fracasos, cuántas lágrimas, cuantos abrazos. La vida se pasea entre nosotros con una fina bata y sus vergüenzas al aire, sonreímos al verlas, poco hay que perder ya. Cuanto podríamos enseñar a esas muchachas en flor que están a nuestro lado, cuánto podrían aprender de esas miradas, de esos silencios, de esas caricias, de esos fracasos, de esas lágrimas, de esos abrazos, pero quizás hay un tiempo entre nosotros que nos separa y que no les permitirá descifrar los enigmas ocultos, hacerse las preguntas y encontrar las respuestas. Llegó mi turno, dejo mi soliloquio por un rato, toca remendar esta cochambre.