Éramos dos adolescentes, mi amigo y yo, una situación tranquila para mí porque
yo me sentía incapaz de ir más allá y encontrar un grupo de amigos con el que
relacionarme. Él me llamaba a menudo para salir a dar un paseo, cuando no lo
hacía yo quedaba en casa, los días que sí lo hacía eran para mí como una
liberación. Yo era un estúpido, mi timidez me condenaba al aislamiento. Yo era
el responsable de mi marginación, no sabía tener iniciativa para relacionarme, en
especial con el otro sexo, mi comportamiento entonces sólo era silencio cuando
estaba delante de una chica y enrojecimiento cuando se dirigían a mí. No
entiendo como él se fijó en mí, un don nadie, más silencioso que hablador, por
mucho que lo que dijera pudiera ser interesante. Es cierto que éramos compañeros
de estudios, pero lo que uno pudiera decir no era lo que más atrajera en la
adolescencia; una edad de pulsiones, una edad en la que el comportamiento
instintivo llamaba fuerte a la puerta, por lo que costaba entender dos chicos
caminando sin más y sólo charlando. Eran paseos con un único objetivo charlar y,
quizás otro muy simple, gastar tiempo. Un día y otro, casi siempre igual, sólo
en ocasiones acudíamos a un grupo de chicas ocasionalmente. Chicas. No sé si quería o no. Qué era mayor si la
vergüenza o el deseo.
La gran sorpresa fue cuando un día él se presentó en la puerta de mi casa acompañado de una chica. En un primer momento pensé que había ido para disculparse y decirme que ese día no podía salir conmigo puesto que lo haría con ella, que otro día sería. Lo hubiera entendido, la comparación era evidente. Me bastó poco para fijarme en ella y que su rostro se me quedara grabado para siempre. La vida son momentos que te atraviesan de arriba abajo y quedan anclados en ti para siempre y así quedó su belleza en mí, una sola cosa, un solo ser, un silencio que me sentía incapaz de romper y que pasara a nadie a pesar de que viviera en mí deseando atravesar al exterior, no quedar encerrado en mi interior.
Lo que yo creía que iba a ser un instante se convirtió en una costumbre. Los dos y ella, ella y los dos, salíamos todas las tardes de una manera normal, aunque mi corazón sangrara. Sangre y placer simplemente al mirarla. Ellos se besaban y yo sonreía al verlos, una sonrisa que era pura envidia, algo que yo nunca había experimentado y que desconocía la posibilidad. Llegó un tiempo en el que los domingos parecía que todo seguía igual pero en el que para mí cambió todo. Los domingos, los padres de él salían y estaban todo el día fuera y a veces sábado y domingo, entonces, cuando llegábamos a la casa de él ahí acababa todo, ellos entraban y se despedían de mí. ¿Qué sentir en ese momento? El primer día no supe qué hacer, me quedé quieto apoyado en la pared sin saber qué hacer, si marcharme a casa, si caminar solo o, lo que finalmente hice, sentarme en un banco de la plaza que había enfrente. Qué hice sino dolerme, imaginar a la pareja, lo que podían estar haciendo mientras yo contemplaba el jugar de unos niños en el tobogán y los columpios. Me encontraba como inerte, incapaz de reacción alguna. Fijé mi mirada en la puerta por la que habían entrado pero mi mirada estaba vacía. Me sentía ridículo, era ridículo. Estuve más de media hora hasta que recobré cierta lucidez y me marché.
Aquello ocurrió todos los domingos por la mañana y algún sábado por la tarde, aprovechando que los padres utilizaban el fin de semana para hacer viajes de uno o dos días, de una o dos noches. Que rápido pasa el tiempo para algunos, y ese mismo tiempo que lento para otros.
Esa fue la rutina de los fines de semana. Me despedía de ellos, hacía como si me marchara para luego darme la vuelta y volver hacía mi banco. Digo mi banco porque parecía tener mi nombre, siempre estaba allí esperándome, vacío, excepto una vez en la que un hombre mayor lo ocupaba, pero fue acercarme y él se levantó. Conforme fueron pasando los días esperé un poco más, una hora, hora y media, dos, y yo pensaba en ellos, en lo que podían estar haciendo. Lo que podían estar haciendo, me costaba imaginar otra cosa diferente que el amor. El amor, como si yo supiera lo que era hacer el amor, si su auténtico nombre fuera ese, aquello que deseábamos en esos años, aquella pulsión, aquel instinto, ese impulso natural que nos iba haciendo, poco a poco, maduros. Una pulsión que a mí me costó alcanzar tanto y que yo tuve que sustituir durante mucho tiempo con el autoerotismo, con mi primitiva masturbación. Y cómo conseguir ayudarme con mi limitada imaginación representar en mi mente su excelso cuerpo, yo que no había visto ningún cuerpo femenino; yo, que entonces, todavía era un niño que apenas sabía lo que era la vida.
Ese trío se rompió cuando ella se marchó a vivir fuera y la relación entre él y yo no volvió a ser la misma que al principio. Parecía que nos había entrado la obsesión de encontrar otra mujer que la sustituyera, él lo consiguió, pero yo fui incapaz de hacerlo, me era imposible encontrar a una chica que la sustituyera. ¿Acaso era posible encontrar un rostro que fuese similar? Sus ojos; de los que no podías separarte, su boca, que hubiera dado parte de mí por conocer el sabor de sus labios y el jugo de su lengua. Un beso que sólo había visto y que nunca había dado a nadie. Ella, la que yo deseaba. Ella, la que no probé, y hubiera dado mi juventud por hacerlo. Ella, la que nombraba una y otra vez. Ella, la que me dejó siendo un niño. Ella, la que se fue Dios sabe dónde y temía no volver a verla nunca más. Ella, con la que crecí en su ausencia.
Los años pasaron como no podía ser de otra manera. Mi torpeza no evitó que encontrara una mujer. Una mujer que no la merecía, que tuvo que soportarme pues siempre me faltó algo de alegría, a la que quise sin saber cómo, a la que mi cuerpo deseó y en eso me satisfizo, una mujer que compartí con un nombre. No fui infeliz, mentiría si lo dijera, pero fui incapaz de olvidarla.
Más de cuarenta
años después, un día que caminaba por la calle sin más pretensión que andar, un
andar ciego pues mi mirada era hacia el interior. Un deambular sin más
pretensión que consumir tiempo; pero que me reservaba una sorpresa. Mi mirada
despertó de golpe cuando la vi de lejos. Habían pasado muchos años pero no
podía ser alguien diferente a ella. Estábamos personas difícilmente
reconocibles, en mi caso la calvicie jugaba ese papel de máscara, en el suyo sólo
había años entre medias, pero su rostro seguía mostrando la misma belleza y la
misma inteligencia. Ralenticé mi paso conforme me iba acercando a ella. Venían
tres mujeres, conforme me acercaba a ella iba esbozando una sonrisa cada vez más
clara, pero ella mantenía el mismo gesto sin fijar su mirada en mí, yo era un extraño.
Cuando llegué a su altura y la saludé, se quedó con un gesto de desconocimiento
que le enrojeció la cara.
- Perdona, no sé quien eres – me dijo
enrojeciendo ahora mi cara.
Una de las que le acompañaba intentó aclarar el asunto diciéndole que si no me
recordaba utilizando para ello el sobrenombre que utilizaban en aquellos años
para llamarme. Para fortuna mía a ella se le cambió la cara manifestando el
cariño con el que me recordaba y lo que
hubiera deseado que nos hubiéramos encontrado pues para ella tendríamos mucho
de lo que hablar, que lamentaba que no iba a ser posible pues se marchaba a la
mañana siguiente. Inocente que seguía siendo en mi madurez me bastaron aquellas
palabras y el fuerte beso con el que nos
despedimos para que yo me marchará con otro ánimo.
Eché a andar y en la primera esquina giré y me detuve. No sabía qué hacer hasta que rompí a andar en dirección a la plaza en la que me sentaba aquellas tardes en las que esperaba inútilmente. Cuando llegué mis ojos buscaron inmediatamente el banco en el que siempre me sentaba. Y allí estaba, libre, esperándome como si fuéramos uno solo. Me senté otra vez en él sin esperar otra cosa que volver a sentirme el adolescente de entonces y sentir resbalar las lágrimas por mi cara.